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3月30日

DOMINGO II DE PASCUA

 

DIA 30 DE MARZO DEL 2.008

 II DOMINGO DE PASCUA

meditación

En efecto, el Evangelio es el texto de San Juan (Jn. 20, 19-31)

 que nos narra la primera aparición de Jesús a sus Apóstoles el mismo día de su gloriosa resurrección,

al anochecer, mientras estaban a puertas cerradas.

¡Qué alegría deben haber sentido estos hombres

que habían quedado tan confundidos, tan apesadumbrados y atemorizados por la horrorosa muerte de Jesús!

¡Qué alegría al ver a ese mismo Jesús resucitado glorioso, mostrándoles las heridas de las manos y del costado,

como para asegurarles que era El mismo!

Y acto seguido, nos dice San Juan Evangelista, el Señor“sopló sobre ellos y les dijo:

‘Reciban el Espíritu Santo.

A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados;

y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’”.

 Es decir, Cristo, al no más salir del sepulcro, habiendo vencido a la muerte, al demonio y al pecado,

lo primero que hace es dejarnos a nosotros los seres humanos,

el medio efectivo para ser perdonados de nuestros pecados.

 Instituye en ese mismo momento el Sacramento de la Confesión, del Perdón

. ¡Con razón Cristo ha querido declarar este Domingo Segundo de Pascua como la Fiesta de su Divina Misericordia!

¡Con razón el Papa Juan Pablo II, al declarar este día como el Domingo de la Divina Misericordia,

tal como Jesús pidió a Santa Faustina Kowalska,

 dispuso que se conservaran los mismos textos en las Lecturas Litúrgicas!

¡Con razón siempre ha sido el mismo texto evangélico para este domingo, antes de la reforma litúrgica última

y ahora se conserva el mismo texto evangélico para los tres Ciclos A, B y C

El Sacramento de la Confesión es el Sacramento de la Divina Misericordia,

llamado por el mismo Jesús, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska, el “Tribunal de la Misericordia”.

 Y ¡qué Tribunal! No se parece en nada a los tribunales terrenos,

en los que los culpables son declarados culpables y tienen que pagar su pena.

No así con Cristo. En su Tribunal funciona sólo la Misericordia, no la Justicia.

Por justicia tendríamos que ser condenados.

Pero en la Confesión, no se nos condena ... se nos perdona.

 Sólo basta confesar la ofensa y estar arrepentidos.

Ni siquiera se nos pide un arrepentimiento perfecto, ni un arrepentimiento doloroso.

Si esto se da, bien, pero no es indispensable para recibir el perdón que Dios nos ofrece.

Basta sólo arrepentirnos por temor al castigo eterno que acarrearía nuestra falta o por ver lo feo de nuestro pecado.

 Ambos arrepentimientos, perfecto o imperfecto, son también gracia del Tribunal de la Misericordia Divina.

¡Qué más podemos pedir!

Cristo, enseguida de resucitar, dejó instaurado su Tribunal de Misericordia en el Sacramento de la Confesión.

 Allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten constantemente, dijo el mismo Cristo a Santa Faustina.

 “Basta acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria.

Entonces, el milagro de la Misericordia se manifestará en toda su plenitud” (Diario 1448).

Y no importa la gravedad de las faltas confesadas.

 Dice el Señor: “Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose,

de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración

y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios.

El milagro de la Divina Misericordia restaura esa alma en toda su plenitud” (Diario 1448).

Tal es ese Tribunal.

 Tales son los milagros que allí suceden: almas muertas en vida, a nivel de cadáveres en descomposición,

restauradas plenamente para poder optar a la vida de gracia aquí en la tierra y a la vida eterna en el Cielo

.Y no creamos que la Confesión es sólo para los pecados mortales, pecados tan graves que matan la vida del alma

y que la llevan a la podredumbre de la descomposición.

 La Confesión es también para los pecados menos graves, los llamados veniales,

que también dañan el alma, ofenden a Dios y perjudican a las demás personas y también a la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II sabía esto muy bien.

Por eso promovió la Confesión con tanto ahínco.

El año 2001 el Papa dedicó su Carta del Jueves Santo a los Sacerdotes al tema de la Confesión y la Misericordia,

 inclusive la Confesión “como instrumento de santificación” para los mismos Sacerdotes.

Y recordó a los Sacerdotes que “a veces puede haber influido negativamente sobre el Sacramento

una cierta disminución de nuestro entusiasmo o de nuestra disponibilidad

en el ejercicio de este exigente y delicado ministerio.

Después del Jubileo del Año 2000 el Papa escribió:

 “uno de los fenómenos más llamativos del Jubileo ha sido ciertamente el gran número de personas

que han acudido al Sacramento de la Misericordia ...

Hace falta recibir este indicio jubilar como una señal de lo alto,

 que sea motivo de una renovada audacia en proponer de nuevo el sentido y la práctica de este Sacramento”

(Carta a los Sacerdotes con motivo del Jueves Santo 2001).

 Y en su Encíclica “Reconciliación y Penitencia” recomienda a los Sacerdotes:

“Es necesario educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la Penitencia,

incluso sólo para los pecados veniales ...

pues la gracia propia del Sacramento contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”.

Es como el trabajo del jardinero que extrae la hierba mala una y otra vez, cada vez que sale,

hasta que va desapareciendo por completo.

 
Ya en 1972, notándose indicios serios de una disminución en la asiduidad al Sacramento de la Penitencia,

la Santa Sede en su Pastoral de Normas concernientes a la Administración General de la Absolución

hizo la siguiente advertencia:

“Los Sacerdotes deben tener cuidado de no desanimar de la Confesión frecuente a los fieles.

Por el contrario, deben llamarles la atención de sus frutos para la vida cristiana

y siempre mostrarse atentos a oír tales confesiones ...

Debe evitarse absolutamente que la Confesión individual sea sólo para pecados serios ...

Otro punto importante es que en el Sacramento del Perdón se dan beneficios espirituales infinitos

y también beneficios humanos indiscutibles.

Y, aunque tenemos que estar pendientes de la advertencia del Papa en su Carta del Jueves Santo del año 2001

en cuanto a que “no se ha de confundir la Confesión Sacramental

con una práctica de apoyo humano o de terapia psicológica”

el hecho es que no hay mejor liberación que una buena confesión,

porque el confesionario es el sitio donde verdaderamente se deja la culpa,

cuando la asumimos en toda su verdad y con toda sinceridad.

Notemos algo: cuando nos sentimos culpables de algo

¿no tenemos la tendencia a desahogarnos con alguien?

¿Qué mejor sitio que el confesionario, donde no solamente podemos hacer catarsis,

sino también sentirnos genuinamente perdonados?

Porque la Confesión Sacramental es el instrumento

que Dios diseñó para dejarnos su perdón en forma visible, tangible, audible.

El Señor ha escogido, en el caso de la Confesión y en otros,

continuar su obra en la tierra a través de los hombres.

Así, cuando somos perdonados en la Confesión,

podemos experimentar la Misericordia de Jesús a través del Sacerdote,

quien es la persona escogida por Dios para darnos su perdón.

En efecto, Jesús le explicó a Santa Faustina que la fuente de su Misericordia era el Sacramento de la Confesión:

“Cuando vayas a confesarte debes saber esto:

Yo mismo te espero en el confesionario.

Sólo que estoy escondido en el Sacerdote,

pero Yo mismo actúo en el alma.

Aquí la miseria del alma encuentra al Dios de la Misericordia.

 

 

 

 

 

 
3月27日

EL VALOR DEL EJEMPLO

 

 EL BUEN EJEMPLO EN LA VIDA

Jesús imparte doctrina,

da testimonio de las obras bien acabadas y de la caridad con todos,

 ¿procuramos dar ejemplo de vida cristiana cada día?

 

I. Leemos en el Evangelio cómo previene el Señor a sus discípulos contra los escribas y fariseos,

que se habían sentado en la cátedra de Moisés

y enseñaban al pueblo las Escrituras,

pero su vida estaba muy lejos de lo que enseñaban:

Haced y cumplid todo cuanto os digan;

pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen.

Y comenta San Juan Crisóstomo:

«¿Hay algo más triste que un maestro, cuando el único modo de salvar a sus discípulos es decirles

que no se fijen en la vida del que les habla?».

El Señor pide a todos ejemplaridad de vida en medio de los afanes diarios

y de un apostolado fecundo.

Muchos ejemplos admirables de santidad tenemos a nuestro alrededor,

pero hemos de pedir para que, entre los cristianos, los gobernantes, las personas influyentes,

los padres de familia, los maestros, los sacerdotes

y todos aquellos que de alguna manera han de ser el buen pastor para otros,

sean cada día más y más santos.

El mundo tiene necesidad de ejemplos vivos.

En Jesucristo se da en plenitud la unidad de vida, la unión más honda entre palabras y obras.

Sus palabras expresan la medida de sus obras,

que son siempre maravillosas y acabadas.

Hoy hemos visto cosas increíbles,

dicen las gentes después de que perdonara los pecados al paralítico y le curara.

Los mismos fariseos exclamaban en su desconcierto:

¿Qué haremos? Pues este hombre realiza muchas maravillas. 

 Pero ellos rechazaron el testimonio que proclamaban las obras y se hicieron culpables:

Si Yo no hubiera hecho entre ellos lo que ningún otro hizo jamás, no tendrían pecado

En otras ocasiones ya les había invitado a creer por lo que a todos era manifiesto:

Creed al menos por mis obras. 

 El Señor considera sus hechos como un modo de dar a conocer su doctrina:

Estas mismas obras que hago testifican de Mí .

 Acciones y palabras, en la vida oculta y en su ministerio público,

proclaman la verdad única de la revelación.

Con hechos de la vida corriente,

vivida con heroísmo, hemos de mostrar a todos que Cristo vive.

La vocación de apóstol -y todos la hemos recibido en el momento del Bautismo-

es la de dar testimonio, con obras y palabras, de la vida y doctrina de Cristo:

Mirad cómo se aman, decían de los primeros cristianos.

Y las gentes quedaban edificadas de esta conducta,

y tenían la simpatía de todo el pueblo , nos dicen los Hechos de los Apóstoles.

Y como consecuencia, el Señor aumentaba todos los días el número de los que habían de salvarse.

Los convertidos a la fe aprovechaban todas las oportunidades para dar razón de su esperanza ,

para comunicar su alegría a los demás:

los que se dispersaron, andaban de un lugar a otro predicando la palabra del Señor .

Muchos dieron el supremo testimonio de la fe que profesaban mediante el martirio.

Y hasta ese extremo estamos dispuestos nosotros, si el Señor nos lo pidiera.

El mártir, con su aparente locura,

se convierte para todos en una fuerza poderosa que lleva a Cristo:

muchos se convertían al contemplar el martirio.

De ahí el nombre de mártir, que significa testigo, testimonio de Cristo.

A nosotros, de ordinario, el Señor nos pedirá el testimonio cristiano

en medio de una vida corriente,

empeñados en unos quehaceres similares a los que han de realizar los demás:

«Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos:

éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático,

porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado,

porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama» .

II. El amor pide obras: coepit Iesus facere et docere , comenzó Jesús a hacer y a enseñar;

Él «proclamó el Reino con el testimonio de su vida y con el poder de su Palabra».

 No se limitó a hablar ni quiso ser solamente el Maestro que ilumina con una doctrina maravillosa;

por el contrario, «"coepit facere et docere" -comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar:

tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida:

no podemos enseñar lo que no practicamos.

En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar» .

El Señor, en sus largos años de trabajo en Nazaret, nos enseña el valor redentor del trabajo

y nos llama a conseguir el mayor prestigio posible dentro de nuestra profesión o estudios:

nos pide un trabajo sin chapuzas, con orden, con intensidad,

viviendo a la vez una caridad delicada con las personas que realizan la misma tarea:

con los compañeros, con los clientes, con los superiores, con los inferiores...

También debemos mostrar su doctrina en el modo sobrenatural

con que procuramos llevar la enfermedad que se presenta cuando menos la esperábamos,

en el descanso, en los apuros económicos y en el éxito profesional, si el Señor quiere que llegue....

 en el modo de divertirnos y en la alegría habitual,

aun cuando nos cueste mucho esfuerzo el sonreír.

Cristo será el mayor motivo del cristiano para estar siempre alegre.

Y esa alegría -fruto de la paz del alma- será una señal convincente

para que los demás se sientan movidos a buscarle.

El buen ejemplo, consecuencia de una auténtica vida de fe, arrastra siempre.

No se trata de dar testimonio de nosotros mismos, sino del Señor.

Es preciso actuar de tal manera que,

«a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro» ,

 y que podamos decir como San Pablo: sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo .

Él es el único Modelo, en quien nos hemos de mirar con frecuencia.

De modo principal debemos imitarle en la forma de tratar a todos.

La caridad fue el distintivo que Jesús nos dejó,

y en ella nos han de conocer como discípulos del Señor:

En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros .

Junto a la alegría y al prestigio profesional,

es, además, el medio imprescindible para ejercer el apostolado entre quienes se nos acercan.

 «Antes de querer hacer santos a todos aquellos a quienes amamos

es necesario que les hagamos felices y alegres,

pues nada prepara mejor el alma para la gracia como la leticia y la alegría.

»Tú sabes ya (... ) que cuando tienes entre las manos los corazones de aquellos

a quienes quieres hacer mejores,

si los has sabido atraer con la mansedumbre de Cristo,

has recorrido ya la mitad de tu camino apostólico.

Cuando te quieren y tienen confianza en ti, cuando están contentos,

el campo está dispuesto para la siembra.

Pues sus corazones están abiertos como una tierra fértil,

para recibir el blanco trigo de tu palabra de apóstol o de educador.

»No perdamos nunca de vista que el Señor ha prometido su eficacia a los rostros amables,

a los modales afables y cordiales, a la palabra clara y persuasiva que dirige y forma sin herir:

 bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

No debemos olvidar nunca que somos hombres que tratamos con otros hombres,

aun cuando queramos hacer bien a las almas.

No somos ángeles.

Y, por tanto, nuestro aspecto, nuestra sonrisa, nuestros modales,

son elementos que condicionan la eficacia de nuestro apostolado» .

III. Hacer y enseñar, ejemplo y doctrina.

«No basta el hacer para enseñar -escribe San Juan Crisóstomo-;

y esto no lo digo yo, sino el mismo Cristo:

el que hiciere –dice- y enseñare, ése será llamado grande (Mt 5, 19).

Si el mero hacer fuera enseñar, sobraría la segunda parte del dicho del Señor,

 pues habría bastado con decir: el que hiciere;

al distinguir las dos cosas nos da a entender que en la perfecta edificación de las almas

tienen su parte las obras y la suya las palabras, y mutuamente se necesitan».

 No se trata de cosas contrapuestas ni separadas:

hablar es un signo, una noticia de Cristo;

y vivir es también un signo, un modo de enseñar, que confirma la veracidad del primero.

El apostolado «no consiste sólo en el testimonio de vida;

el verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra,

ya a los no creyentes para llevarlos a la fe,

ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más santa» .

 ¿Qué puede significar para un pagano la buena conducta de un cristiano,

si no se le habla del tesoro, Cristo, que hemos encontrado?

No damos ejemplo de nosotros mismos, sino de Cristo.

Somos sus testigos en el mundo;

y un testigo no lo es de sí mismo:

da testimonio de una verdad o de unos hechos que debe enseñar.

Vivir la fe y proclamar su doctrina es lo que nos pide Jesús.

A través de la propia vida, buscando las ocasiones para hablar,

no desaprovechando ni una sola oportunidad que se nos presente,

damos a conocer al Señor.

 Nuestra tarea consiste, en buena parte, en hacer alegre y amable el camino que lleva a Cristo.

Si actuamos así, muchos se animarán a seguirlo,

y a llevar la alegría y la paz del Señor a otros hombres.

Cuando aquella mujer del pueblo, maravillada por la doctrina de Jesús,

hace el elogio de la Madre del Señor, Jesús responde:

Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan .

 Nadie como María Santísima ha cumplido esa recomendación de su Hijo;

a Ella, que es para nosotros ejemplo amable de todas las virtudes,

nos encomendamos para sacar adelante nuestros propósitos de ejemplaridad en la conducta diaria.


 

 
 

 
 

 
 
 
 
3月25日

DECÁLOGO

 
 
 
PARA VIVIR LA FE CRISTIANA CON ALEGRÍA
 
 
1.- No tengas miedo.
Dios nos quiere y está con nosotros.
Jesucristo es el único salvador.
Los diosecillos del momento no han de poder con Él.
 
2.- Intenta consolidar tus convicciones.
¿Quién las ataca? ¿Con qué argumentos? ¿Con qué resultados?
Jesús es verdad y es la Verdad, ayer, hoy y siempre.
Contra Él no hay progresismo que valga
 
3.- No cedas terreno. No te acobardes.
Preséntate como cristiano.
Prepárate para dar razones y explicaciones de tu fe.
Ten la seguridad de que nadie puede presentar otra cosa mejor.
 
4.- Descubre el valor de lo que has recibido:
conoce la grandeza y la bondad de Dios,
cuentas con su perdón y sus promesas de vida eterna.
Tienes contigo a Jesús.
Eres miembro de su Iglesia, con muchos pecadores,
pero también con muchos santos, he3rmanos y servidores de los pobres.
¿Hay quién dé más?
 
5.- Reza más que antes.
A solas. En casa. En los templos.
Asegura por encima de todo la Misa de los domingos y demás fiestas.
 
6.- Honra con buenas obras tu nombre de cristiano.
No hagas daño a nadia ni de palabra ni de obra.
Haz todo el bien que puedas.
Pon en ello el primer  valor y la principal preocupación de tu vida.
 
7.- No te dejes engañar por las propagandas del momento
que siempre sirven a los intereses de los poderosos de este mundo.
Jesús nos amó hasta el fín
y nos dejó la verded definitiva.
 
8.- El fundamento de nuestra vida
y de todo cuanto existe esw el amor y la bondad de Dios.
Confía en Él, déjate llevar por Él.
Responde a su amor con tu amor y tu obediencia.
Vive feliz como un hijo en casa de tu Padre, como Jesús, con Él y por Él.
 
9.- Fortalece los vínculos con la Iglesia,
con alguna lectura, con tus amistades, con la celebración del domingo.
Que la Iglesia sea como tu familia a lo grande.
Con el amor, la fidelidad y la ternura de la Virgen María.
 
10.- Vive con alegría tu relación de amor y de fe con Jesús.
Él te llama cada día.
Es tu mejor tesoro.
Pon en Él tu corazón.
Trata de conocerlo mejor.
Ámale apasionadaqmente.
Déjale ser el Salvador de tu vida.
En Él tenemos la fuerza, la belleza y la alegría de la vida verdadera.
3月23日

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 

 

DIA 23 DE MARZO DEL 2.008

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 

PASION Y RESURRECCION DEL PUEBLO

Cansado de sufrir, casi resignado a su suerte,

nuestro pue­blo se ha fijado en la pasión y muerte de Jesús de Nazaret.

Su dolor y marginación, su vejación y postración de siglos

se han proyectado religiosamente en la imagen del nazareno,

varón de dolores, y de su madre, María.

Los artistas han ido captando en los pasos de Semana Santa,

uno a uno, todos los fotogramas de la película de los últimos días del profeta galileo, plasmándolos en tallas e imágenes de las más variadas escuelas escultóricas de los últimos siglos.

El Cristo de la borriquita, de la oración del huerto, del prendimiento,
de la sentencia,

amarrado a la columna, con la cruz a cuestas, caído, coronado de espinas...

El Cristo que se encuentra con su madre, crucificado en el Calvario,

de la buena muerte, descendido de la cruz, sepultado...

Cristo de la expia­ción, de la clemencia, de la humildad y paciencia,

de la mise­ricordia, de la gracia y perdón.

También María, su madre, su fiel compañera,

María de la esperanza, de gracia y amparo, de la merced, de la piedad,

del amor, del silencio, de la paz...

Maria de los desamparados, de la amargura, de los dolores,

de las lágrimas en su desamparo, del mayor dolor en su soledad,

de la Madre de Dios en sus tristezas...

De los pasos procesionales que tiene la Semana Santa,

muy pocos son los que recuerdan el desenlace subversivo de tan trágico triduo sagrado,

 que el apóstol Pedro anunció así a los israelitas:

«Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el in­dulto de un asesino;

matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó;

nosotros somos testigos (Hch 3,14-15).

Parece como si nuestro pueblo, vejado durante siglos,

se hubiera identificado casi en exclusiva con tanto padecimiento y,

armado de paciencia,

se hubiera resignado a vivir zarandea­do por los poderosos de la tierra

que injustamente lo han opri­mido.

Al final o al principio, poco importa,

este sentimiento, esta compasión se han hecho liturgia en la calle,

rezo y fiesta, celebración del dolor compartido.

Poca atención ha merecido en las procesiones de Semana Santa la Resurrección de Jesús.

Sin embargo, el domingo de Resurrección presenta al creyente una rara utopía,

el sueño dorado y frustrado de tanta marginación,

la subversión de tantos derechos humanos pisoteados,

el grito de victoria de un pueblo que no se deja vencer,

que sabe llevar airosamente la cruz de sus dolores,

pero que espera, cada día con más fuer­za,

ver la luz, la libertad, el gozo, la alegría.

Es una pena que toda esta celebración de Pascua de Resu­rrección

se haya quedado encerrada en los templos,

expresada en una hierática y fría liturgia que deja poco margen a la fiesta.

En este día, los cristianos tendríamos que salir a las calles a gritar que es posible la vida,

y otra vida, y otro mundo, sin tantas injusticias y desigualdades.

Tendríamos que denunciar a todos los que, desde alguna de las gradas del poder,

nos lle­van a diario a la marginación, al paro, a la pobreza, a la domi­nación.

Como los apóstoles, deberíamos denunciar el suplicio, la tortura,

la muerte de todos aquellos que, injustamente, van cayendo a nuestro lado cada día,

víctimas de un sistema que da vida a pocos y muerte a los más.

Habría que entonar un 'no nos vencerán'

dedicado a quienes manejan los hilos de nuestra historia

y disponen de nuestro futuro.

Tanto dolor no puede ser baldío ni tanta lucha sofocada.

Y todo esto equi­valdría a gritar con palabras de hoy el mensaje de siempre:

que ese Cristo doloroso con el que se identifica nuestro pue­blo

no acabó en la muerte y en la tumba.

Ninguna tumba puede encerrar tanto amor,

tanta lucha, tanta ilusión, tanta fuerza, tanta vida.

Tras tanto padecer, como Jesús,

también a nuestro pueblo le espera la vida, ¿lo creemos?

3月22日

SABADO SANTO

 

DIA 22 DE MARZO DEL 2.008

 

 EL SÁBADO SANTO

 

Es el segundo día del Triduo pascual.

La rúbrica del Misal explica su significado:

 

«Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor,

meditando su pasión y muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa,

quedando por ello desnudo el altar hasta que,

después de la solemne vigilia o expectación nocturna de la resurrección,

se inauguren los gozos de la Pascua,

cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

En este día no se puede distribuir la sagrada comunión, a no ser en caso de viático

 

Y la Iglesia, junto al altar desnudo, celebra el Oficio divino;

un oficio impregnado totalmente de reposo y de contemplación.

Los salmos del Oficio de lectura hablan del sueño en paz (Sal 4)

y de la carne que descansa serena (Sal 15),

mientras las lecturas, bíblica (Heb 4,1‑13) y patrística (homilía sobre el gran sábado),

evocan el descenso de Cristo al abismo

para dar el reposo definitivo a los patriarcas del Antiguo Testamento (cf. 1 Pe 3,19‑20).

Pero hay un salmo, el salmo 23,

que pide ya que se alcen las compuertas para que entre el Rey de la gloria,

alusión implícita a la resurrección.

 

Los Laudes se mantienen entre la espera de la resurrección (cf. el salmo 150 y Ap 1,18)

 y la meditación del valor redentor de la muerte de Jesús (cf. Sal 63 e Is 38).

La hora intermedia tiene un tono esperanzado

con el recuerdo de la luz que brilla después de las tinieblas (cf. 1 Jn 2,8b‑10).

Las Vísperas repiten los salmos de la misma hora del Viernes Santo,

pero con antífonas que recuerdan las palabras de Jesús alusivas al signo de Jonás

y a la destrucción del templo de su cuerpo:

 

«‑Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches,

así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra (ant. 2: Mt 12,39‑40).

 

“Destruid este templo ‑dice el Señor‑, y en tres días lo levantaré'.

El hablaba del templo de su cuerpo» (ant. 3: Jn 2,19‑21).

 

El resto de los textos recuerdan el misterio de nuestra identificación,

por medio del bautismo,

con Cristo muerto y sepultado (cf. Rom 6,3‑4).

 
 
 
3月21日

VIERNES SANTO

 

 

                                DIA 21 DE MARZO DEL 2.008            

VIERNES SANTO

PIDAMOS LA GRACIA DE RECORDAR LOS DOLORES DE CRISTO CRUCIFICADO

Juan 18, 1-19, 42.


Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón,

donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos.

Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio,

porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos.

 Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias

enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas.

Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta:

 «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.»

Díceles: «Yo soy.» Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos.

Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra.

Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno».

Respondió Jesús:

«Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.»

Así se cumpliría lo que había dicho:

«De los que me has dado, no he perdido a ninguno.»

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada,

la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha.

El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro:

«Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús,

le ataron y le llevaron primero a casa de Anás,

pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año.

Caifás era el que aconsejó a los judíos

que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.

Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo.

Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote

y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote,

 mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta.

Entonces salió el otro discípulo,

el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro.

 La muchacha portera dice a Pedro:

«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»

Dice él: «No lo soy.»

Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas

porque hacía frío, y se calentaban.

También Pedro estaba con ellos calentándose.

El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina

Reflexión


La vida del cristiano es un “via crucis”

si se acepta la invitación de Jesús de llevar la propia cruz detrás de Él cada día.

Podemos ser condenados al desprecio, podemos sentir el silencio que hiere y condena nuestra fidelidad cristiana.

En nuestro “via crucis” hay también momentos de caída, de fragilidad y de cansancio,

pero también nosotros tenemos una Madre (María) que nos acompaña en nuestro caminar como a Jesús.

El camino de la cruz de Cristo y el nuestro son unas vías de salvación y de apostolado,

porque hemos sido invitados a colaborar en la salvación de nuestros hermanos.

Todos los cristianos somos responsables del destino eterno de quienes nos rodean.

Cristo nos enseña con la cruz a salir de nosotros mismos, y a dar así un sentido apostólico a nuestra vida.

Cuando contemplemos el crucifijo, cuando veamos la figura sufriente de Cristo en la cruz,

pidamos la gracia de recordar que los dolores de Cristo crucificado son fruto del pecado.

Evitemos, y pidamos la fortaleza a Dios para ello,

cada una de las ocasiones de pecado que se nos presenten en nuestras vidas.

 
 
 
 
3月20日

JUEVES SANTO

 
 
20 DE MARZO DEL 2.008
 
JUEVES SANTO
 
 
El estupor, la sorpresa, la admiración de un Dios que ama a los hombres
y se hace hombre como ellos al enviarnos a su Hijo Jesucristo,
llega a su punto culminante en el Sacramento de la Eucaristía.

Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.

El amor de Cristo a los hombres crecía y crecía a medida que los entendía en su indigencia y en su necesidad.
Y llegó el momento de gran tensión, pues quería quedarse con los suyos, con los que el Padre le había confiado.
 Pero también quería irse, debía marcharse, porque como Cabeza de la humanidad, tendría que estar cerca de su Padre,
encabezando la procesión hasta que toda la humanidad pudiera estar con él, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Nuestra capacidad humana no alcanza a comprender la grandeza de un Dios,
creador del Universo entero,
que quiere quedarse para siempre con los hombres,
y decide meterse en la humildad de un poco de pan y de vino para ser el PAN DE VIDA, y la alegría de los hombres.
El quería quedarse para siempre con los suyos, como la gallina quiere retener a sus polluelos bajo sus alas,
y como podía hacerlo, se quedó para siempre con ellos.

Nunca podríamos comprender ese misterio admirable de Dios,
si no tomamos como guía y como modelo a una mujer
que supo escuchar los misterios del Amor de Dios y guardarlos en corazón: MARÍA, la Madre de Jesús.
Ella es maestra en la fe, pues comprendió que si su hijo había convertido el agua en vino,
ahora podría convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre,
entregando a los creyentes la memoria viva de su Pascua, convirtiéndose en Pan de vida y de salvación.

Ella fue gestando el mismo sacramento del amor de Dios,
cuando aceptó complacida en su seno al Salvador de todas las naciones,
cuando con su FIAT, “hágase en mí según tu palabra”,
hizo posible la presencia del mismísimo Hijo de Dios entre nosotros y nos está impulsando
a que cada vez que podamos encontrarnos frente a las especies sacramentales del Cuerpo y la Sangre de Cristo,
nosotros podamos decir: AMÉN, AMÉN, y recibir reverentemente, con ternura y con adoración, el Cuerpo del Señor,
como ella contemplaba COMPLACIDA Y EXTASIADA AL NIÑO RECIÉN NACIDO
que era su hijo pero era al mismo tiempo el Hijo del Dios Altísimo.

Y María se fue preparando para el momento de la entrega sacrificial de su hijo en la cruz,
para acompañarlo en la entrega, en el sacrificio,
en la donación de sí mismo a la voluntad del Padre por la salvación de todos los hombres.
desde que lo recibe en su seno, y desde cuando escuchó de labios del Anciano Simeón:
“este niño está puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, y a ti una espada te atravesará el alma”.
 JUNTO A LA CRUZ, ella queda como custodia y sostén de la naciente Iglesia,
hasta que él vuelva triunfante y glorioso para llevarnos a todos a la mansión eterna,
donde reinaremos con Cristo, cabeza de la humanidad.

María fue testigo de cómo, después de la multiplicación de los panes y los pescados,
las gentes acudieron al día siguiente en grandes grupos a buscar a su Hijo.
Éste ya no les dio pan como el día anterior.
Aprovechó la ocasión para anunciarles otro pan y otra bebida, pero muy especial.
Una bebida con la cuál no tendrían más sed, y un alimento que comido no volverían a tener hambre.
Todos estaban asombrados ante tal revelación.

Y entonces fue el gran anuncio:
“el pan que les voy a dar en mi propio Cuerpo y la bebida que les voy a dar en mi propia Sangre”.
 Las gentes entendieron perfectamente lo que Cristo les dijo.
Se les hizo monstruoso, pero Cristo no rectificó sus palabras, no dio marcha atrás, sino que continuó afirmando:
el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Las gentes se le fueron, pero Cristo no las retuvo, no las obligó a creerle ni a seguirle.
Los mismos apóstoles fueron invitados a tomar partido, y se quedaron.

Por eso, la noche del jueves santo, en cumplimiento de su promesa,
Jesús se reunió con los doce aldeanos
que habían sido sus discípulos pero sobre todo sus amigos y sus confidentes para una cena ritual.
Era la fiesta de la Pascua.
Sus discípulos estaban frente a los restos de un cordero que les recordaba la alianza de Dios con su pueblo,
estaban ante a la sangre, memorial del día en que Dios se decidió por su pueblo frente a los atónitos egipcios.
Las hierbas amargas que habían comido, les recordaban los años de esclavitud en Egipto,
y la salsa roja con la que habían bañado el cordero, los ladrillos que habían tenido que fabricar en la esclavitud para los amos.

Pero ahora estaban también ante el Nuevo Cordero que los hombres sacrificarían al día siguiente.
Los apóstoles sentían el ambiente de despedida, de sangre y de duelo,
atisbaban que algo grandioso ocurriría esa noche.
Jesús les había hablado con hechos, como siempre, les había lavado los pies,
les había dicho que tendrían que amarse unos a otros como distintivo de ser sus discípulos y sus seguidores.
Y efectivamente ocurrió algo extraordinario, que Cristo ya había anunciado.

Y ahora era el gran momento, el cumplimiento de la promesa.
María no estaba en el cenáculo.
Era una cena demasiado íntima.
Las mujeres nunca podían sentarse a la mesa junto con los hombres.
Pero nada nos impide pensar
que María confeccionaría con sus propias manos el pan que su Hijo iba a repartir entre los suyos esa noche.
Y desde el fondo de la cocina, entre las mujeres silenciosas, como un suave murmullo alcanzaría a oír a su Hijo,
que repartía el pan eucarístico por primera vez: “Tomen, coman, esto es mi Cuerpo”,
y luego escucharía también a su Hijo que repartía el vino: Tengan, beban, éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la nueva alianza y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”.

Y María escuchó cómo su Hijo elevaba la voz de una manera muy especial:
“Hagan esto en memoria mía”.
María no lo sabía, pero presentía que su Hijo estaba ordenando a los primeros sacerdotes,
para que cada día pudieran hacerlo presente entre todos los hombres,
en la espera gloriosa de su segunda venida, para llevarnos a todos a la presencia del Padre.

¡María no pudo comulgar esa noche en la primera Eucaristía!

Pero con cuánta emoción, alegría y fe recibió el mismísimo Cuerpo de su Hijo y su preciosa Sangre
de manos de los apóstoles
en aquellos días en que en gran espíritu de oración esperaban la manifestación visible del Espíritu Santo
que Jesús les daría para el perdón de los pecados.

Y hoy con María también queremos alabar al Señor por la dimensión escatológica de la Eucaristía,
pues cada vez que el hijo de Dios se presenta bajo la pobreza de las especies sacramentales, pan y vino,
 se pone en el mundo el germen de la nueva historia,
en la que se “derriba del trono a los poderosos” y se “enaltece a los humildes”,
y se participa anticipadamente del banquete eterno.

La Eucaristía nos habla del banquete eterno, al que estamos llamados a participar.
Si queremos ser fieles a la Iglesia, servidora del Señor,
tenemos que apurar el paso, desentumecer nuestras rodillas, acicatear el corazón,
para anunciar a todos los hombres que Cristo vive, y vive en su comunidad, en su Iglesia
y que quiere que todos los hombres participen en el banquete del amor,
presagiando el banquete de todos los hijos en el Reino.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, en la majestuosa Catedral,
o en las parroquias, o en las mas apartadas y sencillas capillitas
tendremos que prorrumpir en un eterno MAGNIFICAT por las maravillas que Dios ha hecho con su pueblo,
tendremos que exclamar llenos de gozo: FIAT, FIAT, hágase, Señor tu voluntad,
 y aclamar con todos los pueblos: AMEN, AMEN, porque con Cristo, el nuevo Moisés, seremos introducidos a la nueva Jerusalén,
a la Jerusalén de los cielos, para darle gloria a Dios, al Padre, al Cordero sacrificado y al Santo Espíritu de Dios. 





 
 
 
 
3月17日

SEMANA SANTA

 
 
 
LA SEMANA SANTA
 
 
La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año.
 Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión.
Se olvidan de lo esencial:
esta semana la debemos dedicar a la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús
para aprovechar todas las gracias que esto nos trae.

Para vivir la Semana Santa, debemos darle a Dios el primer lugar
 y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico.


A la Semana Santa se le llamaba en un principio “La Gran Semana”.
 Ahora se le llama Semana Santa o Semana Mayor y a sus días se les dice días santos.
Esta semana comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.

Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados.
Asistir al Sacramento de la Penitencia en estos días para morir al pecado y resucitar con Cristo el día de Pascua.

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció,
sino entender por qué murió y resucitó.
Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección,
que es primicia de la nuestra.

La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra.
Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.


 
 
 
 
3月16日

DOMINGO DE RAMOS

 

 

DIA 16 DE ABRIL DEL 2.008

DOMINGO DE RAMOS

(MEDITACION)

Este es el evangelio que hoy escucharemos en todas nuestras iglesias .

Yo os lo presento más resumido con la intención de facilitaros su meditación. 

Jesús procedía de su tierra, de Galilea,

y se acercaba a Jerusalén para celebrar la fiesta de  la Pascua,

fiesta que reunía a todos los judíos

para recordar las grandes obras que Dios  había obrado en favor de su pueblo escogido. 

Con Jesús, otros muchos se encaminaban también hacia Jerusalén.

Gentes que llegaban  de todas partes.

Gentes que venían también de Galilea, y conocían ya a Jesús,

y habían  escuchado su predicación sobre el Reino de Dios,

y le habían visto cómo se acercaba a  pobres y a los débiles,

y cómo curaba a los enfermos, y cómo plantaba cara a la injusticia y  a la maldad. 

Y todas estas personas que ya le conocían, le aclaman ahora cuando entra en Jerusalén, 

mientras los que no le conocían preguntan: "¿Quién es éste?". 

Nosotros estamos hoy aquí porque conocemos a Jesús.

Conocemos su amor, creemos  en él, sabemos que él nos propone un camino de felicidad.

Y por ese motivo, también  nosotros le aclamamos con nuestros ramos y palmas. 

Pero sabemos también otra cosa.

Sabemos que las autoridades religiosas y los  poderosos de su pueblo

le miran con malos ojos.

Les molesta aquel predicador del amor y  de la justicia de Dios,

y se lo quieren quitar de delante.

Y por eso hoy mismo, desde su  llegada a Jerusalén,

empezarán a perseguirlo hasta lograr su detención;

y lo torturarán y lo  ejecutarán colgándolo de una cruz.

Aparentemente será el gran fracaso de Jesús y de su  mensaje. 

Pero nosotros, cristianos, creemos con toda nuestra fe que Jesús no fracasó,

que Jesús  no quedó sepultado para siempre en la muerte.

Nosotros, cristianos, creemos con toda  nuestra fe que Jesús resucitó,

y que vive para siempre, y que su camino es el camino de la  vida.

Esto es lo que empezamos a celebrar hoy,

esto es lo que celebraremos con gran  alegna en la noche santa de Pascua. 

Que estos ramos y palmas que tenemos en las manos

sean, hoy y cada día, la señal de  nuestra fe,

la señal de nuestra alegría de seguir a Jesús,

la señal de nuestra convicción  profunda de que su camino es el único camino de vida,

de esperanza, de luz, de salvación  para siempre. 

  

 
 
 
3月14日

BUSCARLE SENTIDO A LA VIDA

 
 
 
BUSCARLE SENTIDO A LA VIDA
 
 
Bruno Banz, segun los entendidos, fue uno de los actores más interesantes
y mejor cotizados de la cinematografía internacional.
El vivió en Berlín, aunque nació en Suiza hace alrededor de 62 años.
Hubo una época de su vida en que fue rabiosamente ateo.
 
"Si, violentamente, aunque dolorosamente ateo
- ha declarado al dominical de "El País"-
"Mi ateísmo violento duró desde mis 16 años
hasta que empecé a pensar de manera distinta a los 30-35 años" 
 
Preguntado si creía en Dios, el actor manifestó, entre otras cosas:
 
"Creo en la idea de Dios.
Que hay algo detrás de todo.
Debe de haber algo;
tiene que haber algo que te haga vivir y moverte.
Que de sentido a tu vida.
Porque vivir sólo para comer y beber y hacer el amor y hacer dinero...
ésas no son razones suficientes para vivir.
Entonces la vida no tienbe sentido.
Pero, por otro lado, tienes que intentar encontrárselo con todas tus fuerzas.
Tienes que buscarle sentido a la vida,
porque si no lo haces así te conviertes en un cínico, en un desesperado.
Y creo que cuando sea más mayor y más sabio de lo que soy ahora,
quizás entonces sea capaz de comprender algo más, de ver algo más".
 
"Sin Dios, la vida del hombre es una pasión inútil."
Con Dios, la vida del hombre se llena de sentido y adquiere valor de eternidad.
El Dr.Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina y Fisiología, dejó escrito:
 
"El hombre necesita a Dios como necesita agua y oígeno."
 
 
3月11日

PONERSE EN LAS MANOS DE DIOS

 
 
 
 
PONERSE EN LAS MANOS DE DIOS
 
 
 
"Dejarse en las manos de Dios es lo más acertado en todo,
solía repetir Santa Teresa de Jesús"
(Camino de perfeccion, 19, 12)
 
 
Ponerse en las manos de Dios, hacer su santa voluntad,
es "tener un solo querer con Dios,
en perfecta conformidad de nuestra voluntad con lo que Él quiere,
con su modo y sus motivos de quererlo".
 
Ponerse en las manos de Dios es considerar que su voluntad
es divinamente santa y sabia.
Dios está por encima de nuestros razonamientos.
Él sabe lo que mejor nos conviene a la corta y a la larga.
 
Ponerse en las manos de Dios es esbozar una sonrisa
en medio de un mar de sufrimientos y lágrimas.
Jesús fue obediente a la voluntad del Padre
y salió al encuentro de la Cruz.(Fil. 2, 8).
 
Ponerse en las manos de Dios
es el mejor camino para llegar a la verdadera felicidad,
al reino de Dios.
"No todo el que dice "Señor, Señor"
entrará en el reino de los cielos,
sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos"
(Mt. 7, 21).
 
Ponerse en las manos de Dios
es el mejor modo de hallar la paz espiritual y la alegría de vivir.
"El que llegare a tener esta conformidad entera con la voluntad de Dios
- escribe el P. Rodriguez, S.J. -
habrá alcanzado una felicidad y una bienaventuranza acá en la tierra,
gozará de una paz y tranquilidad muy grande,
tendrá siempre un gozo y alegría perpetua en su alma,
que es la felicidad y bienaventuranza de que gozan acá
los grandes siervos de Dios". 
3月9日

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

 

DIA 9 DE MARZO DEL 2.008

V DOMINGO DE CUAREMA

MEDITACIÓN DEL SANTO EVANGELIO DEL DÍA

(Jn. 11, 1-45)

1. La resurrección de Lázaro es una catequesis sobre la fe en la resurrección.

Muestra que Jesús es más fuerte que la muerte, y que su vida termina dando vida.

Él mismo resucitará, porque es «la resurrección y la vida».

El personaje central del relato es, evidentemente, Jesús, base de la vida cristiana.

San Juan relaciona siempre la fe con la vida.

La fe en Cristo es una participación en la vida, que se hace plena en el bautismo.

Dicho de otro modo, la fe y el bautismo nos hacen participar en la vida del Resucitado.

Los otros personajes del relato son: Lázaro, que representa a los cristianos;

los discípulos, llenos de miedo y de lógica humana;

Marta (más que María, que es secundaria), afligida y llena de esperanza;

finalmente, los judíos, que deciden en el Sanedrín,

con ocasión de la resurrección de Lázaro, condenar a muerte a Jesús.

2. El contraste de Jesús con los judíos

se manifiesta en que el Señor lleva a los muertos a la morada de la vida

mediante un grito de resurrección («¡Lázaro, ven fuera!»),

al paso que los otros traen a Dios al valle de la muerte gritando que muera Jesús («¡Crucifícalo!»).

 El primer diálogo de Jesús con los discípulos se desarrolla en un clima de miedo a la muerte.

Marta representa a la comunidad en trance de crecer en la fe,

y María a la comunidad en estado de dolor.

Esencial es en el relato la afirmación de Jesús a Marta:

 «Yo soy la resurrección y la vida».

Jesús produce la vida en otro y en sí mismo;

Jesús es la resurrección,

del mismo modo que es el pan de vida,

el agua viva, la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida.

La fe es respuesta a la llamada de Dios;

María responde, pero no los judíos.

Jesús vence a la muerte y confiere la vida.

A sus discípulos los libera del miedo a la muerte («el que cree no morirá»)

y les invita a fiarse de su palabra («quitad la losa», «desatadlo»)

y a tener confianza en Dios («Gracias, Padre»).

3. El creyente, en virtud de la fe y de su celebración sacramental,

entra en contacto con la persona de Jesús, que es la vida.

El creyente comulga con la fuente de la vida.

Esto obliga al cristiano a cambiar de vida.

Precisamente san Juan llama a la conversión «paso de la muerte a la vida».

Esta vida poseída por la fe debe ser mantenida y cultivada.

El cuerpo de Cristo resucitado es verdadero alimento, y su sangre es verdadera bebida.

La unión vital con Cristo-Vida debe traducirse en la unión con los hermanos

y con todos los hombres a través del vehículo fundamental del amor.

 

 
 
 
3月7日

SOBRE LA FELICIDAD

 
 
 
 
SI QUIERES SER FELIZ
 
 
Hace veinticinco siglos que Aristóteles decía:
"Todos los hombres por naturaleza buscan la felicidad".
 
Si quieres ser feliz: no te consueles con no serlo, consumiendo más.
Si quieres ser feliz: no busques la felicidad en las páginas amarillas
o en los anuncios meramente comerciales.
Si quieres ser feliz: sonríe y sé feliz con lo que tienes,
y abandona deseos, envidias, ambiciones
que no te dejan vivir la vida en calidad.
Si quieres ser feliz: no te dejes estafar:
resulta peor que te quiten la fe y la esperanza que los bienes materiales.
Si quieres ser feliz: realiza tu trabajo con ilusión
y sirve lo mejor que puedas.
Si quieres ser feliz: busca los bienes ilimitados, los espirituales,
aquellos que no ocupan lugar
y dan paz, ganas de vivir y alegría.
Si quieres ser feliz: cuida tu cuerpo, vigila tu peso e incluso haz gimnasia,
pero, sobre todo,
no olvides que la felicidad es un bien espiritual, interior,
que nace y se hace en el alma.
 
Lacordaire decía:
"La felicidad es privativa del alma y no del cuerpo;
nace de la abnegación y no del placer;
del amor y no de la voluptuosidad".
3月5日

SOBRE EL SUFRIMIENTO. . .

 
 
 
EL SER HUMANO SUFRE MUCHO
 
PORQUE AMBICIONA MUCHO
 
 
Demasiados hombres modernos viven infelices
o bien sufren a causa de sus ambiciones desmesuradas,
hijas de la soberbia.
Un hecho:
 
"En aquellos tiempos, cuando vivía en la capital, era un hombre ambicioso.
Trabajaba mucho.
Luego me di cuenta de que era más importante ser feliz, y perdí la ambición",
ha manifestado a un periódico J. P., profesional de seguros,
padre de tres hijas, que por bien de una de ellas, enferma de la polio,
supo renunciar a sus pretendidas ambiciones profesionales y sociales
que podía otorgarle la capital
y se trasladó a vivir a una ciudad costera,
de la cual hoy es el alcalde.
 
Edgar Allan Poe, con su gran experiencia escribió:
"Es en el desprecio de la ambición donde debe hallarse uno de los principios esenciales
de la felicidad sobre la tierra".
 
Todos tenemos derecho a la felicidad.
A nuestra felicidad.
No a la impuesta desde fuera.
Tenemos derecho a ser felices por dentro.
Pero, como todo derecho, implica renuncias y obligaciones.
Hay que saber decir "no" si queremos gozar de los bienes espirituales,
erradicando de nosotros tantas ambiciones que nos estropean la vida
y son causa de la infelicidad interior.
 
Cierto sabio dejó escrito:
"Cuando dejes de desear, de ambicionar tanto,
entonces lo tendrás todo".
 
La codicia que esclaviza,
el deseo neurótico de tener y poseer más y más,
toda ambición desmesurada,
crean sufrimiento y desestabilizan nuestro interior.
 
Tal vez sufrimos mucho porque ambicionamos mucho.
3月3日

LA ENFERMEDAD, UNA CRUZ

 
 
 
LA ENFERMEDAD, UNA CRUZ
 
..." Y me encontré de pronto en una tenebrosa soledad,
sin otra compañía que la angustia, el desamparo y el terror.
Vine a estar casi muerto.
¡Qué cerrada agonía!
 
"Luego llegó el milagro.
Y he vuelto a rezar", escribió León Felipe en un poema dedicado a "La Cruz"
Y el poeta creyente añade:
"Hazme una cruz sencilla, carpintero...
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos... y decididamente rectos:
los brazos, en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos."
 
Es la lección continua de los cristianos dolientes y sufrientes,
los clavados en la cruz de la enfermedad
que unen su dolor al dolor de los hombres y mujeres del mundo
y al de Jesús crucificado:
"los brazos, en abrazo hacia la tierra".
 
Es muy importante tanto para los sanos de hoy
como para los enfermos de hoy y de mañana,
aprender a mirar hacia arriba, hacia el cielo,
hacia Dios, como dice el poeta:
"el astil disparándose a los cielos".
 
Así daremos sentido a nuestro dolor
y la paz hará presencia en nuestras almas.
 
3月2日

IV DOMINGO DE CUARESMA

 
 
 
2 DE MARZO DE 2.008
 
IV DOMINGO DE CUARESMA
 
MEDITACIÓN SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
 
(Jn. 9, 1-41)
 


Además de la luz, del Cordero, del agua,

 encontramos en el evangelio de san Juan otras realidades fuertemente cargadas

de un profundo simbolismo espiritual y teológico.
Y éstas son los binomios: vida-muerte y vista-ceguera, entre otros.
Del primero nos habla el evangelio de la próxima semana, en el pasaje de la resurrección de Lázaro.
Y del segundo, en este domingo.

Para Juan, el verbo “ver” –en griego, blépein, idéin, theoréin— está lleno de significado.
 Por supuesto que se refiere a la vista física,
pero muchas veces la sobrepasa para situarse en un nivel espiritual.
Y así, es bastante normal que salte con facilidad de la visión natural al plano sobrenatural.
Más aún, el significado más genuino del verbo joánico “ver” es el de la fe.
Ya desde el prólogo de su evangelio habla de la luz y las tinieblas,
e insiste constantemente en la contraposición de la fe de los discípulos
y la incredulidad de los ‘judíos’.

Además, el tema de la fe es un verdadero “leitmotiv” a lo largo de todo el cuarto evangelio
y se repite casi hasta la saciedad.
Jesús mismo llega a afirmar que el motivo más decisivo y fundamental de la Encarnación
fue la salvación de la humanidad a través de la fe en Él:
“Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).
Y unas líneas más adelante dirá que “el que cree en Él no es juzgado;
pero el que no crea, ya está juzgado,
por no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Y el juicio consiste en que vino la luz al mundo,
y los hombres amaron más las tinieblas que la luz,
porque sus obras eran malas” (Jn 3, 18-19).

Antes de poner punto final al evangelio, en el epílogo, confiesa san Juan
que “todas estas cosas fueron escritas en este libro para que creáis
que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios,
y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).

El pasaje de la curación del ciego de nacimiento se coloca, precisamente, en esta misma perspectiva.
Y dentro del proceso de conversión a la que nos invita Dios nuestro Señor
en este tiempo de gracia, que es la Cuaresma.

La narración del milagro es emocionante.
Un ciego de nacimiento, que es capaz de llegar a ver por la acción curativa de Jesús.
Y los fariseos, en cambio, que dicen que ven, pero que en realidad están bien ciegos.
Ven, sí, con los ojos del cuerpo, pero son unos pobres ciegos en el mundo de la fe.

En todo el pasaje –sobre todo a través de los diálogos— impresiona la tenacidad
y la firmeza de las actitudes en los diversos personajes.
El ciego, por un lado, insiste en su fe sencilla y en su testimonio de Cristo.
Él no es un erudito ni un letrado –como los fariseos—
pero se ampara, con un realismo aplastante, en la contundencia de los hechos:
“yo no sé si Jesús es un pecador o no;
lo que sé es que yo antes era ciego, y ahora veo” (Jn 9, 25).
¡Qué lógica tan simple y tan tumbativa!

Los fariseos, en cambio, sabios y orgullosos, tercos y fríos calculadores,
perseveran inconmovibles en su tosudez e incredulidad,
a pesar de todas las evidencias del milagro y de los repetidos testimonios del ciego.
¡La de los fariseos sí que es ceguera!
Y lo más triste y trágico del asunto es que están ciegos porque ellos quieren estarlo,
por su propia voluntad, por su dureza de corazón, por su empedernimiento interior
y su incredulidad.
 Así han decidido ellos desde el inicio y no quieren aceptar su “derrota”.
Sería para ellos una vergüenza y una grandísima humillación.
Por eso no creen en Jesús, ni siquiera ante la elocuencia muda y palmaria de los hechos.

Más aún, buscan razones para negar el milagro
y estúpidamente acusan a Jesús de ser un pecador
y de que no viene de Dios porque no respeta el sábado.
¡Sí que son necios e insensatos los hombres cuando no aceptan a Dios
y pretenden tapar el sol con un dedo de la mano!

El ciego, cuando ve que los constantes interrogatorios de los fariseos no proceden de buena fe,
sino que nacen de su orgullo y de su impertinencia,
con gran sencillez refuta sus argumentos y les echa en cara lo ridículo y necio de su postura:
“Eso sí es de maravillar –les dice el ciego—:
que vosotros no sepáis de dónde viene Jesús, habiéndome abierto a mí los ojos.
 Sabido es que Dios no oye a los pecadores;
pero si uno es piadoso y hace su voluntad, a ése le escucha.
Jamás se oyó decir que nadie haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.
Si éste no fuera de Dios, no podría hacer nada” (Jn 9, 30-33).

Los fariseos, ni siquiera entonces cambian de postura, sino que se endurecen más y más.
Y, no satisfechos con no aceptar a Jesús,
expulsan de la sinagoga –o sea, excomulgan—
al que antes había sido ciego por haber creído y haber dado testimonio del Señor.

Ése es, precisamente, el verdadero problema, su pecado mayor: la soberbia y la altanería.
 No son humildes y por eso no creen ni aceptan a Jesús.
Es un pecado de empedernimiento y de ceguera voluntaria.
A esto llamaría luego nuestro Señor “pecado contra el Espíritu Santo”,
o sea, de resistencia consciente a la gracia de Dios. ¡Qué tremendo!

Ojalá que nunca nos pase a nosotros eso que les aconteció a los fariseos.
Pidamos a nuestro Señor la gracia de ser profundamente humildes y sencillos de corazón,
como este ciego de nacimiento,
para creer en Él con una viva,
para confesar y proclamar públicamente a Jesús,
incluso a costa de burlas y de persecuciones que suframos en su nombre.

Pero esta fe, para que sea auténtica, debe ser operante y práctica;
o sea, ha de envolver toda nuestra persona y nuestro ser entero.
No se trata de algo meramente intelectual
o de una aceptación racional de las verdades del dogma católico.
Es, más bien, confianza absoluta en Dios nuestro Señor,
en su poder y en su misericordia;
abandono total al Plan de Dios, como un niño pequeño en brazos de su padre;
y absoluta disponibilidad a su santísima Voluntad sobre nosotros,
 como María y como los santos.
¡Que el Señor nos conceda esta gracia en esta Cuaresma!.


3月1日

PEQUEÑOS DETALLES

 

 

EL VALOR DE LOS PEQUEÑOS DETALLES

 

¿Qué significa ser fieles en lo pequeño?

Cuidar los detalles que parecen insignificantes en la vida familiar,

 las relaciones sociales, el cumplimiento de nuestro deber y en la piedad con Dios.


 

I. Gentes de los pueblos vecinos habían acudido a un lugar alejado, junto al lago de Genesaret.

Y mientras Jesús hablaba, ninguno pensó en el cansancio, ni en las horas de ayuno,

ni en la falta de provisiones y en la imposibilidad de obtenerlas.

Las palabras de Jesús les han cautivado, les han llegado a lo más hondo del corazón,

y se han olvidado del hambre y del camino de vuelta.

Sin embargo, Jesús sí comprende nuestras necesidades materiales;

por eso, se apiadó también de aquellos cuerpos exhaustos

de quienes, por un motivo u otro, le habían seguido durante varios días.

Y realiza el espléndido milagro de la multiplicación de los panes y de los peces .

Y cuando todos han comido y están entusiasmados por el milagro que han visto con sus propios ojos,

 el Señor aprovecha la ocasión para dar a los Apóstoles -y a nosotros-

 una lección práctica, a la vez, del valor de las cosas pequeñas,

 de pobreza cristiana, de buena administración de los bienes que se poseen.

 Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos:

Recoged los trozos que han sobrado para que nada se pierda.

Entonces los recogieron y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada

 que sobraron a los que habían comido.

Jesús nos muestra su magnificencia con la abundancia, pues todos comieron cuanto quisieron,

 y la necesidad de evitar el derroche inútil e irresponsable de los bienes;

nos da ejemplo cuando se compadece de las multitudes y obra grandes prodigios,

y también en estos detalles menudos.

La grandeza de alma de Cristo se manifiesta en los grandes prodigios y en lo poco de cada día.

«La recogida de lo que sobró

es un modo pedagógico de mostrarnos el valor de las cosas pequeñas hechas con amor de Dios:

el orden en los detalles materiales, la limpieza, el acabar las tareas hasta el final» .

Durante treinta años de su vida estuvo ocupado en asuntos aparentemente sin trascendencia:

 elaborar cola para ensamblar unas maderas, aserrar troncos para fabricar muebles sencillos...

 Y también en estos trabajos de poco relieve externo estaba el Hijo de Dios redimiendo a la humanidad.

El Evangelio nos muestra con frecuencia cómo Jesús, durante su vida pública,

 permanecía constantemente en diálogo con su Padre celestial,

 y a la vez estaba atento a las cosas materiales y humanas, a lo que ocurría a su alrededor:

cuando devuelve la vida a la hija de Jairo ordena que le den de comer;

ante el asombro general que causó la resurrección de Lázaro,

 es Él quien ha de decir: Desatadle y dejadle ir ;

 sabe darse cuenta del momento en que sus discípulos tienen necesidad de descansar ...

 Vemos a Jesús bien atento a las situaciones humanas,

 y nos enseña a nosotros a santificar esas menudas realidades corrientes:

 estar en las cosas de los demás, estar en las cosas de la casa: no vivir en las nubes.

San Pablo nos recuerda en la Segunda lectura de la Misa 

la atención que debemos tener con todos aquellos con quienes nos relacionamos:

sed siempre humildes y amables; sobrellevaos mutuamente con amor...

 Es una llamada a la afabilidad, a la paciencia, a la cordialidad....

a esas virtudes que permiten la convivencia y en las que mostramos que amamos a Dios

y a nuestros hermanos los hombres.

II. Recoged los trozos que han sobrado...

Parece que es un detalle de poca importancia en comparación con el milagro realizado,

 pero el Señor pide que se viva.

Toda nuestra vida está compuesta prácticamente de cosas que casi no tienen relieve.

Las virtudes están formadas por una tupida red de actos

que quizá no sobresalen de lo corriente y ordinario,

pero en ellas, con heroísmo, se va forjando día a día la propia santidad.

Cada jornada la encontramos llena de ocasiones para ser fieles,

 para decirle al Señor que le amamos:

«"Obras son amores y no buenas razones".

¡Obras, obras! -Propósito: seguiré diciéndote muchas veces que te amo

-¡cuántas te lo he repetido hoy!-

; pero, con tu gracia, será sobre todo mi conducta,

serán las pequeñeces de cada día -con elocuencia muda- las que clamen delante de Ti,

mostrándote mi Amor» .

Ante el Señor tienen gran trascendencia el orden, la puntualidad,

el cuidado de los libros con los que estudiamos o de los instrumentos de trabajo,

la afabilidad con nuestros colegas, con la mujer, con los hijos, con los hermanos,

el huir de la rutina que mata el amor humano -también el amor a la propia profesión-,

 el querer darle sentido a cada día, a cada hora,

 aunque sea el mismo trabajo que hemos realizado durante años.

La vida se vuelve mediocre, desamorada, cuando permitimos que entre la rutina,

cuando no damos importancia a lo que hacemos

porque nos parece que da igual hacerlo de un modo o de otro.

En el trabajo diario, en nuestros deberes profesionales,

 encontramos habitualmente un campo importante para vivir la mortificación:

«no hablando mal de lo que va mal» en las personas o en la empresa

si no hay verdadera necesidad de hacerlo -

y entonces lo haremos con objetividad y caridad,

salvando siempre la intención de las personas, que no conocemos-,

 poniendo intensidad, sin dejar para después lo que resulta más duro y costoso,

prestando esos pequeños servicios que todo trabajo en común lleva consigo...

Es posible que se nos presenten pocas ocasiones -quizá ninguna-

de salvar a otros con un acto heroico, exponiendo nuestra propia vida.

Sin embargo, todos los días tendremos oportunidad de decir una palabra amable a ese amigo,

 a ese hermano que se le nota más cansado o preocupado,

de pedir las cosas con amabilidad, de ser agradecidos,

de evitar conversaciones o comentarios que siembran la inquietud

y de los que nada positivo resulta, de ceder en la opinión, de evitar a toda costa el malhumor,

 que tanto daño causa a nuestro alrededor;

podemos esforzarnos por entablar una conversación cuando el silencio se vuelve oneroso,

o en escuchar con interés a quien nos habla.

A veces, lo que parece más trivial

(un recuerdo, un saludo amable, un favor que casi no es nada)

produce en los demás un bien desproporcionado:

les hace sentirse seguros, tenidos en cuenta, apreciados, estimulados para el bien.

Notamos entonces como un reflejo de Dios en la convivencia, en la vida familiar,

tan distinto de aquellas situaciones en las que se desatan las envidias,

se crea una situación tensa o distante, o se dicen palabras que nunca se debían haber pronunciado...

Y así ocurre con todas las virtudes:

la fe se expresa a veces en un acto de amor («Jesús, te quiero, cuenta conmigo, no me dejes»)

 cuando pasamos cerca de un Sagrario en medio del ruido de la ciudad;

la piedad, en una mirada a una imagen de la Virgen (¡cuánto se puede decir en el solo mirar!);

la fortaleza, en cortar una conversación impura, en dar la cara por Jesucristo, por la Iglesia....

 en evitar una ocasión de pecado,

en procurar rendir en la última hora de trabajo de esa jornada que nos ha parecido más larga

porque han surgido más problemas, porque estábamos con menos salud...

Cada día nos espera Cristo con las manos abiertas.

En ellas podemos dejar esfuerzos, sonrisas, constancia en la labor....

 muchas cosas pequeñas, que Él sabe apreciar, tesoros que guarda para la eternidad,

en donde nos dirá al llegar: Ven, siervo bueno y fiel, ya que has sido fiel en lo poco, yo te daré lo mucho .

III. Nuestra vida se compone de muchos pequeños esfuerzos,

 y si todos los orientamos en la dirección de la voluntad de Dios, del amor, nos llevarán muy lejos.

Muchos pequeños pasos llevan hasta el final del camino,

y la fidelidad en lo pequeño nos permitirá resistir tentaciones importantes .

 Por el contrario: el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco vendrá a caer en las grandes

Dios nos pide algo en cada momento, pero siempre al alcance de nuestras fuerzas.

Tras la primera correspondencia, llegan más gracias para una segunda,

por haber correspondido a la primera.

 Y así una gracia mayor se sucede a otra, si somos fieles.

Por otra parte, las cosas pequeñas no suelen mover a la vanidad,

que tantas obras deja vacías.

 ¿A quién se le va a ocurrir aplaudir a quien ha cedido su asiento en el autobús,

 o a quien ha dejado ordenados los papeles y libros al terminar el estudio?

¿Quién va a alabar a la madre de familia porque sonría, si es lo que todos esperan de ella,

 o al profesor que ha preparado a conciencia su clase,

o al alumno que ha estudiado la materia del examen, o al médico que ha tratado con delicadeza al enfermo?

Y estas cosas pequeñas, muchas de las cuales son meramente humanas,

 se tornan divinas por el ofrecimiento de obras que de ellas hacemos todas las mañanas

y que luego hemos procurado renovar durante el día.

Lo humano y lo divino se funden en una honda unidad de vida,

que nos permite ganarnos poco a poco el Cielo con lo humano de cada jornada.

 Para ser fieles en lo pequeño necesitamos un gran amor al Señor,

el deseo profundo, de ser todo de Él,

 de querer buscarle en las ocasiones que se presentan en toda vida normal.

 A la vez, el cuidado de lo pequeño alimenta de continuo nuestro amor a Dios.

La Virgen Nuestra Señora nos enseñará a valorar lo que parece sin importancia,

a cuidar los detalles, lo menudo.

 Y esto en la vida familiar,

en las relaciones sociales, en el cumplimiento de nuestro deber, en la piedad con Dios.