MARCOS 的个人资料Espacio de RIOSETA照片日志列表更多 工具 帮助

日志


12月31日

EL LIBRO DE TU VIDA

 

 

EL LIBRO DE TU VIDA

 

En pocas horas cierras un volumen más del Libro de tu Vida.

cuando comenzaste este Libro todo era tuyo,

te los puso Dios en las manos,

podías hacer con él lo que quisieras:

un poema, una pesadilla, una blasfemia,

un sistema, una oración.

 

Podías... Hoy ya no puedes; no es tuyo,

ya lo has escrito, ahora es de Dios.

Te lo va a leer todo Dios

el mismo día en que te mueras,

con todos sus detalles.

Ya no puedes corregirlo.

Ha pasado al dominio de la eternidad.

 

Piensa unos momentos,

en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio,

deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia.

Ten el gusto de verte a ti mismo. Léelo todo.

Repite aquellas páginas de tu vida

en las que pusiste tu mejor estilo.

 

No olvides que uno de tus mejores maestros eres tú mismo.

Lee también aquellas páginas

que nunca quisieras haberlas escrito.

No... no intentes arrancarlas, es inútil.

Ten valor para leerlas, son tuyas.

No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas

cuando escribas tu siguiente libro.

Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida

cuando te lea tu libro en el último día.

 

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay el él trozos de ti mismo;

es un drama apasionado en el que,

el primer personaje eres tú.

Tú en escena con Dios, con tu familia,

con tu trabajo, con la sociedad.

Tú lo has escrito con el instrumento asombroso

de tu libre albedrío sobre la superficie

inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte,

lo más interesante, no puede leerlo

Nadie más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo,

si tienes ganas de llorar,

llora fuerte sobre tu viejo libro

en la última noche del Año.

 

Pero, sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el cielo

y dile a Dios sólo dos palabras:

¡Gracias! ¡Perdón!

Después dáselo a Cristo. No importa como esté,

aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro

completamente blanco y nuevo.

Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras.

 

Pon el nombre de Dios en la primera página.

Después pídele que no te deje escribir solo.

Dile que te tenga siempre de la mano... y del corazón.

 

12月30日

EL SUEÑO DE MARIA

 

 

 

EL SUEÑO DE MARIA

Tuve un sueño, José....

no lo pude comprender, realmente no,

pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo;

creo que si era acerca de eso.

La gente estaba haciendo los preparativos con seis semanas de anticipación. Decoraban las casas y compraban ropa nueva.

Salían de compras muchas veces y adquirían elaborados regalos.

Era muy peculiar,

ya que todos los regalos no eran para nuestro Hijo.

 Los envolvían con hermosos papeles y los ataban con preciosos moños,

 todo lo colocaban debajo de un árbol.

 Si, un árbol, José, dentro de una casa.

Esta gente estaba decorando el árbol también.

Las ramas llenas de esferas y adornos que brillaban.

Había una figura en lo alto del árbol,

 me parecía ver una estrella o un ángel, oh!

 Era verdaderamente hermoso.

Toda la gente estaba feliz y sonriente.

 Todos estaban emocionados por los regalos;

 se los intercambiaban unos con otros José,

 pero, no quedó alguno para nuestro Hijo.

Sabes, creo que ni siquiera lo conocen,

pues nunca mencionaron su nombre;

 ¿no te parece extraño que la gente se meta en tantos problemas

para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen?.

Tuve la extraña sensación

de que si nuestro Hijo hubiera estado en la celebración,

 hubiese sido un intruso solamente.

Todo estaba tan hermoso José y todos tan felices,

 pero yo sentí enormes ganas de llorar.

Que tristeza para Jesús

 no querer ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños.

 Estoy contenta porque sólo fue un sueño,

 pero que terrible José, si esto hubiera sido realidad.


12月28日

UNA FAMILIA FELIZ

 

 

 

UNA FAMILIA FELIZ

PORQUE ALLÍ ESTABA DIOS

 

Era una familia muy pobre,

tenía lo elemental para vivir.

Sin embargo, ha sido la familia más feliz

de todos los tiempos

 

 

Ayer se celebraba la fiesta de la Sagrada Familia.

 Una familia formada por José, María y el Niño Jesús.

 Era una familia muy pobre, tenía lo elemental para vivir.

Sin embargo, ha sido la familia más feliz.

Feliz porque ahí estaba Dios.

 Una familia feliz porque ahí se rezaba todos los días.

Feliz porque ahí se trabajaba con paz y con amor.

 Allí se amaba la vida,

 allí se amaban entre ellos con un grandísimo corazón.

¡Cuánto necesitamos nosotros

 que esa Sagrada Familia nos ayude a recuperar muchos valores familiares

que se ha llevado el viento!

¡Oh Familia de Nazareth,

qué pocos elementos te bastaron para ser una familia feliz y hermosa!

¡Cómo necesitamos que vuelvas a injertar en nuestros hogares,

 en nuestros corazones,

esa maravillosa gama de virtudes que tiene la familia!

Todos los que quieran saber cuál es la familia más maravillosa

 deben visitar Nazareth,

y preguntar a José a Jesús y a María

cómo se puede ser feliz en familia.

CUATRO ASIGNATURAS

 

 

DOMINGO 28 DICIEMBRE 2008

Te invito a que leas en Santo Evangelio del día

(Lc. 2, 22-40)

SERAN MÁS INTELIGIBLES ESTAS REFLEXIONES

 

CUATRO ASIGNATURAS

 

        Ahora nunca se acaba de estudiar. Cualquier profesional, después de termi­nar su carrera tiene que seguir aprendiendo para estar al día porque todo cambia mucho y muy deprisa. Sin ir más lejos, Apolonia vino del médico muy extrañada porque le recomendó comer sardinas ¡Toda la vida, los enfermos han tomado pescado blanco!. Pues con nuestra propia vida pasa lo mismo: hay asignaturas que no las terminamos de dominar nunca. Jesús nos dio ejemplo desde pequeño: crecía, se hacía fuerte, aprendía a vivir y llenaba a Dios de ilusión. Total: cuatro asignaturas.

        Para empezar, no te olvides de “crecer”. Ya me entiendes en qué sentido. Las personas son como la luna: o crecen o menguan. En esto no hay jubilación ni invalidez permanente: crecer es lo primero, lo segundo y lo tercero. No dejes encima del piano tus deseos de superación. Pero, además, Jesús se hacía fuerte. Constancia y capacidad de sacrificio. A una persona sólida no se la lleva el viento. Emplea los golpes que le da la vida para aumentar su bondad.

        Desde siempre, la sabiduría ha consistido en saber dirigir la propia vida ha­cia la felicidad plena. Como eso no lo pone en ningún libro, se aprende por experiencia y lleva cierto tiempo. Generalmente, aprendemos a vivir cuando ya nos quedan pocos telediarios. La experiencia es el peine que nos da la vida cuando ya casi no nos queda pelo. Una persona sabia es mucho más que un profesor: es un maestro. El profesor enseña cosas, el maestro enseña a vivir y es modelo de comportamiento. Tú eres una mina porque dentro llevas cosas que valen mucho más que lo que se ve. Disfrútalas y facilita que los demás se enriquezcan también con ellas. “Sé minero de ti mismo” Saca lo más valioso de ti. Dicen que a los veinte años todos tienen la cara que Dios les ha dado; a los cuarenta la que les ha dado la vida y a los sesenta la que se merecen. No es extraño que haya ancian@s tan guap@s.

        Dios, como Padre, tenía una infinita ilusión por Jesús. Tú lo comprendes bien porque te pasa lo mismo con tus hijos y casi hay que ponerte el babero. No defraudes a Dios. Espera mucho de ti. No te metas las manos en los bolsillos; la vida es dura, no por las personas que hacen el mal, sino por los que se sientan a ver lo que pasa.

        En estas cuatro asignaturas,  ¿progresas adecuadamente o pasas curso por imperativo legal?. Te lo pregunto en broma porque ya sé que tú sacas buenas notas y todavía piensas en mejorar tu expediente. No pierdas nunca la ilusión por ser más: serás enormemente feliz.-

12月27日

MADRE DE JESÚS Y NUESTRA

 

ES MADRE DE JESÚS Y NUESTRA

Maria es toda de Jesús por derecho 

y toda nuestra por regalo.

Pero es toda nuestra

y María es toda de Jesús por derecho,

, por tanto aquí, no pensemos que robamos,

porque nos la han dado.

No pensemos que somos demasiado pecadores,

demasiado indignos, para tenerla como madre,

porque, a pesar de que eso es cierto,

también es cierto que ella es madre nuestra.

No nos puedes ver separados de Jesús,

como hijos añadidos, sino injertados en su sangre y en la tuya.

Por lo tanto, la seriedad con la que una madre ve a su hijo, como su hijo,

queda muy lejos de la seriedad, la profundidad y el amor

con que nos ve María Santísima a cada uno de nosotros:

somos más hijos de ella que de nuestra propia madre de la tierra

La ingratitud con Dios es terrible porque se ofende al Amor con mayúscula.

Se desprecia un amor eterno, un amor divino, un amor maravilloso y totalmente gratuito.

De una manera semejante,

olvidar, despreciar, el amor de una madre tan grande,

es una ingratitud terrible.

Pero, siendo los sacerdotes hijos predilectos de María Santísima,

nuestra ingratitud adquiere unas dimensiones mucho más grandes.

Es terrible que un cristiano cualquiera no ame a la Santísima Virgen,

no confíe en Ella,

pero que un sacerdote, que es otro Jesús, otro Cristo,

desprecie, olvide, no ame, no confíe inmensamente en la Santísima Virgen,

es un pecado de ingratitud muy grave, muy triste.

“Los pecados que ofenden a Dios lastiman tu corazón

porque hieren el corazón de tu hijo

y hacen un daño terrible a tus hijos”.

“Cómo tengo que decirte esto, Madre:

te he llevado pocos presentes hasta el día de hoy”.

 

12月25日

NATIVIDAD DEL SESÑOR

 

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR

 

Y el Verbo se hizo carne

 

Jesús no vino al mundo para que le sirvieran,

sino para enseñarnos desde el primer momento de su vida

cómo se ama, cómo se sirve

y cómo se perdona

 

Hoy la Iglesia presenta a todo el mundo su grande y único tesoro:

 Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre,

como un niño indefenso.

 Todos tenemos urgencia de encontrarnos con Él.

 Las generaciones lo esperaban con ansia.

 Grandes signos acompañaban su venida.

 En torno a su cuna se dan cita las virtudes de la humildad,

 de la sencillez y de la pureza.

 La riqueza y la pompa del mundo, sin embargo, no lo descubrieron.

 Por eso, su nacimiento es una fiesta vivida entre contradicciones.

Al hacerse hombre,

 el Hijo de Dios manifiesta su inmenso amor hacia nosotros,

 ¡verdaderamente sus planes son grandiosos!

 Esa grandiosidad no la puede descubrir el mundo

 con sus criterios de placeres fáciles, sus sueños de honra y de poder.

Porque todo parece suceder en contra de los cálculos humanos:

 La virginidad de María, en vez de condenarla a una vida estéril, la hace fecunda.

 Los auxilios especiales de Dios salvan a José de sus dudas al respecto. Imprevisiblemente María y José se tienen que ir a Belén,

 ciudad natal de José.

 A pesar de estas circunstancias tan desagradables,

 que además no les permiten encontrar lugar en el mesón,

 se va cumpliendo el plan de Dios - como si nada lo pudiera detener:

 el Hijo de Dios quiere nacer entre la paja y las bestias del campo;

 su comité de ingreso lo forman algunos pastores.

Todo ello es una señal inequívoca de que nuestro Dios

 ama de un modo muy especial a los más desamparados y olvidados,

a aquellos cuya única riqueza es Dios.

 Quería darles la seguridad de su cercanía.

Al hacerse niño, Jesucristo se jugó el todo por el todo.

 No vino para que otros le sirvieran,

 sino para enseñarnos desde el primer momento de su vida,

cómo se ama,

 cómo se sirve

 y cómo se perdona.

 Así nos redimió.


12月24日

EL NACIMIENTO DE CRISTO. . .

 

EL NACIMIENTO DE CRISTO ES MI NACIMIENTO

 

El nacimiento de Jesucristo en Belén,

es nuestro propio nacimiento a la vida celestial

 

El chiquitín ha venido en medio de la noche callada. En un silencio total. En una soledad absoluta. Sólo su joven Madre y el bueno de José, a la luz de una lámpara de aceite, contemplan la carita celestial del recién nacido. En medio de tanta pobreza y humildad, están gozando como no ha disfrutado hasta ahora nadie en el mundo. -

¡Mi niño!, grita María mientras le estampa enajenada su primer beso... -¡Qué lindo, qué bello!, exclama extasiado José. Entre tanto --vamos a hablar así--, Dios no se aguanta más. Tiene prisa por anunciar a todos el nacimiento de su Hijo hecho hombre, y manda a sus ángeles que lo pregonen bien. Se avanza un ángel y desvela a los pastores, mientras les grita con alborozo:
- ¡Os anuncio una gran alegría! ¡Os ha nacido en Belén un salvador!
Se rasgan entonces los cielos, aparece todo un ejército de la milicia celestial, que van cantando por el firmamento estrellado:
- ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres amados de Dios!...

A este Jesús, le felicitamos de corazón: -¡Cumpleaños feliz! ¡Por muchos años! ¡Por años y por siglos eternos!...

Hasta aquí, todos de acuerdo, ¿no es así?
Pero, ¿es verdad que nos podemos felicitar también nosotros, y que nos felicitamos de hecho nuestro propio cumpleaños?... Dos antiguos Doctores de la Iglesia, y de los más grandes, como son Ambrosio y León Magno, lo expresaron de la manera más elocuente y precisa.

San Ambrosio exclama en su Liturgia de Navidad:
-¡Hoy celebramos el nacimiento de nuestra salvación! ¡Hoy hemos nacido todos los salvados!... Tiende su mirada más allá de la Iglesia, y felicita al mundo entero: -Hoy en Cristo, oh Dios, haces renacer a todo el mundo.

Y el Papa San León Magno, con su elegancia de siempre, dice también:
- ¿Sólo el nacimiento del Redentor? ¡También nuestro propio nacimiento! El nacimiento de Cristo es el nacimiento de todo el pueblo cristiano. Cada uno de los cristianos nace en este nacimiento de hoy.

Tiene razón la Iglesia al cantar en uno de los prefacios de Navidad: -De una humanidad vieja nace un pueblo nuevo y joven...
Porque el Hijo de Dios, al hacerse hombre, nos hace a todos los hombres hijos de Dios. El nacimiento de Jesucristo en Belén, es nuestro propio nacimiento a la vida celestial. Es nuestro cumpleaños también. ¡La enhorabuena a todos!...

Una felicitación de la que no es excluido nadie, desde el momento que todos somos llamados a la salvación. Ese mismo Papa de la antigüedad y Doctor de la Iglesia, San León Magno, felicita a todos con un párrafo que es célebre:
- ¡Felicitaciones, carísimos, porque ha nacido el Salvador! No cabe la tristeza cuando nace la vida. Si eres santo, ¡alégrate!, porque tienes encima tu premio. Si eres pecador, ¡alégrate!, porque se te ofrece el perdón. Si eres un pagano todavía, ¡alégrate!, porque eres llamado a la vida de Dios.

Una familia cristiana de Viena, a mitades del siglo dieciocho, celebró la Navidad de una manera singular. Aquel matrimonio tan bello recibía cada hijo como el mayor regalo de Dios. Apenas la esposa sentía los primeros síntomas, el esposo sacaba del armario los cirios de los niños anteriores y quedaban prendidos durante todo el rato que se prolongaba la función augusta del alumbramiento. Los cirios correspondían a los ángeles custodios de los hijos, que velaban este momento solemne. Cuando había llegado el bebé, se apagaban los cirios y se guardaban hasta que viniese otro vástago al hogar. En esta Navidad se prendieron nueve cirios. El primero se había hecho bastante corto, pues había alumbrado la estancia muchas veces anteriormente. El más alto, el prendido ahora por primera vez, correspondía a Clemente, el niño que venía entre las alegrías navideñas, bautizado a las pocas horas, y conocido hoy en la Iglesia como San Clemente María Hofbauer...

Este niño, que iba a ser un gran santo, es el símbolo de una realidad que se repite tantas veces en las familias cristianas. Con nuestra venida al mundo en el seno de la Iglesia, al recibir el Bautismo, repetimos todos el hecho de Belén. Cristo nace en un nuevo cristiano. Jesús y nosotros celebramos nuestro cumpleaños en el mismo día...

¡Felicidades!. ¡Felicidades a todos!
Y que repitamos este cumpleaños, el de Jesús y nuestro, por muchas Navidades más....








 

 

12月22日

LA VERDADERA FELICIDAD ESTA NAVIDAD

 

 

ADVIENTO

 

LA VERDADERA FELICIDAD ESTA NAVIDAD

 

Permitid que Cristo llegue a nuestras vidas como Él quiere,

para que así podamos tener una

“Feliz Navidad”

 

Vamos a celebrar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios.

 Y yo me pregunto si ya hemos sido capaces de reflexionar

 sobre lo que verdaderamente significa tener una “Feliz Navidad”.

Si fuéramos a una comunidad marginada y viéramos cómo pasan la Navidad muchas personas,

 seguramente diríamos:

“Pobre gente, no tienen nada para poder pasar una Feliz Navidad”.

 ¿Creo yo que tener una Feliz Navidad necesariamente significa tener comida,

 bebida, música, luces de colores y a toda mi familia alrededor?

Cuando uno lee el Evangelio se da cuenta que tener una Feliz Navidad significa otra cosa muy distinta,

 que no necesariamente excluyo lo anterior,

 ya que uno se la puede pasar muy bien con comida, bebida, música, luces de colores y con la familia,

pero también se la puede pasar muy mal.

El Evangelio nos dice:

 “Mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito;

 lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre,

 porque no hubo lugar para ellos en el mesón.

 En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo.

Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor.

El ángel les dijo: ‘No teman. Les traigo una buena noticia,

 que causará gran alegría a todo el pueblo:

 hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

 Como señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre’.

 De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:

 ‘¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad’!

 Se fueron los pastores a toda prisa y encontraron a María, a José y al Niño, recostado en el pesebre.

 Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído,

 según lo que se les había anunciado”.

En este pasaje nos damos cuenta que no puede existir una Feliz Navidad

 sin haber hecho una profunda y seria experiencia de Cristo.

 Y, a lo mejor, todos los agujeros que hay en tu corazón,

 todas las resquebrajaduras que hay en tu existencia,

 todos los miedos que hay en tu alma,

 se deben a que no ha habido un ángel que te diga:

 “Feliz Navidad. Hoy te ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”.

Cada uno tendría que preguntarse con mucha seriedad

si ya ha hecho esta profunda y seria experiencia de Cristo.

 Porque, pudiera ser que por diferentes causas,

nos pudiéramos haber olvidado dónde está la auténtica felicidad.

 ¿No has buscado la felicidad en muchas partes y no la has encontrado?

 ¿Por qué te empeñas en buscarla donde no está?

 ¿Por qué no quieres ir a Belén como los pastores?

 ¿Por qué te da miedo?

A todos nos puede costar mucho encontrar a este Niño en un pesebre.

 Nos puede doler descubrir que es en la pequeñez, en la debilidad donde está la experiencia de Cristo.

Yo estoy seguro que a través de la vida de todos Dios se ha cruzado muchas veces,

 pero como lo ha hecho como un niño envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre,

 no hemos sabido reconocerlo,

 con lo que hemos perdido la oportunidad de encontrarnos con Cristo.

Nunca olvidemos

que generalmente no es en lo espectacular donde Dios Nuestro Señor se va a encontrar contigo,

 sino que lo va a hacer donde pensarías que Él no puede estar:

 en la pequeñez, en la pobreza, en la debilidad, en la humildad, en el abandono, en la humillación.

Para tener una Feliz Navidad

es necesario tomar la decisión de encontrarse y hacer la experiencia del Cristo del Evangelio.

 Porque haces la experiencia de Cristo,

 o no encontrarás la felicidad, aunque tengas muchas otras cosas.

Yo les invito a que se hagan la siguiente pregunta:

¿Por qué no soy completamente feliz?

 Y pudiera ser que no eres completamente feliz porque no tienes lo más importante:

 la experiencia de Cristo.

 No has vivido la experiencia de Cristo,

 el encontrarte con un Niño envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre.

¿Cuántas veces te ha invitado Cristo a encontrarte con Él en un pesebre?

Y cuántas veces tu les has dicho: “Al ratito...; luego...; no quiero...;

de esa forma no me da la gana...”.

 Con lo que has hecho de la experiencia una conveniencia.

 Y cuando hacemos de la experiencia una conveniencia,

 tengamos por cierto que no podremos encontrarnos con Cristo.

Pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de experimentar a Cristo,

permitiéndole llegar a nuestras vidas como Él quiere llegar,

 para que así podamos tener una Feliz Navidad.


EL SILENCIO DE SAN JOSÉ

 

 

EL SILENCIO DE SAN JOSÉ

 

Dejémonos “contagiar” por este silencio.

Nos es muy necesario, en un mundo ruidoso,

qe no favorece el recogimiento

y la escucha de la voz de Dios

 

 

En los últimos días del Adviento,

 la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José,

 que vivieron con intensidad única

el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús.

 Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. (......)

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a un aspecto legal.

 Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19),

 que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre

 y vela por su crecimiento humano.

Por eso, en los días que preceden a la Navidad,

 es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José,

 para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José,

 nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él

en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, "Custodio del Redentor".

 Entre los muchos aspectos que pone de relieve,

 pondera en especial el silencio de san José.

 Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios,

 con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina.

 En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior,

sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón

 y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos.

Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María,

 guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras,

confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús;

 un silencio entretejido de oración constante,

 oración de bendición del Señor,

 de adoración de su santísima voluntad

y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su "padre" José,

 Jesús aprendió, en el plano humano,

la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia,

la "justicia superior", que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20).

Dejémonos "contagiar" por el silencio de san José.

 Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso,

 que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios.

 En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior,

 para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.

 

12月21日

"HE AQUÍ LA ESCLAVA....

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO 

“HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR”

La fe es un donarse totalmente y sin condiciones al Señor

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, lamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La Virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo:"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo:"No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su Padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin."
María le dujo entonces al ángel:"¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen? El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Diod. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios". María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cumplase en mí lo que me has dicho". Y el ángel se retiró de su presencia.

(Lc. 1, 26-38)

Reflexión

La semana pasada contemplábamos a san Juan Bautista, uno de los personajes clave del Adviento. Y, por supuesto, otra persona aún mucho más importante en este período litúrgico es María Santísima. La Iglesia contempla con regocijo la figura de la Virgen Madre, que espera anhelante el nacimiento de su divino Hijo, Jesucristo. ¡Ya sólo tres días y será Navidad!

Hace dos semanas, con ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción, tuvimos la oportunidad de leer y de escuchar el mismo Evangelio que se nos presenta el día de hoy. Entonces meditábamos en la belleza virginal de María. Fijémonos hoy en otro rasgo de su alma.

Nos encontramos en la escena de la Anunciación. María, al final del diálogo con el ángel, le dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. ¿Qué significa esta sentencia? María acaba de hacer un profundísimo acto de fe y de confianza absoluta en el poder y en los planes de Dios. Quizá uno de los más grandes de toda la historia de la humanidad. Con esta sencilla frase, María ha presentado toda su vida a Dios, como una hoja en blanco, para que Dios escriba sobre ella lo que quiera y como quiera. Sin trabas ni condiciones. Así, al pie de la letra.

Tal vez nosotros podríamos pensar que para María ese acto de fe no fue difícil. ¡Ser la madre del Mesías! ¿Es que no era ése el sueño de todas las jovencitas hebreas? Pero nos equivocamos rotundamente. ¿Cómo podría ella explicar a José, a sus parientes y a sus vecinos lo que había sucedido en su vientre? ¿Quién le creería esa historia de que se le había aparecido un ángel y que estaba ahora encinta “por obra del Espíritu Santo”? Ella sería, a los ojos de todos, una adúltera, una mujer infiel y una proscrita pública, condenada automáticamente por la ley judía a la lapidación. Ésa era, en efecto, la pena que se infligía a las mujeres que habían sido infieles a sus respectivos maridos desde el momento de su desposorio. Pero, además, ella había hecho a Dios voto de virginidad. ¿Quién le aseguraba que esa visión angélica no había sido un sueño o una falsa representación de su fantasía? ¿Y cómo se desarrollaría su vida de ahora en adelante? ¡Todos sus planes personales habían sido rotos! Dios le había puesto de cabeza todas sus ideas preconcebidas. Y, ¿cómo podría ser eso, si ella era una pobre muchacha de aldea, sin recursos e ignorante...? Ella, sí ella, que se reconocía como la simple “esclava del Señor”.

Para María la fe no fue un simple asentimiento frío, intelectual, de unas verdades, como lo es para tantos de nosotros. La fe fue un donarse totalmente y sin condiciones a Dios nuestro Señor. Acogió a Dios en su corazón y en su vida entera. Se entregó del modo más absoluto a la realización de la Voluntad divina y de sus planes salvíficos. María ya no tenía desde ese momento voluntad propia. Era posesión exclusiva de Dios. Creyó en Dios y a Dios porque “para Él no hay nada imposible”. Por eso san Bernardo afirma que “por su fe, María concibió primero a Cristo en su corazón y luego en su vientre”. Ése fue el “fiat” –en latín, “hágase”– de María.

Un autor espiritual contemporáneo ha escrito con toda razón que “la fe no es un mero sentimiento de la presencia de Dios o de la voluntad de Dios en la vida. Para mí creer es darme, ofrecerme a Dios, entregarme a Él ciegamente. Para mí creer es dejarme conquistar por su amor para su causa y no ofrecerle reparos. Para mí creer es caminar, sufrir, luchar, caer y levantarme, tratando de ser fiel a un Dios que me llama y a quien no veo. Para mí creer es lanzarme en la oscuridad de la noche, siguiendo una estrella que un día vi, aunque no sepa adónde me va a llevar. Para mí creer es sobrellevar con alegría las confusiones, las sorpresas, las fatigas y los sobresaltos de mi fidelidad. Para mí creer es fiarme de Dios y confiar en Él”. ¡Como María! Ésa es la verdadera fe. ¿Así es también la nuestra?

 

12月19日

NO PONGAMOS NUESTRO CORAZÓN...

 

 

NO PONGAMOS NUESTRO CORAZON

EN LAS COSAS PASAJERAS

 

En este tiempo de Adviento

olvidemos nuestro pequeño mundo

y volvamos los ojos a los que nos necesitan

 

Estamos en tiempo de Adviento, tiempo santo de preparación para la Navidad.

Siempre que vamos a tener un gran acontecimiento en nuestras vidas, nos preparamos.

 Así se preparaban en los tiempos antiguos para la llegada del MESÍAS.

 Así nosotros hemos de prepararnos para la Nochebuena, para la Navidad

en que celebraremos la llegada del Niño-Dios.

Esto es una conmemoración,

pero también se nos pide una preparación muy especial

para la segunda llegada de Jesucristo como Supremo Juez,

 también llamada Parusía

en la que daremos cuenta del provecho

que hayamos sacado de su Nacimiento y de su muerte de Cruz.

El día en que hemos e morir es el acontecimiento más grande e importante para el ser humano.

 No resulta agradable hablar de ello ni pensar en esto.

 Tal vez por ser lo único cierto que hay en nuestra vida: la muerte.

 Es más agradable quedarnos en la fiesta, en la alegría de una hermosa Navidad.

 Pero no olvidemos que este episodio ya fue.

 El otro está por venir. Aún no llega, pero ... llegará.

"Velen, pues, y hagan oración continuamente

para que puedan comparecer seguros ante el Hijo del Hombre"

 - estas son las palabras de Jesús a sus discípulos,

en aquellos tiempos según San Juan 21, 25-28,34-36

y nos las están repitiendo continuamente en nuestro presente.

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras

y pensemos más en los bienes eternos.

 ¿Quién podrá comparecer seguro ante el Hijo del Hombre?

Tan solo el pensamiento de este Juicio nos hace estremecer.

Pero recobremos la esperanza

sabiendo que seremos juzgados con gran misericordia y amor

si en este tiempo de Adviento nos preparamos

 "rebosante de amor mutuo y hacia los demás"

 -como dice San Pablo en su carta a los tesalonicenses: 3,12, 2-4

"porque tuve sed y me disteis de beber, porque tuve hambre y me disteis de comer"...

Pensemos en los demás.

Olvidemos en este tiempo de Adviento nuestro pequeño mundo

y volvamos los ojos a los que nos necesitan,

a los que nada tienen, a los que podemos hacer felices dándoles nuestra compañía,

 nuestro amor y apoyo, una palabra de ternura y aliento, una sonrisa...

Siempre está en nuestra mano hacer dichoso a un semejante.

Solo así podremos estar seguros ante la presencia y el Juicio de Nuestro Señor Jesucristo

 que lleno de amor y misericordia

 unirá a nuestras pobres acciones los méritos de su Pasión y muerte.


CONSEJOS DE JUAN EL BAUTISTA

 

CONSEJOS DE JUAN EL BAUTISTA

PARA VIVIR EL ADVIENTO

En el Adviento, la Iglesia nos pone la figura de san Juan Bautista,

y con él otra nueva imagen.

Ya no se trata de preparar una tierra

 capaz de acoger adecuadamente la buena semilla:

se trata de preparar un camino

para que pueda, por él, llegar a nuestra alma

la Persona adorable del Señor.

Son cuatro las órdenes, los consejos o las consignas que san Juan Bautista -y la Iglesia con él- nos da:

·  La primera consigna de san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, sea volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros.

·  En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos 3. Y aquí tenemos, entonces, el llamado también obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jesús y darle gusto a El, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia manejada por Él.

A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

·  El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo.

·  El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes excesivos, ni sólo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con méritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le dé gusto; no sólo con la ausencia de obstáculos o de cosas que lo molesten, no sólo con ausencia de orgullo o con ausencia de falta de rectitud o de dificultades en nuestra conducta para con el prójimo, sino también positivamente con la construcción: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un pequeño -al menos- caudal, capital de méritos, que dé gusto al Señor cuando venga y que podamos depositar a sus pies.

El Adviento, además de la conmemoración y el sentido del Antiguo Testamento -de la tierra que espera la buena semilla-, además de la figura límite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo -san Juan Bautista-, este Tiempo nos acerca más al Señor por aquélla que, en definitiva, fue quien nos entregó a Jesucristo: la Virgen. No sólo en el hemisferio sur entramos al Adviento por la puerta del Mes de María, sino que en toda la Iglesia se entra al Adviento por la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Y la Inmaculada Concepción significa dos cosas: por una parte, ausencia de pecado original y, por otra, ausencia de pecado para y por la plenitud de la gracia. La Virgen fue eximida del pecado original y de las consecuencias del pecado original que en el orden moral fundamentalmente es la concupiscencia, es decir, la rebelión de las pasiones, la falta de orden dentro de nuestra persona, el rechazo que nuestra materia y nuestros apetitos indómitos oponen a la reyecía de la voluntad y de la razón iluminadas por la fe, por la esperanza y por la caridad; iluminadas y encendidas y sostenidas por la gracia. La Virgen, preservada del pecado original en el momento mismo de su concepción y liberada de todo obstáculo, tuvo el alma plenamente capacitada desde el primer instante para recibir la plenitud de la gracia de Jesucristo.

Por lo tanto su fiesta de la Inmaculada Concepción, con ese carácter sacramental que tienen todas las fiestas de la Iglesia, ese carácter de signo que enseña y de signo eficaz que produce lo que enseña, nos trae la gracia de liberarnos del pecado y de vencer, de moderar, de sujetar en nosotros las pasiones sueltas por la concupiscencia, a los efectos de que nos pueda llegar plenamente la gracia; y naturalmente, si estamos en Adviento, para que pueda venir la gracia del nacimiento de Jesucristo místicamente a nuestra alma, el día de Navidad.

Por lo tanto, unamos a toda la ayuda que nos pueden prestar los patriarcas del Antiguo Testamento que desde el cielo ruegan por nosotros (ellos que tanto pidieron la venida del Mesías), unamos a la intercesión y a la figura sacramental de san Juan Bautista, unamos por encima de ellos la presencia de la Santísima Virgen en su fiesta el 8 de diciembre y en todo este tiempo, pidiendo bien concretamente el poder liberarnos del pecado, de todo lo que en nosotros haya de orgullo, de falta de rectitud, de falta de caridad con el prójimo, de ausencia de virtud; liberarnos de todo ello para que, cuando venga Jesucristo el día de Navidad, no encuentre en nosotros ningún obstáculo a sus intenciones de llenar nuestra alma con su gracia.

La perspectiva de un nuevo nacimiento del Señor, en nosotros y en el mundo tan necesitado de Él, tiene que ser objeto de una preocupación, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que estén polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

Y si esto vale siempre, se hace más exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirtúa precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ¡Qué necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jesús venga a nosotros con renovada fuerza el día de Navidad y, a través nuestro, sobre las personas que están cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

Quedémonos en espíritu de oración, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran según las intenciones y los deseos del mismo Señor.

El Adviento es una época muy linda del año. Después de las fiestas de Navidad y de Pascua, quizá es la más linda, porque es una época de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es más lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todavía no había venido, en cambio nosotros sabemos que el Señor ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho más apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

Por otra parte, esa presencia del Señor en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jesús, amándolo y tratándolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho más dulce, mucho más suave, mucho más seguro, mucho más esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegría de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.

Quedémonos, pues, unidos con Jesús, conversemos sobre estos temas, preguntémosle qué nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo más conducente para obtener la plenitud de Navidad que Él sin duda quiere darnos.




 

12月17日

LOS FRUTOS DE DIOS...

 

 

A D V I E N T O

 

Los frutos de Dios nacen del corazón

 

Cada uno de nosotros debe pedir a Dios

que nuestras palabras nunca queden sin fruto.

 Durante el Adviento la Iglesia nos anuncia, de una forma muy clara y muy fuerte, que tenemos que estar atentos para captar la venida del Señor; que constantemente debemos estar preparando la venida de Dios.

Jesucristo en el Evangelio nos pone una parábola en la que narra lo que sucede con unos niños que están en una plaza y les dicen a sus compañeros: "Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; os hemos entonado endechas y no os habéis lamentado". A veces, así podemos ser los seres humanos: Jesucristo nos habla y nos orienta, y nosotros no le hacemos caso, seguimos actuando a nuestro estilo, a nuestro modo, sin preocuparnos demasiado de lo que se nos está diciendo. Lógicamente, el hecho de que hay alguien que anuncia, y el que tiene que recibir el anuncio no quiera recibirlo, tiene sus consecuencias y, a veces, consecuencias muy serias.

La tarea de hacer presente a Cristo, de anunciar la venida del Señor, no es una tarea que se realiza de una forma misteriosa, extraña, sino que es una tarea que se lleva a cabo de una manera particular a través de las mediaciones humanas. Es decir, por medio de diversos precursores que Dios nos va mandando. Sin embargo, cuántas veces el precursor puede no ser recibido, como lo vemos en el Evangelio, cuando Cristo dice: "Vino Juan, que no comía ni bebía y dijeron: ‘Tiene un demonio’. Viene el Hijo del hombre, y dicen: ‘Ese es un glotón y un borracho; amigo de publicanos y gente de mal vivir”.

Lo que estos versículos del Evangelio de San Mateo nos dicen es que el precursor no debe su eficacia ni su fecundidad a si es o no es acogido, a si es o no es recibido, a si es o no es comprendido, sino que el precursor debe su fecundidad al hecho mismo de ejercer su tarea de precursor, al hecho mismo de predicar. O sea, que nosotros en la medida que somos precursores, somos fecundos, somos eficaces. La verdadera fecundidad de todo hombre y de toda mujer en esta vida no está sólo en la medida en que consigue que la gente lo escuche, sino en la medida en que es fiel a su misión. Podrá darse, además, que los otros escuchen y que reciban su palabra, pero la tarea fundamental de todo ser humano es, como dice un salmo: "gozarme en la ley del Señor, cumplir sus mandamientos”.

A cada uno de nosotros el Señor nos manda ser precursores. Y como precursores, nos toca hablar, nos toca manifestar y nos toca proclamar con nuestro testimonio lo que es Dios en la vida del hombre. Podemos ser acogidos y comprendidos y tener grandes éxitos; o por el contrario, podemos no ser recibidos y encontrar, aparentemente, esterilidad. Sin embargo, como dice Jesús en la última frase de este Evangelio: "La sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras”.

Es decir, yo no necesito que otro me diga que estoy actuando bien, que está de acuerdo conmigo, o que el camino que llevo es el correcto; el precursor es fecundo por el simple hecho de proclamar el mensaje de aquel de quien es precursor. Cometeríamos un error si pensáramos que porque no vemos los frutos, estamos siendo infructuosos. Cometeríamos un error si nosotros pensamos que por el simple hecho de que la gente no nos reciba, no estamos siendo fecundos.

Si nosotros queremos ser verdaderos precursores de Cristo es necesario que nunca dejemos de entregarnos, que siempre mantengamos con la misma frescura la donación de nosotros mismos, independientemente de los frutos que veamos. A lo mejor nos moriremos y no veremos los frutos que queríamos obtener. Sin embargo, nosotros no sembramos para esta vida, sembramos para la vida eterna: "Dichoso aquel que no se guía por mundanos criterios [...]. Es como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita”. Los frutos de Dios —nunca lo olvidemos— con mucha frecuencia son frutos interiores, son frutos que nacen del corazón y que a veces se quedan en él.

Cada uno de nosotros tiene que pedirle a Dios que nuestras palabras nunca queden sin fruto. No le pidamos ver los frutos; sólo pidámosle que no seamos obstáculo para que los frutos que, a través de nosotros tengan que darse, se puedan dar, porque si así lo hacemos, en nosotros se está cumpliendo lo que dice la Escritura: "La sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras”.

No busquemos que la sabiduría de Dios se justifique por nuestras obras. Permitamos que sea el Señor, que viene en esta Navidad, el que justifique las obras. Hagamos de este Adviento, días de una especial e intensa purificación interior. Y para lograrlo, hagamos un serio examen para revisar dónde nuestra vida no está sabiendo ser precursora, y roguemos al Señor para que nunca seamos una puerta que cierra el paso a los frutos que Él quiere obtener de los demás, por nuestra mediación.

12月16日

CARTA DE JESÚS

 

 

 

CARTA DE JESÚS



 (Historieta sobre el verdadero sentido de la Navidad)


Querido Amigo:

Hola, te amo mucho. Como sabrás, nos estamos acercando otra vez a la fecha en que festejan mi nacimiento.

El año pasado hicieron una gran fiesta en mi honor y me da la impresión que este año ocurrirá lo mismo. A fin de cuentas ¡llevan meses haciendo compras para la ocasión y casi todos los días han salido anuncios y avisos sobre lo poco que falta para que llegue!

La verdad es que se pasan de la raya, pero es agradable saber que por lo menos un día del año, piensan en mí. Ha transcurrido ya mucho tiempo cuando comprendían y agradecían de corazón lo mucho que hice por toda la humanidad.

Pero hoy en día, da la impresión de que la mayoría de la gente apenas si sabe por qué motivo se celebra mi cumpleaños.

Por otra parte, me gusta que la gente se reúna y lo pase bien y me alegra sobre todo que los niños se diviertan tanto; pero aún así, creo que la mayor parte no sabe bien de qué se trata. ¿No te parece?

Como lo que sucedió, por ejemplo, el año pasado: al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta, pero ¿Puedes creer que ni siquiera me invitaron? ¡Imagínate! ¡Yo era el invitado de honor! ¡Pues se olvidaron por completo de mí!.

Resulta que habían estado preparándose para las fiestas durante dos meses y cuando llegó el gran día me dejaron al margen. Ya me ha pasado tantísimas veces que lo cierto es que no me sorprendió.

Aunque no me invitaron, se me ocurrió colarme sin hacer ruido. Entré y me quedé en mi rincón. ¿Te imaginas que nadie advirtió siquiera mi presencia, ni se dieron cuenta de que yo estaba allí?

Estaban todos bebiendo, riendo y pasándolo en grande, cuando de pronto se presentó un hombre gordo vestido de rojo y barba blanca postiza, gritando: "¡jo, jo, jo!".

Parecía que había bebido más de la cuenta, pero se las arregló para avanzar a tropezones entre los presentes, mientras todos los felicitaban.

Cuando se sentó en un gran sillón, todos los niños, emocionadísimos, se le acercaron corriendo y diciendo: ¡Santa Clos! ¡Cómo si él hubiese sido el homenajeado y toda la fiesta fuera en su honor!

Aguanté aquella "fiesta" hasta donde pude, pero al final tuve que irme. Caminando por la calle me sentí solitario y triste. Lo que más me asombra de cómo celebra la mayoría de la gente el día de mi cumpleaños es que en vez de ofrecerme regalos a mí, ¡se obsequian cosas unos a otros! y para colmo, ¡casi siempre son objetos que ni siquiera les hacen falta!

Te voy a hacer una pregunta: ¿A tí no te parecería extraño que al llegar tu cumpleaños todos tus amigos decidieron celebrarlo haciéndose regalos unos a otros y no te dieran nada a tí? ¡Pues es lo que me pasa a mí cada año!

Una vez alguien me dijo: "Es que tú no eres como los demás, a ti no se te ve nunca; ¿Cómo te  vamos a hacer regalos?". Ya te imaginarás lo que le respondí.

Yo siempre he dicho "Pues regala comida y ropa a los pobres, ayuda a quienes lo necesiten. Ve a visitar a los huérfanos, enfermos y a los que estén en prisión!".

Le dije: "Escucha bien, todo lo que regales a tus semejantes para aliviar su necesidad, ¡Lo contaré como si me lo hubieras dado a mí personalmente!" (Mateo 25,34-40).

Muchas personas en esta época en vez de pensar en regalar, hacen bazares o ventas de garaje, donde venden hasta lo que ni te imaginas con el fin de recaudar hasta el último centavo para sus nuevas compras de Navidad.

Y pensar todo el bien y felicidad que podrían llevar a las colonias marginadas, a los orfanatorios, asilos, penales o familiares de los presos.

Lamentablemente, cada año que pasa es peor. Llega mi cumpleaños y sólo piensan en las compras, en las fiestas y en las vacaciones y yo no pinto para nada en todo esto. Además cada año los regalos de Navidad, pinos y adornos son más sofisticados y más caros, se gastan verdaderas fortunas tratando con esto de impresionar a sus amistades.

Esto sucede inclusive en los templos. Y pensar que yo nací en un pesebre, rodeado de animales porque no había más.

Me agradaría muchísimo más nacer todos los días en el corazón de mis amigos y que me permitieran morar ahí para ayudarles cada día en todas sus dificultades, para que puedan palpar el gran amor que siento por todos; porque no sé si lo sabes, pero hace dos mil años entregué mi vida para salvarte de la muerte y mostrarte el gran amor que te tengo.

Por eso lo que pido es que me dejes entrar en tu corazón. Llevo años tratando de entrar, pero hasta hoy no me has dejado. "Mira yo estoy llamando a la puerta, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos". Confía en mí, abandónate en mí. Este será el mejor regalo que me puedas dar. Gracias


Tu amigo
Jesús


12月15日

EL SEMBRADOR DE NOGALES

 

 

 

SEMBRADOR DE NOGALES


 

 


Un día caminando por el campo,

 vi a un hombre bastante anciano, que estaba cavando un hoyo.

 Intrigado, me acerqué a él para preguntarle qué estaba haciendo.

"A mí siempre me gustaron las nueces", me contestó.

 "Hoy llegaron a mis manos las nueces más exquisitas que probé en mi vida,

así que decidí sembrar una de ellas".

 
Me entristecí al pensar que ese pobre hombre,

 a tan avanzada edad,

 jamás llegaría a probar una de esas nueces.

 "Disculpe, amigo", le dije:

 "Para que un nogal dé frutos deben pasar muchísimos años,

 y dada su edad, es muy probable

que cuando este arbolito de sus primeras nueces,

usted ya haya muerto hace mucho.

¿No ha pensado que tal vez sería más provechoso para usted

sembrar tomates, o melones o sandías,

 que le darán frutos que usted sí podrá saborear?".

El hombre me miró un instante en silencio,

 durante el cual,

 no supe si sentirme muy sagaz por mi observación o muy estúpido.

 Tras unos segundos que me parecieron horas,

 finalmente me contestó:

"Toda mi vida me deleité saboreando nueces,

cosechadas de árboles

cuyos sembradores probablemente jamás llegaron a probar.

 Cuando de nueces se trata,

no le corresponde a quien siembra el ver los frutos.

 Por eso, como yo pude comer nueces gracias a personas generosas

que pensaron en mí al plantarlas,

 yo también planto hoy mi nogal,

sin preocuparme de si veré o no sus frutos.

Sé que estas nueces no serán para mí,

 pero tal vez tus hijos o mis nietos las saborearán algún día."

Y entonces me sentí muy pequeñito y egoísta

por pensar sólo en mí.

 Desde ese día,

 me dediqué a plantar nogales.


12月14日

SER FIEL EN LO PEQUEÑO...

 

 

 

 

 

 COSA GRANDE ES

 SER FIEL EN LO PEQUEÑO



 Sobre la dimensión expansiva de la virtud


Lo recordó un joven empresario.
Es la frase de un conocido poeta alemán:
“Si cada ama de casa barre diariamente el frente de su casa, la ciudad está limpia”.

Lo pequeño es pequeño; pero ser fiel en lo pequeño,
es cosa grande. Gracias al orden del átomo pueden
existir las galaxias. Por eso la mejor prueba de que
alguien quiere, de veras, mejorar el mundo es que
ponga en orden su escritorio o su cocina.

Es la pequeña flama del cerillo que enciende cada
uno en la oscuridad lo que hace que un estadio tenga
luz de mediodía. ¿Qué sería de las montañas sin los
granos de arena? El secreto de las operaciones
complicadísimas de las gigantescas computadoras
que calculan los viajes espaciales son las diminutas
placas de silicio que se portan como minúsculos
interruptores.

“Mi país tiene el puente mas grande del mundo, 
la torre mas alta, la carretera mas larga…”
“Nosotros”, respondía el interlocutor japonés,
“tenemos niños, pinceladas, transistores, flores y
arbolitos enanos… todo es pequeño; pero requiere
una gran paciencia y hace crecer el espíritu,
y se despidió con una breve sonrisa y una leve
caravana.

O. Henry contaba el poder de una hoja de árbol.
Aquel invierno, el pintor murió de pulmonía por
pintarla, a la intemperie, en la ventana de la
muchacha enferma. Ella aseguraba que al caer la
ultima hoja del árbol moriría… pero la hoja nunca
cayó.

Son los granos de arena los que hacen el amplio arco
de las ensenadas, la inmensidad de los desiertos y las
enhiestas escarpaduras de las montañas… son una
gran obra maestra del Creador y del hombre, su
criatura.



12月13日

PREPARAD LOS CAMINOS DEL SEÑOR

 

 

A D V I E N T O

 

¡ PREPARAD LOS CAMINOS DEL SEÑOR ¡

 

Señor, ayúdanos a escuchar tu voz

y preparar tu venida

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan

Juan 1, 6-8. 19-28

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: "¿Quién eres tú?" Él reconoció y no negó quién era. Él afirmó: "Yo no soy el Mesías". De nuevo le preguntaron: "¿Quién eres, pues?¿Eres Elías?" El les respondíó: "No soy". "¿Eres el profeta?" Respondió:"No". Le dijeron: "Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron.¿Qué dices de ti mismo?" Juan les contestó: "Yo soy la voz que grita en el desierto: ´Enderecen el camino del Señor´, como anunció el profeta Isaías". Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos le preguntaron: "Entonces por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta?" Juan les respondió:"Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias". Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.


Reflexión


Uno de los personajes clave que aparecen en escena durante el período del Adviento es Juan el Bautista. Como buen precursor, toma siempre la delantera para preparar la llegada del Mesías y ofrecerle un pueblo bien dispuesto; para “hacer volver –como dice el profeta Malaquías– el corazón de los padres hacia los hijos, y convertir el corazón de los hijos hacia los padres”. Es este mismo profeta quien, refiriéndose a la misión del nuevo Elías, anuncia a Israel esta promesa de parte de Dios: “He aquí que Yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará el camino delante de mí” (Mal 3,1). Y sabemos que Jesús, en el Evangelio, siempre que habla de Elías se refiere a Juan el Bautista.

Pero, ¿quién este Juan Bautista? El evangelista san Juan nos dice que “éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz y para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz”(Jn 1, 7-8). Su misión es, por tanto, hablar en nombre de otro y dar testimonio en favor de otro. ¡Mucha humildad se necesita para cumplir esta misión! Y Juan supo hacerlo de modo excelente, aun a costa de su vida. Cuando se presentaron ante él los sacerdotes y levitas, enviados por las autoridades judías desde Jerusalén, confesó con toda claridad: “Yo no soy el Mesías” –respondió sin rodeos–. Y, sin las falsas modestias típicas de las mojigatas, también declaró que él no era Elías, ni el Profeta. Él, simple y llanamente se autodefinía “la voz”. Sí, “la voz que grita en el desierto”, como dijo Isaías.

Pero, ¿para qué sirve una voz que grita en el desierto? ¿es que alguien puede escucharla? El desierto significa que tenemos que hacer espacios de silencio en la soledad de nuestro interior para acoger esta voz; y también que hemos de saber desprendernos de las cosas materiales que nos disipan y nos distraen para poder concentrarnos en lo esencial.

San Agustín comenta bellamente este pasaje en uno de sus sermones diciendo que “Juan era la voz y Cristo la Palabra eterna del Padre”. El sonido de la voz de Juan permitió a Jesús pronunciar la Palabra de vida y hacerla llegar hasta nuestro corazón. Juan cumplió su misión de voz y desapareció: “Conviene que Él crezca –dirá en otro momento– y que yo disminuya”.

Pero el mensaje de esta voz es de una grandísima profundidad y trascendencia: “Preparad los caminos del Señor” –clama esta voz–. Preparar el alma para la venida –¡ya tan próxima!– de nuestro Redentor, que nace como Niño en carne mortal para salvarnos. Preparar los caminos del Señor significa abandonar el pecado y acercarnos a la gracia; significa aprender a ser humildes, como Juan Bautista, dejar entrar al Señor en nuestro corazón y que Él sea quien rija el destino de nuestra existencia. Significa también estar con el corazón atento para poder descubrir a Dios que viene a nosotros, pues tal vez por su humildad, su silencio y su sencillez, podría pasarnos desapercibido, como sucedió a los judíos: “En medio de vosotros hay uno –les decía el Bautista– a quien no conocéis, al que yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. Que no nos vaya a ocurrir que llegue la Navidad, que pasen estas fiestas y ni nos demos cuenta de lo más importante: ¡el festejado, Jesús!

Ojalá, pues, que seamos dóciles a esta voz que grita en el desierto y sigamos “preparando los caminos del Señor”. Que cuando Cristo venga en esta Navidad nos encuentre a todos con el alma bien dispuesta, prontos para escuchar su palabra, para acoger su mensaje y recibir su salvación. Sólo así las fiestas navideñas dejarán en nuestro corazón un fruto perdurable para siempre.

 

12月12日

ACEPTAR A DIOS EN NUESTRA PROPIA VIDA

 

 

A D V I E N T O

 

ACEPTACIÓN DE DIOS EN NUESTRA PROPIA VIDA

 

Aceptar con todas sus consecuencias,

la venida de Cristo a nuestra vida

 

El Adviento, que es la preparación a la venida de Cristo, lo tomamos como un momento de particular alegría y serenidad. Sin embargo, la Escritura nos advierte de un peligro que podemos correr: el no ser capaces de captar todo lo que la llegada del Señor tiene que dejar en la vida de cada uno de nosotros.

El Evangelio de San Mateo habla del reproche de Cristo a su generación, la cual no fue capaz de entender ni el mensaje del Bautista ni el mensaje del mismo Dios. Es muy importante que nosotros nos demos cuenta que el problema no es la aceptación de un modo u otro de ser; el verdadero problema es el de la aceptación de Dios en la propia vida. Esto es lo que todos nosotros, de cara a esta venida de Cristo, tenemos también que reflexionar. ¿La llegada del Señor es un momento en el cual Jesucristo cuenta más en mi vida? ¿La venida de Jesucristo en esta Navidad es para mí una oportunidad para que mi espíritu se abra más a Dios? ¿O por el contrario, es un momento que se convierte en un dato circunstancial, sin ninguna otra repercusión en mi existencia?

En la lectura del profeta Isaías vemos que Dios es constante en buscar nuestro corazón; no se conforma simplemente en habernos llamado, habernos iluminado y llenarnos con su presencia; no se conforma simplemente con habernos entusiasmado en el seguimiento de su Reino. El profeta Isaías habla de un Dios que pide al pueblo que lo acepte: "Yo soy el Señor tu Dios, el que te instruye en lo que es provechoso, el que te guía por el camino que debes seguir. Ojalá hubieras obedecido mi mandato”. A nosotros nos corresponde poner el esfuerzo por ir siguiendo el camino de Dios, por ir aceptando, en todo momento, el modo en el cual Nuestro Señor nos va hablando.

Por otro lado, Dios no deja de advertir que nuestra existencia podría encontrarse en un determinado momento apartada de Él. La Escritura nos pone una serie de ejemplos que tienen que hacernos reflexionar: "Que nuestra paz sea como un río; que nuestra justicia sea como las olas del mar; que los frutos de nuestra vida sean como los granos de arena, que nuestro nombre esté siempre presente ante Dios”. Estas cuatro imágenes nos indican la forma en que el hombre tiene que ser capaz de vivir aceptando siempre al Señor.

Una paz como un río: En remanso, tranquilo, sereno, que no deja de fluir y de fecundar las orillas; que no deja de llenar todo lo que toca; que no deja de limpiar todos los lugares por los que pasa.

La justicia, como las olas del mar: Una justicia interminable, como nunca se acaban las olas. Pero, al mismo tiempo, una justicia que no tiene ningún obstáculo, como las olas no lo tienen. Una justicia que son nuestras buenas obras, el esfuerzo constante por alcanzar la santidad. Una justicia cimentada en la constancia de cara a Dios Nuestro Señor.

Los frutos de nuestra vida, como los granos de arena: De la misma manera que es imposible contar la arena, y sólo vemos que hay mucha, en nosotros podría haber tantos frutos, que no seríamos capaces de contar. Así sería también nuestra fecundidad si nosotros aceptásemos, en todo momento, a Dios en nuestra vida.

Nuestro nombre en la presencia de Dios: Es decir, el esfuerzo de estar como personas enfrente del Señor. No es simplemente un nombre escrito en un libro, un nombre que se entrega con otros muchos, es mi nombre en la presencia de Dios, que se convierte en la garantía de que Él nos conoce personalmente y nosotros lo conocemos a Él.

Yo les invito, en este Adviento, a reflexionar para que podamos descubrir cuál es el campo de conversión y de transformación que cada uno necesita realizar en su vida de cara a Jesucristo que viene. Hagámoslo como lo hace Cristo siempre: con gran misericordia, con gran bondad y, sobre todo, con una inmensa paz en el corazón, para que no sea con reproche sino por amor, por lo que nosotros aceptamos, con todas sus consecuencias, la venida de Cristo en nuestra vida.

 

12月11日

EL REINO DE LOS CIELOS. . .



EL REINO DE LOS CIELOS EXIGE ESFUERZO

 

Pongamos lo mejor de nosotros.

pero sobre todo,

abramos el corazón a la misericordia de Dios

 

 Cuando uno ve que la vida de una persona, de un amigo o de alguien muy querido está siendo un desierto, está siendo estéril, podría pensar que de alguna forma Dios lo ha abandonado. Sin embargo, cuando se presentan esta clase de situaciones, uno tendría que pensar en las palabras del Profeta Isaías: "Yo, el Señor, les daré una respuesta".

¿Cuál es la respuesta que nos da el Señor? Él nos invita a trabajar, a esforzarnos, a no quedarnos con la impresión de haber cumplido porque le puse un poquito de esfuerzo, a no creer que yo ya puse mi parte y que ahora les toca a los demás poner la suya. No debemos pensar que como lo hemos intentado una, dos, tres veces, ya hemos cumplido. No se trata de intentar, se trata de realizar. Y de realizar el testimonio cristiano, la presencia de Jesucristo en nuestra vida.

Quienes son tibios, quienes se quedan en la mediocridad, quienes no son capaces de resistir el esfuerzo constante, el desgaste tremendo que supone el predicar, anunciar y ser testigo en una sociedad indiferente, la mayoría de las veces, a la Palabra de Dios, nunca lograrán conquistar el Reino de los Cielos, de ningún modo alcanzarán la riqueza que Dios nos puede dar.

La respuesta que el Señor da es su ayuda, su presencia cerca de nosotros. Pero, requiere por nuestra parte, un trabajo de acompañamiento a la Palabra de Dios por medio de la respuesta de nuestra libertad y de nuestra voluntad.

"Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos exige esfuerzo, y los esforzados lo conquistarán". Cristo se convierte para nosotros en el trofeo que tenemos que conquistar. El Reino de Cristo se convierte para nosotros en la misión con la que tenemos que batallar todos los días.

Qué fácil es —y lo vemos con frecuencia— empezar a hacer buenas obras. ¡Qué fácil es comenzar apostolados, qué fácil es empezar trabajos, qué fácil es hacer que otros se acerquen a Jesucristo... , pero qué difícil es terminar, qué difícil llegar hasta el final! Todos podemos sentirnos ilusionados con una medalla en el pecho porque emprendimos y porque comenzamos. Pero, ¿lo acabaste? Más aún, ¿terminaste con toda la grandeza que esa semilla de Dios tenía que producir por medio de tu trabajo?
Recordemos que no solamente es obra nuestra, es Dios quien nos da la mano. Pero, para que las obras del Señor den frutos, nuestra libertad tiene que estar dispuesta a colaborar con Él. Los grandes proyectos de vida cristiana no van a depender mucho de si nosotros hicimos, organizamos, lo manejamos, subimos o bajamos, sino sobre todo, van a depender de si en nuestro interior —a veces desértico, a veces un yermo—, hemos permitido a Dios actuar. Y actuar con toda la potencia, con toda la fuerza y con toda la fecundidad espiritual que Él quiere para cada uno de nosotros.

"Adviertan y entiendan, de una vez por todas, que es la mano del Señor la que hace esto, que es el Señor de Israel quien lo crea". No somos nosotros quienes lo hacemos; es la mano del Señor quien lo hace. A nosotros nos toca corresponder con generosidad. Esforcémonos, pongamos lo mejor de nosotros, pero sobre todo, abramos el corazón a la misericordia de Dios que viene para que nuestra existencia sea una vida cada vez más llena de la luz que el Señor quiere darnos, que el Señor viene a traer a nuestro corazón para consolarlo, para fortalecerlo, para hacerlo fecundo, para transformarlo y, transformado, hacerlo transformante del mundo que nos rodea.

No creo que nosotros estemos llamados a misiones sobre humanas, sin embargo, no permitamos que nuestra pequeña y corta visión impida la grandeza de la manifestación del Señor en cada una de nuestras vidas, pues sólo así podremos vivir en la Iglesia un verdadero compromiso cristiano, seguros de que el Dios de Israel no nos abandonará.





12月10日

UN MILAGRO EN CADA VIDA

 

 

EN CADA VIDA HAY UN MILAGRO

 

A D V I E N T O

 

El poder de Dios está por encima

de los poderes de los hombres

 

  Recordemos que cuando los profetas, bajo el influjo de la cultura palestina, piensan y hablan de los vergeles y de los bosques, están haciéndolo desde un contexto en que lo normal es la sequedad, el calor, la infertilidad; situaciones, todas ellas, que el pueblo judío no podía solucionar. Por eso, cuando el Profeta Isaías nos dice que el Líbano está a punto de convertirse en un vergel, y el vergel en un bosque, así como los signos con los que expresa la presencia de Dios, el Día del Señor —los sordos que oyen, los ciegos que ven, los oprimidos que se alegran en el Señor, los pobres que se gozan en el Santo de Israel— está vinculándolo con situaciones que el hombre no puede transformar.

Así es como Dios llega a nuestra vida; muchas veces lo hace a través de nuestras dificultades y problemas. Yo creo que, de una manera o de otra, el acercamiento a Dios, en cada uno de nosotros, no ha sido porque nos pareció bien o porque nos convencimos racionalmente. Cuántas veces nuestro acercamiento al Señor ha sido a través de un momento de dificultad, de cruz, de angustia, de soledad. ¡Cuántas veces hemos sido rescatados por Él, con su mano misericordiosa, de nuestras debilidades!

Así también se van realizando en nuestras vidas los signos de la presencia de Dios, del Día del Señor. Signos que indican que el poder de Dios está por encima de los poderes de los hombres, de nuestras posibilidades; que el poder de Dios es capaz de hacer aquello que nosotros solos no podemos llevar a cabo.

Es muy importante el reflexionar que el Señor quiere venir a nuestra vida para enseñarnos que Él es el que tiene el poder, que es el único que puede realizar lo que a nosotros nos parecería imposible. ¿Quién puede hacer que un ciego vea? ¿Quién puede hacer que un sordo oiga unas palabras? ¿Quién puede hacer que un oprimido se alegre y un pobre goce? Solamente Dios, porque nosotros más bien nos encontramos con que cuanto más avanza la civilización, más difícil es hacer que un corazón dolorido sane, se cure, se libere de sus penas.

Ahora bien, a veces nos podría pasar que se nos acostumbrase el alma a todos los signos de Dios, y que todos los beneficios que el Señor nos ha dado, acabásemos tomándolos como normales. Reflexionemos: ¡Cuánto ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¿De dónde nos ha sacado? ¿Cómo nos ha llamado? ¿Cómo nos ha arropado? ¿Cómo nos ha amado? ¿Cómo se ha ido fijando en nosotros? ¡Con qué delicadeza nos ha ido llevando! ¡Con qué amor, con qué ternura el Señor ha ido haciendo que nuestra vida tenga un constante progreso espiritual!

Si consideramos todo esto, tenemos que darnos cuenta que no es algo normal. El alma no puede conformarse como si esto fuese una situación dada, como algo que no podría haber sido de otra manera, porque no es así. En toda vida hay un milagro, que es el camino de Dios en cada uno de nosotros.

Sin embargo, las obras de Dios en la vida del ser humano requieren, por nuestra parte, un esfuerzo. Nosotros tenemos que acoger, desarrollar y hacer crecer ese don. Y es lo que el Señor en el Evangelio de San Mateo nos dice cuando, antes de realizar el milagro en los ciegos, antes de que se realice el signo de la presencia de Cristo que el profeta anunciaba, les pregunta a los ciegos: “¿Creen que puedo hacerlo?”. Ellos le responden: “Sí Señor”. “Entonces les tocó los ojos y les dijo: que se haga en ustedes conforme a su fe”.

La fe que tengamos en Dios es la única condición que el Señor pone al hombre para salir de los problemas, de las dudas, para enfrentar las dificultades, para crecer en nuestros gozos, para ilusionarnos en nuestras felicidades. La fe como condición de crecimiento, como condición de presencia de Dios. Una fe que es la certeza, en la obscuridad, de que Dios puede hacer todo aquello que nosotros no podemos hacer. La fe es un don de Dios que solos no podemos alcanzar, es por eso que la debemos pedir todos los días como un regalo que Cristo puede darnos.

El salmo 26 dice: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”. ¿Puedo yo afirmar estas palabras? ¿Puedo decir que esto es un retrato de mi existencia? ¿Puedo tomar esta frase y hacerla el lema de mi vida?

¡Cuántas veces nuestros problemas de generosidad, de caridad y de entrega, o problemas en el ámbito conyugal, familiar y social no son sino problemas de fe en Dios, porque nos olvidamos de que Él es capaz de caminar por nuestra vida con sus caminos, aunque no los entendamos!

Pongámonos en este Adviento en camino hacia ese encuentro con la fe en Cristo. Una fe que nos lleve a permitirle al Señor realizar en nosotros todos los milagros que Él quiere llevar a cabo. Para que con esa fe seamos capaces de darles a conocer a nuestros hermanos, los hombres, muy especialmente a nuestras familias, todo lo que vamos descubriendo. Y sobre todo, transmitirles que también en sus corazones se puede producir el mismo milagro que se ha realizado, con la gracia y misericordia de Dios, en cada uno de nosotros.