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7月13日
A V I S O
Comunico a todos mis amigos que vienen frecuentando el "espacio" RIOSETA
QUE HOY DOMINGO DÍA 13 DE JULIO
interrumpo mis actividades hasta el mes de septiembre próximo.
Necesito descansar; mis años, mis achaques, mi cansado corazón y el médico
que me cuida, todos me exigen tranquilidad y descanso.
A todos os echaré de menos y os recordaré en un tranquilo e idilico pueblo del Pirineo.
Allí espero recobrar fuerzas y entusiasmo para reemprender de nuevo
esta tarea que me entusiasma de verás.
Estaré desconectado del ordenador y demás medios.
Voy a descansar y a desintosicarme de noticias y medios de comunicación.
Si Dios lo quiere, y podéis ayudarme a que lo quiera, hasta septiembre.
Recibir mi gratitud por vuestra amistad y quedaos con un gran y cariñoso abrazo de
RIOSETA.-
DIA 13 DE JULIO DEL 2.008 DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
MEDITACIÓN SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
(Mateo 13, 1-23)
“Salió el sembrador a sembrar...”
Se cuenta que un cierto día un hombre recién convertido a la fe católica
iba caminando a toda prisa, mirando por todas partes, como buscando algo.
Se acercó a un anciano que estaba sentado al borde del camino y le preguntó:
-“Por favor, señor, ¿ha visto pasar por aquí a algún cristiano?”
EL anciano, encogiendose de hombros, le contestó:
-"Depende del tipo de cristiano que ande buscando".
-"Perdone -dijo contrariado el hombre-, pero yo soy nuevo en esto
no conozco los tipos de cristianos que hay.
Sólo conozco a Jesús".
-y el anciano añadió:
-Pues si amigo; hay muchos tipos y los hay para todos loas gustos:
hay cristianos por tradición, cristianos por cumplimiento y cristianos por costumbre;
cristianos por superstición, por rutina, por obligación, por conveniencia;
y también hay cristianos auténticos...”
–¡Los auténticos! ¡Esos son los que yo busco! ¡Los de verdad!”
-exclamó el hombre emocionado.
– “¡Vaya! –dijo el anciano con voz grave–.
Esos son los más difíciles de ver.
Hace ya mucho tiempo que pasó uno de esos por aquí,
y precisamente me preguntó lo mismo que usted”.
–“¿Cómo podré reconocerle?” –le preguntó. Y el anciano contestó tranquilamente:
-No se preocupe amigo. No tendrá dificultad en reconocerle.
Un cristiano de verdad no pasa desaapercibido en este mundo de sabios y engreidos.
Lo reconocerá por sus obras.
Allí donde van, siempre dejan una huella”.
Tal vez esta sencilla historia nos puede ayudar a comprender
lo que nos dice nuestro Señor en el Evangelio de hoy.
Jesús comienza el discurso de las parábolas con la del sembrador:
“Salió el sembrador a sembrar...” –nos cuenta–
y al sembrar parte de la semilla cayó junto al camino;
otra parte cayó en terreno pedregoso;
otra cayó entre espinas;
y el resto cayó en tierra buena...".
Y nos narra qué sucedió con cada tipo de semilla:
una no fructificó porque se la comieron los pájaros;
otra se secó; a otra la ahogaron las espinas;
y la sembrada en tierra buena dio una cosecha abundante.
Hasta aquí la parábola.
La hemos escuchado tantas veces que tal vez ya no nos impresiona.
Sabemos también cuál es su significado porque el mismo Cristo nos la explica enseguid,
a petición de los apóstoles:
Cristo es el sembrador, la semilla es la Palabra de Dios,
y el terreno somos cada uno de nosotros.
Y aquí viene los más importante de todo:
Si el Sembrador sembró la semilla a voleo,
con gran generosidad en todas direcciones,
¿por qué solo una cuarta parte produjo buena cosecha y el resto se echó a perder?
¿por qué no fructificaron todas las semillas, si eran de óptima calidad?
Es en este momento cuando tenemos que aplicarnos el “cuentito”;
aquí -como solemos decir- "tiene que caernos el veinte" a cada uno en particular.
Cristo no nos está contando una historia simpática de la vida agrícola de Palestina
por afán cultural o para divertirnos.
Con esta imagen quiere interpelar a cada una de nuestras conciencias:
La semilla da frutos si cae en tierra buena.
Y el fruto será tanto más abundante cuanto mejor sea el terreno en donde caiga.
La semilla de la Palabra de Dios sólo es fecunda
allí donde encuentra un alma bien dispuesta
y unas condiciones espirituales adecuadas.
Dios siembra todos los días a manos llenas en nuestras almas su gracia divina.
¿Cuántos frutos está dando esta semilla en tu vida?
Pero aún hay más.
Esa semilla no solo representa la Palabra de Dios,
sino todos los dones que Dios nuestro Señor te regala a diario,
con tanta abundancia y generosidad:
el don de la vida, la familia -unos padres, unos hijos, unos hermanos
y familiares tan extraordinarios-,
el vestido, el alimento, la educación, las vacaciones que ahora estás disfrutando...
Esa semilla son también todos los regalos espirituales que Él te concde gratuítamente:
el don infinito de la fe, los sacramentos, la redención, la Eucaristía, la Iglesia.
Y si Dios está sembrando tanto en tí,
¿cuánto le correspondes tú? ¿cuántos frutos estás produciendo: al ciento por ciento
Dicho de otra forma: ¿Qué tipo de tierra eres tú?
¿Qué clase de cristiano eres:
cristiano por conveniencia, por tradición, superficial, de nombre nada más
¿o cristiano de verdad, convencido, demostrado con tus obras y comportamientos?
Si no te preocupas de ir a tu Misa dominical, o casi nunca haces oración,
o si no te interesa recibir los sacramentos y formarte en la fe católica,
es que eres un cristiano rutinario, del "montón",
y eres de los que reciben la semilla junto al camino.
No penetra en tu alma porque la tierra está endurecida por la indiferencia.
Si eres una persona que sí se preocupa por formarse en su fe
y se interesa por las cosas de Dios y de la religión;
si quieres un colegio católico para tus hijos
y de vez en cuando vas a reuniones de espiritualidad
o asistes a algunos retiros, pero eres inconstante;
y si desistes de tus propósitos iniciales apenas te surge un plan más "divertido"
o menos exigente, es que eres el terreno pedregoso.
La Palabra de Dios brota en tu corazón, pero no echa raíces,
y cuando sale el sol –una dificultad cualquiera–, tu semilla se seca.
O tal vez seas una persona de buena voluntad,
-como solemos decir- un "buen cristiano"
(y solemos llamar "buen" cristiano a aquel que "cumple"
con los requisitos elementales de su fe,
que no mata ni roba, que es “buena gente”, pero se abstiene de hacer el bien a los demás).
Su fe es acomodaticia y poco exigente;
y, además -nos dice Cristo- se deja arrastrar por los afanes de la vida
y la seducción de las rquezas ahogan en él la Palabra de Dios.
En el fondo, aunque es un “buenazo”, es todavía muy materialista
y está demasiado absorbido por las vanidades, los lujos, las comodidades,
las cosas superfluas, y así Dios no entra hasta el fondo de su alma.
Éste es el tercer tipo de tierra: el espinoso.
O, finalmente, podemos ser una tierra buena.
O sea, cristianos convencidos, de los que tratan de vivir con coherencia su fe,
que se esfuerzan de verdad por dar testimonio público de su ser cristiano
-aunque también tienen debilidades y defectos, pues nadie es perfecto en esta tierra-;
que buscan ayudar a los demás y ser apóstoles en su medio ambiente;
que oran, que procuran vivir cada día más cerca de Dios
a través de la gracxia santificante y los sacramentos;
que se esfuerzan por crecer en la fe y aman de veras a Jesucristo,
a la Iglesia, al Papa, a la Santísima Virgen,
y luchan para que otros también lo sean.
Ese es un cristiano auténtico, que produce una buena cosecha:
frutos al ciento por ciento, al sesenta o treinta por ciento.
Si somos de éstos, no será difícil que nos reconozcan,
porque un cristiano de verdad no pasa desapercibido en este mundo.
Allí donde van, siempre dejan huella.
"Por sus frutos los conoceréis" -dijo Cristo-.
Se nos reconocerá por las obras.
No dejes de responder a esta pregunta que hoy te dirige Cristo:
¿Qué tipo de tierra eres tú?
¡Ojalá que de esta última! 7月12日
MARÍA ES EL CAMINO MÁS CORTO
María es el puente,
porque Ella se nos presenta de un modo cercano,
para enamorarnos y llevarnos directos a los brazos de su Hijo.
Así lo dijo San Luis Grignon de Monfort,
que el camino más corto para llegar a Jesús es a través de la Virgen.
Yo quiero darles mi propio testimonio al respecto,
porque lo he vivido en forma literal, en carne propia.
Si bien había tenido una educación en la fe en mi infancia,
salí de la adolescencia habiendo olvidado totalmente mi religiosidad, mi espiritualidad.
La enterré bajo toneladas de vanidades mundanas,
anhelos de cosas vacías, una vida sin sentido espiritual.
En este olvido de Dios transité más de dos décadas de mi vida,
hasta que llegada la barrera de los cuarenta años
me encontré enfrentado a una secuencia de calamidades personales,
siendo la más conmocionarte una enfermedad
que puso a riesgo o bien mi vida misma,
o bien mi capacidad de una sobrevida normal.
Esta sacudida de mis cimientos
me hizo circular un año en búsqueda de una nueva forma de vivir,
de corregir lo que estaba mal en mi vida,
sin advertir que era Dios quien me estaba llamando con Su sutil Palabra,
a través del dolor.
Primero fue la Virgen la que hizo un ingreso fulgurante en mi realidad,
sin saber siquiera yo quien era Ella.
Pero en poco tiempo me enamoré perdidamente.
¿Quién es esta mujer, esta Niña-Madre que me llama de este modo?
No podía comprender
como en tan poco tiempo se había instalado en mí ese deseo de conocerla,
de saber más sobre Ella.
No había día en que no se presentara ante mi alguna referencia a su existencia.
Joven, buena y llena de sabiduría, me llamaba.
De inmediato quise conocerla,
empecé a buscar y leer escritos sobre Ella,
a aprender de sus manifestaciones a través de los siglos,
a su silenciosa pero fundamental presencia en los Evangelios.
Alguien me dijo, tienes que rezar y meditar.
¡Pero si yo no sé hacerlo!
De un día para el otro me encontré rezando el Santo Rosario a diario,
mientras lloraba inexplicablemente cada vez que lo hacía.
Era como liberar años de olvido, de desconocimiento,
mientras una emoción interior incontenible me decía que si,
que era eso lo que Ella quería.
En estos momentos me sentía absorbido por el amor que nacía en mí,
pero algo me decía que había alguien más.
Era Jesús, un Jesús totalmente desconocido para mí.
¿Quien es aquel que quiere robarme este amor por mi Madrecita del Cielo?
Un Jesús distante, lejano, se dibujaba en el horizonte.
Yo seguía mirando a María,
pero Ella seguía hablando en cada texto, en cada oración, de Jesús.
Entonces, como empujado por la mano de la Niña de Galilea,
empecé a querer saber de El.
Poco a poco fui viendo el Rostro del Señor en cada rezo,
en cada palabra que la Virgen ponía en mi camino.
Jesús fue creciendo, acercándose,
hasta que un día me encontré frente a El, a Su Estatura Divina.
María, entonces, se hizo a un lado y me dejó a solas con el Señor.
Cada oración, cada lectura hizo centro en las Palabras de Jesús, mi Jesús.
De a poco se presentó a mi alma como un Hermano,
luego como un Amigo,
para finalmente hacerme comprender que es infinita Su Divinidad.
El abrazo de Jesús se hizo oración, se hizo meditación, pensamiento,
deseo de conocerlo más y más.
Nada quedaba de ese amor inicial por María,
había sido superado por el amor a Jesús,
un amor grande, redondo, completo, insuperable.
María parecía estar a cierta distancia,
sonriendo feliz de haberme llevado a El.
Aprendí a orar dialogando con el Señor,
compartiendo con El mis miedos y angustias, mis alegrías y sueños.
Pronto pude dimensionar mi amor por Jesús,
y mi amor por María, unidos indisolublemente.
Ella no puede ser pensada si no es junto a El.
Mi amor inicial por la Virgen encontró su sentido, un sentido Cristocéntrico, perfecto.
Pero estos giros de mi alma alrededor de Jesús y María
me empezaron a mostrar que había algo más, algo que ellos compartían,
como un tesoro que Ambos abrazaban y protegían.
Curioso por saber de que se trataba,
me encontré con la Eucaristía, y con la Iglesia toda.
Llegué a la comprensión de lo que es la Iglesia por un camino espiritual,
desde las suaves y firmes Palabras de Jesús y María.
Las Escrituras adquirieron sentido, cerrando este círculo perfecto.
La Iglesia se me presentó como el más maravilloso puente entre el Cielo y la tierra,
entre espíritu y humanidad.
Mi amor por la Iglesia, de este modo, nació del amor inicial por María,
que me llevó a Jesús, Quien me llevó a los Sacramentos,
fundamento de la Iglesia toda.
Círculos de amor, concéntricos,
que se fueron acercando a un maravilloso conocimiento del tesoro que albergamos,
la Santa Iglesia.
Iglesia que es espiritual, pero construida en la tierra.
Iglesia que está formada por hombres,
pero alimentada por el Espíritu Santo en sus venas vigorosas.
Las caras humanas de la Iglesia,
que somos nosotros mismos, me parecieron entonces nada,
comparadas con la realidad espiritual que la sostiene.
Con sólo pensar en Quien habita en el Sagrario,
mi concepción de la Iglesia se torna luminosa, eterna, indestructible
por más que el hombre se empecine, equivocado, en dañarla.
Hoy, varios años por delante de aquellos momentos
en que María golpeó a mi puerta,
puedo ver a las claras el Plan de Dios en mi vida.
María fue el puente,
porque Ella se podía presentar a mí de modo cercano, para enamorarme.
Pero la Reina de los corazones, la Estrella de la mañana, no se iba a detener allí.
Rápida y fulgurante fue su mirada al señalarme a Dios como mi destino,
Dios que es el Padre Bueno que la Creó,
Dios que es el Espíritu que la alimenta,
y Dios que es Su Hijo, nuestro Hermano y Salvador.
La misión de María
se fue desenrollando ante mi como un tapiz que rueda frente a mi vista,
mostrándome ante cada giro un poco más del diseño que esconde.
Sólo cuando el tapiz estuvo totalmente extendido frente a mí
pude ver lo que Ella vino a traerme:
La Jerusalén Celestial, que alberga a Dios Uno y Trino,
junto a Santos y Ángeles,
Jerusalén que es la Iglesia luminosa que nos llama, promesa de Reino.
La Eucaristía, con el Rostro de Cristo en su centro,
domina a esta Ciudad Maravillosa a la que somos llamados.
Allí hay una habitación preparada para cada uno de nosotros,
un espacio para vivir una eternidad de felicidad y adoración.
María, de este modo, se nos presenta como el camino más corto y simple
para encontrar esa habitación,
pese a las innumerables dificultades que nos esperan en esta vida.
¡Gloria a Dios por haber concebido un Plan tan maravilloso! 7月9日
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EL CRIMINAL Y EL PERDÓN A SU MADRE
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En la vida de San Antonio María Claret existe un episodio trágico,
pero a la vez consolador.
Este santo fundador había sido consagrado obispo
en la catedral de Vich el día 6 de octubre de 1850.
Regresando de esta ciudad,
pasó por el pueblo de Villafranca del Panadés
y le rogaron fuera a asistir a bien morir a cuatro reos condenados a muerte.
Los cuatro condenados rechazaban la confesión.
San Antonio María Claret fue al instante a la cárcel,
estuvo con los cuatro reos,
les habló con aquel celo y amor que él poseía
y logró convertirlos.
Los cuatro condenados fueron conducidos al patíbulo.
Ya en él, San Antonio María Claret les preguntó, según la fórmula del ritual,
si perdonaban a todos aquellos que les hubieran ofendido.
Uno de los condenados se adelantó al santo obispo
y con voz clara, que fue oída por la multitud, le dijo:
-"Yo perdono a todos, excepto a mi madre,
ella es la causante de que yo haya venido aquí
a acabar mi vida en trance tan horrible,
por no haberme corregido cuando debía".
La multitud que presenciaba la escena quedó presa de honda emoción.
San Antonio María Claret se puso de rodillas junto a los pies del condenado,
se inclinó y se los besó.
Le suplicaba con toda dulzura y vehemencia perdonase a su pobre madre;
que lo hiciera por amor a Jesucristo.
Lloraba la gente,
conmovida por la actitud humilde de San Antonio María Claret,
y el desgraciado reo repetía insistentemente.
"A usted, padre, nada tengo que perdonar, en nada me ha ofendido;
mí madre es la responsable de todo".
La ejecución no podía retrasarse por más tiempo.
El santo obispo oraba fervoroso por la conversión de aquel hombre.
El verdugo esperaba a cumplir su oficio.
Por fin aquel criminal, un momento antes de la ejecución,
se reconcilió con su madre y la perdonó.
A los pocos minutos eran ejecutados los cuatro criminales
en castigo de sus maldades.
Explicación Doctrinal:
Todos somos pecadores ofendemos a Dios
y le pedimos con sincero arrepentimiento
nos perdone nuestras ofensas y pecados.
Y Dios, que es el amor y la misericordia Infinita,
derrama sobre nosotros su paz y su perdón.
Dios nos perdona porque es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos.
Por eso debemos imitar a Dios,
perdonando a aquellos que nos han ofendido y agraviado.
Si así lo hacemos somos verdaderos hijos de Dios.
Jesús, desde la Cruz, nos da ejemplo de perdón y de amor
para con sus enemigos cuando pedía al Padre perdonara a todos,
Por eso el Señor nos manda en el Evangelio que perdonemos, diciéndonos:
"Cuando os pusiereis en pie para orar,
si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo primero,
para que vuestro Padre, que está en los cielos,
os perdone a vosotros vuestros pecados". (Marcos, 11)
Propósito:
Miraré a Jesús crucificado y le diré:
perdono a los que me han ofendido. |
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UNA MEDALLA ENTRE LAS ROSAS
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Un joven impío y libertino estaba gravemente enfermo de tuberculosis.
Y lo que era peor en él es que sus pasiones le habían arrastrado al ateísmo.
Conservaba a su madre, mujer muy cristiana,
que hacía todos los esfuerzos posibles
para evitar que su hijo muriera en pecado.
Madre e hijo vivían en Roma.
La madre estaba siempre atenta de lo que deseara.
Sin embargo, aquel joven, cuando niño, amó entrañablemente a la Virgen,
llamándola dulcemente: ¡Mi Madre!
Pero el enfermo ya no pensaba en la Virgen.
¡Cuánto lloró aquella pobre madre por la salvación de su hijo!
Y, sobre todo, ¡cuántas oraciones, dirigió a la Virgen!.
"¡Madre mía -le decía-, Tú salvarás a mi hijo:
que pase de mis brazos a los tuyos¡"
Un día entró a visitar al enfermo un joven sacerdote,
antiguo compañero de él, con el propósito de convertirlo.
Pero el enfermo, nada más verle, metió la mano debajo de la almohada,
sacó una pistola y le apuntó, dispuesto a disparar contra él
y contra cualquier otro sacerdote que se le acercara.
Llegó el 17 de mayo, día del cumpleaños del enfermo.
La madre compró un precioso ramo de rosas,
las flores preferidas de su hijo,
y en un capullo metió una medallita con la imagen de la Virgen,
envuelta en una cinta de seda.
Aquella medallita se la había ofrecido a su hijo a cambio de la pistola,
pero sólo obtuvo una rotunda negativa.
La madre puso primero el ramo de rosas en el altar de la Virgen,
con la esperanza de que la Madre del Cielo cambiaría el corazón de su hijo.
Cuando ella entró en la habitación,
le dio a su hijo los buenos días y le felicitó cariñosamente,
estrechándole contra su corazón.
El hijo, emocionado, tomó el ramo de flores y besó las manos de su madre.
Charlaron un rato madre e hijo.
Después quedó solo el enfermo y quiso contemplar despacio las rosas.
Las examinó con calma y vio en uno de los capullos un objeto brillante.
Lo toma con prevención
y al ver que era una medalla de la Virgen exclama emocionado:
-¡Oh, la Virgen, que hermosa!"
Y como arrastrado por una fuerza invisible la lleva a los labios
y la besa con ternura y amor.
Su corazón quedó totalmente cambiado.
Su inteligencia se abrió otra vez a la luz de la fe.
Oía una voz que le decía.
"Yo soy tu Madre del Cielo.-
Lanzó el enfermo un fuerte sollozo y rompió a llorar.
La madre acudió sobresaltada a ver qué le ocurría
y le oyó con inmenso gozo que había recobrado la fe perdida.
Que amaba a la Virgen.
Y el joven repetía: "¡La Virgen! :Que buena es la Virgen!"
Y, caso extraordinario,
a los pocos momentos, aquel enfermo,
asistido por un sacerdote,
moría serenamente entre sus dos madres:
La Madre del Cielo y su madre de la Tierra.
Explicación Doctrinal:
La Virgen María es Madre de todos los hombres.
Al pie de la Cruz estaba la Virgen María traspasada de un inmenso dolor
viendo a su divino Hijo pendiente de la Cruz.
Y Jesús, desde la Cruz, nos la entregó como Madre nuestra
y nos hizo a todos los hombres hijos de María.
Por eso María es Madre nuestra,
para que cuide nuestras almas y pida a Jesucristo, su Hijo,
nos lleve a todos los hombres al Cielo.
Ella vela para librarnos del pecado y del infierno.
Cuando invocamos a la Virgen en nuestras tentaciones,
en nuestros peligros del alma y del cuerpo, en nuestras tribulaciones,
ella desde el Cielo nos consigue innumerables gracias.
Para salir del pecado que con sus cadenas nos ata fuertemente el demonio,
lo magnífico es acudir a la Virgen nuestra Madre.
San Bernardo indicaba:
"En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. ¡Quién no esperará en Ti, si ayudas aun a los desesperados!"
Los medios mejores para amar a la Virgen son cumplir los mandamientos, consagrarse a Ella todos los días,
rezar el santo Rosario y al acostarnos rezar las tres Avemarías.
Propósito:
En las tentaciones, en las necesidades y tribulaciones,
invocaré a María, es nuestra Madre.
Ella siempre nos socorrerá. |
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7月8日
SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA Y LA RIQUEZA
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Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, nació en Castilla,
en Villanueva de los Infantes, el año 1488.
Era muy limosnero.
Socorría con abundancia a los pobres y necesitados,
llegando algunos días a dar de comer cocido, pan y vino a quinientos pobres,
añadiendo además su correspondiente limosna en dinero.
A veces, tenía una forma original de hacer la caridad con los pobres.
Algunas de sus limosnas a los necesitados se acrecentaban y rendían beneficio.
Veamos cómo.
A una pobre mujer que vivía en Valencia,
viuda con muchos hijos y sin ningún amparo,
el santo arzobispo la socorría con cierta frecuencia,
pero aquella cantidad no la sacaba de apuros.
Santo Tomás reflexionaba cómo darle un trabajo lucrativo.
Pues decía:
«La limosna no sólo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece
y librarla de ella cuando fuere posible.»
Encomendó a Dios la triste situación de la pobre viuda.
Y un día la llamó al palacio arzobispal y le preguntó:
«Hermana, yo siento mucho la necesidad y el trabajo que padecéis
con tantos hijos pequeños
y quería saber de vos si sabéis algún oficio con que podáis ganar algo.»
Contestó la buena mujer que sabía hacer sémola y farro y otras cosas semejantes.
(La sémola es pasta de harina para sopa y farro cebada medio molida.)
El santo arzobispo ordenó que al punto comprasen todo lo necesario
para ejercer aquel oficio.
Se compró un molinillo, arcas y mesas necesarias para el trabajo,
incluso un borriquillo para llevar las mercancías.
Con aquel pequeño negocio y la limosna de cada mes
remedió la pobre viuda su necesidad y pudo criar bien a sus hijos.
Tuvo otra vez Santo Tomás de Villanueva que proteger
a una joven pobre que deseaba casarse con un obrero carpintero
y no tenían dinero para poner la casa.
Necesitaban una modesta cantidad para comprar muebles y otros enseres.
El santo arzobispo le ofreció generosamente dicha cantidad,
pero enterado el santo que el novio era carpintero,
llamó a su tesorero, y le dijo:
«Dale cierta cantidad para que con lo que ha pedido pongan casa
y con lo que le añadimos compre madera y trabaje.»
Entregaron es dinero a la pareja de novios.
Contrajeron éstos matrimonio.
Y Dios les bendijo,
pues con el tiempo llegaron a tener casa y buena hacienda.
Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia,
no deseaba tener riquezas para si;
daba las que tenía y las hacía fructificar.
Explicación Doctrinal:
El décimo mandamiento de la Ley de Dios es:
«No codiciar los bienes ajenos».
Significa este mandamiento que no tengamos codicia
y envidia de los bienes de los demás.
Los pecados contra la propiedad, como el robo, el hurto, el fraude,
empiezan en el corazón, con los malos deseos
y codicias de apoderarse de los bienes ajenos.
Una chica se estaciona ante el escaparate de una joyería
y ve unas magníficas pulseras de oro adornadas de esmeraldas y rubíes.
Y forma el propósito de aplicarse para aprobar la revalida
con el fin de que sus padres le regalen una de esas pulseras.
¿Peca por tener ese deseo?
De ninguna manera.
En cambio, cerca de ella está un individuo
que desea apoderarse de esas alhajas como sea,
rompiendo el cristal y rápido meter la mano en el escaparate,
coger todas las pulseras y huir pronto.
Pero no se atreve porque cerca de él está un policía.
¿Ha pecado?
Sí, ha pecado,
pues ha tenido un deseo de apoderarse de lo que no es suyo.
Por eso Jesucristo nos advierte:
«Mirad, guardaos de toda avaricia,
porque, aunque se tenga mucho, no está la vida en la hacienda.
Por tanto, hemos de guardarnos del egoísmo y de la avaricia
que causa tantos males en la sociedad y en las familias.
Es lícito y bueno tener deseos de poseer riquezas
obtenidas por medio del trabajo honrado,
con el fin de hacer un bien para uno mismo y para los demás.
Propósito:
Con mis riquezas haré todo el bien posible a los demás,
en especial a los pobres. |
7月6日
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LA VIÑA DE NABOT
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Había en tierras de Samaria un hombre llamado Nabot.
Tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria.
El rey dijo a Nabot:
«Cédeme tu viña para hacer un huerto para legumbres,
pues está muy cerca de mi casa.
Yo te daré otra viña mejor
y si esto no te conviene te daré en dinero su valor».
Pero Nabot le respondió:
«Guárdeme Dios de cederte la heredad de mi padre».
Volvió el rey a su palacio triste y encolerizado por la negativa de Nabot.
Se acostó en su lecho y no quiso comer.
Jezabel su mujer, vino a él y le dijo:
«¿Por qué estás triste y no quieres comer?»
El rey contó a su mujer la respuesta de Nabot
referente a la compra de la viña.
Jezabel le dijo:
«Levántate y come. Yo te haré con la villa de Nabot».
Escribió ella cartas en nombre del rey y sellolas con el sello real
y las mandó a los ancianos y magistrados de la ciudad donde vivía Nabot.
Las cartas decían:
«Promulgad un ayuno y traed a Nabot delante del pueblo
y poned ante él a dos malvados que atestigüen contra él, diciendo:
"Tú has maldecido a Dios y al rey";
y sacarle luego y apedrearle hasta que muera.
Las gentes de la ciudad de Nabot,
ancianos y magistrados que habitaban en la ciudad,
hicieron lo que las cartas mandaban.
Trajeron a Nabot ante el pueblo y dos hombres malvados,
mintiendo gravemente,
acusaron a Nabot delante del pueblo, diciendo:
"Nabot ha maldecido a Dios y al rey".
Luego le sacaron de la ciudad y a pedradas lo mataron.
Cuando el rey Ajab se enteró de la muerte de Nabot,
se fue a tomar posesión de la viña de Nabot.
La calumnia, el crimen y el robo estaba perpetrado.
Entonces, Dios habló al profeta Elías y le dijo:
"Vete al encuentro de Ajab, rey de Israel y dile":
"Así habla el Señor: ¿No eres tú un asesino y un ladrón?
En el lugar mismo donde han lamido los perros la sangre de Nabot
lamerán tu propia sangre,
los perros comerán a Jezabel cerca del muro de Jezrael".
El rey de Israel estaba en guerra contra el rey de Siria.
En una de las batallas, en la que la lucha fue encarnizada,
el rey Ajab cayó gravemente herido y murió.
Los perros vinieron a lamer su sangre y algunas mujeres se lavaron en ella. Los enemigos de Jezabel ordenaron fuera arrojada por la ventana.
Se apoderaron de ella y la arrojaron por la ventana.
Su sangre salpicó los muros y fue pisoteada.
Los perros la comieron.
Fueron a enterrarla, pero sólo hallaron de ella el cráneo,
los pies y las palmas de las manos.
Así fueron castigadas por el Señor las calumnias proferidas contra Nabot.
Explicación Doctrinal:
El octavo mandamiento de la Ley de Dios nos manda:
"No dirás falso testimonio ni mentirás".
Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa
con intención de engañar a otro es una acción fea.
Dios, que es la Suma Verdad, quiere que al hablar digamos la verdad.
Vas una tarde a la estación
y preguntas a qué hora sale el rápido de la mañana y te contestan que a las ocho,
y no es verdad, el tren sale a las nueve.
Te han engañado y mentido.
Y además te han perjudicado, pues te han hecho madrugar con exceso.
Vas al sastre a comprar un traje.
Y éste te enseña una tela muy bonita, pero de mala calidad,
pero el sastre te engaña, diciendo que es la mejor tela que existe.
Te miente y te perjudica.
Comete un pecado grave o leve, según el perjuicio que os haga.
¿Podemos alguna vez callar la verdad?
Debemos callar la verdad
cuando lo crearnos conveniente y de una manera justa.
Como cuando alguno nos pide prestado
y le decimos que no tenemos nada para darle,
aunque de veras tengamos. Se peca contra el octavo mandamiento
cuando atribuimos o decimos defectos
y faltas del prójimo que no ha cometido.
A esto se le llama calumnia.
La maledicencia es hablar mal del prójimo injustamente,
difundiendo sus defectos y faltas que ha cometido o tiene,
privándose de su fama y honor.
La honra del prójimo es un tesoro que todos debemos respetar,
pues es la estima de la propia dignidad.
A nadie le agrada que se hable mal de él,
ni se le calumnie, ni demuestre sus defectos.
Tengamos siempre preseta que
Dios nos ha dado la lengua
para hablar bien de todos y decir la verdad. |
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DÍA 6 DE JULIO DEL 2.008
DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO
MEDITACIÓN SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
(Mt. 11, 25-30)
Leía en una revista –no recuerdo en cuál– un artículo que decía que casi el 25% de la gente de las grandes ciudades padece un fuerte estrés, y que otras personas llegan incluso a sufrir hondas depresiones emocionales. ¡Es tan intenso y acelerado el ritmo del hombre de hoy que a veces no se reserva tiempo ni para sus necesidades más elementales: para comer, descansar o convivir con la propia familia! Como es obvio, muchas son las causas de estos problemas, pero no voy a entrar ahora en detalles, pues el tema de esta reflexión es otro. Por ahora sólo me limito a constatar el hecho. Lo que sí es muy lamentable es que muchas veces también Dios pasa a un segundo, tercer o décimo lugar en nuestra vida... Y así no es de extrañar que andemos como andamos: sin sentido, sin rumbo fijo, sin paz ni serenidad interior.
Hoy en día es cada vez más común que muchísimas personas, ante cualquier pequeño problema de la índole que sea, acudan al psicólogo o al psiquiatra como si éste fuera el mago Merlín, el genio de la lámpara maravillosa o el dueño de la piedra filosofal y de todas las panaceas. No digo yo que esté mal. En ocasiones éstos pueden prestar valiosos apoyos. Pero hace varias décadas, nuestros padres y abuelos preferían acudír al sacerdote a pedir un consejo, a la confesión sacramental o a la oración. Y, a juzgar por las opciones de tantos hombres y mujeres de hoy, parecería que el sacerdote ya “ha pasado de moda”....
Bueno, el caso es que, cuando una persona sufre estrés o ansiedad y acude a su médico, éste suele recetarle un medicamento llamado “paxil”. Por lo visto, es un buen analgésico, pero en ocasiones esta droga produce también efectos negativos; por ejemplo, hace que las personas sientan un profundo letargo, debilidad y náuseas, que no tengan fuerzas para nada y les resulte sumamente penoso mantener su atención en sus normales actividades cotidianas. Y es que, lo que realmente necesita la gente no es tanto “paxil” sino la “pax” del corazón, es decir la paz profunda del alma.
En el Evangelio de hoy nuestro Señor sale una vez más al paso de nuestras necesidades más íntimas y personales: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados –nos dice– y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas”. ¡Qué palabras tan confortantes y consoladoras! ¡La verdadera paz del corazón! Eso es justamente lo que necesitamos, pues todos nos sentimos a veces cansados, agobiados y deprimidos. Y sólo Cristo puede curarnos.
Pero, ¿cómo es posible que éste sea el medicamento que realmente necesitamos? Pues sí. Verás. La medicina y la psicología moderna reconocen hoy el valor terapéutico de la humildad. El prestigioso psicólogo Carl Jung dice en un libro suyo que todos los pacientes que se habían dirigido a él sufrían por algo que se podría definir “falta de humildad”, y que no curaban sino hasta el momento en que tomaban una actitud de respeto y de aceptación de una realidad más grande que ellos, es decir, una actitud de humildad.
¡Cuántas veces la causa de nuestras angustias, problemas, temores y desalientos somos nosotros mismos! Yo diría que ésta es siempre la verdadera causa de nuestros sufrimientos íntimos: la falta de humildad, que es autosuficiencia, orgullo, deseo de poder y del aprecio de los demás; o, simplemente, el no querer aceptar nuestra debilidad, nuestra fragilidad y los propios límites. Todos queremos sentirnos fuertes, poderosos, capaces y, sobre todo, nos gusta dar esa imagen de nosotros mismos a los demás. Y, cuando experimentamos ese sentimiento de debilidad que no aceptamos, es cuando nos viene toda esa agonía y esa tormenta interior que no nos permite ser lo que realmente somos. Sufrimos, nos rebelamos, agonizamos, pero no damos el brazo a torcer. Ésta es, tristemente, la cultura en la que hemos nacido y vivimos: no manifestar nunca nuestra debilidad. Y si a esto se suma cierto “machismo” en el que hemos sido educados, las cosas se complican todavía más. De ahí viene todo ese deseo de aparentar que somos los “duros” y que no nos “ablandamos” ante los golpes de la vida. Por eso nos da tanta vergüenza, por ejemplo, llorar en público y nos resistimos tanto a mostrar nuestros sentimientos a los demás: porque creemos que esa es una debilidad.
Y, sin embargo, Cristo hoy nos invita a aceptar nuestra flaqueza, nuestras enfermedades, debilidades y miserias; a reconocer nuestros propios límites, cansancios, agobios y desconsuelos. Y, sobre todo, una vez que reconocemos nuestra condición de creaturas profundamente necesitadas, quiere que nos acerquemos a Él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” –nos dice–, y Él nos acogerá así como somos: inermes y frágiles, pero desnudos ya de falsas caretas y de disfraces. Y entonces sí, “Yo os aliviaré”, porque Él es el verdadero Médico de nuestras almas.
También san Pablo lo experimentó en primera persona: “Muy gustosamente continuaré gloriándome en mis debilidades... y me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en los aprietos, por Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte” (II Cor 12, 9-10).
Nuestra fortaleza es Cristo y sólo la experimentamos cuando aceptamos nuestra debilidad para dejarnos consolar y ayudar por Él. Sólo quien reconoce su necesidad de Dios está preparado para recibirlo a Él dentro de su corazón. Y sólo cuando nos decidimos a ceder, agachamos la cabeza y doblegamos las rodillas de nuestra alma ante el Señor es cuando comenzamos a encontrar la solución a todos nuestros problemas.
Un filósofo y literato español del siglo pasado, Miguel de Unamuno, de un temperamento ardiente y apasionado, muy combativo y enérgico, padeció dramáticos conflictos interiores y tremendas agonías en su fe precisamente por no querer aceptar con humildad y sencillez esta realidad de su condición. Y cuando al fin, reconocía su debilidad, bellamente lo expresaba con estos versos: “Agranda la puerta, Padre/ porque no puedo pasar;/ la hiciste para niños,/ y yo he crecido a mi pesar./ Si no me la agrandas,/ achícame a mí, por piedad;/ vuélveme a la edad bendita/ en la que vivir es soñar./ Gracias, Padre, que ya siento/ que se va mi pubertad;/ vuelvo a los años rosados/ en los que era niño, y nada más”.
Sí, en la humildad y en la sencillez de la fe encontramos nuestra verdadera paz.“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas”. Cristo nos lo prometió y Él es fiel a sus promesas. Ese descanso para nuestra alma es la paz del niño que duerme, plácido, en los brazos de su madre o de su padre. Y al niño no le da vergüenza sentirse débil y pequeño. Allí está su fortaleza y su seguridad. ¿De qué le serviría al niño un alarde de fuerza ante un lobo o un león? Sería para su propia ruina. Sólo si aceptamos ser como niños ante nuestro Padre del cielo llegaremos a buen puerto. “Hazme humilde, hazme pequeño y así no me perderé” leí en una ocasión. Esta humildad de los niños nos lleva a un total abandono, filial y confiado en los brazos de Dios, a pesar de todos los problemas. Por eso, no en vano Cristo nos dijo que “si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los cielos”.
DÍA 6 DE JULIO DEL 2008
DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO
MEDITACIÓN DEL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
(Mateo 11, 25-30)
Leía en cierta revista –no recuerdo en cuál–
un artículo que decía que casi el 25% de la gente de las grandes ciudades
padece un fuerte estrés
y que otras personas llegan incluso a sufrir hondas depresiones emocionales
¡Es tan intenso y acelerado el ritmo de vida del hombre de hoy
que a veces no se reserva tiempo ni para sus necesidades más elementales,
para comer, descansar o convivir con la propia familia!
Como es obvio, muchas son las causas de estos problemas,
pero no voy a entrar ahora en detalles, pues el tema de esta reflexión es otro.
Por ahora sólo me limito a constatar el hecho.
Lo que sí es muy lamentable
es que muchas veces también Dios pasa a un segundo,
tercer o décimo lugar en nuestra vida...
Y así no es de extrañar que vayamos como vamos:
sin sentido, sin rumbo fijo, sin paz ni serenidad interior.
Hoy en día es cada vez más común que muchísimas personas,
ante cualquier pequeño problema de la índole que sea,
acudan al psicólogo o al psiquiatra como si éste fuera el mago Merlín,
el genio de la lámpara maravillosa
o el dueño de la piedra filosofal y de todas las panaceas.
No digo yo que esté mal.
En ocasiones éstos pueden prestar valiosos apoyos.
Pero hace varias décadas,
nuestros padres y abuelos preferían acudír al sacerdote a pedir un consejo,
a la confesión sacramental o a la oración.
Y, a juzgar por las opciones de tantos hombres y mujeres de hoy,
parecería que el sacerdote ya “ha pasado de moda”....
Bueno, el caso es que,
cuando una persona sufre estrés o ansiedad y acude a su médico,
éste suele recetarle un medicamento llamado “paxil”.
Por lo visto, es un buen analgésico,
pero en ocasiones esta droga produce también efectos negativos;
por ejemplo,
hace que las personas sientan un profundo letargo, debilidad y náuseas,
que no tengan fuerzas para nada
y les resulte sumamente penoso mantener su atención
en sus normales actividades cotidianas.
Y es que, lo que realmente necesita la gente no es tanto “paxil”
sino la “pax” del corazón,
es decir la paz profunda del alma.
En el Evangelio de hoy nuestro Señor sale una vez más
al paso de nuestras necesidades más íntimas y personales:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados –nos dice–
y yo os aliviaré.
Tomad sobre vosotros mi yugo
y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón
y hallaréis descanso para vuestras almas”.
¡Qué palabras tan reconfortantes y consoladoras!
¡La verdadera paz del corazón!
Eso es justamente lo que necesitamos,
pues todos nos sentimos a veces cansados, agobiados y deprimidos.
Y sólo Cristo puede curarnos.
Pero, ¿cómo es posible
que éste sea el medicamento que realmente necesitamos?
Pues sí. Verás.
La medicina y la psicología moderna reconocen hoy
el valor terapéutico de la humildad.
El prestigioso psicólogo Carl Jung dice en un libro suyo
que todos los pacientes que se habían dirigido a él
sufrían por algo que se podría definir
“falta de humildad”,
y que no curaban sino hasta el momento
en que tomaban una actitud de respeto y de aceptación
de una realidad más grande que ellos,
es decir, una actitud de humildad.
¡Cuántas veces la causa de nuestras angustias,
problemas, temores y desalientos somos nosotros mismos!
Yo diría que ésta es siempre
la verdadera causa de nuestros sufrimientos íntimos:
la falta de humildad, que es autosuficiencia, orgullo, deseo de poder y del aprecio de los demás;
o, simplemente, el no querer aceptar nuestra debilidad,
nuestra fragilidad y los propios límites.
Todos queremos sentirnos fuertes, poderosos, capaces y, sobre todo,
nos gusta dar esa imagen de nosotros mismos a los demás.
Y, cuando experimentamos ese sentimiento de debilidad que no aceptamos,
es cuando nos viene toda esa agonía y esa tormenta interior
que no nos permite ser lo que realmente somos.
Sufrimos, nos rebelamos, agonizamos, pero no damos el brazo a torcer.
Ésta es, tristemente, la cultura en la que hemos nacido y vivimos:
no manifestar nunca nuestra debilidad.
Y si a esto se suma cierto “machismo” en el que hemos sido educados,
las cosas se complican todavía más.
De ahí viene todo ese deseo de aparentar que somos los “duros”
y que no nos “ablandamos” ante los golpes de la vida.
Por eso nos da tanta vergüenza, por ejemplo, llorar en público
y nos resistimos tanto a mostrar nuestros sentimientos a los demás:
porque creemos que esa es una debilidad.
Y, sin embargo, Cristo hoy nos invita a aceptar nuestra flaqueza,
nuestras enfermedades, debilidades y miserias;
a reconocer nuestros propios límites, cansancios, agobios y desconsuelos.
Y, sobre todo, una vez que reconocemos nuestra condición
de creaturas profundamente necesitadas,
quiere que nos acerquemos a Él:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” –nos dice–,
y Él nos acogerá así como somos: inermes y frágiles,
pero desnudos ya de falsas caretas y de disfraces.
Y entonces sí,
“Yo os aliviaré”, porque Él es el verdadero Médico de nuestras almas.
También san Pablo lo experimentó en primera persona:
“Muy gustosamente continuaré gloriándome en mis debilidades...
y me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades,
en las persecuciones, en los aprietos, por Cristo;
pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte” (II Cor 12, 9-10).
Nuestra fortaleza es Cristo
y sólo la experimentamos cuando aceptamos nuestra debilidad
para dejarnos consolar y ayudar por Él.
Sólo quien reconoce su necesidad de Dios
está preparado para recibirlo a Él dentro de su corazón.
Y sólo cuando nos decidimos a ceder,
agachamos la cabeza y doblegamos las rodillas de nuestra alma ante el Señor
es cuando comenzamos a encontrar la solución a todos nuestros problemas.
Un filósofo y literato español del siglo pasado, Miguel de Unamuno,
de un temperamento ardiente y apasionado, muy combativo y enérgico,
padeció dramáticos conflictos interiores y tremendas agonías en su fe
precisamente por no querer aceptar con humildad
y sencillez esta realidad de su condición.
Y cuando al fin, reconocía su debilidad, bellamente lo expresaba con estos versos:
“Agranda la puerta, Padre/ porque no puedo pasar;/ la hiciste para niños,/ y yo he crecido a mi pesar./ Si no me la agrandas,/ achícame a mí, por piedad;/ vuélveme a la edad bendita/ en la que vivir es soñar./ Gracias, Padre, que ya siento/ que se va mi pubertad;/ vuelvo a los años rosados/ en los que era niño, y nada más”.
Sí, en la humildad y en la sencillez de la fe encontramos nuestra verdadera paz.
“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón
y hallaréis descanso para vuestras almas”.
Cristo nos lo prometió y Él es fiel a sus promesas.
Ese descanso para nuestra alma
es la paz del niño que duerme, plácido, en los brazos de su madre o de su padre.
Y al niño no le da vergüenza sentirse débil y pequeño.
Allí está su fortaleza y su seguridad.
¿De qué le serviría al niño un alarde de fuerza ante un lobo o un león?
Sería para su propia ruina.
Sólo si aceptamos ser como niños ante nuestro Padre del cielo
llegaremos a buen puerto.
“Hazme humilde, hazme pequeño y así no me perderé” leí en una ocasión.
Esta humildad de los niños nos lleva a un total abandono,
filial y confiado en los brazos de Dios, a pesar de todos los problemas.
Por eso, no en vano Cristo nos dijo que
“si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los cielos”.
7月4日
MARÍA, REINA DEL CIELO
María es el punto de unión entre Dios y nosotros los hombres.
Jesús, elevado en la Cruz, nos regaló una Madre para toda la eternidad. Juan, el Discípulo amado, nos representó a todos nosotros en ese momento y luego se llevó a María con él, para cuidarla por los años que restaron hasta su Asunción al Cielo.
María se transformó así no sólo en tu Madre, sino también en la Madre de nuestra propia madre terrenal, de nuestro padre e hijos, de nuestros hermanos, amigos, enemigos, ¡de todos!.
Una Madre perfecta, colocada por Dios en un sitial muchísimo más alto que el de cualquier otro fruto de la Creación. María es la mayor joya colocada en el alhajero de la Santísima Trinidad, la esperanza puesta en nosotros como punto máximo de la Creación. La criatura perfecta que se eleva sobre todas nuestras debilidades y tendencias mundanas. ¡Por eso es nuestra Madre!.
La Reina del Cielo es también el punto de unión entre la Divinidad de Dios y nuestra herencia de realeza. Nuestro legado proviene del primer paraíso, cuando como hijos auténticos del Rey Creador poseíamos pleno derecho a reinar sobre el fruto de la creación, la cual nos obedecía. Perdido ese derecho por la culpa original, obtuvimos como Embajadora a una criatura como nosotros, elevada al sitial de ser la Madre del propio Hijo de Dios.
¡Y Dios la hace Reina del Cielo, y de la tierra también!. Allí se esconde el misterio de María como la nueva Arca que nos llevará nuevamente al Palacio, a adorar el Trono del Dios Trino. María es el punto de unión entre Dios y nosotros. Por eso Ella es Embajadora, Abogada, Intercesora, Mediadora. ¿Quién mejor que Ella para comprendernos y pedir por nuestras almas a Su Hijo, el Justo Juez?. María es la prueba del infinito amor de Dios por nosotros: Dios la coloca a Ella para defendernos, sabiendo que de este modo tendremos muchas más oportunidades de salvarnos, contando con la Abogada más amorosa y misericordiosa que pueda jamás haber existido. ¿Somos realmente conscientes del regalo que nos hace Dios al darnos una Madre como Ella, que además es nuestra defensora ante Su Trono?.
Si tuvieras que elegir a alguien para que te defienda en una causa difícil, una causa en la que te va la vida. ¿A quien elegirías?.
Dios ya ha hecho la elección por ti, y vaya si ha elegido bien: tu propia Madre es Reina y Abogada, Mediadora e Intercesora.
¿Qué le pedirías a Ella, entonces?.
Reina del Cielo, sé mi guía, sé mi senda de llegada al Reino. Toca con tu suave mirada mi duro corazón, llena de esperanza mis días de oscuridad y permite que vea en ti el reflejo del fruto de tu vientre, Jesús. No dejes que Tus ojos se aparten de mi, y haz que los míos te busquen siempre a ti, ahora y en la hora de mi muerte.
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EL JOVEN QUE COGIÓ DINERO AJENO
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Sucedió en un colegio de Francia.
Los padres de un alumno le habían enviado una cantidad de dinero
para que la entregara en la Caja del colegio.
El alumno cogió el dinero y de momento lo guardó en su armario.
Pero distraído no cerró el armario.
Un compañero vio cómo lo guardaba y esperó a que se marchara.
Cuando vio que nadie estaba en el dormitorio,
fue rápido al armario de su compañero y lo abrió.
Algo le decía en la conciencia que no debía apoderarse de lo que no era suyo.
Pero arrastrado por la tentación, metió la mano y cogió el dinero.
Cuando el alumno fue a recoger el dinero
para entregarlo a la Caja del colegio,
quedó sorprendido al comprobar que ya no estaba en su sitio.
Revisó todo el armarlo;
nada encontró;
él tenía plena seguridad del sitio en que lo había dejado.
Entonces comprendió que le habían robado.
Fue al despacho del director
y le dio cuenta del hurto de que había sido objeto.
El director del colegio se presentó en la sala de estudios
donde estaban todos los alumnos.
Sabía casi de cierto quién era el muchacho autor del robo.
Pero tuvo la suficiente discreción de no abochornarlo delante de todos.
Habló a los alumnos de la desaparición del dinero y les dijo:
"Sé que el ladrón es uno de vosotros.
Pretenderá callar su conciencia confesándose;
pero no lo logrará, ya que, para hacer una buena confesión,
en este caso tiene que tener el propósito firme de restitución.
Y entonces, o dejará de frecuentar los sacramentos,
o cometerá sacrilegio, tras sacrilegio.
Yo le ruego no se deje encerrar en ese círculo infernal y restituya el dinero, entregándolo a una persona discreta".
El muchacho que había hurtado el dinero,
ante aquellas palabras del director, esperó a que se hiciera de noche.
Cogió lo que había robado y lo depositó
en el buzón de la correspondencia del director.
Cuando, antes de la cena,
fue el director a recoger su correspondencia
encontró entre las cartas el dinero robado.
Llamó al alumno y le entregó la cantidad que le faltaba.
Consideraciones:
El séptimo mandamiento nos manda: "No hurtarás".
Es decir, que tengamos respeto a los bienes ajenos.
Suponte tú que te regalan una preciosa pluma estilográfica
y un compañero tuyo te la roba.
Comete un pecado, por haberse apoderado de una cosa que no es suya.
El hacer daño en los bienes ajenos,
como quemar o destruir los frutos de la tierra,
incendiar una casa o un objeto valioso, es pecado.
Si en una tienda compras un objeto como bueno y te dan uno malo,
es fraude, y eso es pecado. Un obrero trabaja en un taller, hace trabajos importantes de maquinaria.
El dueño, con la venta, obtiene muy buenos beneficios
y al obrero le paga un salario mezquino, para mal vivir.
Peca el empresario,
pues a los obreros y empleados hay que pagarles
de forma que puedan vivir con decoro,
incluso para que puedan ahorrar,
como ahorra y tiene bienes el dueño de la empresa
cuyas riquezas le vienen producidas por el trabajo de todos. También pecan contra el séptimo mandamiento los obreros y empleados
que no cumplen con su deber,
realizando mal o regular su trabajo.
Todo lo robado o hurtado hay obligación de restituirlo. La causa de tantos robos, hurtos e injusticias está en el egoísmo
y en la sed de riquezas.
Por eso Jesús nos dice:
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas,
que limpiáis por fuera la copa y el plato,
que por dentro están llenos de rapiñas y codicias!"
(Mateo, 23)
Procurar no coger nunca nada.
Pues se empieza por coger un poco y se termina por coger mucho.
Propósito:
Jamás tomaré nada de los bienes ajenos.
Los respetaré, pues no son míos. |
7月3日
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EL REY DAVID SE APODERÓ DE LA ESPOSA DE URÍAS
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El rey David se paseaba una tarde por la terraza del palacio real
y vio desde allí a una mujer muy bella.
Preguntó el rey quien era y uno de los servidores le dijo:
«Es Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías el jeteo.»
David faltando al sexto mandamiento,
envió gentes en busca suya
y se apoderó de aquella mujer que no era suya.
Luego pecó con ella,
cometiendo pecado de impureza y adulterio.
Entonces David, como había faltado al honor de Urías,
maquinó algo horrible contra él.
Como estaba en guerra, escribió una carta a Joad diciéndole:
«Poned a Urías en el punto donde más dura sea la lucha
y cuando arrecie el combate retiraos
y dejadle solo para que caiga muerto.»
Joad, que asediaba la ciudad, puso a Urías
en el sitio donde sabía que estaban los más valerosos defensores.
Los de la ciudad hicieron una salida contra Joad
y cayeron muchos, servidores de David y entre ellos murió Urías.
El mal que había hecho David contra Urías y su esposa
fue desagradable a los ojos de Dios.
Pero el Señor tuvo misericordia de David.
De parte de Dios fue el profeta Natán donde el rey David
para anunciarle lo mucho que le había ofendido.
Natán dijo al rey: «Juzga este caso:
Había en una ciudad dos hombres,
el uno rico y el otro pobre.
El rico tenía muchas ovejas y muchas vacas
y el pobre no tenía más que una sola ovejuela,
que él había comprado y criado,
con él y con sus hijos había crecido juntamente,
comiendo de su pan y bebiendo de su vaso
y durmiendo en su seno,
y era para él como una hija.
Llegó un viajero a casa del rico,
y éste, no queriendo tocar a su ovejas ni a sus bueyes
para dar de comer al viajero que a su casa llegó,
tomó la ovejuela del pobre y se la aderezó al huésped.»
Encendido David fuertemente en cólera contra aquel hombre,
dijo a Natán: «¡Vive Yavé que el que así obró es digno de muerte
y ha de pagar la oveja con siete tantos encima
por haber hecho tal cosa, obrando sin piedad.»
Natán dijo entonces a David:
¡Tú eres ese hombre¡
He aquí lo que dice Yavé, Dios de Israel:
Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl.
Yo te he dado la casa de tu señor, y la casa de Israel y Judá.
¿Cómo, pues, menospreciando a Yavé,
has hecho lo que es malo a sus ojos?
Has herido a espada a Urías, jeteo;
tomaste por mujer a su mujer,
y a él le mataste con la espada de los hijos de Ammon.
Por eso no se apartará ya de tu casa la espada,
por haberme menospreciado tomando por mujer
a la mujer de Urías, jeteo.
Así dice Yavé: Yo haré surgir el mal contra ti de tu misma casa.»
David dijo a Natán: «He pecado contra Yavé.»
Y Natán dijo a David:
"Yave te ha perdonado tu pecado. No morirás.»
Natán abandonó el palacio del rey.
Y más tarde Dios castigó a David.
El rey oró y ayunó ante el Señor
pasando las noches acostado en tierra.
Explicación Doctrinal:
El sexto mandamiento de la Ley de Dios dice:
«No cometerás actos impuros.»
El cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer los ha creado Dios.
Luego el cuerpo humano es bueno y santo.
Y, por tanto, las partes genitales son buenas y nobles.
(Explicar a los chicos y a las chicas,
con cierto tacto y brevedad, las partes genitales.)
Por eso hemos de tener respeto y delicadeza
a nuestro cuerpo y al cuerpo de los demás.
Jamás haremos chacota y risa del cuerpo humano.
Por eso,
todo tocamiento en los órganos genitales realizado con malicia
es pecado venial o mortal,
depende del grado de malicia que se tenga.
En cambio, tocarse por necesidad,
como realizar la limpieza del cuerpo, etc.,
no es pecado alguno, sino todo lo contrario.
El sentimiento del pudor nos lleva a cubrir el cuerpo.
Los chicos deben respetar el honor de las chicas
y las chicas tengan respeto a la dignidad de los chicos.
El matrimonio, establecido por Dios,
es la unión de un hombre y de una mujer
para criar hijos para el Cielo.
Pecan, por tanto, contra el sexto mandamiento,
todo hombre o mujer, chico o chica
que quieran vivir como si fueran matrimonio sin estar casados.
Cometen pecado de impureza.
Como también comete pecado grave de adulterio
el casado que abandona sus deberes de amor y cariño
a su esposa y se va con otra mujer,
o la esposa que abandona a su marido y se va con otro hombre.
Y lo más horrible de este pecado
es que a veces abandona el cónyuge a su consorte y a sus hijos,
quedando una familia destrozada.
Dios quiere que el marido viva fielmente con su mujer
y la esposa con su marido.
Y los dos juntos vivan en amor y cariño con sus hijos.
Hemos de tener cuidado en la mirada
y apartarla de aquello que es inmoral.
Para vencer las tentaciones contra la pureza
lo mejor es recibir a Cristo en la Comunión.
Jesucristo fortalecerá nuestras almas para mantenemos puros.
La consagración a nuestra Madre la Virgen María
es ayuda eficacísima para vivir con pureza y santidad de vida.
POPÓSITO:
Me comportaré con las chicas(y las chicas con los chicos)con respeto, educación y alegría. |
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7月1日
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DOÑA MATILDE
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Doña Matilde era una señora muy buena, de un gran corazón. Pero era muy débil de carácter para educar a su hijo Alfredo. Le faltaba a la buena señora esa energía, unida a una gran serenidad. Por eso, quien mandaba en aquel hogar era Alfredo.
La madre transigía con todos los caprichos de su hijo; unos buenos (y eso estaba bien) y otros malos (y eso estaba mal). Alfredo fue creciendo, dejó la adolescencia y un día le pidió a su madre dinero para jugar en el casino. Y también le pidió otra vez dinero para volver de noche y muy tarde a casa. A doña Matilde le parecía un disparate aquellas libertades. Pero el hijo, tanto insistía, y tales caras avinagradas ponía, que la madre, más blanda que la cera, cedía al fin, diciéndole: «¡Toma, hijo, siquiera para que me dejes en paz¡» Y la madre fue cediendo su autoridad y dando dinero a su hijo para sus vicios y caprichos indignos.
Un día, Alfredo no se encontraba bien, tenía algo de fiebre. Los médicos le diagnosticaron una tuberculosis traidora. Fue llevado a un pueblo de la sierra. Estaba en una casa magnífica, rodeada de un maravilloso pinar. En el jardín estaba Alfredo tendido en un lecho y junto a él había libros y un aparato de radio. Nada de esto le interesaba. Sólo quería curarse y marchar de allí.
Un día llegó al jardín un joven sacerdote. Era el nuevo párroco del pueblo. Venía a ofrecerles sus servicios y su amistad. A los pocos días, el sacerdote adquirió un poco de confianza con la madre y el hijo. Bien sabía el joven párroco la causa de aquella traidora enfermedad. Ciertas frases dichas por la madre le habían revelado que la causa, en parte, era debido a la vida viciosa y disipada que Alfredo había llevado. El vicio había gastado aquella joven naturaleza.
Alfredo pasó una noche agitado, desvelado. Era la muerte, que se le acercaba. El sacerdote quiso hablar con el enfermo, pero la madre lo impidió, ante el temor de que su hijo se asustara. Pero aquella misma tarde el sacerdote recibió un recado urgente: Alfredo se moría. En cuanto llegó el párroco le habló al enfermo con amor y firmeza. Le dijo que pronto estaría en la presencia de Dios y que se preparara para gozar de la eterna felicidad del Cielo. El joven, con gran indiferencia, le dijo: «Ahora no estoy para eso.» Doña Matilde, al oír aquellas frias palabras, le gritó, con lágrimas en los ojos: «¡Pero hijo, yo no quiero que te pierdas para siempre!» Entonces el enfermo, muy débilmente y con indiferencia, le dijo: «Me confesaré para que me dejes en paz.» Doña Matilde salió de la habitación. Quedaron solos el sacerdote y en enfermo. ¿Se confesó bien Alfredo? Eso sólo Dios lo sabe. Cuando volvió la madre a la habitación su hijo estaba moribundo.
Doña Matilde lloraba de pena y dolor, pensando Que las únicas palabras que ella habla oído a su hijo eran: «Me confesaré para que me dejes en paz.»
Alfredo fue víctima de la falta de autoridad de su madre.
Explicación Doctrinal:
El día de mañana, cuando seáis mayores, se presentan en la vida varios caminos: unos eligen el sacerdocio, la vida religiosa; otros, el matrimonio, constituyen un hogar con una persona a quien aman y quieren. Luego nacen los hijos y entonces se forma la familia.
Vosotros quizá lleguéis a ser padres y madres de familia, Pero el ser padre y madre va unida a una gran responsabilidad. Los padres tienen el deber de amar, alimentar y educar cristianamente a los hijos. Incluso deben los padres dar a sus hijos felicidad, paz y alegría y jamás amargarles la vida con violencias y cóleras injustas. Los padres tienen el deber sagrado de cuidar la salud de sus hijos, de inclinarles al trabajo, al estudio. Los padres tienen que respetar la libertad de sus hijos al elegir estado, profesión, aconsejándoles, sí, pero no imponiéndoselas. Jamás los padres tendrán preferencias por uno de sus hijos. Esto es indigno.
Los padres dialogarán con sus hijos con gran bondad y cariño, escuchándoles atentamente sus problemas y preocupaciones, sus ilusiones y aspiraciones. Los padres procurarán que sus hijos lean libros buenos y tengan buenos amigos. Un buen libro y un amigo bueno son dos tesoros inapreciables. Porque un mal libro y un mal amigo pervierte y arrastra hacia el mal a la juventud.
Los padres aconsejarán a sus hijos, les reprenderán con dulzura, firmeza y razones justas; les castigarán o premiarán cuando las circunstancias lo aconsejen. Los padres rezarán por sus hijos, para que Dios les guíe por el camino del bien, de la justicia y de la verdad, y llevarán una vida ejemplarísima y cristiana de rectitud, de amor, justicia y mansedumbre.
PROPÓSITO:
Honraré a mis padres por ser ellos los representantes de Dios en la familia y además fuente de grandes bendiciones.
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UN MUCHACHO EN UNA CASA DE JUEGO
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Renato era un muchacho de diecisiete años;
bueno, pero con poca voluntad y muy poco dominio de sus pasiones.
Estudiaba en la Universidad de Pisa
y su familia vivía en un pueblecito cercano a esta ciudad.
Su padre, que era médico del lugar,
no ganaba lo suficiente para mantener a su familia
y costear los estudios de Renato.
El muchacho pasó contento las Navidades en el pueblo
en compañía de su familia.
El día 2 de enero, Renato regresó a la Universidad.
Su madre le dio el dinero para pagar la pensión del mes.
Pero nada más llegar a Pisa donde sus amigos ya le esperaban
se le fue a la pensión, .
Organizaron entre todos una fiesta.
Recorrieron las calles de la ciudad cantando alegremente
y terminaron por entrar en una casa de juego.
Renato jugó unas liras y las perdió;
volvió a jugar y volvió a perder.
Al salir de aquella casa
Renato había perdido totalmente el dinero que le dio su madre
para pagar el mes de pensión.
Eran las cinco de la mañana cuando entraba en su casa de huéspedes.
Se tumbó en la cama.
Estaba horrorizado de lo que había hecho.
El pobre chico no sabía qué hacer.
Por fin, después de mucho cavilar,
se determinó ir donde sus padres y contarles todo lo ocurrido.
Esperaba una violenta reprensión y una buena bofetada.
Tuvo que pedir dinero prestado a la patrona para el viaje,
pues no tenía ni céntimo. Llegó a su casa y llamó.
Le abrió su madre,
y al ver ésta a su hijo tan pálido se asustó la pobre mujer.
Renato, con lágrimas en los ojos, le declaró toda la verdad.
La pobre mujer quedó apenada.
¿Cómo darle dinero otra vez, con lo escaso que andaban de él?
Cuando llegó el padre de Renato
su esposa le puso al corriente de lo que había hecho su hijo.
A la hora de la cena vio Renato a su padre y le dijo:
«Buenas noches, Padre».
El padre, con cierta bondad, no exenta de seriedad, lo contestó:
«¡Buenas noches!»
Renato esperaba durante la cena
un chaparrón violento de gritos y bofetadas.
Pero el padre comía con todo sosiego
y le hablaba en un tono normal y sencillo.
Al ir a acostarse, le dijo:
«Renato, mañana tienes que madrugar. Necesito el caballo»
Cuando la madre y el hijo quedaron solos en la cocina
le preguntó si le habla dado el dinero de la pensión.
La madre le contestó que nada le habla dado.
Renato se levantó al amanecer.
Era un día frío y duro de invierno.
Caía la nieve con fuerza.
Bajó al portalón y vio a su padre montando a caballo,
envuelto en su amplio capote
para ir a cumplir con su obligación de médico.
El padre, dándole el dinero de la pensión,
le dijo lentamente y con voz suave:
-¡Toma, pero antes de malgastarlo acuérdate de cómo lo gana tu padre!’
Avivó al caballo y se perdió en la oscuridad de la noche. Este joven, que con el tiempo llegó a ser un gran escultor,
cuando siendo ya mayor recordaba las palabras de su padre,
se le saltaban las lágrimas y declaraba que si él era algo en la vida
era debido al ejemplo de su Padre.
Explicación Doctrinal:
El cuarto mandamiento de la Ley de Dios es:
«Honrarás a tu padre y a tu madre.»
Hemos de honrar y respetar a nuestros padres,
Porque ellos nos han dado la vida,
nos han traído a un hogar.
Vivimos en familia y, sobre todo, debemos honrarlos, porque ellos son los representantes de Dios en la familia.
En todas partes tiene que haber uno que mande
y los demás que obedezcan.
En una fábrica manda el director,
en una brigada de obreros el capataz,
en un batallón el comandante,
en una ciudad el alcalde.
Si todos hiciéramos lo que nos da la gana
y no obedeciera nadie la vida sería un desorden.
Es lo que ocurre en una familia en la que los hijos no obedecen,
ni estudian, ni ayudan en el hogar
en esa casa, todo es un completo desorden y anarquía.
Por eso, los hilos deben obedecer a su padres pronto y bien,
y ayudar en las mil necesidades que surgen en el hogar,
como ir a la farmacia, a un recado urgente, a una tienda, etc.etc...
Otro deber de los hilos es estudiar
y aprender bien una profesión, oficio o carrera
para ganarse el pan el día de mañana.
Otro deber de los hijos es, dar a sus padres Paz y alegría;
tener con ellos atenciones y servicios.
Hay hijos que amargan la vida de su padres,
llevando una vida viciosa y desarreglada.
Cuando los hijos tienen padres indignos, blasfemos o se embriagan,
los hijos, con el debido respeto, les darán oportunos consejos.
Dios, en la Sagrada Escritura, dice:
«De obra y de palabra,
honra a tu padre para que venga sobre ti su bendición.»
Un medio de honrar a los padres es escucharles atentamente
cuando ellos nos hablan, aconsejan y reprenden.
Cuando, en las conversaciones entre los padres y los hijos,
se discutan puntos de vista opuestos,
debe reinar la reflexión, el respeto y la serenidad.
Y si los hijos observan en sus padres errores en sus ideas u obras,
les advertirán con la debida cortesía
y con razones del error en que están metidos.
También hemos de amar y querer a los hermanos y a las hermanas:
como también a los sacerdotes maestros y ancianos.
Propósito:
Daré a mis padres y hermanos,
amor, alegría, paz y obediencia y ayuda en todo. |
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