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5月31日 MARÍA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARIA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
LA ASUNCIÓN
La historia de María termina con su muerte,
de la que nada sabemos,
aunque se hayan montado alrededor de ella diversos relatos.
Lo cierto es que bastante pronto,
en los ambientes cristianos
aparece la fiesta de la "Dormición" de la Virgen,
que celebraba el último sueño de María, su muerte apacible
(no violenta como la de su Hijo),
cuando le llegó el tiempo de terminar su vida terrestre.
Utilizando el lenguaje tradicional de la Iglesia,
María fue "llevada al cielo" en cuerpo y alma.
Así se unió con su hijo,
que había abierto el primero
la gran puerta de la casa del Padre.
A muchos cristianos les cuesta asumir esta asunción
pensando que es una piadosa imaginación de los fieles.
Es cierto que se opone a nuestra experiencia habitual,
pero en una época en la que somos tan sensibles
a la unidad de la persona humana
y en la que se insiste tanto en no separar,
como si fueran dos cosas, el "alma" y el "cuerpo",
en una época en la que tantos no dudan en pretender
que lo que llamamos "alma" siga irremisiblemente
al cuerpo en su descomposición,
¿es tan incongruente que sea el cuerpo el que siga al espíritu
en una vida que no puede terminar?
El razonamiento de la Asunción
es el fruto de una larga reflexión de la Iglesia
sobre la fe en el misterio único de María.
Ha reconocido no sólo a partir de los relatos tradicionales,
sino a partir de otrros datos de la Revelación,
la expresión más capaz de dar cuenta de esta fe
y de explicar este misterio
en su glorioso cumplimiento.
Dado que en María la naturaleza original no fue deformada, ni manchada,
permaneció totalmente dócil al Espíritu que,
en un aliento original,
le dió la vida.
La humanidad de María es la expresión,
la "imagen y la semejanza"(Gn 1,26),
tan pefecta como posible de la realidad divina.
Durante toda su vida, María,
en su espíritu, en su corazón, en su mismo cuerpo,
fue dócil al Espíritu divino.
Estaba animada por él en todas las fibras de su ser,
nada en ella se escapaba a su acción.
De lo contrario,
no habría sido capaz de dar un cuerpo, un corazón, un espíritu
al Verbo de Dios.
Hay que tratar de medir
lo que quiere decir que en ella, por ella,
"el Verbo se hizo carne"(Jn 1,14).
María participó en esta Encarnación con todas las funciones de su cuerpo,
todas las capacidades de su corazón,
todas las facultades de su espíritu.
No es sólo "en ella" como el Hijo de Dios se hizo hombre,
sino "por ella".
Esto sitúa a la humanidad de María en una situación totalmente particular.
Por esta razón no hay que considerar la Asunción
sólo como un favor o una recompensa
otorgada por Dios a la Madre de su Hijo.
La Asunción se inscribe en la lógica misma del misterio de María.
Todo lo que constituye un ser vivo viene del Espíritu
que le comunica la vida, la luz y el amor.
No hay "lugar"de existencia fuera del Espíritu.
Lo que ha separado al hombre del Espíritu no es su "cuerpo",
sino su pecado.
En el plan primero de Dios,
el hombre animado por el Espíritu
debía seguir para siempre bajo el dominio de éste,
tanto que al morir,
el Espíritu podría recobrar el control total de nuestro ser.
Lo que llamamos ser humano y toda su historia
debía ser asumido por el Espíritu
en un retorno al origen.
Así fue en María.
Después de su muerte, o "dormisión",
el Espíritu que la había llamado a la vida,
la había hecho capaz de ser la Madre del Hijo de Dios
y había animado todas las fibras de su ser,
asumía para siempre la totalidad de su ser
para hacerla vivir total y eternamente de la vida divina.
Es lo que en un lenguaje simbólico tradicional llamamos
la "Asunción" de María.. MARÍA:MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARÍA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
EL TERCER SILENCIO DE MARÍA
Después de la mención en el Cenáculo,
María desaparece definitivamente de los relatos del Nuevo Testamento
pues lo que de ella se dice en el Apocalipsis
no pertenece directamente a la historia.
María entró en el gran silencio.
Sabemos que Juan se la llevó a su casa,
pero no sabemos a dónde se fue Juan.
La tradición habla de Éfeso;
es muy posible.
María le seguiría...
No importa dónde vivió.
Lo que aquí nos interesa es su silencio
y el silencio que sobre ella se hace.
Ahora está en silencio como lo estuvo en la primera infancia de Jesús,
lo cual no quiere decir que su influencia
no se sintiera en la Iglesia naciente.
En esta perspectiva María es siempre madre,
la madre de Jesús que vela sobre el crecimiento de la Iglesia
y la rodea de cuidados maternales
hasta el fín de los tiempos,
mientras la humanidad no haya llegado a su cumplimiento.
Este cumplimiento será también el del cuerpo de Cristo
que debe en él "reunir a todo el universo,
lo que hay en el cielo y en la tierra"(Ef 1,10).
En esta larga andadura de la Iglesia,
María está presente siempre,
tan discreta como en la vida de Jesús.
Las escasas "apariciones"
que hace ocasionalmente en nuestra historia,
son sólo la manifestación de una constante asistencia,
de un amor que jamás se desmiente.
María es madre para siempre,
madre de la humanidad regenerada en su naturaleza profunda
por la gracia de Cristo.
El gran silencio en el que entra después de la Ascensión,
es el silencio apacible de la obra realizada.
En el Calvario y después de la muerte de Jesús,
su silencio había sido doloroso;
ahora es un silencio gozoso.
Tiene tiempo para leer toda su existencia,
tan corriente y tan poco corriente a la vez.
Aceptó entrar en el mundo maravilloso de los actos de Dios.
Cuando más piensa en lo que le ha sucedido,
mejor ve cómo todo se une y encadena.
Los pasos que dió,
ahora tienen un sentido.
Un hilo de oro une los instantes de su vida
con los designios de Dios,
el "designio de su voluntad
conforme al beneplácito que se propuso realizar"(Ef 1,9),
lo vemos como un camino de luz y de amor.
En este último período de su vida debió hablar
con Lucas y con otros, creo yo,
sobre la manera en que Dios había actuado con ella.
Era necesario que hablara;
se lo debía a los que eran sus hijos.
Lo mismo que Jesús había dicho todo a los apóstoles, sus amigos,
María habló a los que eran sus hijos.
Le era fácil.
Nada espectacular,
nada "milagroso" en el sentido en que se entiende habitualmente,
sino el misterio en ella de la unión de Dios con la humanidad.
Para esta unión,
Dios no la llevó a un mundo maravilloso
en el que su imaginación se hubiera quedado deslumbrada.
No, todo había sucedido en lo más íntimo de las cosas
tan humanas como un matrimonio, una gestación,
una vida de mujer.
Y porque el acontecimiento extraordinario
que fue el todo de su vida de dar a luz al Hijo de Dios,
se realizó en unas condiciones tan sencillamente humanas,
la obra divina sólo fue conocida por ella
y por algunos íntimos.
En cuanto a Jesús,
todo está consumado en el momento de su muerte.
Sin embargo,
su obra no estaba terminada
porque aún no había llegado a su "cumplimiento" (Hb 5,9).
Lo mismo respecto a María.
Va hacia su propio "cumplimiento"
de una manera distinta que su Hijo.
Jesús murió en la plenitud de su vida,
ofreciéndola deliberadamente en obediencia a su Padre.
Así dió testimonio de su divinidad,
que no podía manifestar de otro modo total en una existencia humana,
por eso mismo, nos salvó de la muerte.
María seguirá viviendo,
ocultándose en una paz cada vez más profunda.
Me viene a la mente la imagen de Buda muriendo en la paz,
rodeado de sus discípulos.
El camino de Buda es diferente del de Cristo,
pero en María es algo parecido.
La veo cumpliéndose ella misma en perfección
en una vejez feliz
(lo que Jesús no pudo),
y dar así una imágen admirable al misterio
de que habla Pablo al decir que
"llevamos este tesoro en vasijas de arcilla" (2 Cor 4,7).
María sabrá muy bien que:
"Si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se destrye,
tenemos un edificio que es de Dios;
una morada eterna en los cielos,
no hecha por mano de hombre" (2 Cor 5,1).
¿No se dejó María invadir cada día más
y habitar por esta realidad
los últimos años de su presencia terrestre? 5月29日 MARIA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARIA:
MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
MARIA EN EL CENÁCULO
Después de la escena del Calvario,
María desaparece de nuevo de los relatos evangélicos.
No está con las mujeres que han ido al sepulcro
la mañana de la Resurrección.
En ninguna de las apariciones se hace mención de su presencia,
pero sabemos que no está lejos,
puesto que vive en casa de Juan.
Es muy probable que estuviera con los apóstoles
y los amigos de Jesús cuando se reunieran.
Sin embargo,
hay que esperar a que Jesús desaparezca definitivamente
para que se la mencione otra vez(Hch 1,14).
Hay muchas razones para pensar
que María estaba presente en la última comida de Jesús
con los suyos (Hch 1,4).
antes de que en el Monte de los Olivos
fueran testigos de su Ascensión.
Ya en la montaña,
Jesús bendijo a los suyos
y los envió para que fueran
"Sus testigos hasta los confines del mundo.
Dicho esto, y a su vista,
se elevó
y una nube lo ocultó a sus ojos"(Hch 1,8)
Esta nube simboliza que Jesús entró en otro mundo
para vivir una existencia diferente
de la que había vivido sobre la tierra.
Es la imagen del misterio.
Cristo entró en la noche,
pero a nosotros las realidades divinas nos están todavía ocultas.
Aún no ha llegado el tiempo para los amigos de Jesús
de atravesar esa nube
para seguirle
y entrar en la luz de Dios.
Esta nube sólo se puede atravesar por un acto de fe.
Pero los discípulos
desde ese momento
creen que Jesús ha entrado en su gloria.
Por eso se sienten felices
y como dice Lucas
"volvieron a Jerusalén llenos de alegría"(Lc 24,52).
Estaban llenos de alegría porque Jesús glorioso
les había prometido que el Espíritu Santo habitaría en sus corazones
y los instruiría sobre todo lo que el Señor
les había dicho.
Al desaparecer Jesús,
los apóstoles y los amigos de Jesús volvieron a Jerusalén.
"Al volver subieron a la sala donde se reunían.
Y todos unánimes perseveraban en la oración, con algunas mujeres,
con María, la madre de Jesús,
y con los hermanos de éste"(Hch 1, 13-14).
María está ahí,
en medio de los primeros discípulos,parientes y amigos
como la madre de Jesús y madre nuestra,
es la madre de la Iglesia naciente.
Por el poder del Espíritu,
unido con el Padre,
engendra y concibe el cuerpo místico de su Hijo.
Ella, que había dado a su Hijo su cuerpo y su ser de hombre,
continúa místicamente esta misión
a medida que la humanidad
entra en comunión con su Hijo.
Ella es la madre de la Iglesia hasta el fín de los tiempos.
Los días que transcurren desde la Ascensión y Pentecostés,
fueron días de oración y de vela.
Con esta pequeña comunidad,
María espera la venida del Espíritu Santo.
Es la inspiradora de la espera de todos.
Pero su espera tiene un carácter particular.
En el momento de la Encarnación,
percibió de una manera absolutamente única
la acción del Espíritu Santo.
El día de Pentecostés recibe una nueva efusión del Espíritu,
pero esta vez, no la recibe ella sola.
María recibe al Espíritu en medio de la primera comunidad cristiana.
Esta manifestación proyecta una luz nueva
sobre la acción del Espíritu Santo en ella desde el principio de su existencia
y confirma la nueva maternidad
que su Hijo le confirió desde la Cruz.
Madre de Jesús,
es ahora madre de la Iglesia,
de la que es el corazón y el alma.
Aún tiene que ser la madre de toda la humanidad.
Es la Virgen humilde y paciente;
puede esperar esta hora en silencio.
MARIA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARÍA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
MARÍA, NUESTRA MADRE
Las palabras de Jesús a su madre y a Juan
se han grabado profundamente en la conciencia
y en la sensibilidad cristianas.
El peligro estaría en quedarnos en este aspecto afectivo,
con riesgo de bloquear el camino
hacia una comprensión más profunda del misterio.
Es muy cierto que Cristo no ha querido sólo tocar nuestra afecxtividad
porque nunca actúa a ese nivel.
Las palabras de Cristo adquieren profundidad y alcance
si se las sitúa en la perspectiva global
de la historia de la salvación en Jesucristo.
Sin entrar aquí en los debates teóricos
relativos al "pecado original" o a la "naturaleza humana",
contentémonos con volver a las afirmaciones de Pablo
sobre la "economía" de la Redención.
Si, como dice Pablo,
todos hemos pecado en Adán,
también todos hemos sido salvados en Cristo.
En efecto:
"Si por el delito de uno solo mueren muchos,
mucho más la gracía de Dios
y el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo,
se han desbordado sobre todos"(Rm 5,15).
Esta gracia nos es conferida por Cristo resucitado de la muerte.
Con Cristo muerto en la Cruz
toda la humanidad pecadora ha pasado por la muerte.
Eva había estado en el origen de la primera muerte,
muerte a la gracia.
En cristo, esta "muerte" es entregada a la muerte,
y la humanidad queda preparada para la vida nueva que Cristo ofrece.
De esta salvación por la sangre,
su madre por un privilegio único,
se benefició desde el primer instante de su existencia.
Como primera "renacida" en Cristo,
fue situada por anticipación,
en el origen de la vida nueva.
Nosotros vimos los efectos cuando María,
al tomar conciencia por la revelación del ángel
de ser amada de Dios desde siempre de modo único,
de ser "llena de gracia",
se halló dispuesta a creer en la Palabra de Dios
proponiéndole ser la madre del Salvador de toda la humanidad.
Para este nuevo nacimiento,
la humanidad necesitaba una madre,
si no esta redención no sería una vida entregada,
sino un rescate jurídico.
Cristo murió a si mismo,
murió a la vida mortal que María le había dado.
Y aún más
pues se puede decir que "murió" a su madre,
que se despojó de esta relación filial,
como había "renunciado" para hacerse hombre
a la gloria que le venía de su Padre.
De alguna manera había "renunciado" a su Padre.
Ahora, sobre la cruz,
renuncia a su madre.
Se la da a todo ser humano para que con ella,
la humanidad renazca a la vida divina
y se reconozca "llena de gracia"
En esta perspectiva, María es más real
y más fundamentalmente nuestra madre que Eva.
A esta luz, los textos del Nuevo Testamento
que hablan de un nuevo nacimiento en la participación en la muerte y en la resurrección de Cristo adquieren un gran relieve.
Hemos "renacido" en Cristo,
renacidos en el seno de María que es, en el Espíritu,
por su participación en el misterio de su Hijo,
la madre de toda la humanidad.
Por eso "todas las generaciones la llamarán bienventurada",
como madre salvada del Salvador.
Está junto a su Hijo,
en la raíz misma de nuestra regeneración en el Espíritu.
Sabiendo con qué profundidad está unida al Padre,
por el vínculo del Espíritu, comprendemos mejor
que habiendo engendrado a Cristo en su naturaleza humana,
ella nos engendra sin fin
y nos da un rostro semejante al de su hijo, Jesús.
Este es el misterio que nos fue revelado al pie de la Cruz
y que se manifestará cuando María esté presente
en el nacimiento de la Iglesia.
5月27日 MARÍA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARÍA: MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
"HE AHÍ A TU HIJO"
"HE AHÍ A TU MADRE"
Después de las palabras de Jesús a propósito de sus parientes,
no se vuelve a hablar más de María en el evangelio.
No obstante,
cuando Jesús decidió que había llegado el tiempo de subir a Jerusalén
y de ir conscientemente hacia la muerte(Lc 9,51),
sin duda alguna.
María también dirigió su mirada hacia Jerusalén
y siguió a su Hijo hasta allí
para la verdadera Pascua,
la última Pascua,
la de su Hijo.
Hay que ver cómo María tomó parte en el desarrollo de la misión de Jesús.
En Caná le alentó a actuar, a ir adelante,
y Jesús lo hizo.
Ahora María acompaña a su hijo.
No quiere decir esto que le siga donde vaya,
pero siempre le acompaña con atención constante
a todo lo que hace.
Lo mismo que él,
María tiene momentos de miedo.
A veces, su corazón se turba;
si lo estuvo el de Cristo también el de ella sintió tanto sufrimiento
en su compasión como Él en la Pasión.
María empieza a comprender lo que querían decir las palabras de Simeón.
A medida que se acerca el tiempo de la Pasión,
se descubre el fondo de los corazones, como Simeón lo había predicho:
"Asi se descubrirán los pensamientos de muchos corazones"(Lc 2,35).
María asiste a esta lucha en el corazón de los que han conocido a Jesús.
Unos lo abandonan y otros dudan sin saber qué partido tomar.
El grupo de los fieles es cada vez más reducido.
María es el alma de este grupo.
No tiene que pensar lo que ha de hacer,
"sigue" a su Hijo y sabe que también ella, a su modo, va a la muerte:
la muerte de la madre
que muere de la muerte de su Hijo.
El evangelio no nos habla del encuentro de Jesús con su madre
en el camino del Calvario.
Nos ha llegado por la tradición,
pero hasta tal punto es verosimil
que podemos considerarlo como verdadero.
(Si no tuviéramos textos escritos, recibiríamos más fácilmente
las tradiciones orales transmitidas por los fieles).
Encontramos de nuevo a María al pie de la cruz.
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre
y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás
y María Magdalena.
Jesús viendo a su madre
y junto a ella al discípulo a quien amaba
dijo a su madre:
Mujer, he ahí a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
He ahí a tu madre.
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa"(Jn 19, 25-27).
Este texto es de una sencillez impresionante.
María estaba de pie,
de pie también las otras mujeres y Juan.
Estaban de pie, como Jesús está de pie sobre la cruz,
cara al cielo, cara al Padre.
Esta actitud de María tiene un sentido.
No se ha venido abajo por el peso del dolor.
Lo que mantiene su cuerpo erguido es el espíritu interior,
la fuerza de su voluntad que acepta la del Padre, en unión con su Hijo.
Con esta actitud muestra que, como su Hijo, se ha elevado sobre su miedo,
sobre su dolor, sobre su angustia.
Está de pie,
llena de fuerza y de compasión
No piensa en ella.
La Pasión de su Hijo es la suya,
la muerte de Jesús, la suya.
"Desde ese momento",
María no es sólo "su madre",
es la madre de los discípulos.
Comentando las palabras:
"He ahí a tu hijo. He ahí a tu madre",
la Iglesia ha subrayado la maternidad espiritual de María
respecto a todos los discípulos de Jesús.
Este es, en efecto, el sentido más evidente de las palabras de Jesús.
Pero podemos dar un paso más.
María dió a Jesús su naturaleza de hombre.
Ahora bien,
esta naturaleza la comparte con toda la humanidad.
En María, la humanidad vuelve a encontrar su filiación divina.
En ella, todo ser humano se descubre hijo de Dios.
Conviene volver a leer las palabras de Jesús
en la perspectiva no sólo del misterio de la Cruz,
sino también en la de la Encarnación.
Ahí, en el momento en que su Hijo va a hacer,
por su obediencia "hasta el fin"(Jn 13,1),
la experiencia humana de su filiación divina en toda su realidad.
María, también va a descubrir que como esposa del Padre
y madre del Hijo,
por la fuerza del Espíritu,
es "madre" del género humano.
Por su unión al Padre,
ha dado a su Hijo la humanidad
en la que se opera para todo el género humano,
el triple y único misterio de la Encarnación,
de la Redención y de la participación en la vida divina.
En esta perspectiva tiene todo su sentido
la palabra de María en el Magnificat:
"Desde ahora,
todas las generaciones me proclamarán bienaventurada"
(Lc 1,48) MARÍA, MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAII.- ¿QUIÉN ES MI MADRE?
Cuando Lucas habla de las mujeres que seguían a Jesús
por "ciudades y aldeas"
enumera "a María llamada Magdala,
de la que habían salido siete demonios;
a Juana, mujer de Cusa intendente de Herodes,
Susana y otras muchas
que le ayudaban con sus bienes"(Lc 8, 1-3).
En cuanto a María,
no se sabe en realidad en qué medida
acompañaba a su Hijo.
No obstante la encontramos citada
una vez con otras personas parientes suyas.
Después de una discusión con los fariseos,
en la que habló de "esta generación perversa" (Mt 12,45),
que no comprende nada de las cosas de Dios,
Jesús encontró la ocasión de darles una lección.
"Todavia estaba Jesús hablando a la gente,
cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera,
tratando de hablar con él.
Alguién le dijo:
Mira tu madre y tus hermanos están ahí fuera
y quieren hablar contigo" Mt. 12, 46-48).
¿Qué querían decir a Jesús?
¿Qué tenían en la mente para tratar de hablar con él?
Parece que este episodio es diferente del de aquella ocasión
en la que sus parientes querían apoderarse de él
para hacerle entrar en razón.
"Jesús fue a casa,
y se volvió a reunir tal multitud de gente
que no podían comer.
Al enterarse sus parientes
fueron hasta allí para lleváselo pues decían:
Está fuera de sí"(Mc 3.20-21).
Considerando estos dos episodios,
se puede decir que los parientes de Jesús se inquietaban
por su conducta.
Si algunos estaban a su favor,
otros estaban en contra.
En el episodio de Marcos,
es evidente que algunos de sus parientes
querían hacerle entrar en razón.
Es fácil imaginar en qué situación se encontraba María.
Por todos los lados le debían pedir que interviniera,
que "hiciera algo".
No podían seguir así.
Toda la familia se consideraba deshonrada por la actitud de uno de ellos.
Si nadie es profeta en su tierra,
Jesús parece no haberlo sido ni en su propia familia.
¿Qué podía decir María
como respuesta a lo que decían sus parientes?
Después de haber sufrido esta presión en Nazaret,
cuánto debió sufrir al llegar el mismo rumor
a la región en la que Jesús había fijado su morada provisional,
al borde del lago.
María no podía decir todo lo que sabía;
tenía que tratar de calmar a los más excitados,
y sobre todo,
debía soportarlo todo en silencio.
Marcos no menciona la presencia de María en este episodio;
pero estuviera presente o no
entonces tuvo que oirles decir alguna vez:
"Ha perdido la cabeza, ¿qué va a ser de nosotros?".
¿Qué sentiría cuando sus parientes decían:
"¡Está loco! ¡Hay que hacerle callar! ¡Vamos a apoderarnos de él"
.Cuando una tarde alguién le dice a Jesús
que su padre y sus hermanos quieren hablarle,
él les contesta de modo que comprendan
que su parentesco no les da ningún poder sobre él.
No pueden pretender el derecho de hacerle callar en nombre de ese parentesco
A María y a José,
Jesús les había recordado en el Templo su parentesco divino.
A los judios,
que se jactaban de su título de hijos de Abraham,
les recuerda que existe otro parentesco, el espiritual.
Jesús da una lección parecida a los miembros de su familia.
No es que reniegue de ella,
sino que quiere iniciarlos en otros vínculos,
hacerles sospechar otra fraternidad.
"Señalando con la mano a sus discípulos, dijo:
Aquí están mi madre y mis hermanos.
Quién cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos,
ese es mi hermano, mi hermana y mi madre"(Mt 12.49-50).
Seguramente esta respuesta fue para María
ocasión de una larga reflexión,
como lo habia sido la respuesta de Jesús en el Templo.
Esta reflexión
la preparó para comprender las palabras
que Jesús le dijo sobre la cruz:
"Mujer eh ahí a tu hijo"
y después a Juan:
"Eh ahí a tu madre"(Jn 19.26-27).
5月25日 MARIA:MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRAMARÍA:MADRE DE CRISTO Y MADRE NUESTRA
"Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1,48)
MARÍA EN CANÁ
Jesús salió de Nazaret para empezar su misnisterio.
Antes había estado con Juan.
Jesús se hizo bautizar por Juan para testimoniar la continuidad
de su ministerio con el de su precursor.
En esa ocasión el Padre intervino de un modo extraordinario
para confirmar la misión de Jesús ante el pueblo
y para confirmar al mismo Jesús en la conciencia humana
que tenía de su filiación divina (Mt 3, 13-17).
En cierto modo, al empezar su "carrera",
el Padre lanza a su Hijo.
Si Cristo necesitaba aún una confirmación por parte de su Padre,
ahora la tiene,
es la continuidad del episodio del Templo
y anuncia las demás confidencias que hará Cristo
sobre su relación con su Padre.
Después de su bautismo, Cristo pasará cuarenta días en el desierto.
Al terminar su ayuno, es tentado por el demonio,
que le invita a hacer sus primeros milagros,
pero Él se niega porque se alimenta de la palabra de Dios
y no de la de Satanás (Mt 4,34).
Cuando sale del desierto empieza su predicación;
aún no ha hecho ningún milagro.
En estas circunstancias le invitan a una boda en Caná, no lejos de Nazaret.
"Y la madre de Jesús estaba allí" (Jn 2,2).
Este acontecimiento tuvo lugar "tres dias después"(Jn 2,1)
del testimonio dado por Juan ante los enemigos de los fariseos:
"Yo no soy el Cristo"(Jn 1,20).
"Como faltara vino,
le dice a Jesús su madre:
No tienen vino.
Pero Jesús le contesta:
¿Quién te mete a ti en esto, mujer?
Aún no ha llegado mi hora" (Jn 2, 1-4).
La respuesta de Jesús se puede inrterpretar de diversa maneras.
Literalmente, habría que traducir:
"¿Qué nos va a ti y a mi?"
Lo que puede querer decir:
"No es cosa nuestra",
o también:
"¿Por qué te metes en esto?"
Pero la razón que da Jesús: "Aún no ha llegado mi hora"
puede darnos luz sobre lo que pasa por su mente.
Aunque era Hijo de Dios,
Jesús debió hacer unos planes para su entrada en el ministerio evangélico.
Reflexionaría sobre cuando empezaría a revelarse,
con qué ocasión.
Espera "su hora".
¿Cuándo llegará? No parece tener prisa.
Espera su momento propicio para que su primer "signo" (Jn 2,11)
tenga todo su sentido.
Seguramente no tenía proyectado hacer un milagro en Caná
donde iba como uno más a la fiesta,
como los otros invitados.
Un incidente muy sencillo le ofreció la ocasión deseada:
se acabó el vino de la boda.
María quiere ayudar a esa familia.
Sabe que su Hijo lo puede todo
porque ha tenido tiempo de reflexionar sobre Él.
El Padre,
que ha dado testimonio a su Hijo,
hace comprender a María
que también ella debe darle testimonio.
Y María se ofrece confiando plenamente en él.
En el Templo,
Jesús había recordado a María y a José
que debía estar en las cosas de su Padre;
ahora es María
quien desde lo más íntimo de su corazón, dice a Jesús:
"Hijo mío, yo sé que tu Padre te ha dado todo poder".
Su madre dijo a los sirvientes:
"Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 5-9).
Sabemos lo que sigue:
"Así, en Caná de Galilea, comenzó Jesús sus signos,
manifestando su gloria,
y sus discípulos creyeron más en él"(Jn 2,11).
Y María,
como hace toda madre por un hijo que se lanza en la vida,
dió a Jesús la ocasión de tomar conciencia de los poderes que tenía.
Se puede decir que ella hace "llegar" la hora de su Hijo.
Después de esto María vuelve al silencio.
Efectivamente, no volverá a decir ninguna otra palabra
en el resto de los evangelios.
5月22日 LA MADRE DE JESÚSLA MADRE DE JESÚS
IX.- LUCES INSTANTANEAS Y LENTAS REFLEXIONES
En el punto en que nos hallamos del itinerario de María,
podemos volver atrás sobre la totalidad de su experiewncia.
Hemos visto ya cómo el Señor la instruyó directamente
por medio del ángel
y también cómo se valió de Isabel, Simeón y de muchos otros.
Hay otro aspecto que podemos subrayar.
El itinerario de María está ritmado
por luces momentáneas, rápidas y fulgurantes iluminaciones,
seguidas de una lenta reflexión.
Repetinamente, Dios le hace entrever
en el o en ella misma
un misterio que la sobrepasa y la desconcierta.
En un momento es transportada
a una profundidad que excede a sus capacidades humanas
de comprensión.
Después, pasada la iluminación,
que viene del mismo Dios,
se pone en camino para abrirse paso hasta esa realidad.
Se vuelve interiormente hacia "su corazon"
donde estas cosas le han sido reveladas.
Valiéndose de sus propios medios,
trata de adquirir plena conciencia
sobre lo que el Señor le ha revelado sobre ella misma
o sobre su Hijo Jesús.
Y este largo proceso la conduce en cuerpo, alma y espirítu hasta el misterio.
En esto,
la experiencia de María es verdaderamente temeraria.
No trata de racionalizarla,
sino de comprenderla "en su corazón";
ese corazón que no hay que tomarlo aquí
como el centro de las emociones,
sino como lo que Teresa de Ávila, en el Castillo interior,
llama el "centro del alma" o el "espíritu".
María desciende a esta última profundidad de sí misma,
cuando reflexiona lo que Dios hace en ella
para ella y por ella.
Llega así a un conocimiento recibido del mismo Dios
que sobrepasa lo emotivo,
pero que penetra en el fondo del corazón,
por lo que puede llamarse la puerta del espíritu.
Es interesante considerar aquí algunas experiencias espirituales
realizadas en un contexto no cristiano.
Así en la teoría del yoga hindú,
el que va hasta el extremo de la experiencia,
al centro del alma se le llama espíritu.
Este "espíritu" es el "yo" fundamental de la persona.
A este nivel, el contemplativo entra en comunión con Dios.
También se podrían poner como ejemplo
algunos aspectos de la experiencia taoísta.
Lo que aquí caracteriza a la experiencia cristiana,
y especialmente a la de María,
es que su Dios no es una divinidad impersonal,
general y abstracta.
Es el Dios personal y presente en la historia
que le ha revelado la Escritura,
con el que María,
con una fe alimentada con todo lo que le sucede respecto a Jesús,
mantiene una relación de amor de persona a persona.
Esta relación alcanza un grado único
en la historia de la humanidad.
Las experiencias que menciona el Evangelio relativas a María,
tienen una fuerza reveladora excepcional.
En el episodio del Templo,
al verse repentinamente y de un modo muy concreto
(una huída, una desaparición)
ante el hecho de que su hijo es el Hijo del Padre,
descubre dolorosamente
que la sumisión de su hijo a José y a ella misma
es imagen de una sumisión aún más fundamental y más esencial.
Jesús no puede querer sino lo que el Padre quiere.
En todo, él hace la voluntad del Padre.
Las palabras de Jesús:
"¿No sabíais que tengo que estar en las cosas de mi Padre?"(Lc 2,49)
produjeron en María un efecto tan fuerte,
que sumió su espíritu y su corazón en un silencio total.
María no comprendió y José tampoco.
Después de doce años de vida en contacto con su hijo
tenía que afrontar esta incomprensión
para entrar en un conocimiento nuevo de su misterio.
Hasta el episodio de Caná,
es decir, hasta pasados más de veinte años,
no se hablará de María.
Pero durante esos años en los que Jesús crecía,
también María crecía en el conocimiento de su hijo
y en la inteligencia de su misterio.
Esta reflexión no la hacía sola.
Su intimidad con José le ayudaba a realizar
lo que debía ser la intimidad de Jesús con su Padre,
porque miraba a José con una mirada tan penetrante
que en él podía ver la "imagen" del Padre de su hijo.
Y sobre todo desde el anuncio hecho por el ángel,
María vivía en unión total, virginal, con Dios,
a quien Jesús llamaba "mi Padre". 5月21日 LA MADRE DE JESÚS"¿ NO SABÍAIS QUE...?"
Los Evangelios nos dicen muy pocas cosas de la vida en Nazaret.
Esta circumspección sugiere que Jesús creció como cualquier niño.
Poco a poco se despierta a la realidad del mundo
en el que vive primero su familia,
su madre, su padre;
después los parientes, los amigos, los vecinos,
por último su país y su pueblo.
¿Por qué vive treinta años en esa ciudad tan pequeña?
Sencillamente,
porque necesita ese tiempo para hacerse hombre,
para hacerse un rabí
con autoridad a los ojos del pueblo.
"A los treinta años me tenía de pie", decía Confucio.
Para describir la primera infancia de Jesús,
antes del episodio del Templo,
Lucas sólo necesita dos frases:
"El niño crecía y se fortalecía llenándose de sabiduría
y la gracia de Dios estaba en Él"(Lc 2,40).
Estos verbos expresan un progreso, un crecimiento.
Era necesario que la conciencia que Jesús tenía
de su misión y de su filiación divina
tomaran cuerpo en la realidad de su humanidad.
Tenía una percepción inespresable,
que no podía ser captada pore su conciencia de hombre
en el espacio de un día y ni siquiera de un año.
Por tanto,
hubo para él etapas y umbrales,
como es normal en el desarrollo de todo niño
desde de su nacimiento hasta el final de su adolescencia.
En este proceso,
el episodio del Templo es de gran importancia
porque nos deja entrever lo que ocurría en la conciencia profunda de Jesús
y que en apariencia se les escapaba a María y a José.
Todo sucedía sencillamente,
pues el niño era fácil de educar.
La primera subida de Jesús a Jerusalén
marca una crisis en el niño y en sus padres:
él hasta ahora tan dócil y equilibrado, se escapa:
ellos no pueden explicarse este gesto.
"Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
Tu padre y yo te buscábamos angustiados"(Lc 2,41-50)
Durante tres días,
María y José sintieron un vacio, un silencio inédito para ellos,
una ausencia que nunca habían experimentado.
Dejaron en Jesusalén un niño como los demás
y cuando lo encuentran, "al tercer día"(Lc 2,46)
- este dato nos hace pensar en el triduo pascual,
en la desaparición de Jesús en la muerte
y en su vuelta entre los suyos, resucitado -,
se les aparece bajo otra luz.
De pronto,
después de esta verdadera "noche" del espíritu,
la realidad del misterio estalla ante sus ojos.
El vacio de estos tres días,
era necesario para que María y José realizaran,
a través de su pena,
el misterio sobre el que el mismo niño
iba adquiriendo cada vez mayor conciencia:
es el "Hijo del Padre".
Él también,
cuando a los doce años era ya adulto a los ojos de la Ley,
tenía que experimentar en su humanidad
lo que era ser Hijo del Padre.
Después de este episodio
que marca un umbral en la vida de Cristo,
la vida prosigue como antes,
sin dificultades.
"Después bajó con ellos a Nazaret,
y les estaba sujeto.
Su madre conservaba todas las cosas en su corazón"Lc 2,51)
María tenía sobre qué reflexionar.
En la prueba,
el Espíritu Santo le hizo entrever algo del misterio de su Hijo.
Ahora pasada ya su "noche",
puede compartir con él la conciencia que tenía de ser el Hijo del Padre.
Lucas siente la necesidad de repetir una vez más,
en términos casi iguales:
"Jesús progresaba en sabiduría, edad y gracia
ante Dios y ante los hombres"(Lc 2,52),
junto a José y María más que junto a nadie.
5月20日 LA MADRE DE JESÚSLA MADRE DE JESÚS
IX.- "EL NIÑO Y SU MADRE"... Y JOSÉ
En el Evangelio de Mateo
se repite varias veces la expresión "el niño y su madre"(Mt 2, 11; 2,13; 2,20).
Son inseparables porque el niño no puede nada sin su madre
en la primera infancia.
María y Jesús son más inseparables en su destino
que lo han sido nunca una madre y su hijo
en la historia humana.
También José está ahí, siempre ahí.
Es difícil decir todo lo que era José para María,
pero es cierto que rodeaba a la madre y al hijo de una presencia
que era para ellos la más perfecta imagen humana del Padre invisible.
Después de los acontecimientos de la primera infancia de Jesús,
la sagrada familia vivió la vida de todos los matrimonios jóvenes,
sencilla y tranquila, centrada en el niño.
Refugiados en Egipto,
llevarían una vida muy precaria,
probablemente entre otros israelitas instalados allí
desde hacía más o menos tiempo.
No nos es difícil imaginarnos lo que podía ser su situación en nuestra época
en la que hay en el mundo millones de refugiados
que esperan volver a su patria.
José esperaba así
que el Padre le avisara cuándo podían volver a su país.
Al leer atentamente el relato que hace Mateo
de las circunstancias de la vuelta de Egipto (Mt 2,19-23),
vemos, una vez más,
que José no es un robot en manos del Padre eterno.
Lo mismo que cuando descubrió que María estaba encinta,
ahora también,
en el momento de volver a su país,
examina la situación y se decide.
Tiene miedo de volver a Judea donde Arquelao
ha subido al trono de su padre Herodes.
La decisión tomada se la confirma un "sueño"
y es muy posible que sea "el ángel del Señor"
quien le sugiere que se establezca en Galilea.
Este episodio hace que nos demos mejor cuenta de la manera en que
el Padre interviene en la vida de José,
representante suyo ante el niño y su madre.
Pero, ¿cómo los veía José?
Los veía con los ojos de un hombre que es el esposo de la madre,
sin ser el padre del niño.
Esta situación crea entre José y María
una relación totalmente particular,
José es el esposo de María,
y representa ante ella al que en verdad la ha "desposado":
el Padre del cielo.
Esta unión realizada por el Espíritu Santo,
no es una unión en la carne,
sino en el Espíritu.
También en el Espíritu José y María viven su relación de esposo y esposa.
Si el Padre hubiera querido
servirse sólo de María, de un modo ocasional, para dar a su Hijo una humanidad,
se podría pensar que realizado el hecho
y traído Jesús a este mundo,
María y José hubieran podido tener después
una vida conyugal como todos los matrimonios.
Pero se trata de otra cosa.
La relación del Padre y María puede decirse con toda verdad,
que es una relación de esposa a esposo.
Y porque el mismo Dios es parte en ello,
esta relación existe para siempre y es absolutamente virginal.
Se realiza en una unión "espiritual",
a nivel del espíritu,
en lo más íntimo del ser de María,
por la acción del Espíritu del Padre.
Por esta razón la tradición cristiana siempre ha mirado a María como virgen
antes, durante y después del parto
- su unión al Padre es virginal, para siempre -,
y siempre ha dicho que María y José
vivieron su matrimonio más allá de la unión carnal.
Esto no quita nada a la realidad de su amor.
Se amaron más y mejor que ningún matrimonio.
Estaban verdaderamente casados y "más que casados",
tan estrecha era su comunión en este vínculo profundo
que se llama "el espíritu"
donde Dios vive y actúa "sin intermediario" en todo ser humano,
donde brota el poder vital
que surge de la profundidad de Dios
5月19日 LA MADRE DE JESÚSVIII.- LA ESTRELLA Y LA HUIDA A EGIPTO
En la historia de María hay tres episodios que se encadenan:
la visita de los Magos,
la huída a Egipto y la matanza de los inocentes.
Sin entrar en la exégesis de estos relatos,
veamos cómo están narrados en los Evangelios,
así los entendieron las primeras comunidades cristianas.
Lo que aquí nos interesa,
es la manera en que estos sucesos afectaron a la vida de María,
de Jesús y de José
y qué sentido tuvieron para los discípulos de Jesús,
en los primeros tiempos de la Iglesia.
Mateo nos narra la visita de los Magos que:
"Venían de Oriente,
llegaron a Jerusalén y preguntaron:
"¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle"(Mt 2. 1-2).
Conocemos cómo sigue la historia:
Herodes "llama a los sumos sacerdotes y a los eescribas del pueblo"
para preguntarles dónde debe nacer el Mesías.
Los Magos van a Belén, guiados por la estrella.
"Entrando en la casa,
vieron al niño con María su madre
y potrándose de rodillas, le adoraron.
Abriendo sus cofres,
le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra"(Mt 2,1
Para María era un nuevo mensaje
que venía de un mundo distinto del mundo judío.
En esta visita de los Magos,
empieza a darse cuenta de la universalidad de la misión de su Hijo.
Prosigue Dios despertando a María a su propio misterio
por medio de personas que Él escoge e inspira,
a cada uno del modo que les conviene.
Así, comprendemos mejor que el mundo espiritual es un mundo real,
concreto a los ojos del espíritu,
aunque está oculto a los ojos de la carne
Poco a poco, el mensaje secreto del Espíritu Santo
en lo más íntimo de su ser,
se hace inteligible a María
y tan real como su misma existencia.
Herodes al ver que los Magos no volvían,
"se enfureció terriblemente"
y decidió que desapareciera ese "rey de los judíos",
matando a "todos los niños de dos años para abajo de Belén y su comarca"
(Mt 2, 13-15)
Pero ya José había cogido a María y a Jesús
para llevarlos a Egipto según la orden del ángel.
"Levántate, toma al niño y a su madre
y huye a Egipto;
y quédate allí hasta nuevo aviso"(Mt 2, 13-15)
Si la venida de los Magos
revela uno de los aspectos fundamentales de la religión,
la creencia de que el Cielo (o Dios) se manifiesta en los signos del cielo,
el episodio de Herodes manifiesta otro aspecto:
la venida del Mesías al mundo tiene queramos o no implicaciones políticas.
Se habla del "Mesías, rey de los judíos",
y Herodes se siente amenazado.
La venida del Mesías para instaurar el Reino de Dios,
sacude los reinos de la tierra.
La imaginería del Antiguo Testamento,
al describir la realeza de Cristo
en las perspectivas de la realeza davídica,
falsea la visión que los judíos del tiempo de Cristo
tenían del Mesías que iba a venir.
Sin duda, Dios debe encontrar que el lenguaje humano es muy limitado.
A falta de algo mejor,
nos habla en un lenguaje que comprendemos,
pero que, al mismo tiempo, deforma su pensamiento,
para los que no pueden captar la intención divina
más allá de las palabras.
María y José,
a causa de Jesús,
se encuentran con un problema que les supera.
"José cogió al niño y a su madre y huyó a Egipto"
Ante los abusos de los poderes humanos,
con frecuencia, la huída es la única solución posible;
el mismo Dios recurrió a ella para salvar a su propio Hijo.
Puesto que había decidido vivir una vida de hombre,en su Hijo,
debía aceptar las reglas del juego de las políticas humanas.
María también entraba en este plan
porque toda su vida, en adelante,
dependía del destino de su Hijo.
Y José estaba ahí
para velar poque todo se hiciera como convenía,
"como había dicho el Señor por el profeta:
De Egipto llamé a mi Hijo"(Mt 2, 15). 5月18日 LA MADRE DE JESÚSLA MADRE DE JESÚS
VII.- MARÍA ESCUCHA
Durante su vida, María escuchó y miró mucho.
Escuchó a su Dios, a José, a Jesús.
Escuchó a Isabel, a los pastores, a Simeón, a la anciana profetisa Ana.
Más adelante escuchará lo que la gente dice de su Hijo.
En el Cenáculo,
escuchará a los apóstoles, a los discípulos, a los amigos de Jesús y
después escuchará todo lo que le diga la joven comunidad cristiana.
María reflexionó sobre todo lo que había visto y oído.
No se construyó un universo de sueño, ideal, irreal,
en el que hubiera estado al abrigo de las reacciones del mundo.
Vivió como toda madre,
como toda mujer en una ciudad pequeña.
No siempre fue más comprendida que su Hijo.
Como el Hijo, así debía ser la madre.
No reflexionó sobre imaginaciones,
ni sobre deseos que nunca se realizaron,
sino sobre hechos.
Se valió de su inteligencia
para captar el sentido de lo que se le decía.
Cuando el ángel le anunció que iba a concebir,
inmediatamente reflexiona,
con los elementos de juicio que puede tener:
"¿Cómo sucederá esto, puesto que no conozco varón?"(Lc 1,34).
El ángel le expone un dato nuevo:
concebirá por una acción especial del Espíritu.
Con toda naturalidad escucha esto y lo hace entrar en su discernimiento.
Todo en ella está en su sitio.
Dice sí con la mayor sencillez del mundo.
María nos da un admirable ejemplo de integración
en un razonamiento humano
y en una decisión libre de un elemento aceptado en la fe.
Así será toda la vida.
Toda su existencia fue un integrar en su historia humana los misterios divinos
en los que Dios le pedía que tomara parte.
No tiene nada de soñadora, de ausente ni de idealista
siempre inatisfecha con lo que ocurre.
Siempre está presente a sí misma,
al momento en que vive,
en la acción que realiza.
Por esta razón,
su vida entera, día tras día
fue una lenta asimilación de su maternidad divina.
Porque ser madre de Dios
no consistía sólo en traer a Jesús al mundo,
sino en vivir todo el misterio de su Hijo.
Y para ello necesita toda su existencia.
Verdaderamente Jesús fue un "nacido de mujer y sujeto a la Ley"(Gál 4,4).
Y esta sumisión a la Ley pronto va a dar a María
la ocasión de oír a Dios hablarle de su Hijo por medio de personas
a las que inspira.
Cuando el niño tenía ocho días
le circuncidaron y le dieron el nombre de Jesús (Lc 2,21).
"Cuando se cumplieron los días de la purificación,
según la Ley de Moisés,
llevaron a Jesús a Jerusalén,
para presentarle al Señor,
cómo está escrito en la Ley del Señor...
Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón,
hombre justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel
y estaba en él el Espiritu Santo" (Lc 2.22 ss.).
Una vez más,
Dios se valió de un intermediario para revelar a María el misterio de su Hijo.
Como en el caso de Isabel,
se especifica aquí
que el Espíritu Santo inspira al anciano.
María sabe y, no obsrtante, es una luz nueva,
que por medio de Simeón,
Dios le da sobre su Hijo.
"Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él"(Lc 2,33).
Asombro de personas que conocen el misterio y,
sin embargo nunca terminan de descubrirlo.
Pero para María,
el misterio de su Hijo será un misterio de dolores tanto como de alegrías.
Dios se vale de Simeón para introducir a María
en ese aspecto de la vida de Jesús.
"Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel
y para ser señal de contradicción.
A ti, una espada de dolor te atravesará el alma
a fín de que queden al descubierto
las intenciones de muchos corazones"Lc 2.34-35).
En el mismo momento interviene la profetisa Ana
que había alcanzado la edad de ochenta y cuatro años (Lc 2.36-38).
Se sentía feliz hablando del niño a cuantos querían escucharla.
Y mientras ella celebraba la venida del Mesías,
María y José, cogiendo al niño,
se volvieron a su ciudad llenos de gozo
y meditando las palabras de Simeón.
5月17日 LA MADRE DE JESÚSVI.- "POR SU PARTE, MARÍA..."
Mientras que, en el establo, María y José velaban sobre el niño,
muy cerca, en un campo vecino,
ocurría algo extraordinario.
Tenemos que volver a leer una vez más este relato
conocido desde nuestra infancia (Lc 2, 8-10),
en el que el evangelista,
como la cosa más natural,
"convoca a una multitud del ejército celestial"
para "anunciar el nacimiento de Jesús"
y la grandeza de su destino
"un salvador que es el Cristo Señor",
a "unos pastores que dormían al raso
y estaban velando el rebaño por turno".
Este mensaje,
cuya puesta en escena se adapta perfectamente a los pastores
a quienes está destinado, en primer lugar,
se dirige también a María.
Una vez más,
Dios instruye a María,
no directamente,
sino por mediación de otras personas.
Cuando llegan los pastores,
María no se queda absorta en su contemplación.
Escucha lo que le cuentan.
No piensa que ella sabe mucho más que ellos
y que no tiene nada que aprender.
Atenta interiormente al misterio,
comprende que esta es otra manera de expresar
lo que en ángel le había dicho.
"Será grande y será llamado Hijo del Altísimo,
y el Señor Dios le dará el trono de David su padre,
reinará en la casa de Jacob por los siglos
y su reino no tendrá fín" (Lc 1, 32-33).
"Todos se maravillaban" (Lc 2, 18) y María también con ellos,
pero de manera diferente,
porque ella conocía ya, en su silencio,
el mensaje que ahora le traían
en medio de tanto ruído y tanta luz.
Mientras los pastores terminaban de contar su historia
a todos los que querían escucharla,
María dejaba penetrar esas cosas "en su corazón"(Lc 2, 19).
María prescindía de la imaginería anunciada de manera tan palpitante
en honor de los pastores,
para volverse a la fuente del misterio.
En su intimidad se había conmovido con las palabras de esas gentes sencillas
que aún no comprendían lo que les había ocurrido.
María tampoco lo comprendía.
Los pastores contaban su historia a cuantos querían oírla.
"Por su parte María,
guardaba todas estas cosas
y las meditaba en su corazón"(Lc 2, 19).
Es evidente que aquí no se trata sólo del episodio de los pastores;
lo que conservaba en su corazón
era todo lo que le había sucedido
desde la visita del ángel.
Cada vez era más consciente del gran misterio
que se había realizado en ella desde el primer anuncio.
En esta reflexión sobre sí misma,
no se preocupaba ni de descubrirse ni de conocerse.
Totalmente vacía de sí,
se volvía al fondo de su corazón
para descubrir en él la acción del Señor en ella,
el amor con que era amada,
y el que ella tenía a su Dios, ya Hijo suyo.
Ni exuberante ni estática, apacible y ponderada,
totalmente interior, y, al mismo tiempo,
receptiva a los mensajes que le llegan de fuera.
Vive su primera experiencia de madre joven atenta a su hijo
y enteramente feliz por la atención tan respetuosa
y llena de cariño que José le demuestra.
Sin duda esta actitud fue característica de María;
el evangelio nos dice que,
después del episodio del templo,
cuando Jesús tenía doce años:
"Su madre conservaba todo esto en su corazón".
Así será toda su vida,
atenta a su Dios
que le habla en el fondo de su corazón.
y por la boca de los que la rodean. 5月16日 LA MADRE DE JESÚSV.-EL NACIMIENTO DE JESÚS
Era necesario que el Mesías naciera en Belén, la cidad de David.
Para todo el mundo, era hijo de José.
Nació en la familia de José, de María,
y también ella debía ser de ascendencia davídica.
Si José no era el padre de Jesús según la carne,
lo era según la ley.
Por tanto,
debía llevar a su esposa al país de sus antepasados
para que Jesús fuera reconocido como perteneciente a la tribu de Judá
y de la familia de David.
Así, el nacimiento del Verbo de Dios según la carne
se inserta en la historia del pueblo judío.
Cuando Dios comunicó a María su designio,
no la llevó en brazos de los ángeles a un mundo maravilloso.
No. Él vino a nuestro mundo.
El Verbo de Dios no sólo se sometió a las leyes naturales
de toda gestación humana,
sino que también se sometió a la ley de Dios
y a la de los romanos que ocupaban entonces el país.
Cuando salió la orden del empadronamiento,
José fue a Belén con su esposa muy próxima al alumbramiento.
Se la había llevado a su casa obedeciendo al ángel.
Ahora él tiene que decidir la fecha de la marcha y el camino a seguir.
Sin ser el padre del niño,
José se conduce como un marido que se hace cargo de su familia,
y lo hace lo mejor que puede.
En todo actúa con sencilla naturalidad.
Durante el camino,
María tuvo tiempo de pensar en lo que el ángel le había dicho:
"Será grande,
y será llamado Hijo del Altísimo.
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
y reinará en la casa de Jacob por los siglos,
y su reino no tendrá fín" (Lc 1, 33-34).
Poco a poco empieza a ver el sentido de estas palabras.
Va con su marido a la ciudad de sus antepasados
y allí nacerá su hijo, el hijo de David.
No se preocupa,
José conoce ya su historia.
Ella le quiere,
es amada por él
y este amor es para ella un aliento y una alegría.
Alegría que se refleja en ella,
y que toca a su hijo
que tiene ya en José,
la imagen humana del Padre.
"Por aquellos días salió un edicto de César Augusto
mandando que se empadronase todo el mundo" (Lc 2, 1).
"Empadronarse todo el mundo".
No se necesitaba tanto para que llenase la pequeña ciudad de Belén.
Bastaba con la descendencia de David.
Lo cierto es que "no había sitio para ellos en la posada" (Lc 2, 7).
No hay por qué ver en esto una manifestación de la mala voluntad de la gente.
Sencillamente, todos los sitios estaban ocupados;
el primer llegado, el primer servido.
La pareja se instaló en un local que servía de establo.
Tal vez no era muy confortable,
pero al menos estaban tranquilos.
Y además había allí un pesebre con paja.
Ningún lujo,
pero era suficiente para María y José.
Y más que suficiente para el Verbo de Dios
que iba a nacer no en el cuarto de una maternidad,
sino en compañía de animales,
inconscientes de los acontecimientos.
"Mientras estaban allí,
se le cumplieron los días de la gestación
y dió a luz a su hijo primogénito.
lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre" (Lc 2, 6-7).
El relato de estos hechos es tan sobrio, tan directo,
tan inscrito en la historia del pueblo judío
y en la de María y de José,
que forzosamente
ante ellos hay que quedarse en silencio
procurando, con sencillez, imaginarse las cosas.
Esta historia de Dios hecho hombre
se inscribe en el corazón mismo de la vida de un matrimonio joven,
de tal modo que nadie puede pensar que en ella hay,
por poco que sea,
algo extraordinario.
Dios nos enseña así que cuando nos ha hecho alguna gracia particular,
enseguida hemos de volver a nosotros mismos
y a nuestra vida de siempre.
Este es el gran misterio de su obra en el mundo:
se desliza por él hasta el punto de no ser ya visible,
sino a los ojos de los que Él mismo inicia en sus secretos.
5月15日 LA MADRE DE JESÚSIV MARÍA Y JOSÉ
Mateo hace intervenir a José en su relato,
no como Lucas,a propósito de la visita del ángel,
sino en relación con la genealogía de Cristo.
"Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham...
Matán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José,
esposo de María, de la que nació Jesús,
llamado el Cristo" (Mt 1, 1-16).
Esta genealogía descendente
(la dada por Lucas 3, 23-38 es ascendente)
presenta una anomalía singular:
no dice que José engendró a Jesús.
El nacimiento de Jesús
implica un misterio sobre el que Lucas levanta el velo
con el relato de la Anunciación.
Mateo se contenta con dejar constancia del hecho sin dar más explicación.
-"El nacimiento de Jesucristo fue así:
Marìa, su madre, estaba desposada con José,
y antes de vivir juntos,
resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 18).
Una joven, María, estaba prometida a un hombre, José,
y es este hombre el que está citado en la genealogía.
Sus desposorios y su boda según toda previsión se celebraron normalmente.
¿Por qué no?
Evidentemente se puede pensar que María no tenía la intención
de "conocer" a José
(ver el relato de la Anunciación según Lucas),
pero, hasta ese momento, aparentemente nada se opone a la normalidad.
José debía actuar como todo prometido de aquellos tiempos en ese país,
pues María era su prometida.
Según Mateo,
cuando el estado de María se evidencia,
José se da cuenta de que esperaba un niño.
Cuando lo sabe,
como cualquier otro hombre en esas circunstancias,
se pregunta qué conducta debe seguir.
A partir de ese momento el relato (Mt 1, 19-23) se singulariza.
José, por rectitud y lealtad, no quiere perjudicar a la mujer a la que quiere;
no puede llevarla con él como esposa,
pues está encinta
y aunque no sospecha nada en absoluto contra su virtud,
tiene que actuar como si estuviese embarazada de otro hombre.
No hay otra solución para salir de esta extraña situación
que la de "repudiarla en secreto"
para no "difamarla públicamente" (Mt 1,19).
Antes de llegar a esto,
José debió reflexionar mucho,
y en un largo discernimiento dió cien vueltas a todos los aspectos del problema
Es significativo que Dios no interviniera
hasta después de haber sido tomada la decisión.
"Pero apenas tomó esta resolución
se le apareció en sueños el ángel del Señor" (Mt 1,20).
¿Por qué esta demora?
La desconcertante manera de actuar de Dios sólo tiene una sencilla razón.
Dios, a lo largo de este suceso de la Encarnación,
deja que las personas que rodean a su Hijo
vivan su vida según las leyes de la existencia humana.
Si interviene, es lo menos posible y dentro de los acontecimientos de la historia
no para "abolirlos" sino para "cumplirlos"(Mt 5,16).
Su actuación no se opone a los trámites de los hombres,
sino que se inserta en ellos.
En el último momento,
cuando José ha decidido que debe actuar como un "hombre justo",
Dios envía a su ángel,
para que le revele el elemento esencial que falta en su discernimiento
y que no ha podido adivinar:
"Lo que ha sido engendrado en ella viene del Espiritu Santo"(Mt 1,21).
Y, siempre como "hombre justo"
(y este calificativo tiene entonces todo su peso),
José deduce las consecuencias:
"Cuando se despertó José,
hizo lo que le había dicho el ángel
y tomó consigo a su esposa.
Y sin haberla conocido,
dió ella a luz un hijo
a quien él puso por nombre Jesús"(Mt 124-25).
Asi, "sin haberla conocido",
José amó a María como un esposo ama a su esposa.
En este amor, fue en verdad,
el padre del niño concebido
en el amor del Padre y de María. 5月14日 LA MADRE DE JESÚSIII.-EL SEGUNDO SILENCIO DE MARÍA
El primer silencio de María era el de la espera de la Palabra.
Su segundo silenció empezó cuando recibió la Palabra de Dios en su seno
y concibió en ella al Verbo de Dios.
Ya no es el silencio de la espera,
es el silencio de la atención al misterio que se realiza en ella.
¿Qué más grande que una mujer que acaba de concebir y que lo sabe?
Asiste al crecimiento en ella de su propio hijo,
en esto es como todas las madres.
Pero, sin embargo, era muy diferente.
No podía imaginar que su hijo se pareciera a su marido.
Pero, ¿cómo podría imaginarse el rostro del Padre?
Nunca una mujer encinta se había visto en tal silencio.
El comienzo en ella de una existencia humana,
podía imaginárselo como cualquier otra mujer,
pero ¿cómo representarse lo que su maternidad tenía de único
y de propiamente divino?
El misterio de este segundo silencio
empezó a vivirlo cuando el ángel se marchó.
Quizás estaría algo agitada cuando manifestó su deseo de visitar a Isabel,
pero sus parientes se debieron sorprender mucho.
De todos modos,
interiormente estaba tranquila y silenciosa ante lo incomprensible.
Un silencio que no se altera ante su encuentro con Isabel,
no con la declaración que le hace.
El Marnificat es para María la expresión de lo que ella misma vive,
en el más profundo silencio que la humanidad ha conocido.
Después de saludarse, maría volvió a su silencio.
Cada una volvió a sus ocupaciones.
María ayudando a su prima
y aprendiendo de ella las cosas que no podía preguntar a su propia madre.
Pero no se perturbaba el silencio de su corazón.
María estaba cada vez más atenta al hijo que crecía en ella.
Durante este segundo silencio,
alimentó con su substancia al Verbo de Dios hecho carne.
En ella, la Palabra sin forma y sin cuerpo toma una forma y un cuerpo.
Esa Palabra que el Padre dice desde siempre
y que sólo es comprendida por Él,
María le da una expresión haciéndole un cuerpo.
En la epístola a los hebreos leemos
que el Hijo de Dios, Cristo, dice a su Padre:
"No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has dado un cuerpo" (Hb 10.4)
El Padre preparó ese cuerpo por María.
Mientras María estaba silenciosa ante el misterio del Hijo de Dios
que tomaba su cuerpo en ella, el Padre también lo estaba.
Es el silencio de la Trinidad
y de toda la tierra que aún no sabe que María va a dar a luz al Hijo de Dios
que viene a traerle la salvación.
María vivió primero en el silencio de una doble espera,
la de su prima y la suya.
Cuando nació Juan Bautista,
se puede razonablemente suponer que volvió a su casa
llevando con ella su total silencio,
silencio de su cuerpo, de su corazón, de su espíritu.
La experiencia de su prima le ayudaba a entrar en la suya.
Sabía cómo sería el nacimiento de su hijo
pues llevaba consigo el recuerdo de los acontecimientos
que habían acompañado al nacimiento del pequeño Juan.
El cántico de su primo Zacarías resonaba aún en sus oídos,
y ya se preguntaba, al volver a su casa,
quién cantaría para el nacimiento de su hijo.
¿José?
No le correspondería a él entonar el cántico:
no era el padre del niño.
Indudablemente María se preocupaba pensando en José.
No debía ser la primera en hablar.
Cada día que pasaba,
María se daba cuenta de que pronto se vería que estaba encinta,
pero el Padre permanecía en silencio,
absorto en el gran misterio que vivía en su Hijo,
hacerse hombre en él y por él,
en el seno de María.
En silencio,
María le da a su Hijo todo lo que puede de atención y amor.
Lo quería, le rodeaba de cariño
y se esforzaba por darle cuanto podía,
las señales de un amor doble, el del Padre y el suyo,
esperando que José, instruído sobre el misterio,
pudiera unirse a ellos para preparar el nacimiento del niño. 5月13日 LA MADRE DE JESÚSII- MARÍA EXULTA EN EL SEÑOR
Esta historia no es una insignificante historia local
que sólo interesaría a la gente del lugar.
A toda la humanidad le conciernen todos estos acontecimientos
que suceden en una pequeña ciudad de Judea.
Al escuchar las palabras de su prima Isabel,
María intuye la entrada en la historia del pueblo de Israel
y en la historia de toda la humanidad.
Toma conciencia de lo que ha sucedido cuando,
en su pequeñez y en su insignificancia,
fue elegida por Dios para ser la madre de su Hijo,
la mujer más amada de todo el género humano,
y reconoce que el mismo Dios es el autor de todo este acontecimiento.
"Entonces María dijo:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador,
porque se ha fijado en su humilde esclava.
Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada"(Lc 1 46-55)
El amor misericordioso del Señor la tocó y con ella a la humanidad entera.
Por esto la humanidad la proclama "bienaventurada.
En María empieza la gran historia de la Encarnación.
Era normal que sabiéndose amada de Dios,
se supiera también amada de la humanidad,
porque representaba a toda la humanidad.
Por María y en María,
todo el género humano reconoce el amor misericordioso de Dios.
"Tanto amó Dios al mundo que le dió a su Hijo único
para que no perezca ninguno de los que creen en El,
sino que tengan la vida eterna" (Jn 3,16)
El espiritu de María exultó de alegría
y todo su ser se estremeció
bajo la acción del Espíritu.
Más que en cualquier otrra mujer,
su cuerpo y su espíritu estaban ímntimamente unidos.
Si Dios tomó carne en ella,
era necesario que todo su ser se estremeciera de gozo,
al verse a la luz de Dios,
como hija muy amada de toda la humanidad.
Podía decir que su carne y su sangre,
su espíritu y su corazón, exultaban de alegría,
la alegría de una mujer que había sido escogida por el espíritu de Dios
y fecundada por su acción misteriosa.
Por esta razón,
el estremecimiento de María es tan sencillo y tan precioso
y su alabanza tan límpida,
sin ninguna falsa complacencia en ella misma.
Maravillosa humanidad de María,
arpa y lira que vibran y cantan bajo el dedo de Dios.
Instrumento maravillosamente integrado,
el ser purísimo y castísimo de María
que se estremece al soplo de Dios.
María,
en ese instante toda la tierra exultó
y tú sola con tu prima y el pequeño Juan tuvistéis conciencia de ello.
Así sucede en lo más profundo de la historia humana,
hay cosas de las que pocos se aperciben
pero que algún día esos secretos son revelados,
pues lo que se dice en secreto será proclamado en las plaza públicas
y en los cruces de los grandes caminos (Mt 10, 26-28).
María tiene la mirada perfectamente clara.
Sabe muy bien lo que Dios ha hecho en ella.
Además, la alabanza que le dirigirá la humanidad es poca cosa
en relación con lo que el mismo Dios le ha dicho por medio del ángel.
En nuestra alabanza a María
podemos unirnos a la que Dios mismo le dirige.
María no se venda los ojos para no ver.
Cuanto con mayor claridad ve lo que le ocurre,
mejor reconoce que todo es obra de Dios.
Puede alegrarse tanto más cuanto que se alegra "en su Salvador".
En esta exultación de su espíritu ve el plan de Dios.
A la luz de su propia historia,
entra en el misterio de la historia humana
y de la actitud de Dios respecto a la humanidad:
"Desplegó el poder de su brazo
y dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de sus tronos
y ensalzó a los humildes.
A los hambrientos los llenó de bienes,
y a los ricos los despidió vacíos" (Lc 1, 51-53).
Es evidente que en María se realiza de un modo extraordinario
el pensamiento tan repetido en el taoísmo:
el Tao habita en el corazón vacío de uno mismo
Lo que es cierto en los grandes sabios taoístas,
es verdad en María,
en quien el Verbo vino a habitar,
porque estaba vacía de sí misma.
También se realiza en ella el pensamiento
de que Tao se complace humillando a los poderosos
y da un poder asombroso a los que saben hacerse los más humildes
y los más bajos de todos los seres. 5月12日 LA MADRE DE JESÚSLA MADRE DE JESÚS
I.- LA ENTRADA EN LA HISTORIA
Cuando el ángel anunció a María que concebiría un hijo
y le daría por nombre Jesús,
le comunicó que su prima Isabel,
a pesar de su edad avanzada,
había concebido y estaba en su sexto mes.
¿Por qué?
Sin duda para confirmar a María en su acto de fe.
En efecto, el ángel añade con tono de evidencia:
"Porque para Dios no hay nada imposible" (Lc 1,37).
Pero hay ciertamente una razón natural.
A su prometido, a quien quiere,
no puede hablarle de lo que le sucede.
No debe ser ella quien revele a José cómo ha concebido.
Es el secreto de Dios.
No obstante, esta mujer tan joven necesita hablar.
No puede quedarse sola con su secreto.
Necesita confiarse a alguién que la comprenda.
Dios, que conoce el corazón humano,
ha querido que el ángel la dijera que su prima estaba en cinta.
Así María no se siente ya sola.
Y empieza lo que se puede llamar la educación de María,
En adelante, Dios, que le habla en lo más íntimo de su corazón
de una manera misteriosa,
se comunicará con ella para manifestarle sus designios
y educarle por medio de los que la rodean y de los que frecuenta.
Así es la pedagogía divina.
El caso de María es para nosotros precioso,
pues Dios no siempre la inspiró directamente
de modo extraordinario lo que tenía que hacer.
No era de los que dicen continuamente:
"Dios me ha dicho, Dios me ha inspirado"
Ella podía decir:
"Dios me ha hecho comprender, Dios me ha inspirado por medio de los otros.
Por los acontecimientos me ha invitado a reflexionar
y poco a poco he comprendido sus designios"
Esta educación de María empieza por las palabras de Israel:
"¡Bendita eres entre todas las mujeres,
bendito también el fruto de tu seno!
¿De dónde a mi que la madre de mi Señor venga a mi?
Porque apenas tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz la que ha creído que se cumpliría lo que le fue dicho
de parte del Señor" (Lc 1, 42-45).
Todo es alegría en esta escena de la Visitación,
todo es júbilo bajo la acción del Espíritu Santo.
María después de la Anunciación
era consecuente de que se realizaba en ella un gran misterio.
También tenía prisa para ir a ver a su prima y hablar con ella.
"Se fue por tanto rápidamente" (Lc 1,39).
¿Por qué esperar?
En el camino debió preparar bien lo que iba a decirla.
Quizás se sentía algo apurada,
pero confiaba que todo saldría bien,
que sería bien recibida con el relato de lo que le había sucedio recientemenrte.
Todo esto se inserta en el acontecimiento más natural del mundo.
Una jovencita va a visitar a su prima
porque acaba de saber que está en cinta.
Ha preparado lo mejor posible este encuentro.
Dios no le ha dicho que debía ir allí y aún menos cuando debía ir.
El ángel volvió a su paraíso y María pensó lo que debía hacer;
decidió por sí misma y marchó.
En realidad, Dios la devolvió a su condición humana de mujer joven
que necesita alguien con quien compartir.
Pero esta reflexión sobre su situación,
está inspirada desde dentro,
sin que María tenga forzosamente conciencia de ello,
por el Espiritu Santo que la ha fecundado.
Y he aquí que ese mismo Espíritu hace saltar al pequeño Juan Bautista
en el seno de su madre,
y esa exultación de gozo se comunica a su madre que,
inspirada por el Espíritu, habla y en sus palabras descubre que conoce
y comprende el misterio de su joven prima María.
Así sucede en nuestras vidas.
El Espíritu de Dios que anima a los hijos de Dios,
une unos con otros
y revela a unos por otros
los secretos de Dios. 5月11日 LA ADMIRACIÓN DE MARÍA.-IXLA ADMIRACIÓN DE MARÍA.- IX
EL PRIMER SILENCIO DE MARÍA
En la vida de María hay tres grandes silencios:
el que precede a la encarnación,
el del tiempo de la gestación y de la espera del nacimiento;
por último, el del fín de su vida:
silencio que comienza en el Calvario y
termina en el corazón de la primera comunidad cristiana.
Existen en la vida de María otros tiempos de silencio
porque siempre ha estado silenciosamente atenta al misterio de su Hijo.
Pero los tres silencios que menciono
marcan las tres etapas de la vida de la mujer
que estuvo atenta al misterio de Dios en él mismo, en ella y en su hijo.
Estos silencios de María tienen cada uno,
un sentido particular que conviene desarrollar.
El silencio se relaciona con la palabra.
Pero el misterio de María
es más profundo que cualquier otro silencio de los hombres,
porque se relaciona con la Palabra misma de Dios,
la Palabra eterna del Padre.
María necesitaba para recibir esta Palabra,
un silencio vacío de todo pensamiento,de todo deseo y hasta de toda espera.
María se hizo silencio.
Mejor dicho: el Padre la puso en silencio total ante Él,
para que un día pudiera ella recibir su Verbo en toda su realidad.
Poco a poco se fue acostumbrando a estar silenciosa
para escuchar la Palabra de Dios que la hablaba en las Escrituras.
Poco a poco aprendió su silencio
que es vacío de sí mismo,
vacio de todo lo terreno,
en total atención al misterio de Dios.
Poco a poco se había acostumbrado a vivir en silencio
sin saber a dónde la llevaba.
Cuando Dios pensó que había practicado bastante ese silencio,
la introdujo en un silencio aún más profundo
antes de enviarle el ángel que la llevaría al mensaje de la Encarnación.
María estaba, en ese instante,
ante el misterio de la venida del Mesías
aún más silenciosa que todo Israel,
con sus patriarcas, reyes y profetas lo habían estado durante siglos.
Llevó su silencio al extremo,
para poder recibir en su seno la Palabra de Dios.
Antes de la Encarnación,
María ya estaba totalmente silenciosa;
su virginidad era el signo más fuerte, más expresivo,
de este silencio total ante Dios,
silencio de absoluta disponibilidad.
Su virginidad significaba la espera del Espíritu de Dios,
y no de un hombre que la fecundara.
Silencio del cuerpo, del corazón y del espíritu, de todo el ser.
Silencio de mujer que se sabe amada y que ama,
silencio de mujer que espera ser madre
por el mismo poder de Dios.
En el lenguaje litúrgico de la Iglesia,
María está asociada a la tierra que espera el rocío del cielo (Eclo 24; Is 45,8)
Estos simbolismos son de una gran riqueza.
No hay que mirarlos con gestos de desdén,
bajo el pretexto de que no son lo bastante "espirituales".
Son los símbolos esenciales que significan para nosotros
la experiencia religiosa.
Es curioso comprobar cómo estos símbolos tan sencillos y fundamentales,
que la teología más intelectual tiende a dar de lado,
recobran todo su sentido en la experiencia mística más alta y más profunda.
No se puede decir que la espera de María fuera una espera suplicante.
En la liturgia de Adviento,
la Iglesia expresa su deseo de la venida de Cristo en términos ardientes.
La venida de Cristo va a colmar el vacío del corazón del hombre.
La espera de María era más total que la nuestra
porque no tenía -me atrevo a decir-
ninguno de los deseos humanos que limitan en nosotros la espera del Señor.
María había alcanzado tal conformidad con el querer divino,
que su deseo sobrepasaba todo deseo.
No podía saber lo que Dios iba a hacer de ella
ni lo que iba a realizar en ella.
Su silencio era total.
Su voluntad no era ya la suya,
sino la del Padre.
Para recibir la Palabra de Dios en toda su grandeza,
era necesario que el silencio de María llegara a un grado difícil de imaginar.
De todas formas
sabía que no podría nunca hacer bastante silencio
para recibir la Palabra en toda su grandeza y relidad.
Por esta razón, sólo dijo una palabra:
"Sí, hagase en mi según tu Palabra"
En este consentimiento y por él,
en un acto unido al de Dios,
María concibió un hijo que es la Palabra substancial del Padre
y la expresión total de su ser humano.
En el silencio de la Trinidad,
de la creación entera y de la humanidad,
María fue la madre del Verbo Eterno. |
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