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日志


6月30日

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO

 

1 JULIO 2009

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO (22)

 

EL SEÑOR VOLVERA.

OTRA MISIVA A TSALÓNICA

 

Nadie sabe cuando será.

Lo que interesa es estar preparados

para cuando el Señor llame a cada uno

 

Pablo, mientras evangelizaba en Corinto,

 les pidió con urgencia a Timoteo y Silas:

- ¡Pronto! Necesito más papel, tinta y plumas.

 Y ustedes, prepárense para otra carta que les tengo que dictar.

Se inició un diálogo nervioso entre los tres, al preguntar Timoteo:

- Pablo, ¿qué pasa pues?

- Nada malo. Pero quiero tranquilizar a los de Tesalónica. Como tú me decías, Timoteo, no entendieron eso de la resurrección de los muertos. Por una parte están llenos de esperanza, pero por otra han sacado malas consecuencias. Me han informado algunos hermanos llegados de allí, que bastantes discípulos se han dicho: Si el Señor está cerca, ¿para qué molestarse en lo poco que nos queda de vida aquí?...
- O sea, ahora a vivir tranquilos, a mariposear por el ágora, a no trabajar y a dedicarse al ocio, en el que los griegos son tan especialistas.
- Dices muy bien, Silas. Por eso, es tan importante aclararles este punto sin dejarles dudas. Al acabar el trabajo en el taller, y después de predicar al Señor Jesús en el grupo que nos viene cada día, hemos de escribir de nuevo.

Silas y Timoteo se dieron cuenta del trabajo que les venía otra vez encima.
Pablo, discurriendo mientras daba vueltas por la estancia, les iba a dictar a los dos las ideas que le llenaban la cabeza. Sentados uno y otro en el suelo ─con los papiros egipcios en la mano, y turnándose, pues el escribano difícilmente aguantaba más de dos horas─, irían escribiendo la segunda carta a los de Tesalónica. Más breve ésta que la anterior, pero también llena de enseñanzas y de cariño.

No habían pasado más que unos dos meses desde la primera carta, y viene esta segunda como una emergencia, originada por la cuestión de los difuntos.
Algunos tesalonicenses, interpretando mal lo que Pablo les había escrito, sacaron una mala consecuencia:
- Si el Señor está cerca, si va a venir pronto para el Juicio, ¿vale la pena preocuparse por el porvenir?, ¿vale incluso la pena trabajar?...
Pablo reprende. Con cariño, pero amonesta como debe:
- A los haraganes, que viven entre ustedes “sin trabajar nada, pero metiéndose en todo”, les aviso en serio: “si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (3,10-11)
Y se pone como ejemplo:
- Ustedes saben cómo deben vivir para imitarnos: no hemos vivido entre ustedes sin trabajar; no pedimos a nadie un pan sin haberlo ganado, sino que trabajamos y nos fatigamos día y noche a fin de no ser carga para ninguno de ustedes. Y no es que no tuviéramos derecho para pedir; pero quisimos darles un ejemplo que imitar. (3,7-9)
Vemos cómo no dice “yo”, sino que la carta pone bien claro “nosotros”. Los compañeros de Pablo trabajaban, cada uno en su oficio, igual que el maestro.
Como se dice vulgarmente, hemos empezado por el tejado, por la consecuencia que Pablo quería extraer de la doctrina sobre la Segunda Venida del Señor, llamada técnicamente “La Parusía”. ¿Queremos saber ante todo el significado de esta palabra?
“Parusía” era una palabra griega que designaba la visita que el emperador o un legado suyo hacía a alguna provincia o ciudad de su dominio.
Iba siempre, como es de suponer, acompañado de todo su séquito, desplegando magnificencia, y era recibido por el pueblo, con las autoridades a la cabeza, en medio de grandes festejos. Así era en la antigüedad, en los pueblos orientales como en la misma Roma.
Y de ahí vino el término de la comparación:
- ¿Les gusta esa pompa, esa grandiosidad, ese despliegue de fuerzas del emperador o del rey?... Pues esto es lo que va a acontecer cuando vuelva el Señor Jesús al final de los tiempos. ¡Aquello sí que será espectacular!
Todos recordaban con esta palabra lo que había dicho Jesús, y que Pablo les había expuesto: “Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad” (Mt 24,30)
La Vuelta del Señor lleva consigo aparejada la resurrección de todos los muertos y la comparecencia ante el tribunal de Jesucristo de todos los ángeles, los del cielo y los del infierno, conforme a la palabra del mismo Pablo:
- ¿No saben que nosotros vamos a juzgar a los ángeles? (1Co 6,3)
Es decir, la Parusía, o Día del Señor, reunirá ante Jesús a todas las gentes de todos los tiempos, con la comparecencia también de todos los ángeles del cielo y todos los demonios del infierno.
Los muertos resucitarán aquel día, pero, ¿y los que vivan cuando el Señor venga? ¿qué ocurrirá con ellos?... Esta era la cuestión que preocupaba a los tesalonicenses.
Pablo es también muy claro: “No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al último sonido de trompeta que tocará, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados” (1Co 15,51-52)
Parece que en la primitiva Iglesia se pensó que la vuelta del Señor estaba inminente. Cuestión de años. Pero pronto se convencieron de que la cosa iba para largo.
Los años se podían convertir en siglos y en bastantes milenios. Como así ha sido. Es muy posible que estemos en la aurora de la salvación, en el puro amanecer, y que falten aún muchas horas del día.
En esta carta segunda a los de Tesalónica Pablo apunta un signo de la venida del Señor: la apostasía general y la aparición del Anticristo. Venía a decir lo mismo que Jesús:
“Y cuando yo vuelva, ¿encontraré fe en la tierra?” (Lc 18,8)
Esta cuestión de la Vuelta del Señor había suscitado en Tesalónica muchos falsos profetas, que iban proclamando, de viva voz y por cartas falsificadas, como escritas por Pablo:
- ¡El Señor está por llegar!... Prepárense, porque el Señor viene!...
Tanto San Pablo, como antes Jesús, desengañan a todos los falsarios, que hasta señalan fechas concretas:
- Nadie sabe cuándo será. Lo que interesa es estar preparados para cuando el Señor llame a cada uno.
Aquel ¡Volverá! de la Ascensión lo tenemos muy metido en la mente y en el corazón.
El día grandioso del final de los tiempos les hace exclamar de continuo a los hijos de la Iglesia con el Apocalipsis: ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20)
Con esta carta volvió la paz a la Iglesia de Tesalónica.
Y qué paz da también hoy el seguir repitiendo con fe:

¡Volverá!... ¡Ven, Señor Jesús!...

6月28日

BUSCANDO A DIOS

 

 

 

29 JUNIO 2009

 

BUSCANDO A DIOS

 

Alguien dijo encontrar a Dios en la naturaleza.
Y yo corrí hacia el mar, crucé campos y senderos,
miré en espigas y en flores. Todos hablaban de Dios,
de su poder, de su cuidado y esmero.
Pero no vi a Dios, no estaba allí.
Solo había noticias de El, rumores y recuerdos.

“Pregunta a los sabios de Dios”, otros dijeron.
Busqué al místico, al teólogo y al lama;
Acudí a templos y monasterios.
Escuché santas ideas, comentarios, oraciones, sentimientos...
Ellos vivían con Dios, pero yo... ¡¡ no logré verlo!!

“Dios bajó hace ya tiempo; busca en los barrios,
en la lucha del hombre por el hombre”, sugirieron.
“Busca en la selva, en la cárcel, en chabolas...”
Y solo hallé recuerdos. Recuerdos de algo que El dijo,
de interpretaciones, de ideas y de sueños.
Pero Dios no estaba allí. Se había ido hacía tiempo.

Entonces, desencantado,
creí que no estaba en ningún sitio,
o que estaba demasiado lejos.
Y busqué en mi corazón otros asuntos.
¡Que siguiera Dios allá en su cielo!

Y al mirar allí, en mi corazón,
sentado entre injusticias y entre miedos,
entre dudas, rencores y esperanzas,
entre buenos y malos sentimientos,
¡estaba Dios!, ¡sentado y esperando!
¡No estaba en la tierra ni en el cielo!

Me fui a contárselo a la gente,
a gritar mi gran descubrimiento.
Y me encontré que Dios estaba en las montañas,
en las flores y en los monasterios,
en los barrios, en la cárcel, en la iglesia,
en la Biblia, en el cine y en los cuentos.
¡¡Resultó que Dios estaba en todos sitios
cuando lo había encontrado dentro!!

 

Enviado por R. Martínez

 

 

6月27日

DOMINGO XIII .TIEMPO ORDINARIO

 

 

Veronese, Paolo 1528-1588 - Jesús y la Hemorroísa 1565 - Kunsthistorisches Museum Vienna

 

 

DOMINGO 28 JUNIO 2009

 

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

REFLEXION SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA

 

Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"» Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos y le dice: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

Reflexión:


Vemos a un hombre y una mujer postrados a los pies de Jesús.

Se acercan a Él.

 Saben que puede solucionar su problema, satisfacer sus deseos.

 Jairo anhela que su hija no muera.

 “Mi hija está enferma. Ven a imponerle las manos para que se salve y viva”.

La mujer quiere verse curada de su enfermedad.

 “Si sólo tocara su vestido, quedaré sana”.

 Cuando Cristo descubre su fe, no se puede resistir.

 “La niña no ha muerto, está dormida... Levántate”.

 “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y que se cure tu mal”.

Qué grande es el hombre cuando, consciente de su pequeñez y de su indigencia,

 sabe buscar lo que necesita en Aquel que es verdaderamente grande.

 El corazón del mismo Dios se conmueve al ver la actitud de sus hijos que acuden a Él como verdadero Padre.

El que ama y se sabe amado, no tiene miedo de pedir y no se reserva nada cuando se trata de dar.

Pidamos, pero no como quien cree merecerlo todo.

 Pidamos conscientes de que Dios nos ama, aunque no lo merezcamos.

Aún más, nos ama en nuestra debilidad, que nos acerca a Él.

Y así como le pedimos, sepamos ofrecerle el homenaje de nuestra fe y nuestra confianza total.

 No dudemos de su amor, que quiere darnos todo lo que realmente necesitamos,

 quiere curarnos de nuestra enfermedad,

 quiere darnos la verdadera vida.

El evangelio de hoy nos presenta a dos enfermos que acuden al médico

 para pedir que los cure de su verdadera enfermedad.

 Si ellos fueron curados, ¿qué necesitamos nosotros para lograr nuestra curación?


Primero de todo saber qué me pasa, qué me duele, qué molestia siento pues siempre tenemos alguna molestia.

 Podemos padecer el cáncer de la inmoralidad o la pulmonía del enfado que nos hace reñir con todo el mundo.

 Una vez localizado nuestro mal lo siguiente es acudir al doctor, a la Iglesia, al sacerdote,

para que sane la dolencia del alma.

Cristo curó a estos dos enfermos pero Él decidió el momento.

Sólo necesitó de su arrepentimiento sincero y de su sinceridad de corazón.

¿No nos estará pidiendo Cristo lo mismo a nosotros?

Pues estemos seguro de que si tomamos la actitud de estos dos enfermos con seguridad seremos curados.

 Cristo jamás se deja ganar en generosidad.

Si le damos uno Él nos dará el doble, según nuestra necesidad.


6月26日

MARÍA NO FALLA JAMAS....

 

 

 

 

 

 

SÁBADO 27 JUNIO 2009 

 

MARIA NO FALLA JAMÁS EN EL AMOR

 

Madre de Dios, esperanza de todos,

defiende y guarda a cuantos confían en ti...

 

Al contemplar la figura de la Virgen María en la historia del cristianismo

 nos encontramos con este hecho indiscutible:

 María aparece siempre como una presencia materna:
Madre, primero, de Jesús; Madre, después, de la Iglesia.

Convencido de ello, el pueblo cristiano se ha vuelto siempre a María

 como una esperanza segura que no le puede fallar,

 porque la Madre no falla jamás en el amor,

 en la ayuda, en la protección.

Y, si no, miremos las manifestaciones de esa confianza en María.

¿A quién encomiendan las madres cristianas la guarda de sus hijos?...

 A la Virgen María.
¿A quién acuden las naciones católicas cuando ven amenazada su paz?...

 A la Virgen María.
¿A quién se dirige el enfermo en sus angustias?...

A la Virgen María.
¿A quién se encomienda el pecador en su angustia?...

A la Virgen María.
¿A quién confía el joven o la muchacha sus inquietudes?...

 A la Virgen María.

Con su actitud, todos los pobres de espíritu van repitiendo la plegaria

 que no se les cae de los labios:
-¡Salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!

Y lo hacen en oración silenciosa dentro de su corazón,

 en el seno de la familia o en la iglesia,

 en la que nunca falta la imagen de María.

Lo manifiestan igualmente

 en esas peregrinaciones continuas e interminables

 al santuario o ermita de la Virgen,

esparcidos por dondequiera se halla establecida la Iglesia.

Con esta actitud y esta oración,

 no restan nada al amor y a la confianza en Jesús el Salvador,

 ya que invocan a María precisamente para ir con más seguridad a Jesucristo, en quien confían, a quien aman y por el que suspiran sin cesar,

 pues acaban suplicando:
- ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tus entrañas!

Así aclaman a María y la confiesan Madre de Jesús y Madre nuestra amantísima.

Una actitud semejante

no puede atribuirse sino a la acción del Espíritu Santo

que guía a la Iglesia y suscita la oración de los fieles.

 Dios ha querido, sin más, que en la Iglesia contemos con una Madre,

 y esta Madre no es otra que María.

En la Iglesia Oriental de Rusia existe una imagen célebre de María,

 que con su manto cubre y protege la ciudad de Moscú

 contra todos sus enemigos.

 Bella representación de lo que ha sido y es María

para todos los pueblos cristianos y para con todos nosotros.

Con su manto cubre y defiende nuestras casas,

 nuestros pueblos, nuestras calles, nuestros campos, nuestro trabajo, todo...

Es la sombra de la madre,

que en la casa y en la familia lo llena todo con su calor,

 sus cuidados, su solicitud, su ayuda y su consuelo.

Este, y no otro, es el papel de María en la Iglesia.

Es curioso observar cómo en todas las naciones católicas

 --las más tradicionales de Europa y las más recientes de nuestra América--,

 en todas se le invoca a la Virgen como salvadora de la patria.

 Todas tienen una u otra historia dolorosa que contar,

 para decirnos después que la Virgen María fue su salvación.

 Y no se equivocan en esta su interpretación de los hechos.

A esos pueblos cristianos,

 Dios les ha concedido siempre su benevolencia y su salvación

 por medio de la Virgen María, invocada con tanta fe.

Si queremos salvar al mundo,

miremos que se extienda y arraigue la fe en Jesucristo.

 Sólo esta fe guiará al mundo hacia su salvación y su esplendor.

Una tradición de la Iglesia en Rusia

 expresa de manera muy bella la salvación traída por Jesucristo:

Antiguamente, con toda la asamblea cristiana reunida delante del templo,

 se escuchaba el diálogo del Angel con la Virgen.

 María pronunciaba aquella su aceptación de la Palabra de Dios:
- Sí, hágase en mí según tu palabra.

Se abría entonces una jaula y se dejaba salir libre al pájaro encerrado,

 que se lanzaba gozoso hacia el cielo disfrutando de la libertad recuperada.

Esto es la Humanidad.

 Un pájaro encerrado dentro de su propia culpa.

 Si recibe al Hijo de Dios, que nos viene por medio de María,

se ve libre de Satanás que lo esclavizaba

y ya no le queda sino la paz y el gozo de Jesucristo.

A la Virgen nos dirigimos con plegarias de los primeros siglos de la Iglesia;
- María, Madre de Dios,

 Tú has traído entre tus brazos la esperanza a nuestras almas.

 Tú eres la mayor esperanza del mundo.

 Por eso nosotros suplicamos tu protección poderosa.

 Compadécete del pueblo que se desvía.

 Pide a Dios misericordioso que libre nuestras almas de toda adversidad,

 ¡Oh Virgen bendita!...

6月25日

JESUCRISTO TE COMPROMETE


 

 

26 JUNIO 2009

JESUCRISTO TE COMPROMETE

 

Nos pide desprendimiento y generosidad,

pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad

 

Jesucristo nos dice en su Evangelio unas palabras

 que no nos dejan en paz como nos pongamos a meditarlas.

 Nos dice lo que ningún líder se atreve a formular:

- Quien no está por mí, está contra mí.

Si nosotros oyéramos estas palabras en una campaña electoral, replicaríamos sin más al candidato:

- ¡Cuidado! Nosotros, no estamos por usted, pero tampoco nos ponemos en contra.
Sencillamente, nos declaramos neutrales. Pertenecemos a los del voto indeciso, y nos inclinaremos al final por el que más nos convenga.
Jesucristo no admite esta razón. Es tajante desde un principio:
- ¿Sí o no? ¿Conmigo o contra mí? ¡A fiarse de mí, porque soy yo el que os conviene! Yo soy el único necesario. Todos los que han venido antes de mí son unos ladrones y salteadores...
En otras palabras, Jesucristo compromete, y lo hace y exige de manera definitiva. No quiere ni indecisos, ni cobardes, ni desleales.
El seguimiento de Jesucristo lleva dentro de sí lo que hoy llamamos una mística. O sea, una ilusión, un convencimiento, un ideal, una obsesión, que nos arrastra de modo irresistible a darle todo: hemos escogido a Jesucristo y no lo cambiamos por nadie ni por nada que se nos pueda prometer o dar por otros. Con Jesucristo nos basta. Con Jesucristo nos realizamos. Por Jesucristo gastamos nuestra vida. Por Jesucristo vivimos y por Jesucristo moriremos.
Esto no son sueños de románticos e idealistas. Esta es la realidad que se vive en la Iglesia. La vemos encarnada en toda clase de personas, en hombres y en mujeres de toda edad y condición, en ancianos y en niños, y sobre todo jóvenes, muchachos y muchachas que se dan a Jesucristo del todo cuando más les sonríe la vida. No hay líder que cuente con seguidores como Jesucristo.

Se me ocurre a este propósito un chiste de la Segunda Guerra Mundial. En plena euforia de las conquistas alemanas, y cuando ya Italia se había uncido al carro triunfador de Hitler, una multitud inmensa de soldados y camisas negras fascistas se congregó en la Plaza Venecia de Roma aclamando a Mussolini.
Sale el Duce al balcón central del palacio, y se dirige a la multitud enardecida:

- Tengo una honrosísima misión que confiar a un valiente. Será difícil. Correrá riesgos el elegido, pero se convertirá tal vez en un héroe de la Patria. ¿Hay algún valiente entre vosotros que quiera cumplir esta misión?...
- ¡Síiiiii!...
- ¿Quién quiere serlo?
- ¡Yoooooo!...
- ¡Muy bien! ¡Gracias por tantos valientes!

El encargo de esta misión va escrito en este papel que tengo en la mano. Como sois tantos los voluntarios, yo lo voy a lanzar al aire; el primero que lo recoja, que se presente en mi despacho, y él se lleva el honor y el amor de toda la Patria.
Mussolini echó a volar el papel, y se metió en su despacho. Al cabo de un rato aparece de nuevo en el balcón, y ve con asombro que el papel todavía volaba por el aire, pues, cuando caía, todos aquellos voluntarios tan valientes soplaban hacia arriba y ninguno se apoderaba del papelito misterioso...
Un cuento, que, desde luego, tiene mucha sustancia. Entre los voluntarios que le dicen a Jesucristo como aquel del Evangelio: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿no hay más de uno que se dedica a lanzar soplidos al mensaje de Jesucristo, para que lo recojan otros, porque ellos saben retirarse prudentemente?... Si Jesucristo sigue diciendo: El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga, ¿no ve Él cómo muchos le dan tristemente la espalda?...
Pero, al llegar aquí, nos encontramos con los pesimistas que piensan que el Evangelio es rigor, tristeza, exigencia y nada más.
¡No! Eso no es cierto. El Evangelio da mucho más de lo que exige.
Nos pide desprendimiento y generosidad, pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad.
Nos quita el peso del mundo, y nos echa encima una carga que el mismo Jesucristo dice que es suave y ligera...
Nadie niega que Jesucristo atrae hoy como nunca, sobre todo a los jóvenes. Hartos de líderes que nos engañan, en Jesucristo no se ve trampa, y Jesucristo responde a tanta angustia como atenaza al mundo.
Pero algunos se tiran para atrás cuando se presenta un Jesucristo muy concreto, que por su Iglesia pide tantas cosas que el mundo de hoy rechaza.
Si no fuera por la moral sexual, o por el respeto exigido a la vida, o por los reclamos de la justicia social..., veríamos cómo nadie se apartaría de Jesucristo y de su Iglesia. Se apartan de Jesucristo cuando es su Vicario quien nos recuerda estos deberes en nombre del mismo Señor.
Si muchos se van detrás de otros líderes, es porque prometen mucho y no exigen nada.
Porque se contentan con una moral sin compromiso.
Porque todo se va en cantar y en aplaudir.
Porque suavizan de tal manera el Evangelio que le privan de todo vigor.

Sin embargo, Jesucristo sigue clamando: ¡O conmigo o contra mí! No quiero votos indecisos. No quiero que mi mensaje flote por los aires, sin que nadie lo recoja...


6月24日

JESÚS Y LA PECADORA ARREPENTIDA

 

 

DIA 25 JUNIO 2009

 

JESÚS

Y LA PECADORA ARREPENTIDA

 

¿Me amas? ¿ Sí?...

Pues ya tengo bastante.

De lo demás, no te preocupes. . .

 

Un Papa y un Doctor de la Iglesia como San Gregorio Magno decía que le daban ganas de llorar cada vez que leía en el Evangelio la historia de la prostituta del lago. Una pobrecita que había caído muy hondo, pero que era una estupenda mujer y ha sabido ganarse los corazones a puñados... Es Lucas quien nos cuenta en su Evangelio la escena conmovedora.
Jesús predica por todos los pueblos que rodean el lago de Genesaret. Entre los que le escuchan, se mete una mujer pecadora, y pecadora en aquel entonces era la que se había tirado a la calle... Todos la conocen, y los fariseos la deprecian. Por eso va a ser hoy grande el escándalo cuando la vean hacer lo que ella trama en sus adentros. Oye a Jesús. Se enternece. Adivina en el Maestro de Nazaret a alguien que es más que un profeta. La fe y el amor la están empujando misteriosamente.
Y al fin, se decide a hacer lo que le inspira un secreto amor al que ya considera su Salvador:
- ¡Yo tengo que hablar con Jesús! ¡Éste es el Enviado de Dios que esperamos, y Él puede hacerme acabar con esta mi vida tan miserable! ¡A ver dónde y cómo me puedo llegar hasta Jesús!...
Y ve que el importante fariseo Simón se acerca a Jesús, le invita a comer en su casa, y que Jesús acepta de buen grado.
- ¡Esta es la mía! A casa de Simón que voy, aunque me maten esos santurrones de los fariseos.
Y a mitad del convite se presenta en la puerta del festín. Lleva escondido en un pañuelo de lino un frasco de perfume costoso en el que ha echado los ahorros de su vida. La inmundicia del pecado se va a convertir en aroma de cielo.

Observa dónde está recostado Jesús, se acerca por detrás, no dice una palabra, rompe a llorar, quiebra el pomo de alabastro, lo derrama sobre los pies de Jesús, se suelta su larga cabellera y empieza a enjugar los pies divinos del Maestro. Los pensamientos de todos vuelan demasiado lejos y son temerarios y malos de verdad. Empezando por los del dueño, como nos refiere el Evangelio:
- Si este Jesús fuera el profeta que dicen, sabría bien quién es la mujer que le está tocando: ¡una pecadora! Lo he invitado para conocerlo de cerca, y qué bien que me ha salido la prueba. ¡Este Jesús no es ningún profeta!...
Pero ahora Jesús le va a demostrar que es un profeta de verdad.
- Oye, Simón, tengo que proponerte una cuestión.
- ¡Dí, Maestro, dí!
- Mira, un acreedor tenía dos deudores. El uno le debía como cincuenta dólares y el otro quinientos. Como ni uno ni otro tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Quién crees tú que le querrá más y le estará más agradecido?
- ¡Toma! Pues el de los quinientos. Eso es claro.
- ¡Muy bien pensado!
Pero aquí le esperaba Jesús para sacarle todo a relucir.
- ¿Ves esta mujer? Al llegar a tu casa no me has lavado los pies, polvorientos del camino, y ella me los ha lavado con lágrimas y enjugado con sus cabellos.
Cuando yo he entrado aquí, no me has saludado con el beso de paz, mientras que ésta, desde que ha entrado, no ha dejado de besar mis pies. Tú no me has ungido la cabeza como a huésped invitado, mientras que ella ha derramado todo el perfume sobre mis pies.
Jesús le va sacando al anfitrión todas las faltas de educación que ha cometido --todos esos detalles que no faltan con cualquier invitado distinguido-- y ahora le añade esas palabras que han arrancado después tanto amor y tanta generosidad de muchos corazones:
- Por eso te digo: se le perdonan todos sus muchos pecados porque me ha amado mucho.
Y volviéndose a la mujer, que no ha dicho una palabra, pero que le ha abierto y dado todo su hermoso corazón:
- Mujer, tu fe te ha salvado, ¡vete en paz!...
Un perdón incondicional, preparado por la fe, producido por el amor, y confirmado por Dios con una paz inmensa.
Esto es lo que resalta de manera tan deslumbrante en este pasaje de la pecadora, uno de los más bellos y enternecedores de todo el Evangelio: el valor inmenso del amor.
La pobre prostituta trae muchas culpas encima, pero trae mucho más amor que pecados. Y las infidelidades no significan nada en el corazón que ama. Lo malo es que no haya amor, pues entonces no hay nada que hacer, ya que el corazón frío no se rinde nunca.
Por otra parte, esas culpas se echan en el Corazón de Cristo, lo cual es arrojar una gota de agua en una ardiente hoguera.
Hay pasajes del Evangelio que es mejor escucharlos y no comentarlos, si no queremos echarlos a perder. Y éste es uno de ellos, y como pocos. Sólo su recuerdo es la mejor lección. Al fin y al cabo, ésta es la única penitencia que pone Jesús a los pecadores que se acercan a Él, preguntarles como a Pedro después de sus estrepitosas negaciones:
- ¿Me amas? ¿Sí?... Pues, tengo bastante. De lo demás, no te preocupes...

Éste es Jesús. Éste es nuestro Jesús. ¿A qué podemos tener miedo?...

6月23日

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO (21)

 

 

 

24 junio 2009 

EN EL BIMILENARIO DE PABLO  ( 21 )

 

A SER SANTOS LLAMAN

ES LO PRIMERO QUE PIDIÓ PABLO

 

 

Así nos habla. Y así grita hoy,

igual que entonces a los de Tesalónica:

“¡ Sed santos !”

 

En la meditación anterior, Pablo nos dejó en la mano su primera carta a los Tesalonicenses, que es el primer escrito del Nuevo Testamento. En ella se dirige a los queridos discípulos de una Iglesia que le llenaba el alma por la fidelidad con que vivían el Evangelio.
Nosotros abrimos hoy esa carta y nos encontramos con esta afirmación tan categórica:
“Esta es la voluntad de Dios, su santificación”. Y especifica Pablo: “Porque Dios nos llamó para que vivamos santidad” (1Ts 4, 8)
El cristiano, desde su bautismo, en un estuche que encierra la joya de más valor, como es la gracia de Dios. Esa gracia divina, que Pablo llama “santidad”, se ha de conservar y acrecentar, sin guardarla nunca ociosa, porque hay que consumarla en su perfección.
Pablo nos lo dice hoy con toda su energía, como antaño a los tesalonicenses:
“Esta es la voluntad de Dios, la santificación de ustedes”.
Pablo ha venido a proponernos, cambiando las palabras, lo mismo que Jesús proclamó en su discurso de la Montaña:
“Sean perfectos, como es perfecto su Padre que está en el cielo” (Mt 5,48)
Ante el programa propuesto por Pablo, y antes por Jesús, la Iglesia ha mantenido siempre vivo el ideal de la santidad.
El Papa Juan Pablo II lo señaló como la gran meta que han de conseguir los privilegiados del Tercer Milenio. ¿Para qué?... Para que al acabarse los diez siglos, la Iglesia se vea cuajada de santos.
¿No nos guarda San Pablo alguna palabra para los que hemos aceptado el reto de aquel querido Papa, a quien tanto admiramos?...
¿Y qué es lo que atestigua Pablo?... A voz en grito proclama el Apóstol:

¡Dios es santo!
¡Dios llama a la santidad!
¡Dios santifica!
¡Dios hace crecer en la santidad!
¡Dios consumará un día la santidad de los elegidos convirtiéndola en gloria inimaginable y en felicidad sin fin.
Pablo se sabía más que de memoria los textos famosos de la Biblia que presentaban a Yahvé, el Dios de Israel, como el Santo, el Santísimo.

“Sean santos, porque yo soy santo”, leía Pablo en el Levítico (11,44)

Después, lo contemplaba con Isaías en la visión grandiosa de los ángeles que cantaban a coro: “Santo, santo, santo es Yahvé, Dios de los ejércitos celestiales, llena está la tierra de su gloria” (Is 6,3)
Y confesaba Pablo con el salmista: “Dios es santo en todas sus obras” (Sal 144,17)
Pablo llegó entonces a preguntarse:
- Si Dios es santo, ¿qué nos toca a nosotros sino ser santos como Dios?
Pero, ¿qué significa eso de que Dios es santo?
A lo largo de toda la Biblia, la palabra “santo” quiere decir que Dios es absolutamente puro, sin que se mezcle para nada con ninguna cosa o criatura que no sea Dios.
Dios es puramente Dios, solamente Dios, totalmente Dios, de modo que cualquier otra cosa que le tocara sería en Dios una impureza.
Por eso su Hermosura es infinita a más no poder.
Ahora viene Pablo, y dice:
- ¿Se dan cuenta de lo que es Dios? ¿Se dan cuenta de lo bellísimo que tiene que ser, al no contaminarse con nada?
Pablo se sume en una profunda meditación, y expone en voz alta a todos los vientos lo que él va pensando:
Esto es lo que quiere Dios de mí, y de todos los hijos de las Iglesias que he fundado: que seamos santos como Él, sin mancha alguna que nos haga feos y nos avergüence en su divina presencia, sino que aparezcamos llenos de hermosura celestial.
“Purificados de toda mancha de la carne y del espíritu, consumamos la santificación en el servicio de Dios” (2Co 7,1)
“Actuamos siempre con una rectitud y con un amor delante de los divinos ojos, que, con sólo mirarnos, Dios se queda prendado de nosotros. Para esto nos ha reconciliado por medio de la muerte de su Hijo, para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de él” (Col 1,22)
Este ha sido el sueño divino desde siempre, desde que Dios es Dios.
Porque desde toda la eternidad, “desde antes de la creación del mundo nos eligió para ser santos, intachables y abrasados en amor” (Ef 1,4)
¿Y cómo nos hace Dios santos, si antes éramos pecadores? ¡Por el bendito Bautismo!
“En él hemos sido lavados, hemos sido santificados, hemos sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11)
Esto lo ha hecho Dios con todos los hijos de la Iglesia, porque “Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla” hasta convertirnos en templo santo, ese templo que somos nosotros” (Ef 5,25; 1Co 3,17)
Todo lo realizó Dios por Jesucristo, causa de nuestra santificación, porque “de Dios nos viene el estar en Cristo Jesús, al cual Dios hizo para nosotros santificación” (1Co 1,30)

Así va discurriendo Pablo. Así nos habla. Y así grita hoy, igual que entonces

a los de Tesalónica: “¡Sean santos!”…

La santidad, según San Pablo, es una verdadera vocación de Dios, que llama a la santidad a todos los cristianos, como lo expresa al saludar a los de Corinto o a los de Roma:
“A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”.
“A todos los amados de Dios que están en Roma, santos por vocación”.
Para Pablo, lo de menos es que un cristiano sea hombre o mujer, casado o soltero, abogado o campesino, Presidenta del Gobierno o costurera, Papa Vicario de Jesucristo o pescador del puerto…
Desde el primero al último de los bautizados - aunque en la Iglesia tenga cada uno un carisma diferente- , todos los hijos de la Iglesia tienen por igual la misma y suprema vocación: ser santos y santas para ser mañana los florones más vistosos que adornen el Cielo.

6月22日

RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA

 

 

DIA 23 JUNIO 2009

RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA

 

PRIMEROS HOSPITALES: DONDE CRISTO ES ENFERMO

 

La verdadera revolución en la medicina,

la que “profesionalizó” en cierto modo la asistencia médica,

vino de manos de los cristianos

 

Ir a un hospital no es plato del gusto de nadie.

Pero son instituciones necesarias,

donde se dan a los enfermos las atenciones que en casa no pueden recibir.

Como todas las creaciones humanas, tienen un comienzo en la historia.

Parece ser que desde la antigüedad,

los templos de los dioses fueron también casas de refugio para enfermos

y escuelas de médicos,

una profesión entonces que mezclaba lo artesanal y lo mágico.

Los templos a Esculapio, el dios griego de la medicina,

se usan a este efecto.

En India se conocen hospitales desde el siglo III a. C.

Pero la verdadera revolución en la medicina,

la que “profesionalizó” en cierto modo la asistencia médica,

 vino de manos de los cristianos.

 Como destaca el cirujano catalán Jacint Raventós en su último libro

“La evolución de la asistencia en Cataluña”,

 "La Iglesia fue la primera entidad asistencial pública por su carácter universal e interclasista.

 Su acción benéfica y caritativa fue imitada gradualmente

por la sociedad laica de los señores feudales,

 de los primeros burgueses ricos

y de las comunas o universidades,

formadas por la gente menuda,

 cuyas pequeñas aportaciones fueron también decisivas

para la aparición y el mantenimiento de las entidades hospitalarias benéficas”.

Parece ser que santa Elena funda el primer hospital cristiano en Costantinopla,

 para atender a los peregrinos que iban Jerusalén.

Los primeros hospitales están vinculados a los monasterios.

 Pero pronto se fundan casas hospitalarias bajo la dirección de la Iglesia.

 En París se funda el Hôtel Dieu por el obispo Landerico en torno al 650.

 Y en el 717 se funda en Roma el Hospital del “Santo Spirito”,

bajo la protección de los papas.

En la Edad Media nacen las primeras órdenes hospitalarias militares:

 la Orden Militar de San Juan de Jerusalén o del Hospital

 (actual Orden de Malta), nacida en 1048),

y de la Orden Teutónica, surgida a finales del siglo XII

 en favor de los peregrinos alemanes.

 En Italia surgen en el siglo XV las “Compañías del Divino Amor”.

Y en el siglo XVI aparecen las dos grandes órdenes militares:

 la Orden de san Juan de Dios, y la de los “Camilos”.

 Durante toda la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco,

 la casi totalidad de los hospitales es de titularidad eclesiástica.

 Todavía hoy, el 80 % de los hospitales del Tercer Mundo son de iniciativa cristiana.

 

LOS PRINCIPALES NOMBRES QUE SE LA DEAN A JESÚS

 

 

 

LOS PRINCIPALES NOMBRES

QUE SE LE DAN A JESÚS

 

¿QUÉ NOMBRES SE DAN A JESÚS?

 

¿CUÁLES SON LOS ERRORES HISTÓRICOS SOBRE LA PERSONA

DE JESÚS?

 

Leyendo los Santos Evangelios

 nos sorprende la variedad de nombres que se le dan a Cristo,

 ya sea por parte de los evangelistas

 o porque el mismo Cristo se los aplica a sí mismo:

Camino, Verdad, Vida, Pastor, Rey, Luz, Pan, Maestro, Compañero de camino,

 Resurrección, Vida, Salvador, Mesías, Cordero de Dios, etc..

 Esto nos demuestra la riqueza inmensa que encierra el corazón de Cristo.

 Acerquémonos, pues, al Evangelio

 para descubrir la hondura y profundidad de su Amor.

A lo largo de los Evangelios podemos descubrir diversos títulos de Jesús.

 Todos nos demuestran que ha sido el hombre más grande de la historia.

 Muchos hombres han sido admirados, pero no siempre amados.

Jesucristo es el único hombre que ha sido amado más allá de su tumba.

A los dos mil años de su muerte,

 legiones de hombres y mujeres, dejando su familia paterna

 y su familia futura, sus riquezas y su Patria, despojándose de todo,

 han vivido sólo para Él.

 Jesucristo ha sido amado con heroísmo.

Millares y millares de mártires dieron por Él su sangre.

 Millares y millares de santos centraron en Él su vida.

 Jesús ha sido también el hombre más combatido de la humanidad.

 ¿Qué tendrá este hombre

 que murió hace dos mil años y hoy molesta a tantos vivos?

 ¿Qué tendrá este hombre

 que sigue enterrando a sus mismos enemigos y Él sigue vivo?

¿Quién es Jesús?

Fray Luis de León ha escrito lo siguiente:

 "Vienen a ser casi innumerables

los nombres que la Escritura divina da a Cristo,

 porque le llama León y Cordero, y Puerta y Camino, y Pastor y Sacerdote,

 y Sacrificio y Esposo, y Vid y Pimpollo, y Rey de Dios y Cara suya,

 y Piedra y Lucero, y Oriente y Padre, y Príncipe de Paz y Salud,

 y Vida y Verdad, y así otros nombres sin cuento".


 

¿Quién es, pues, Cristo?

Aún resuena en nuestros oídos

la pregunta que el mismo Cristo formuló hace dos mil años:

 "¿Quién decís que soy Yo?" (Mateo 16, 16-17).

A esta pregunta respondió su mismo Padre celestial,

respondió la gente que le vio y le escuchó y respondió el mismo Jesús.

Todos los títulos que se le dan

nos demuestran la riqueza escondida en Jesús, el Hijo de Dios.

 Es la riqueza que Dios Padre quiso compartir con la humanidad.

 Cada uno de nosotros va haciendo a lo largo de la vida

diversas experiencias de Jesucristo.

 Lo importante es estar abierto a este Pozo insondable

y acercarnos cada día a sorber

aunque sólo sea una gota de su agua saciativa y refrescante.

Ojalá terminemos nuestra vida con el nombre de Jesús en nuestros labios

 y en nuestro corazón.

Con solo escuchar este nombre

el alma se pacifica, el corazón se enardece y se ensancha.

 ¿Cómo no predicarlo por todos los rincones del mundo?

 En Él está la salvación.

 

6月20日

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

dia 21 junio 2009

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

reflexión sobre el santo evangelio del día

(Marcos 4, 35-40)

Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca. Los discípulos despertaron a Jesús, diciéndole: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?  

 A.- Muchas aldeas que en tiempos de Jesús rodeaban el lago de Genesaret, ya no existen. Queda sin embargo Tiberiades, fundada por Herodes Antipas. Un viajero nos cuenta su experiencia desde el hotel de esa ciudad: “Lluvias torrenciales se abatían con furia sobre el corredor del lago, mientras terribles vientos hacían estallar olas hasta de seis metros, contra el muelle. La tormenta rugió toda la noche bajo la oscuridad. Pero al amanecer volvió la calma y un sol tímido apareció sobre los acantilados del Golán”.

Jesús se ha pasado la tarde conversando con su auditorio desde una barca. Luego pide a los apóstoles que busquen la otra ribera, tal vez para librarse de la multitud. Ya estarían por la mitad del lago, a unos 6 kilómetros de ambas orillas, cuando una horrible tempestad comenzó a zarandear la barca. Mientras tanto, Jesús dormía en la popa. Entonces los discípulos aterrados le gritaron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”.

B.- Con frecuencia los evangelistas le dan un toque dramático a sus relatos. Pero aquí san Marcos no exagera. Cuenta simplemente lo ocurrido. Se trató de un temporal desmesurado, que hizo temblar a estos avezados pescadores. De inmediato Jesús se puso en pie y con una palabra serenó la tormenta. Pero enseguida les dijo a los discípulos: “¿Aún no tenéis fe?”

Podríamos recordar las numerosas tempestades que nos han golpeado. ¿Mantuvimos entonces nuestra confianza en Dios? Tal vez sí, aunque borrosa y vacilante, en medio de plegarias desgarradas, frecuentes quejas y dolorosos desconciertos. No era fácil seguir creyendo en Alguien que sabemos presente, pero que permanece inmóvil, con los ojos cerrados y en silencio. No les reprochemos entonces a los apóstoles su conciencia de náufragos, su grito, su impertinencia ante el Maestro que está rendido de cansancio. Pero conviene recordar que ese Dios dormido continúa siendo el dueño de los cielos y la tierra. Que su poder no se evalúa únicamente por los signos visibles, sino por su promesa de nunca abandonarnos.

   C.- Los expertos en tempestades, ya desde la psicología o desde la fe, señalan que algunas de ellas son propias de todo ser humano. El hecho de pensar, de reír y de amar, de luchar y esperar atrae de por sí los huracanes. Pero otras tormentas son causadas por nuestra ambición, afán de dinero, egoísmo, intransigencia, desesperanza. Los impactos sonoros y lumínicos del mundo en que vivimos, como también la puja social que él promueve, nos golpean el alma y desequilibran las fuerzas interiores. Como resultado, tanta gente que apenas sobrevive bajo innumerables borrascas, que les roban la paz y la salud. Que pueden afectarles la razón.

D.- Seguramente no hemos buscado el equilibrio y paz por los caminos del Evangelio. “Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Quien a Dios tiene nada le falta”, nos enseñó santa Teresa de Jesús. Un psicólogo creyente desearía una encuesta, aunque él la considera imposible: Preguntar a los jóvenes que se van de este mundo por propia iniciativa: ¿Alguna vez, en alguna de sus oscuridades le han gritado al Señor, con todo el corazón, “Maestro no te importa que nos hundamos?”

 

6月19日

VOLVED LOS OJOS A LA INMACULADA VIRGEN MARÍA

 

DIA 20 JUNIO 2009

VOLVED LOS OJOS

A LA INMACULADA VIRGEN MARÍA

Virgen María

el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado

es mucho mayor que el mal del enemigo

 

Nos gusta mucho mirar los males que padece nuestro mundo, la sociedad que nos rodea. Y no es porque seamos pesimistas, o porque tengamos manías autodestructivas o masoquistas, como se dice, ¡no!... Si miramos nosotros el mal, es porque queremos oponerle el bien.
Tenemos el optimismo debido, sabiendo que los males se pueden remediar cuando nosotros les aplicamos los medios oportunos. Es lo que hacemos en nuestros mensajes siempre que sacamos a relucir algunos males: es porque sabemos que aplicamos a la enfermedad la medicina apropiada.
Hoy, por ejemplo, me gustaría tender de nuevo una mirada al mundo nuestro. El que ha perdido el sentido del pecado, el de las guerras, el de la droga, el del sexo desbordado, el del tráfico de la mujer y de los menores para la prostitución, el del materialismo, el de la rebeldía juvenil, el del infanticidio con el aborto despiadado, el del paganismo galopante... ¿De veras que no tiene remedio tanto mal?...

Digo esto, porque se me ocurre una anécdota muy interesante:

A mitades del siglo diecinueve, el Papa Pío IX estaba muy preocupado por los males que aquejaban al mundo. Le obsesionaba, sobre todo, el avance del Racionalismo que amenazaba gravemente el por-venir de la Iglesia. El Papa meditaba, exponía sus temores, consultaba. Y un Cardenal, famoso en la Roma de entonces por el montón de lenguas que hablaba, le decía repetidamente al Papa:

- Santidad, defina el dogma de la Inmaculada Concepción.

El insigne Cardenal sabía lo que se decía. Venía a decirle al Papa:

- Proponga al mundo, Santo Padre, un ideal muy alto de santidad, de belleza y de pureza.

El Papa le hizo caso y definió el dogma de la Inmaculada.
El Cielo, con las apariciones de Lourdes cuatro años después, vino a ratificar el gesto del Vicario de Jesucristo.
El Racionalismo encontró una roca de contención en su avance. Y la piedad cristiana se acrecentó enormemente con la devoción a la Virgen Inmaculada.
Ahora nos podemos preguntar nosotros. - ¿Nos encontramos hoy mejor o peor que en los tiempos del Papa Pío IX? ¿Tenemos o no tenemos derecho a estar preocupados? ¿Nos importa o no nos importa que muchos deserten de su fe; que se acomoden a un mundo cada vez más secularizado; que acepten prácticas totalmente paganas; que se rebelen contra la Iglesia y su Autoridad; en una palabra, que se vayan alejando cada vez más de Dios?...
Nos preocupa esto, y mucho, a los que nos llamamos cristianos y católicos, porque sabemos el riesgo que muchas almas corren de perderse.
Pero, al mismo tiempo, ¿no sabremos oponernos eficazmente para detener el mal y promover el bien?... ¿No podremos hoy volver también los ojos a la Inmaculada Virgen María?...
Si vivimos nosotros el amor, la invocación, la imitación de la Virgen, y si lo hacemos vivir a los demás, promoviendo su devoción, ¿no pondríamos el remedio de los remedios a muchos de los males que nos rodean?
La salvación nos vendrá siempre de Dios por Jesucristo. Pero, es que Jesucristo y Dios han tenido la elegancia con su Madre de confiarle a Ella los problemas más grandes de la Iglesia.
Además, nos la han propuesto como el modelo y el ejemplar de lo que Dios quiere de nosotros. ¿Qué ocurriría entonces, si amamos a la Virgen y la hacemos amar?...
¿Mirar a la Inmaculada, triunfadora del demonio en el primer instante de su Concepción, y dejarle al Maligno que avance por el mundo, destruyendo el Reino de Dios?... Imposible.
¿Mirar a María, ideal de pureza sin mancha alguna, y seguir sus hijos como víctimas vencidas de la impureza?... Imposible.
¿Mirar a María, la Mujer elevada a la máxima altura de Dios, honor y orgullo de la Humanidad, y no respetar, defender, promover y amar a la mujer como lo hacemos con María?... Imposible.
¿Mirar a María e invocarla, para que ayude hoy a la Iglesia, como la ayudó en los momentos difíciles de otros tiempos, y que Ella nos abandone a nuestra pobre suerte?... Imposible.
Todas esas cosas son imposibles porque María tiene un Corazón de Madre. Y es imposible que la Madre permanezca indiferente a los males de sus hijos.
Ciertamente que habremos de contar siempre con la malicia humana, guiada por el enemigo que desde el paraíso nos persigue a muerte para evitar nuestra salvación, llevado del odio que le tiene a Dios y la envidia con que nos mira a los redimidos. Dios previno esta lucha entre el dragón y la Mujer, pero la victoria definitiva se la asignó a la Mujer y no al dragón. María, Mujer delicada y Madre tierna, se presenta al mismo tiempo en la Biblia como una guerrera invencible en las batallas de Dios.

¡Virgen María!

El mal del mundo es muy grande.

 Pero el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor.

 La Iglesia, Pueblo y Familia de Dios, te invoca confiada.

 ¿Quién va a poder más, el enemigo o Tú?....



6月18日

LOS LATIDOS DEL CORAZON

DIA 19 JUNIO 2009

FESTIVIDAD DEL SAGRADO CORAZON DE JESÚS

LOS LATIDOS DEL CORAZON

 

Tres pinceladas para reflexionar sobre esta festividad

El apóstol San Juan fue, como sabéis, testigo de excepción de la muerte de Jesús. Por eso, y por el dulce amor con que correspondió al amor que le tenía el Maestro, cuando escribió la Pasión, anotó detalles enternecedores. Quiero yo detenerme en tres de ellos. Son tres pinceladas magníficas que vienen a ilustrar aquella definición inigualable que él mismo nos dio sobre Dios: «Dios es amor".

PRIMERA PINCELADA.--«Cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con su lanza, le atravesó el costado». Al escribir esto, Juan estaba describiendo la escena que presenció, sin duda. Pero, ¿sólo eso? Pienso que, sobre todo, lo que quiso expresar fue: que Jesús, no sabiendo qué más darnos y cómo darse, se dejó «partir el corazón». ¿No habéis oído nunca esta expresión: «se me parte el corazón al verte?» ¿O esta otra: «tengo el corazón herido»? ¿Son meras metáforas? ¿Frases hiperbólicas? ¿Locuras de expresión? Son frases que dicen los enamorados y los poetas. Las dicen «cum fundamento in re». Poniendo, en tono superlativo, la fuerza apasionada de su amor. Todos los grandes amadores sienten que un día u otro «se les parte el corazón». Las monjas de Alba de Tormes muestran en un relicario el corazón de aquella gran amadora que fue Santa Teresa. Y lo muestran transverberado. Y a San Francisco de Asís, aquel juglar de amores contenidos, se le abrieron cinco rosas sangrantes --las llagas de Jesús-- en sus pies, en sus manos y en su corazón.

SEGUNDA PINCELADA.--«De su costado salió sangre y agua». Parece un parte médico. Un parte de urgencia sobre alguien que acaba de morir. Anotación para que los estudiantes de medicina profundicen en las reacciones de los ya cadáveres.

Pues, no. Es la proclamación de la tesis más grande de la Teología. El resumen más completo del «cómo» fuimos redimidos y del «qué» nos aportó la Redención. El «precio» y el «efecto» de la Redención. El precio: la sangre. Dice la carta a los Hebreos: «No fuisteis rescatados con la sangre de toros y machos cabríos, sino con la sangre del cordero inmaculado». «Era sangre divina --dirán los teólogos--; de valor por lo tanto infinito, capaz de borrar un pecado también infinito». Y San Pablo resume contundente: «Fuisteis rescatados con su sangre». Y el efecto: el agua. Ya para siempre ese costado será el «manantial de aguas vivas que llega hasta la vida eterna». El día de nuestro bautismo de ese costado nos llegó el torrente de la gracia. En ella fuimos lavados. Y aunque volvamos a mancharnos, los sacramentos son fuentes que vienen de ese manantial.

PERO HAY UNA TERCERA PINCELADA. La puso Juan empleando una vieja profecía: «Mirarán al que traspasaron». Los hombres sentimos una curiosidad morbosa hacia lo trágico y, así, solemos arracimarnos cuando hay un herido o un muerto en la carretera. Así debieron de mirar a Jesús en la cruz los curiosos de aquel momento. Pero ¿a ellos se refería Juan? Creo que se refería a todos los que, andando el tiempo, por aquel costado abierto, tratáramos de ver la principal: su corazón. El Corazón de Jesús, «el Corazón que tanto ha amado a los hombres».

De eso se trata entonces. De ver y comprender que Jesús, para amar con un amor infinito --amor de Dios--, necesitó un corazón de hombre. Y con ese corazón nos amó. Y desde él fue trazando y siguiendo su plan de Encarnación y de Redención. Paso a paso y día a día. Tic, tac.... tic, tac..., tic, tac... Así sonaron en este mundo, así, durante treinta y tres años, los latidos de aquel corazón. De pronto un día, un mal viernes, pareció que dejaban de sonar... «El sol se ocultó, la tierra tembló, las rocas se abrieron». Pero otra vez, a los tres días, en la madrugada del domingo, volvieron a sonar. Ya no han cesado nunca, ni cesarán. El corazón de Jesús va contabilizando a latidos lo infinito de su amor.

Permitidme que lo diga con cierto énfasis: Del mismo modo que, según dice la Escritura, «el Espíritu Santo gime en nosotros con gemidos inenarrables», del mismo modo el Corazón de Jesús late por nosotros con latidos inconmensurables.

Porque, a ver, decidme: ¿quién es capaz de medir su amor?

 

6月17日

HAMBRE Y FELICIDAD


 

DIA 18 JUNIO 2009

HAMBRE Y FELICIDAD

 

¿Dónde está nuestra felicidad?

¿Es posible tener hambre y sed y sentirse feliz?

 

Sería muy interesante examinar a la luz de la psicología moderna algunas expresiones de los salmos de la Biblia. Por ejemplo, éstas:

¡Oh Dios, mi alma está sedienta de ti! Mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, árida, sin agua...

Como brama el ciervo sediento por la fuente de agua, así, Dios mío, clama por ti el alma mía. Porque mi alma está sedienta del Dios fuerte y vivo. ¿Cuándo llegará el día en que me presente ante la cara del Dios vivo?...

Mi alma suspira y sufre ansiando estar en los atrios del Señor...


Y podríamos citar muchos más.

Esto, para preguntarnos: ¿Es posible tener hambre y sed y sentirse feliz? Porque estos mismos salmistas que así se sienten llenos de hambre y de sed, exclaman felices, como uno de ellos:

Se inundan de gozo mi alma y mi cuerpo contemplando al Dios vivo. Porque vale más un día sólo en los atrios de tu templo que mil días fuera de tu casa, mi Dios...

¿Es posible esto? Sí; porque al mismo tiempo que se tiene hambre y sed, se tiene qué comer y qué beber. La tragedia sería tener hambre y sed, y no tener nada que llevarse al paladar. Y al revés, tener delante un banquete espléndido y sentirse inapetente total, sin ganas de nada.

A un multimillonario le hicieron esta pregunta: "Usted es feliz del todo, ¿no es así? Porque lo tiene todo". La respuesta no puso ser más triste: "Están ustedes equivocados. Me falta una cosa que me tiene fastidiado: ¡no tengo HAMBRE!"

Y otro caso paralelo. El gran industrial alemán, fundador de la fábrica de cañones que hicieron retemblar a Europa en dos guerras mundiales, vivió sus últimos años con una dolencia estomacal incurable. Al ver merendar a un obrero, que comía feliz a dos carrillos, dijo con no disimulada envidia: Daría medio millón para comer un bocadillo con apetito semejante.

Esto es una realidad muy cierta. El hambriento es mucho más feliz con un trozo de pan y un plato de arroz seco devorado con avidez, aunque dentro de un rato vuelva a tener el hambre de siempre, que el sentado ante la mesa espléndida de un banquete de gala, pero con falta total de apetito.

Por eso, nos preguntamos: ¿Estamos satisfechos de la vida?...

Algunos, sí; la mayoría, no. Porque nos faltan muchas cosas, y quisiéramos tenerlo todo. Sólo cuando tuviéramos ese todo soñado, sólo entonces así lo pensamos seríamos felices de verdad. Pero, al pensar así, también nos engañamos todos, los que lo tienen todo y los que piensan tenerlo algún día. Porque esa hambre de felicidad es precisamente una señal inequívoca de que aquí no seremos nunca felices del todo.

Dios ha metido esa hambre en nuestro ser para hacernos entender que tenemos un destino eterno, y que sólo un ser eterno e infinito podrá dejarnos enteramente satisfechos. Es la bienaventuranza que proclama Jesús: ¡Dichosos los pobres, dichosos los que tenéis hambre, porque un día quedaréis hartos y serán colmados todos vuestros deseos!

Aquel pastor protestante se convirtió al catolicismo y armó una tremenda revolución entre los suyos. Al enterarse su padre, le mandó una respuesta terrible: con una carta le maldecía y le desheredaba de todo bien familiar. Preguntado si en esta situación era feliz o no, respondió: "¡Oh, si pudiese dar a mi padre una parte de mi dicha y de mi paz!"

Ninguna cosa y ningún bien terreno le importaban ya nada, ahora que se sentía lleno de Dios. Esta ansia de Dios la sentimos todos en particular y la siente el mundo entero. Ninguna cosa de aquí nos llena plenamente por más que se disfrute. El apóstol San Pablo nos describe cómo estamos con todas las criaturas suspirando de lo íntimo del corazón, anhelando la liberación de nuestro cuerpo, para vernos metidos definitivamente el Dios...

No sabemos si la psicología se explica el misterio. Pero lo vivimos todos muy bien: tenemos hambre y sed de Dios, y estamos felices, aunque poseamos a Dios sólo en las sombras de la fe. El creyente es una persona feliz de verdad. Se siente metido en Dios y pendiente de su providencia amorosa. Se pone a orar, y está convencido de que habla con Dios, al que trata con intimidad. Y cuanto más trata con Dios, más ansias siente de Dios.

Además, está seguro de que este mismo trato que ahora tiene con Dios, por intenso y dichoso que sea, es sólo un anticipo de lo que le espera después. El convencimiento de la vida eterna que ya se acerca es el colmo de todas sus ilusiones y de sus esperanzas, que no van a quedar fallidas.

Poseer el mundo entero, sin tener a Dios, es la mayor desgracia y la pobreza suma. Tener a Dios, aunque nos falte todo, es la mayor suerte y la riqueza colmada. Es lo que nos dijo, con versos mil veces repetidos, nuestra incomparable Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta...




6月16日

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO (20)

 

 

DIA 17 JUNIO 2009

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO  (20)

LA PRIMERA A LOS DE TESALÓNICA.

YA NADIE PODRÁ PARAR AQUELLA PLUMA PRODIGIOSA

 

La primera carta que hoy leemos

acaba con unas palabras muy bellas:

“Estén siempre alegres, oren sin cesar,

dando gracias por todo”

 

Pablo está en Corinto. Hace ya un año que dejó atrás la ciudad de Tesalónica donde había fundado una Iglesia que resultó ejemplar y querida, muy querida de Pablo.

Capital de la provincia romana de Macedonia, se llamaba Tesalónica, hoy Salónica, por la hermana de Alejandro Magno. Desde la conquista romana era ciudad libre, con magistrados propios, y próspera por el animado comercio de sus habitantes.

Este notable comercio atraía a muchos inmigrantes de todas partes, de modo que Tesalónica era una ciudad cosmopolita.
Llevaba fama de tener ciudadanos haraganes, pues vivían con facilidad a costa de los que trabajaban y negociaban.

Y junto a esa fama de poco trabajadores, era conocida también por la vida sexual fácil de sus habitantes, de modo que los vicios acampaban por doquier. A pesar de esta fama poco favorable, Pablo quiso dejar allí sembrado el Evangelio.

Las tres Iglesias de Macedonia - Tesalónica, como antes Filipos y después Berea - fueron magníficas, aunque Pablo hubo de salir de las tres ciudades en forma aventurera, perseguido tenazmente por tantos enemigos.

Ya vimos cómo fueron los inicios de la Iglesia de Tesalónica en el año 50. Tres sábados seguidos discutiendo con los judíos, probándoles, con la Biblia en la mano, el Evangelio que él predicaba, cuya síntesis nos han conservado los Hechos:

- Convénzanse, Cristo tenía que padecer, morir y resucitar. Ese Cristo es Jesús, a quien yo les anuncio.

Al marchar Pablo violentamente por insidias los judíos, la persecución se cebaba en los discípulos.

Y ahora en Corinto le llegaban noticias de esta tenaz persecución.

Pablo, temeroso, envía a Timoteo desde Atenas a Tesalónica para infundir ánimos a los creyentes, a la vez que le pide:

- ¡Por favor, tráeme noticias, que estoy impaciente!

Las deseadas noticias con que Timoteo regresó a Corinto fueron muy buenas.

Pero siempre existían ciertos reparos, uno doctrinal sobre lo que les había enseñado Pablo acerca de la resurrección final, y otro referente a la conducta moral de algunos tesalonicenses.

Pablo quiso ir personalmente, y reconoce: “pero me lo ha impedido Satanás” (2,18), es decir, se le presentaron dificultades muy serias, atribuidas al enemigo

Entonces, suplió el viaje con dos cartas providenciales.

Decimos “providenciales” en el sentido de lo bien que a nosotros nos ha venido el que Pablo tuviera la iniciativa de escribir unas cartas - éstas y otras después -, que iban a ser luz esplendorosa para la Iglesia de todos los siglos.

Miremos cómo presenta Pablo la primera carta, con un elogio grandísimo:

“Ustedes se han convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Partiendo de ustedes, ha resonado la palabra del Señor, y su fe en Dios se ha difundido por todas partes, de manera que nada nos queda por decir” (1,7-8)

Pero entre las buenas noticias que traía Timoteo, le contaba también a Pablo:

- Esos judíos de nuestro pueblo -porque también tú y yo somos judíos-, no te aguantan y ahora van diciendo que eres insoportable, un tirano, que mandas como un dictador…

A lo que responde Pablo a los suyos con estas palabras colmadas de ternura:

“Aunque pudimos imponer nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con ustedes, como una madre cuida con cariño de sus hijos. Tanto les queríamos que estábamos dispuestos a entregarles, no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Han llegado a sernos entrañables!” (2,7-8)


Pero Timoteo le vino a Pablo con esta curiosidad:

- ¿Sabes que los tesalonicenses están preocupados por la suerte de los difuntos? Se les han muerto familiares, y los discípulos se preguntan: ¿Cuál es su suerte, si no han visto al Señor?... Por lo visto, no te entendieron bien eso de la resurrección de los muertos.

Pablo ahora los tranquiliza con esas palabras esperanzadoras:

- No se preocupen. Jesucristo, que resucitó, nos resucitará con Él. Ni los vivos ni los ya difuntos tienen ventaja los unos sobre los otros, porque en el último día todos, revestidos de inmortalidad, saldremos al encuentro de Jesucristo que vendrá, “y así estaremos siempre con el Señor” (4,13-18)

Timoteo ha de ser sincero, y le cuenta también a Pablo:

- ¿Quieres saber otra cosa? Es algo inquietante la vida moral que algunos llevan, porque no acaban de romper con ciertas costumbres paganas.

Pablo comprende:

- ¡Es natural, aunque la cosa no tiene que seguir así! Tesalónica es muy libre en el aspecto sexual, muchos de los convertidos eran y vivían como hijos de su tierra; por eso, no es extraño que les cueste un punto tan delicado como éste.

Es entonces cuando les escribe con generosidad, a la vez que con energía:

“¡No nos llamó Dios a la impureza sino a la santidad!”…. ¡Aléjense de la fornicación! Que cada uno de ustedes sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los que no conocen a Dios”.

Como se ve, Pablo habla del pecado de impureza. Al decir “su cuerpo”, parece que se refiere a la propia esposa. El cristiano, con ella tiene bastante para ser feliz. Utilizar a otra u otro, es un pecado del que se vengará el Señor.

Pero, dando la vuelta a la hoja, Pablo presenta toda la belleza de la pureza con su razón más alta: el Espíritu Santo, que llena el cuerpo y todo el ser del cristiano.

Estos dos eran los puntos centrales a los que se dirigía toda la epístola. ¿Y qué efecto consiguió? Muy bueno, como era de esperar de los queridos tesalonicenses.
Aunque eso de los difuntos agravó más la cuestión, lo cual nos mereció una segunda carta de Pablo, que pronto nos tocará ver.

La primera carta que hoy tenemos en las manos acaba con palabras muy bellas:

“Estén siempre alegres”,
“Oren sin cesar, dando gracias por todo”.

“No apaguen el fuego del Espíritu con sus dones”.

“Esto es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos”.

Así serán todas las cartas de Pablo, y esto es lo que querrá siempre de los discípulos:

integridad en la fe y conducta intachable.
Y siempre podrán contar con el corazón inmenso de Pablo, que en amor no se deja vencer por nadie.


6月15日

RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA

 

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DIA 16 JUNIO 2009

 

RAICES CRISTIANAS DE EUROPA

 

¿ATEOS CRISTIANOS?

 

El cristianismo no se identifica con ninguna cultura concreta,

pero ha tomado forma en todas las culturas

 

En principio, parece una contradicción.

 Un cristiano debe ser creyente,

 y por tanto, no hay ateos verdaderamente cristianos.

 Pero últimamente están surgiendo algunos personajes

que, profesando un ateísmo militante,

se reconocen sin embargo “cristianos”

en cuanto a los valores culturales que profesan.

 Hasta tal punto que, algunos profesores universitarios chinos

 se presentan a sí mismos como “cristianos”

cuando se declaran partidarios de la cultura occidental.

Confundir “occidental” con “cristiano” es mezclar “churras con merinas”.

 El cristianismo no se identifica con ninguna cultura concreta,

 y ha tomado forma en todas las culturas humanas.

Pero qué duda cabe de que en gran parte de la cultura llamada “occidental”

 ha forjado sus valores de manos del cristianismo.

 Es por eso por lo que muchos defensores de los valores de libertad,

 progreso, ciencia, respeto por la dignidad de la persona,

 echan mano del “cristianismo”

 cuando buscan las raíces de esos valores.

La polémica de los “ateos cristianos” ha sido muy viva en Italia,

 una gran nación, con un enorme debate social,

 con la que nos unen muchas semejanzas culturales.

 La periodista más polémica de todos los tiempos, Oriana Fallaci,,

 sin ahorrarse críticas a la misma Iglesia,

 ha reconocido en su último libro “La fuerza de la razón”:

 “Yo soy una atea cristiana.

 El discurso que está en la base del cristianismo me gusta.

 Me convence, me seduce hasta tal punto

 que no encuentro ningún contraste con mi ateísmo y mi laicismo.

 Hablo del discurso que, reconociendo el libre arbitrio,

 es decir, reivindicando la conciencia del Hombre,

 nos hace responsables de nuestras acciones,

 señores de nuestro destino.

 Veo aquí un himno a la Razón, al raciocinio.

Y puesto que donde hay raciocinio hay elección,

 y donde hay elección hay libertad,

 veo aquí un himno a la Libertad.

 Sin el cristianismo no habría existido el Renacimiento,

 ni la Ilustración, ni siquiera la Revolución francesa.

 No habría existido tampoco el socialismo

ni el experimento socialista,

 ni el liberalismo”.

A la Fallaci le han seguido otros periodistas y pensadores italianos

 que públicamente se presentan como “ateos cristianos”:

Gianni Vattimo, Giuliano Ferrara.

Es la máxima del filósofo también italiano Benedetto Croce:

“No podemos decir que no seamos cristianos”.

 

 

6月14日

UNA PIEDRA Y SUS DOLORES


UNA PIEDRA Y SUS DOLORES

 

Dios te llama para algo más grande de lo que piensas...

abandónate en sus brazos

 

Una piedrecilla reposaba en el fondo del arroyo.

 Al llegar la primavera, con las lluvias, la corriente se dirigió a ella y le dijo:

- ¡Si quieres te llevo al mar!

La piedra hizo algunos movimientos de resistencia tratando de agarrarse al fondo y contestó a la corriente con aire indiferente:

- ¡El mar!... ¡El mar no existe!

 Sólo existe el arroyo, las piedras y las vacas

 que nos pasan por encima de vez en cuando.

 Sigues tan idealista como siempre... ¡el mar!

Pero la corriente volvió a susurrar:
- "Deja que te lleve... al mar, deja que te lleve."
Y la piedra contestó, dejándose arrastrar:

- Bueno, vamos -porque en el fondo le gustaba la aventura.

 

 Era una piedra volcánica,

 con algunas estrías claras de las que estaba muy orgullosa.
A pesar de viajar a merced de la corriente

solía hacer comentarios autoritarios para sentir que la dominaba.
- ¡Mira! -dijo una vez con cierto acento despectivo-

 ¡Ya hemos pasado varios recodos y el mar no está!

 ¡Déjame aquí!, estoy cansada de rebotar entre las peñas del cauce.

- Deja que te lleve... -respondía suavemente la corriente.

La piedra pasó por aguas ennegrecidas y dijo:
- ¿A dónde me has traído, sinvergüenza?

¿Esto es el mar?

¡Prefiero que me pisen las vacas!

Pero la corriente ya no respondía y tan sólo aumentaba la velocidad.

- ¡Para ya! -gritó la piedra chocando contra otros guijarros-

 ¡Vas a destruirme!

¿Es que no te das cuenta?¡No quiero ir al mar!... ¡Odio el mar!
La corriente la arrastró con gran vehemencia

 haciendo sentir un gran vértigo a la piedra,

 que en el colmo de su furia gritó:
-¡También te... !

Pero no pudo seguir porque estaba cayendo por una enorme cascada.

 Y ya en el fondo añadió casi sin fuerzas:

- También te odio a ti, Arroyo...

 no vale la pena perder mis esquirlas por ese sueño que llamas mar.

 Juegas conmigo sin sentido.

Pasaron a gran velocidad entre muchos rápidos.

 Luego siguieron por remansos tranquilos, llenos de algas y de líquenes.
La piedra ya no decía nada.

Se había abandonado a la corriente.

 Tenía la superficie cubierta de grietas y casi no se reconocía a sí misma.

 Todo le dolía.

Atrás quedaron diversas orillas, bosques y aldeas.

 A la piedra sólo le quedaba el silencio, la corriente

y el recuerdo de los golpes recibidos en una tractoria desgraciada.

 Pero lo peor era el silencio.

De repente escuchó otra voz.

 Era una voz muy distinta; grande, cautivadora y muy azul:
- Por fin has llegado, piedra mía -dijo el mar.
Y mientras caía dulcemente entre espléndidos corales,

 la piedra giró sobre sí misma varias veces, como murmurando:
- ¡Gracias arroyo, gracias corriente... os amo!... todo ha valido la pena
Quizás también tú descubrirás al final que era ÉL

quien te esperaba tras cada recodo...

 

6月13日

FESTIVIDAD DEL CORPUS CRISTI

 

 

 

 

DIA 13 DE JUNIO 2009-

 

FESTIVIDAD DEL CORPUS CRISTI

COMENTARIO AL SANTO EVANGELIO DEL DÍA

Marcos 14, 12-16. 22-26

 

El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?» Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ´El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos? El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros.» Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Reflexión

Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Antiguamente –y todavía hoy en muchos países católicos– se celebra esta fiesta con una procesión solemne, en la que se lleva expuesto al Santísimo Sacramento por las principales calles de la ciudad, acompañado con flores, cirios, oraciones, himnos y cánticos de los fieles. Sin duda todos hemos participado o presenciado alguna procesión del Corpus. Pero no estoy tan seguro de que todos conozcamos el origen y el significado de esta celebración.
En realidad, hasta hace poco se celebraba en día de jueves, dado que esta fiesta nació como una prolongación del Jueves Santo, y cuyo fin era tributar un culto público y solemne de adoración, de veneración, de amor y gratitud a Jesús Eucaristía por el regalo maravilloso que nos dio aquel día de la Ultima Cena, cuando quiso quedarse con nosotros para siempre en el sacramento del altar.
La solemnidad del Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Se cuenta, en efecto, que el año 1264 un sacerdote procedente de la Bohemia, un tal Pedro de Praga, dudoso sobre el misterio de la transustanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Hostia santa y en el vino consagrado, acudió en peregrinación a Roma para invocar sobre la tumba del apóstol san Pedro el robustecimiento de su fe. Al volver de la Ciudad Eterna, se detuvo en Bolsena y, mientras celebraba el santo Sacrificio de la Misa en la cripta de santa Cristina, la sagrada Hostia comenzó a destilar sangre hasta quedar el corporal completamente mojado. La noticia del prodigio se regó como pólvora, llegando hasta los oídos del Papa Urbano IV, que entonces se encontraba en Orvieto, una población cercana a Bolsena. Impresionado por la majestuosidad del acontecimiento, ordenó que el sagrado lino fuese transportado a Orvieto y, comprobado el milagro, instituyó enseguida la celebración de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Al poco tiempo el mismo Papa Urbano IV encargó al insigne teólogo dominico, Tomás de Aquino, la preparación de un oficio litúrgico propio para esta fiesta y la creación de cantos e himnos para celebrar a Cristo Eucaristía. Fue él quien compuso, entre otros himnos, la bellísima secuencia “Lauda Sion” que se canta en la Misa del día, tan llena de unción, de alta teología y mística devoción.
El año 1290 el Papa Nicolás IV, a petición del clero y del pueblo, colocó la primera piedra de la nueva catedral que se erigiría en la ciudad de Orvieto para custodiar y venerar la sagrada reliquia. Yo personalmente he tenido la oportunidad de visitar varias veces –aquí en Italia– la basílica de Bolsena, lugar del milagro eucarístico, y el santo relicario de la catedral de Orvieto, en donde se palpa una grandísima espiritualidad.
Después de esta breve noticia histórica, parece obvio el porqué de esta celebración. La Iglesia entera –fieles y pastores, unidos en un solo corazón– quiere honrar solemnemente y tributar un especial culto de adoración a Jesucristo, realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección por amor a nosotros, banquete sacrificial y alimento de vida eterna.
La Iglesia siempre ha tenido en altísima estima y veneración este augusto sacramento, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo santísimo, su Sangre preciosa, y toda su alma y divinidad. En los restantes sacramentos se encierra la gracia salvífica de Cristo; pero en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación.
Desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra el sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor y de salvación universal. No sólo “recordamos” la Pascua del Señor, sino que “revivimos” realmente los misterios sacrosantos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a ellos, nosotros podemos tener vida eterna!

Ojalá que, a partir de ahora, vivamos con mayor conciencia, fe, amor y gratitud cada Santa Misa y acudamos con más frecuencia a visitar a Jesucristo en el Sagrario, con una profunda actitud de adoración y veneración. Y, si de verdad lo amamos, hagamos que nuestro amor a El se convierta en obras de caridad y de auténtica vida cristiana. Sólo así seremos un verdadero testimonio de Cristo ante el mundo.

 

6月12日

CON MIRADAS A MARÍA


 

 

 

 

 

 

 

DÍA 13 JUNIO 2009

CON MIRADAS A MARÍA

La mirada hacia la santísima Virgen es hermosa,

es siempre una mirada de amor

 

Recordamos, para empezar, una frase famosa de hace muchos siglos. San Bernardo, que pasa como el gran amante de María, escribió una página ardorosa, en la que va repitiendo como un estribillo: ¡Mira la Estrella, invoca a María!...

Y esta frase del gran Santo y Doctor, nos trae a la memoria una anécdota más cercana a nuestros días. El Papa Pío XI, hombre genial, investigador y artista, tenía su capilla privada llena de cuadros de la Virgen, que él mismo se entretenía en colocar y ordenar según su propio gusto. Cuando las paredes de la capilla quedaron llenas y ya no cabía nada más, los cuadros asaltaron la habitación contigua, mientras el Papa repetía sonriendo:

- ¡Siempre es hermoso mirar a la Señora!...

¡Mirar a la Virgen!... Se pueden gastar nuestros ojos en contemplar muchas maravillas en el mundo. Pero llegar a ver una maravilla mayor que la Mujer más bella salida de las manos de Dios, nos va a ser un imposible. Habrá que esperar al otro mundo, de bellezas muy distintas al nuestro...

Ahora, sin embargo, nos preguntamos: ¿Para qué miramos tanto a María? Alguna razón poderosa debe haber en ello... ¿Por puro gusto estético? No es motivo suficiente... ¿Porque esperamos algo de Ella? Tampoco, pues muchas veces no sentimos necesidad especial... ¿Por qué será?

Y hay que buscar razones más poderosas. La primera de todas, la más convincente, será siempre el amor: María es nuestra Madre, la queremos sin más, y por eso no nos cansamos nunca de mirarla...

Este amor se convertirá para nosotros en una aventura divina. Porque nos va a comprometer toda la vida, que, por ser totalmente mariana, será también totalmente cristiana.

Está muy bien, ante todo, el entusiasmo que sentimos por la Virgen. Porque el entusiasmo se halla siempre en la base de la entrega. San Antonio María Claret, que sabía bien lo que significa amar apasionadamente a María, les hacía repetir con él a los penitentes, cuando habían acabado su confesión:
- ¡Viva la Virgen Santísima! ¡Viva la Virgen Santísima!...
De ese amor entusiasta nacerá después el hacer por la Virgen cualquier cosa en la vida cristiana, por ardua y difícil que sea.

Vendrán después las manifestaciones sencillas del amor. Por ejemplo, el llevar colgada al pecho la medalla de la Virgen o su estampa encerrada en la billetera. Por ejemplo, poner ante su imagen una flor o prenderle una vela. Por ejemplo, visitarla en una ermita o capilla suya...

¿Que todo esto son niñerías? No lo creamos. La Virgen, con esas manifestaciones de amor, se lleva muchos besos, y esos besos nacen solamente de los labios de amantes sinceros.
De esos labios nacerán también plegarias fervorosas. No fallarán las tres Avemarías por la noche antes de dormir. Se desgranará el Rosario, la devoción mariana por excelencia. Se le invocará a la Virgen en cualquier apuro, en cualquier necesidad.
Con todo esto, se mantendrá siempre el recuerdo y el trato entre Madre e hijos. Y así, se estará viviendo siempre de María, y Ella seguirá dándonos siempre la vida de Dios por la Gracia que nos irá comunicando.

Finalmente, se manifestará en nosotros esa dependencia de María, viviendo como Ella. Si nos hemos consagrado a la Virgen, querremos tener sus mismos sentimientos --que, por otra parte, son los sentimientos de Jesús--; querremos actuar como Ella; querremos que nuestra vida resulte en todo igual que la suya.

Entonces, María se habrá convertido de hecho en el modelo y ejemplar de la vida cristiana para cada uno de nosotros, y llegaremos así a la perfección a que Dios nos ha destinado.
Hemos empezado hoy mirando a María, igual que la miraban un Doctor de la Iglesia y un Papa: como algo hermoso y como Estrella de Salvación.

Y se me ocurre ahora recordar la mirada de un sentenciado a muerte. El criminal se había obstinado en su crimen. Lo malo no era el no reconocer nada ante los hombres, sino que rehusaba todo el auxilio que le brindaba Dios. Llaman al sacerdote, pero todo resulta inútil. Se niega a la confesión y permanece impenitente. No hace ningún caso del padre que le ofrece el perdón de Dios, aunque le hayan condenado los hombres como criminal.
Pero, mientras el padre le habla sin que él le preste ninguna atención, se pone a mirar la estampa Milagrosa que lleva el mismo sacerdote, la cual presenta al descubierto su Corazón, lo mismo que el Niño sentadito en sus rodillas. Esta mirada a la Virgen se hace cada vez más intensa. Sigue el condenado a muerte sin escuchar al sacerdote, porque su pensamiento lo tiene en otra parte. Hasta que prorrumpe en esta exclamación salvadora:
"Muy hermosa es la Virgen de la estampa, pero más hermosa la voy a ver yo muy pronto en el Cielo."

Recibe la absolución, sube los peldaños del cadalso, y su alma se escapaba hacia las alturas de la Gloria, donde le esperaba una Virgen María radiante de hermosura.


Nuestras miradas a la Virgen no se van a acabar con nuestra vida en la tierra. ¡Hay que ver cómo la miraremos allá arriba, y para siempre!...

 

 

 

6月11日

DAR A CRISTO


 

DIA 12 JUNIO 2009

DAR A CRISTO

 

Siento urgencia de dar a Cristo,

porque son tantos y tatos hermanos míos

que me lo piden incluso sin saberlo

 

Al mirar a nuestro alrededor podemos pensar que no quedan espacios para Cristo ni para la Iglesia. En ambientes del mundo de la ciencia, de la cultura, de la política, del espectáculo, la religión católica parece estar excluida, si es que no recibe ataques continuos, ironías llenas de rabia, o simplemente una ignorancia y un vacío llenos de desprecio. Otros separan a Cristo de la Iglesia, y consideran que es posible aceptar a Jesús de Nazaret sin tener que adherirse a la Iglesia católica. No falta quien reduce a Cristo a un simple hombre, a un iluso, a un fracasado, o, peor aún, a un mito inventado por mentes perturbadas.

Ante este panorama, hay católicos que pueden sentirse desanimados. ¿Para qué hablar de Cristo? ¿Qué sentido tiene el ser cristianos en una sociedad cada vez más descristianizada? ¿No estará por llegar la hora en la que hay que encerrarse en las propias convicciones sin transmitir nuestra fe a los otros?

Esta mirada y estas reflexiones son incompletas y parciales. Más allá de lo que aparece, de lo que se ve, de lo que se dice, hay una acción continua y profunda de Dios en miles de corazones. A la vez, muchos de los que dan señales de hostilidad hacia lo católico, hacia Cristo, tienen un hambre profunda de felicidad y de paz, un deseo ardiente de luz y de amor, una nostalgia de algo que ni la medicina, ni la técnica, ni la política, ni los placeres pueden ofrecerles.

Las noticias de conversiones famosas son sólo la punta de un iceberg, la parte muy pequeña de miles, millones de caminos que llegan a Cristo, a la Iglesia. Los casos de Charles de Foucauld, André Frossard, Manuel García Morente, Gilbert Chesterton, Giovanni Papini, Agostino Gemelli, el Padre Trampitas, representan una mínima parte de tantas vidas que llegaron, un día, a decir como san Pablo: Cristo me amó y dio su vida por mí (cf. Ga 2,20).

Pero otros miles, millones de corazones, no dan el paso. Tendríamos que preguntarnos qué más podemos hacer por ellos, cómo testimoniarles nuestra fe, cómo tenderles la mano para que también ellos sean capaces de abrir los ojos y sentir que hay un Amor que los espera, que los acoge, que los lava, que los transforma internamente.

Nuestra palabra, sobre todo nuestro ejemplo, serán una ayuda sencilla y humilde, eficaz y gozosa, a quienes necesitan esperanzas. Tal vez no nos lo pidan, tal vez se muestren indiferentes a nuestra presencia, pero algún día estarán en condiciones de abrirse a Dios. Es bella esa ayuda que permite dar el gran paso, que introduce en el libro de la vida.

El hombre de hoy, como el de hombre de siempre, necesita respuestas ante el misterio del mal y de la muerte, de la angustia y de la caducidad de todo lo que pasa ante sus manos. Necesita, sobre todo, llegar a la plenitud del amor, a la certeza de un Dios que dio su vida por nosotros. En ese amor abrirá los ojos y verá un horizonte insospechado. Dará sentido a muertes dolorosas y a enfermedades extenuantes. Aprenderá a vivir para dar, porque habrá experimentado que quien tiene a Cristo necesita testimoniar, desde el amor, el gran regalo que ha recibido.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Todos podemos incluirnos en ese “nosotros”, porque el amor de Cristo no excluye a nadie. Ni siquiera al hombre que se muestra satisfecho y autosuficiente, cuando en realidad sufre angustias de muerte al perseguir sombras de alegrías pasajeras...

Quien conoce a Cristo, quiere comunicarlo a quienes viven a su lado. En palabras de la primera encíclica del Papa Benedicto XVI, “no puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán” (Benedicto XVI, carta encíclica “Deus caritas est”, n. 14).

Siento urgencia de dar a Cristo, porque tantos hermanos míos me lo piden sin saberlo. Así algún día podremos abrazarnos, en la misma fe, en el mismo amor, como Iglesia, como parte de un Cristo que quiere serlo todo en todos (cf. Col 3,11).



6月9日

EN EL BIMILENARIO DE SAN PABLO


  DIA 10 DE JUNIO 2009

EN EL BIMILENARIO DE SAN PLABLO (19)

LAS CARTAS MAGISTRALES DE PABLO

DOCTOR PARA SIEMPRE

¿Es interesante la vida de Pablo?... ¡Cómo no, si es la vida de uno de los hombres más extraordinarios que conoce la Historia! Sin embargo, la enorme influencia de Pablo en la Iglesia de todos los siglos no radica en lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, sino en las cartas que escribió a las Iglesias mientras evangelizaba en las ciudades o se consumían sus huesos en la cárcel.

Corría el año 51 y hacía meses que Pablo había evangelizado Tesalónica. Allí había dejado una comunidad cristiana ejemplar. Pero, mientras trabajaba en Corinto, le llegaron a Pablo rumores preocupantes sobre los fieles de aquella tan querida Iglesia: que si persecuciones de los judíos, que si interpretaciones equivocadas de lo que Pablo les había enseñado, que si pequeñas disensiones…

Aquí estuvo todo, muy sencillo, pero fue el detonante de la gran idea paulina.

- ¡No puedo ir yo ahora a Tesalónica, pero puede ir una carta!...

Esto se dijo Pablo, y puso manos a la obra.
Ni el mismo Pablo podía imaginar las cartas que iban a seguir después.

Es emocionante imaginarse a Pablo escribiendo dentro del taller de Áquila y Priscila en Corinto y Éfeso, cuando cesaba el correr de las agujas entre los tejidos.
Igual que hará años más tarde ─a la luz de la lámpara mortecina de la casa de Roma─ durante aquellos dos años de prisión. ¡A escribir!...

¿Y por qué escribía Pablo?

Escribió sus Cartas a las Iglesias particulares que había fundado para responder a situaciones concretas; para animar a los vacilantes en la fe; para corregir errores o arreglar conductas; para exponer el Misterio de Cristo; o para preparar su visita a cristiandades que quería conocer, cosa que hará especialmente con la gran carta a los de Roma.

Después de los Evangelios, son las joyas más ricas que contiene y nos ofrece la Biblia.

A pesar de que a veces resultan difíciles, como reconocía el mismo San Pedro:

- Miren cómo les escribió nuestro querido hermano Pablo con la sabiduría que le fue concedida. En todas sus cartas trata estos temas, si bien en ellas hay cosas difíciles de entender (2P 3,15-16)

Si el mismo Pedro reconocía esta dificultad, ¿qué no podemos decir nosotros?...

Es cierto: hay que estudiar algo las cartas de Pablo, pero, cuando se van entendiendo, resultan el alimento más nutritivo del alma.

Sabemos cuáles son las cartas de Pablo, pues oímos siempre en la Iglesia estos nombres:

·  Carta a los Tesalonicenses,

·  a los Corintios,

·  a los Gálatas,

·  a los Romanos,

·  a los Filipenses,

·  a los Efesios,

·  a los Colosenses,

·  a Timoteo,

·  a Tito,

·  a Filemón…

La de los Hebreos, también de origen paulino, es sin duda de algún discípulo suyo - quizá Bernabé o Apolo u otro -, pero no es propiamente de Pablo.

Pablo escribía al dictado, por medio de un amanuense, como dice varias veces:

“El saludo va de mi propia mano, Pablo”, dice a los de Corinto. “Vean con qué grandes letras les escribo, de mi propia mano”, les añade a los de Galacia.

“El saludo va de mi mano, Pablo. Esta es la firma en todas mis cartas; así escribo”, termina escribiendo a los tesalonicenses..

La epístola de los Romanos termina con esta deliciosa nota:

“Os saludo en el Señor también yo, Tercio, que he escrito esta carta”.

Hemos de pensar lo que le costó a Pablo el escribir semejantes cartas. El día lo pasaba en el trabajo de tejedor para ganarse el pan de su vida. En muchas circunstancias, la jornada entera la empleaba para evangelizar. ¿Qué le quedaba para escribir? Podía emplear a lo más dos o tres horas al anochecer robándoselas al sueño.

Un bien conocido y autorizado historiador de Jesucristo y de San Pablo, nos da detalles preciosos acerca de las cartas de Pablo (Ricciotti)

Datos curiosos y muy interesantes, que nos hacen apreciar el esfuerzo enorme que le supuso al Apóstol el dejarnos escritos tan inapreciables.

Utilizaba los famosos papiros de Egipto, lo hacía en griego, y se podían escribir por minuto tres sílabas, unas setenta y ocho palabras por hora.

A este paso, estudiado todo con cálculos muy probables y precisos, la primera carta a los Tesalonicenses, con 1.472 palabras, le tuvo que costar diez folios de papiro y veinte horas de escritura.

El billete a Filemón, que es como una carta de las nuestras, con 335 palabras, le supuso tres folios y más de cuatro horas de escritura.

Y la imponderable carta a los Romanos, con 7.101 palabras en el original griego, se le llevó unos cincuenta folios de papiro y noventa y ocho horas de dictado al amanuense.

Las Cartas o Epístolas de San Pablo enseñan y estimulan mucho.

Quien quiera aprender vida cristiana, encuentra en Pablo al Maestro consumado. Especialmente, quien aspire a encenderse en amor a Jesucristo, que vaya a Pablo, el cual tiene acentos sublimes e inimitables:

- ¡Mi vivir es Cristo!…
- Vivo yo, pero ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí.
- Me glorío de no conocer más que a Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
- Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por pura basura para ganar a Cristo.
- ¡Que nadie me moleste más! Porque yo llevo impresas en mi carne las llagas del Señor Jesús.
- Deseo la muerte para estar con el Señor, que es con mucho lo mejor.
- Saldremos arrebatados al encuentro del Señor…, y así estaremos siempre con el Señor.
- ¿Quién nos separará del amor a Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… ¡No, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro!…

A partir de este momento, dentro de la historia de Pablo iremos nosotros insertando el recuerdo de estas cartas, tal como las vaya escribiendo el Apóstol.

En esas cartas de fuego comprobamos aquello que de él decía San Juan Crisóstomo:

“El corazón de Pablo era el corazón de Cristo”.

Y la verdad es que, al leerlas, también nuestro corazón se va pareciendo cada vez más al Corazón del Señor…