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12月30日 PETICIÓN
Oración al terminar el año Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI. Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol; por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir. Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mi y los que están más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría. Pero también Señor, hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón. Hoy te pido para mi y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz. Cierra Tu mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre, en cambio, mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones, y las derrame a mi paso por doquier. Cólmame de bondad y de alegría para que cuantos conviven conmigo o se acerquen a mi encuentren en mi vida un poquito de TI. Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad. Con humildad todo esto Te pido, Señor. LA FAMILIA12月29日 LA PRESENTACION DE JESUS...LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO
Lucas 2, 22-35
Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones. Tampoco hacía falta presentar al Niño al Templo, pues era más correcto que el Templo se presentase ante el mismo Dios hecho hombre. Pero así quisieron hacerlo José y María. No querían los padres escapar a ningún precepto de la ley de Moisés. Simplemente amaban a Dios con toda el alma y querían darle gusto hasta en los mínimos detalles. No se sentían obligados, obedecían por puro amor. La ley prescribía el sacrificio de un cordero para las familias con recursos económicos, o un par de tórtolas si eran pobres. tuvo una repercusión trascendental en la vida de Simeón y de Ana. De esta manera cumplió Dios lo que había prometido al justo y piadoso Simeón por una revelación particular del Espíritu Santo por la que “no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor”. en la importancia que tiene para los demás nuestra fidelidad a Dios. Cumplir con nuestros deberes religiosos es fuente de bendiciones para los demás. Aunque no sea esa nuestra intención, podemos cambiar la vida de otras personas, como le sucedió a Simeón cuando la Virgen y su esposo acudieron al Templo. 12月27日 LOS SANTOS INOCENTESLOS SANTOS INOCENTES
(DE CÓMO DIOS HACE FRACASAR LOD PLANES DE LOS MALVADOS)
Hoy celebramos la fiesta de los Niños Inocentes que mandó matar el cruel Herodes.
Nos cuenta el Evangelio de San Mateo que unos Magos llegaron a Jerusalén preguntando dónde había nacido el futuro rey de Israel, pues habían visto aparecer su estrella en el oriente, y recordaban la profecía del Antiguo Testamento que decía: "Cuando aparezca una nueva estrella en Israel, es que ha nacido un nuevo rey que reinará sobre todas las naciones" (Números 24, 17) y por eso se habían venido de sus lejanas tierras a adorar al recién nacido. Dice San Mateo que Herodes se asustó mucho con esta noticia y la ciudad de Jerusalén se conmovió ante el anuncio tan importante de que ahora sí había nacido el rey que iba a gobernar el mundo entero. Herodes era tan terriblemente celoso contra cualquiera que quisiera reemplazarlo en el puesto de gobernante del país que había asesinado a dos de sus esposas y asesinó también a varios de sus hijos, porque tenía temor de que pudieran tratar de reemplazarlo por otro. Llevaba muchos años gobernando de la manera más cruel y feroz, y estaba resuelto a mandar matar a todo el que pretendiera ser rey de Israel. Por eso la noticia de que acababa de nacer un niñito que iba a ser rey poderosísimo, lo llenó de temor y dispuso tomar medidas para precaverse. Herodes mandó llamar a los especialistas en Biblia (a los Sumos Sacerdotes y a los escribas) y les preguntó en qué sitio exacto tenía que nacer el rey de Israel que habían anunciado los profetas. Ellos le contestaron: "Tiene que ser en Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas diciendo: "Y tú, Belén, no eres la menor entre las ciudades de Judá, porque de ti saldrá el jefe que será el pastor de mi pueblo de Israel" (Miq. 5, 1). Entonces Herodes se propuso averiguar bien exactamente dónde estaba el para después mandar a sus soldados a que lo mataran. Y fingiendo todo lo contrario, les dijo a los Magos: - "Vayan y se informan bien acerca de ese niño, y cuando lo encuentren vienen y me informan, para ir yo también a adorarlo". Los magos se fueron a Belén guiados por la estrella que se les apareció otra vez, al salir de Jerusalén, y llenos de alegría encontraron al Divino Niño Jesús junto a la Virgen María y San José; lo adoraron y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Y sucedió que en sueños recibieron un aviso de Dios de que no volvieran a Jerusalén y regresaron a sus países por otros caminos, y el pérfido Herodes se quedó sin saber dónde estaba el recién nacido. Esto lo enfureció hasta el extremo. Entonces rodeó con su ejército la pequeña ciudad de Belén, y mandó a sus soldados a que mataran a todos los niñitos menores de dos años, en la ciudad y sus alrededores. Ya podemos imaginar la terribilísima angustia para los papás de los niños al ver que a sus casas llegaban los herodianos y ante sus ojos asesinaban a su hijo tan querido. Con razón el emperador César Augusto decía con burla que ante Herodes era más peligroso ser Hijo (Huios) que cerdo (Hus), porque a los hijos los mataba sin compasión, en cambio a los cerdos no, porque entre los judíos esta prohibido comer carne de ese animal. San Mateo dice que en ese día se cumplió lo que había avisado el profeta Jeremías: "Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen" (Jer. 31, 15). Como el hombre propone y Dios dispone, sucedió que un ángel vino la noche anterior y avisó a José para que saliera huyendo hacia Egipto, y así cuando llegaron los asesinos, ya no pudieron encontrar al niño que buscaban para matar. Y aquellos 30 niños inocentes, volaron al cielo a recibir el premio de las almas que no tienen mancha y a orar por sus afligidos padres y pedir para ellos bendiciones. Y que rueguen también por nosotros, pobres y manchados que no somos nada inocentes sino muy necesitados del perdón de Dios.
12月26日 SAN ESTEBAN PROTOMARTIRFIESTA DE SAN ESRTEBAN PROTOMÁRTIR
(NO OS PREOCUPÉIS POR LO QUE OS PUEDAN HACER)
Mat. 10, 17-22
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles:
"Cuidaos de la gente, porque os llevarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas,
os llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa;
así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos.
Pero, cuando os enjuicien,
no estéis preocupados por lo que vais a decir o por la forma de decirlo,
porque, en ese momento se os inspirará lo que habéis de decir.
Pues no seréis vosotros los que habléis,
sino el Espíritu de mi Padre el que hablará por vosotros.
El hermano entregará al hermano a la muerte, y el padre a su hijo;
los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán;
todos os odiarán a vosotros por mi causa,
pero el que persevere hasta el fin se salvará.
Reflexión La advertencia del Señor de guardarnos de los hombres está precedida en el Evangelio por la invitación
de ser “prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas”.
Nuestro Señor Jesucristo no se hacía ilusiones acerca de los hombres.
Conociendo lo que había en el hombre (Jn 2, 25), sólo se confiaba a aquellos,
que buscaban ante todo la mayor gloria de Dios, no sus propios intereses.
La prudencia y la sencillez no son virtudes que se excluyen mutuamente, sino que pueden complementarse,
llegando a formar en el hombre un hermoso equilibrio.
La serpiente y la paloma tienen cada una su propio hábitat. Mientras que la serpiente se desliza en el suelo,
la paloma se lanza por los aires.
Así también el seguidor de Jesucristo
debe tener los pies firmemente puestos sobre la tierra,
pero su corazón debe aspirar siempre hacia lo alto.
Al encontrar apoyo en el suelo, la serpiente nunca cae. Así el cristiano también está prevenido para no exponerse al peligro,
sobre todo evitando el pecado y la tibieza.
Además, la serpiente no tiene brazos,
así se convierte en imagen del hombre que no se apega a nada,
porque usa las cosas como si no le pertenecieran,
precisamente “deslizándose” entre ellas, palpándolo todo y refiriéndolo a Dios.
En tiempos antiguos los hombres se servían de las palomas para enviar correo de un lugar a otro.
Así, la paloma es símbolo del que tiene una misión, un mensaje,
del cristiano que debe poseer una familiaridad profunda con las cosas de Dios,
para poder dar testimonio de ellas ante los demás.
Por eso, el verdadero cristiano no es ni soñador, ni terrenal, sino cándido y transparente en sus intenciones,
práctico y realista al ponerlas por obra.
Hoy celebramos la fiesta del primer testigo de Cristo: San Esteban. Poco antes de morir apedreado por sus enemigos
y dando testimonio de Cristo,
Esteban repite casi literalmente las palabras de Cristo:
"Señor Jesús, recibe mi espíritu" y lanzando un grito final:
"Señor, no les tengas en cuenta este pecado".
Jesús les había anunciado persecuciones y arrestos por su causa.
Seamos esos testigos de Cristo, con garra, con amor a ese Dios que se ha hecho hombre por amor a los hombres.
¿TIENES CLARO QUÉ ES NAVIDAD?
ES MUY CONVENIENTE TENER CLARO
QUÉ ES NAVIDAD Y QUÉ NO LO ES
En esta Navidad las gentes también dirigen su mirada a Belén. Todos, admirados o indiferentes, despiertos y somnolientos, santos pecadores, sanos y enfermos, jóvenes y adultos, niños y ancianos, todos miran hacia Belén Ahora bien, ¿entendemos todos lo que allí, en Belén, se juega? ¿Ha nacido en cada uno de nosotros ese Niño Dios?
Tengamos muy claro que: Navidad no son las luces de colores, ni las guirnaldas que adornan las puertas y ventanas de la casa, ni las avenidas engalanadas, ni los árboles decorados con cintas y bolas brillantes, ni la pólvora que ilumina y truena. Navidad no son los almacenes en oferta. Navidad no son los regalos que damos o recibimos, ni las tarjetas que enviamos a los amigos, ni las fiestas que celebramos. Navidad no son Papá Noel, ni santa Claus, ni los Reyes Magos que traen regalos. Navidad no son las comidas especiales. Navidad no es ni siquiera el pesebre que construimos, ni la novena que rezamos, ni los villancicos que alegres cantamos. Navidad es Dios que se hace hombre como nosotros porque nos ama y nos pide un rincón de nuestro corazón para nacer. Por eso, ser hombre es tremendamente importante, pues Dios quiso hacerse hombre. Y hay que llevar nuestra dignidad humana como la llevó el Hijo de Dios Encarnado. Por eso, Navidad es tremendamente exigente porque Dios pide a gritos un hueco limpio en nuestra alma para nacer un año más. ¿Se lo daremos? Navidad es una joven virgen que da a luz al Hijo de Dios. Por eso, dar a luz es tremendamente importante a la luz de la Encarnación, porque Dios quiso que una mujer del género humano le diese a luz en una gruta de Belén. Tener un hijo es tremendamente comprometedor, pues Jesús fue dado a luz por María. No es lo mismo tener o tener un hijo; no es lo mismo querer tenerlo o no tenerlo. Navidad invita al don de la vida, no a impedir la vida. Navidad es un niño pequeño recostado en un pesebre. Por eso es tan tremendamente importante ser niño, y niño inocente, al que debemos educar, cuidar, tener cariño, darle buen ejemplo, alimentarle en el cuerpo y en el alma... como hizo María. Y no explotar al niño, y no escandalizar a los niños, y no abofetear a los niños, y no insultar a los niños. Navidad son ángeles que cantan y traen la paz de los cielos a la tierra. Por eso, es tremendamente importante hacer caso a los ángeles, no jugar con ellos a supersticiones y malabarismos mágicos, sino encomendarles nuestra vida para que nos ayuden en el camino hacia el cielo y hacerles caso a sus inspiraciones. Por eso es tremendamente importante ser constructores de paz y no fautores de guerras. Navidad son pastores que se acercan desde su humildad, limpieza y sencillez. Por eso es tan importante que no hagamos discriminaciones a nadie, y que si tenemos que dar preferencia a alguien que sea a los pobres, humildes, ignorantes. Quien se toma en serio la Encarnación del Hijo de Dios tiene que dar cabida en su corazón a los más desvalidos de la sociedad, pues de ellos es el Reino de los cielos. Navidad es esa estrella en mi camino que luce y me invita a seguirla, aunque tenga que caminar por desiertos polvorientos, por caminos de dudas cuando desaparece esa estrella. La Encarnación me compromete tremendamente a hacer caso a todos esos signos que Dios me envía para que me encamine hacia Belén, siguiendo el claroscuro de la fe. Navidad es anticipo de la Eucaristía, porque allí, en Belén, hay sacrificio y ¡cuan costoso!, y banquete de luz y virtudes, y cuan surtidas las virtudes de Jesús que nos sirve desde el pesebre: humildad, obediencia, pureza, silencio, pobreza...; y las de María: pureza, fe, generosidad... y las de José: fe, confianza, silencio!, y Belén es , finalmente, presencia que consuela, que anima y que sonríe. Belén es Eucaristía anticipada y en germen. Belén es tierra del pan... y ese pan tierno de Jesús necesitaba cocerse durante esos años de vida oculta y pública, hasta llegar al horno del Cenáculo y Calvario. Y hasta nosotros llega ese pan de Belén en cada misa Navidad es ternura, bondad, sencillez, humildad. Por eso, meterse en Belén es muy comprometedor, pues Dios Encarnado sólo bendice y sonríe al humilde y sencillo de corazón. Navidad es una luz en medio de la oscuridad. Por eso la Encarnación es misterio tremendo que nos ciega por tanta luz y disipa todas nuestras zonas oscuras. Meterse en el portal de Belén es comprometerse a dejarse iluminar por esa luz tremenda y purificadora. Navidad es esperanza para los que no tienen esperanza. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos lanza en ese Dios Encarnado que nos viene a dar el sentido último de nuestra vida humana. Navidad es entrega, don, generosidad. Dios Padre nos da a su Hijo, María nos ofrece a su Hijo. Por eso quien medita en la Encarnación no puede tener actitudes tacañas. Navidad es alegría para los tristes, es fe para los que tienen miedo de creer, es solidaridad con los pobres y débiles, es reconciliación, es misericordia y perdón, es amor para todos. ¿Entendemos el tremendo compromiso, si entramos en Belén? Quiera el Señor que tras la meditación de estas páginas vislumbremos un poco más el misterio de Belén, el misterio de la Navidad, el misterio de este Dios Encarnado. ¿Castañuelas, panderetas y zambombas? ¡Bien! Pero no olvidemos el compromiso de este Dios Encarnado...pues en cuanto comience a hablar nos va a pedir: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Entonces nos darán ganas de tirar a una esquina la pandereta, las castañuelas y comenzar a escuchar a ese Dios Encarnado que por amor a nosotros toma la iniciativa de venir a este mundo, para enseñarnos el camino del bien, del amor, de la paz y de la verdadera justicia. FELIZ NAVIDAD
12月24日 CARTA DE JESÚS
CARTA DE JESÚS (UNA HISTORIA SOBRE EL VERDADERO SENTIDO DE LA NAVIDAD)
Querido Amigo: Hola, te amo mucho. Como sabrás, de nuevo estamos en Noche Buena la fecha en que festejan mi nacimiento. y me da la impresión que este año va a ocurrir lo mismo. A fin de cuentas ¡ ya llevan meses haciendo compras para la ocasión y casi todos los días han salido anuncios y avisos sobre lo poco que falta para que llegue! pero es agradable saber que por lo menos un día del año, piensan en mí. Ha transcurrido ya mucho tiempo cuando comprendían y agradecían de corazón lo mucho que hice por toda la humanidad. da la impresión de que la mayoría de la gente apenas si sabe por qué motivo se celebra mi cumpleaños. y me alegra sobre todo que los niños se diviertan tanto; pero aún así, creo que la mayor parte no sabe bien de qué se trata. ¿No te parece? al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta, pero ¿Puedes creer que ni siquiera me invitaron? ¡Imagínate! ¡Yo era el invitado de honor! ¡Pues se olvidaron por completo de mí!. y cuando llegó el gran día me dejaron al margen. Ya me ha pasado tantísimas veces que lo cierto es que no me sorprendió. Entré y me quedé en mi rincón. ¿Te imaginas que nadie advirtió siquiera mi presencia, ni se dieron cuenta de que yo estaba allí? cuando de pronto se presentó un hombre gordo vestido de rojo y barba blanca postiza, gritando: "¡jo, jo, jo!". pero se las arregló para avanzar a tropezones entre los presentes, mientras todos lo felicitaban. todos los niños, emocionadísimos, se le acercaron corriendo y diciendo: ¡Santa Clos! ¡Cómo si él hubiese sido el homenajeado y toda la fiesta fuera en su honor! pero al final tuve que irme. Caminando por la calle me sentí solitario y triste. Lo que más me asombra de cómo celebra la mayoría de la gente el día de mi cumpleaños es que en vez de hacerme regalos a mí, ¡se obsequian cosas unos a otros! y para colmo, ¡casi siempre son objetos que ni siquiera les hacen falta! ¿A tí no te parecería extraño que al llegar tu cumpleaños todos tus amigos decidieron celebrarlo haciéndose regalos unos a otros y no te dieran nada a tí? ¡Pues es lo que me pasa a mí cada año! "Es que tú no eres como los demás, a ti no se te ve nunca; ¿Cómo es que te vamos a hacer regalos?". Ya te imaginarás lo que le respondí. "Pues regala comida y ropa a los pobres, ayuda a quienes lo necesiten. Ve a visitar a los huérfanos, enfermos y a los que estén en prisión!". todo lo que regales a tus semejantes para aliviar su necesidad, ¡Lo contaré como si me lo hubieras dado a mí personalmente!" (Mateo 25,34-40). hacen bazares o ventas de garaje, donde venden hasta lo que ni te imaginas con el fin de recaudar hasta el último centavo para sus nuevas compras de Navidad. a los orfanatorios, asilos, penales o familiares de los presos. Llega mi cumpleaños y sólo piensan en las compras, en las fiestas y en las vacaciones y yo no pinto para nada en todo esto. Además cada año los regalos de Navidad, pinos y adornos son más sofisticados y más caros, se gastan verdaderas fortunas tratando con esto de impresionar a sus amistades. Y pensar que yo nací en un pesebre, rodeado de animales porque no había más. y que me permitieran morar ahí para ayudarles cada día en todas sus dificultades, para que puedan palpar el gran amor que siento por todos; porque no sé si lo sabes, pero hace dos mil años entregué mi vida para salvarte de la muerte y mostrarte el gran amor que te tengo. Llevo años tratando de entrar, pero hasta hoy no me has dejado. "Mira yo estoy llamando a la puerta, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos". Confía en mí, abandónate en mí. Este será el mejor regalo que me puedas dar. Gracias
12月23日 EL ROSTRO DE LA NAVIDADEL ROSTRO PROFUNDO DE LA NAVIDAD
Cada Adviento tendríamos que saber convertirlo en un hermoso momento
para preguntarnos quién es Dios para nosotros.
Si Dios es Alguien que influye, que transforma, que exige en nuestras vidas;
o si, por el contrario, Dios es Alguien con el cual nos podemos permitir cierta indiferencia.
En la proclamación del profeta Isaías está centrada una frase que se repite una y otra vez:
“Yo soy el Señor, y no hay otro”.
En las palabras del profeta está encerrado
lo que tiene que significar Dios en nuestra existencia.
No puede haber otro señor en nuestra vida que no sea Dios.
Y sin embargo, sin darnos cuenta nos dejamos atrapar por otros señores,
que son los que acaban mandando en nuestra existencia.
Dice Jesús en el Evangelio de San Lucas: “No se puede servir a dos amos”. No se puede servir a dos señores.
¿Cuáles son los otros señores?
Los otros señores son a veces nuestro servicio a las cosas materiales,
en vez de a las cosas de Dios.
Cuando la ley fundamental de nuestra vida es la comodidad,
ése es nuestro señor.
Cuando la ley fundamental de nuestra vida es el egoísmo,
ése es nuestro señor.
Cuando nuestro corazón se cierra a los planes de Dios en nosotros,
y somos nosotros los que diseñamos los planes
y luego le ponemos una etiqueta que dice ‘Dios’, para quedarnos a gusto,
ése es nuestro señor.
Cuando, a lo mejor, la soberbia es la que manda, ése es otro señor.
Y sin embargo, el profeta insiste una y otra vez: “Yo soy el Señor; y no hay otro”. Esta insistencia nos hace ver que en verdad,
Él es el único capaz de sacarnos adelante,
por muchas dificultades en las que podamos o queramos meternos.
Constantemente tenemos que decidir a qué señor queremos servir. Pudiera ser que al analizar mi vida
me dé cuenta de que vivo enredado en un montón de situaciones frívolas,
ligeras y superficiales.
¿Quiero yo servir al dios de la banalidad o de la frivolidad?
¿Cómo podemos saber cuál es nuestro señor?
¿A qué señor quiero yo servir?
Analiza con mucha sinceridad, con mucha autenticidad
quién es el que ocupa tu corazón.
Si a lo largo del día te encuentras pensando en cosas materiales,
no como medio, sino como fin, ése es tu señor.
Si a lo largo del día te encuentras pensando más en el qué dirán
que en cómo servir al Señor, ése es tu señor.
Sin embargo, esto no llena el corazón, sólo lo entretiene. Y de hecho, la pregunta que Juan el Bautista le hace a Jesús,
es una pregunta que nosotros tendríamos que hacernos muy seguido
cuando nuestro corazón se inclina hacia lo intrascendente y superficial.
“¿Eres Tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”.
Y si somos sinceros, escucharemos la respuesta muy clara:
“Yo no soy, yo nada más estoy aquí para entretenerte”.
Y si le preguntamos a la moda y le preguntamos a la superficialidad
y le preguntamos a la opinión de los demás
y le preguntamos al respeto humano y le preguntamos a la pereza:
“¿Eres tú el Mesías, o tengo que esperar a otro?”
Si somos sinceros, escucharemos la misma respuesta:
“Yo no soy, yo estoy aquí nada más para entretenerte”.
¡Qué serio y qué fuerte es esto! Porque cuánta gente vive sólo y nada más de eso y para eso.
Y ahora que llega la Navidad, nos enredamos en la historia del arbolito
y en las luces y en los regalos y en la fiesta y en el viaje;
nos enredamos en esos señores, como si ellos fueran el Mesías.
Cada uno tendría que preguntarse con mucha sinceridad: ¿Quién es mi Mesías?
Solamente Aquél que es capaz de curar la ceguera del corazón;
solamente Aquél que es capaz de hacer caminar lo que está atorado en el alma; solamente Aquél que es capaz de limpiar esa lepra con la que, a veces,
nuestras virtudes están anidadas sin poderse mover;
solamente Aquél que es capaz de quitarnos la sordera al Espíritu Santo en el alma; solamente Aquél que es capaz de resucitar la muerte
que, a veces, está en nuestro corazón.
Solamente el que es capaz de que los ciegos vean,
el que es capaz de que los cojos anden,
el que es capaz de que los leprosos queden limpios,
el que es capaz de que los sordos oigan
y de que los muertos resuciten, es el Mesías.
Y aunque nosotros en Navidad vemos a Jesucristo como un bebé muy hermoso, en un pesebre,
la palabra de Jesús es muy seria:
“Será feliz aquél que no se escandalice de Mí”;
será feliz aquél que sea capaz de traspasar ese rostro superficial de la Navidad
y se deje enamorar por el rostro profundo de la Navidad:
el rostro de un Dios que quiere ser el primer amor,
el amor verdadero de tu vida.
Todos sabemos que quedarnos en la superficie de las cosas nunca compromete, en ningún ámbito de la vida.
Quedarte en la superficie de la educación de tus hijos, no te compromete;
quedarte en la superficie del matrimonio
e ir pasando un año, dos, tres y veinte, no te compromete;
quedarte en la superficie de un servicio a los demás, no te compromete.
“Dichoso aquél que no se escandalice”,
dichoso es aquél que es capaz de entender el rostro profundo de la Navidad,
que es el rostro de un Dios que viene a tu vida
para decirnos que El sí es el que tiene que venir,
que no hace falta que esperemos a otro,
que nadie más que El nos va a salvar.
12月22日 ESPIRITUALIDAD DE LA NAVIDADESPIRITUALIDAD DE LA NAVIDAD
El Adviento nos dice:
Dios está en camino, ya llega,
preparadle la senda, salid a su encuentro.
La Navidad confirma: Dios ha venido. Está aquí.
El tiempo se ha convertido en acontecimiento.
La Navidad invita a todos
a contemplar gozosos el rostro esplendoroso de Dios
encarnado en la ternura de un Niño.
La Navidad no es un mero recuerdo,
es una vivencia, un espíritu, una acogida, una entrega, un encuentro.
La celebración y experiencia religiosa de la Navidad
nos pone en contacto con una serie de realidades rebosantes de vigor espiritual. Son factores capaces de transformarnos en auténticos hijos de Dios
a quienes Cristo hecho hombre
hace partícipes de su propia condición o santidad.
Pujanza de la Navidad
Os ofrezco a continuación un ramillete de esas riquezas espirituales,
auténticos dones divinos capaces de transformarnos en imágenes vivas de Dios, que dan sentido y valor a la celebración siempre nueva en la Navidad.
Pueden ser fuente de inspiración práctica para vivir la Navidad
y así convendría leerlos.
Con la Navidad tornan al mundo la alegría, la esperanza y la vida:
la alegría de saber que Dios nos ama;
la esperanza que genera el hecho de que Dios nos haya hecho hijos en el Hijo,
y coherederos con Cristo;
y la vida que Él nos trae liberándonos de la esclavitaud del pecado
y de la muerte.
Dios mismo se ha hecho visible en el rostro de un Niño sencillo y pobre,
pero rico en amor a todos.
La Navidad requiere que nos dejemos invadir por este pensamiento.
"El Hijo de Dios -como decía san Ireneo- se ha hecho hombre
para que el hombre, unido al Verbo pudiera recibir la adopción
y llegar a ser Hijo de Dios"
Este es el gran regalo de la Navidad
que nos devuelve la alegría de la filiación divina,
nos da a Jesús como hermano y amigo
y nos hace hermanos solidarios con todos.
La Navidad nos incita a renacer y a afianzarnos de nuevo en la fe,
convencidos de que el hombre y Dios han encontrado en Jesús
una auténtica comunión de vida.
La paz en la tierra y la gloria en el cielo, proclamadas por los ángeles,
son dos regalos inapreciables
que brinda la Navidad como don, compromiso y misión.
La celebración eucarística de la Navidad
hace entrar al discípulo de Jesús
en el estilo de vida propio de los hijos de Dios
dándoles la posibilidad de comportarse como Él,
romper con el pecado,
practicar la justicia que Él nos trajo,
observar los mandamientos de Dios,
sobre todo el del amor que Él tuvo y tiene a todos.
La aparición de la "gracia de Dios",
al tiempo que trae salvación para toda la familia humana,
nos enseña y da fuerzas para rechazar lo que no es digno de los hijos de Dios
y nos impulsa a vivir con austeridad, justicia y piedad en este mundo.
La vivencia de la Navidad supone, como supuso para María,
concebir y engendrar a Cristo en el propio corazón:
hacerlo presente en la propia vida.
Como Cristo nació por razón de obediencia al Padre,
así también nace cada día en quien lo acoge en actitud de obediente escucha.
Así como Jesús se hace presente en la Navidad
como luz que viene a iluminar las tinieblas de este mundo,
así también el discípulo asume el compromiso
de irradiar la luz propia de los hijos de Dios
y madura espiritualmente al tiempo que ilumina a sus hermanos.
El misterio de la Navidad
nos revela el amor con que Dios Padre ha amado al mundo,
hasta el punto de enviarnos a su propio Hijo.
Este amor se manifiesta y se refleja
en el amor que ha de reinar en toda la familia cristiana.
Esta serie de valores portadores de vitalidad espiritual
son otros tantos regalos que trae la Navidad
para que haciéndolos fructificar en lo ordinario del día a día,
logremos compartir con Cristo la plenitud de su santidad,
que es la vida propia de los hijos de Dios.
Todo lo dicho nos mueve a dar gracias a Dios y bendecir su Nombre,
porque ha sido bueno con su tierra.
Por eso, deseosos de correr al encuentro con Dios, de la mano de María, podemos exclamar en clima de Adviento:
Ven, Señor Jesús, te esperamos dispuestos a acogerte,
con María, Madre tuya y Madre nuestra,
que nos enseña a decirte con generosidad y alegría:
"Sí", que tu Palabra se haga realidad también en mí.
¡Qué el buen Dios nos conceda un Adviento fecundo,
preludio vivo de una santa y feliz Navidad! 12月20日 EL NIÑO JESUSEL NIÑO JESÚS PERDIDO EN LA NAVIDAD
NO DEJEMOS QUE EL NIÑO JESÚS SIGA PERDIDO EN ESTA NAVIDAD
ESFORCEMONOS PARA ENCONTRARLO EN NUESTROS CORAZONES
Es verdad que el Niño Jesús poco se ve entre tanto regalito,
tantos adornos, tanto chocolate durante las fiestas de Navidad.
A veces es dificil palpar el mensaje religioso de estas fiestas.
Muchos, cuando escuchan la palabra Navidad,
sólo piensan en las ganancias de su negocio.
¿Cuántos panes venderé?
Tal vez los haga más chiquitos y los envuelva mejor...
Entre las felicitaciones, turrones y adornos de todo tipo, es fácil olvidar el mismo núcleo de esta fiesta,
el motivo de la alegría y de todo el entorno.
Este es un niño, apenas nacido, envuelto en pañales, en una noche fría,
al que fueron a adorar unos pastores llenos de alegría:
es el mismo Dios, nacido de la Santísima Virgen María,
en medio de la noche en una cueva en Belén.
Es Dios que quiso hacerse hombre, para estar contigo y conmigo.
Vino para librarnos de nuestras culpas, para cargarse Él
con esos sacos tan pesados que son nuestros pecados.
¿A quién no le pesa su costal?
Es bueno que celebramos su nacimiento, y con mucha alegría, música y todo lo demás –cosas sanas,si señ@r,
porque es el nacimiento de Dios en la Tierra.
¡Qué raro! Sucede lo contrario que con el hijo pródigo:
aquí es el Padre el que tiene que salir de su casa para salvar al hijo pecador.
Cosas del amor de Dios.
Es la celebración del misterio de la Encarnación. Los cristianos celebramos que Dios haya querido hacerse uno de nosotros
para salvarnos y enseñarnos el camino al Padre.
¡No podemos dejar que el Niño Jesús siga perdido en esta Navidad!
12月19日 SOBRE LA NAVIDADUNA NAVIDAD EN EL INFIERNO
En lo más recóndito del quinto infierno,
se confabulaban todos los demonios,
reunidos en asamblea plenaria.
El gran Satán les había convocado,
pues al fin tenían un plan
para evitar la llegada de la Navidad ese año.
Entre el infernal estrépito de la siniestra sala, la más nefasta voz –si a eso se le podría llamar voz- gritó pidiendo silencio.
Tras un momento de siseos horrendos, los demonios se callaron....
Satán se levantó de su trono y exclamó con voz exasperada:
-¡¿Dónde están mis papeles?!... ¡Demonios! Un diablo menudo y desparpajado, que debía ser su secretario, se los entregó riendo. -¡Muérete!, le gritó Satanás. –Igualmente- contestó el diablo de los papeles, en ademán de gratitud. -¡Todos los diablos!- exclamó Satán- hermanos muy odiados. Al fin, tras veinte siglos de intentos fallidos, al fin... –siguió con solemnidad-
evitaremos que nazca Cristo, Redentor de los hombres.
Un aullido frenético se dejó oír en aquella sala demoníaca, todos aprobaban al orador. Satán continuó: -Tengo aquí, mil disfraces de ángeles, miradlos, son perfectos... Levantó uno de aquellos para que todos lo vieran. Realmente estaban muy bien hechos, pero su soberbia, como de costumbre le traicionó,
y queriendo rematar dijo:
-¡Ni el mismísimo Dios nos reconocerá....! Un berreo de gloria infernal se extendió por toda la galería. -El plan es del todo simple -prosiguió en tono explicativo- nada de tecnicismos ni de revueltas a las puertas del Cielo, pues la última vez, aquello fue Troya,
con la única diferencia de que habiendo colado el caballo,
no pudimos evitar que la guardia de San Miguel nos diera una buena paliza.
No, este año lo haremos de modo diplomático. Unos cuantos se encargarán de distraer a San Pedro.
Mientras los demás, fingiremos que volvemos al cielo,
después de dar un paseo por estos mundos de Dios.
De modo que San Pedro, tan distraído, no tendrá tiempo de revisar los permisos ni nada...
La asamblea estaba absorta escuchando en un silencio de ultratumba, les maravillaba que algo tan simple pudiera ser la solución a un problema tan complejo,
como el de luchar contra un Dios Omnipotente, para evitar la Navidad...
Satán continuó, alentado por el éxito de su discurso, incluso había dejado los papeles y les hablaba de pie en un brazo de su asqueroso trono...
-Una vez que hayamos pasado la puerta, lo demás nos será muy fácil. Entraremos en desbandada ante la presencia de Dios,
y debemos convencerle de que no nazca este año en el mundo.
Tendremos que decirle lo mal que se ha portado el hombre en estos años.
Le diremos que cada vez más gente vive sin que le importe su propia salvación.
Debemos hacerle comprender que, cada año que pasa, la humanidad se aleja más y más de Él
y se encierra en su egoísmo, sin querer saber nada que no sea placer y consumismo.
Le mostraremos las injusticias y desigualdades que reinan en el mundo.
Le enseñaremos la larga lista de niños
que han tenido que pasar súbitamente de la sala de nacimientos próximos,
a la de defunciones prematuras...
y la lista negra de todos los enfermos y viejos que han dejado el mundo antes de tiempo...
y no olviden la nueva innovación de la sofística: “la guerra preventiva”.
Habría mucho más que añadir las interminables iniquidades humanas,
de las que, es cierto,
nosotros somos en parte los causantes -sentenció con una sonrisa demoníacamente sarcástica...
Para esto, Satán ya estaba de pie, majestuoso y triunfante sobre el respaldo de su trono de piedra negra y opaca.
Su mirada inquiría al auditorio,
dejó un tiempo de pausa, se sentó en el alto respaldo, con las piernas colgando y dijo:
-Y bien... ¿qué os parece?... El auditorio, sumido en silencio, reventó de pronto en aplausos y ovaciones, que parecían todos los sonidos de una selva juntos.
Ya comenzaba la algarabía y los festejos, cuando de pronto se escuchó una voz desafiante:
-¡No!, ¡no funcionará!... ¡no funcionará! –volvió a gritar la voz salvajemente... Sois todos unos... pobres diablos, -sentenció-
La asamblea se había helado y el hedor del aire infernal se podía masticar por la tensión... La voz continuó:
-¿No os dais cuenta del fallo? Este plan está condenado al fracaso desde el inicio. Era un demonio colosal el que hablaba. Un guerrero de ultratumba, la personificación de las plagas de Egipto.
Era sin duda, uno de los más fuertes del infierno,
todo el salón atendía a sus palabras casi con reverencia religiosa.
Se encontraba al fondo de la infernal aula y se acercaba poco a poco al centro.
El gran Satán miraba con curiosidad, no podía reconocer quién era el que hablaba.
Quizá será Moloc, pero no le reconozco con ese nuevo “look”-pensaba.
Mientras, el colosal guerrero continuó:
-Ha pasado tanto tiempo desde que fuimos creados por Dios, y hemos luchado siempre contra Él desbaratando sus planes.
Hemos corrompido la naturaleza una y otra vez.
Y desde que el hombre apareció sobre la tierra,
no hemos dejado de hacerle daño ni de hostigarle para que se rebele al Creador.
Muchas veces lo hemos logrado.
Y ahora, en estos tiempos, hasta le hemos hecho creer que no existimos.
Esta es una grandísima victoria...
El auditorio comenzaba a impacientarse pues la explicación no arribaba todavía, pero nadie se atrevía a encarar a tan fuerte espectro, de modo que todos atendían...
-Pero de aquí, no podemos concluir que Dios deje de auxiliar a la humanidad. Es imposible. Parece que no conocierais a Dios...
Ni siquiera porque llevamos más de diez mil años luchando contra él.
¡NO! El corazón de Dios soporta la paga de los malos por aquella de los justos.
Y su ira se derrite ante las almas puras de los niños recién bautizados,
a quienes no ha llegado aún el aguijón de la soberbia ni el fuego de la sensualidad...
Además, no podremos negar que en el mundo hay aún mucho bien escondido
bajo los hábitos de religiosos y religiosas de clausura,
a quienes nunca hemos podido dañar.
Y díganme si no es cierto que quedan en el mundo tantas familias cristianas coherentes:
madres entregadas y fieles; esposos trabajadores e hijos obedientes...
Por más que los endiablados Mass Media transmitan toneladas y toneladas de basura informativa e infecciosa...
El espectro iba avanzando y hablaba ya desde el centro del aula. Satanás, se había resbalado por el respaldo,
hasta quedar sentado en el trono, pensativo y abrumado por el discurso, se sobrecalentaba de coraje...
y en aquel preciso momento reconoció la voz del demonio y como un volcán, desesperado tronó:
-¡¡A él!! ¡Prendedle!... Es Miguel. La asamblea se confundió por completo y nadie alcanzó a reaccionar a tiempo. El arcángel guerrero ya había desenvainado la espada
y se elevaba resplandeciente con una luz que cegaba y lastimaba como cuchillos en los ojos
a aquellos pobres espíritus...
Sus alas hermosas y blancas se extendieron,
y dejó caer el disfraz “perfecto” que traía.
En pocos instantes estaba fuera del su alcance...
Nadie puede juzgar que a Dios no le guste de vez en cuando jugar a los SS, aunque si bien es cierto, no tiene necesidad de ello...
Lo único digno de comentario es que aquel año,
los demonios asistieron más tristes a la navidad en el mundo.
Vieron una vez más, las pastorelas de los pequeños
y ocultaron el rostro de vergüenza cuando un par de niños tomaban por el rabo a un pequeño,
disfrazado de diablillo inofensivo y bonachón
12月18日 RELATO
RELATO DE SAN BUENAVENTURA UN COMPLETO RELATO DE CÓMO SAN FRANCISCO VIVÓ LA NAVIDAD Tres años antes de su muerte se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles. Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno. Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne. El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama «Niño de Bethlehem». Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño. Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración. 12月16日 III DOMINGO de ADVIENTOLECTURA DEL SANTO EVANGELIO
Mateo 11,2-11
Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.
Reflexión ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Fue la pregunta que Juan el Bautista mandó una mañana de invierno a Jesús. Al menos, era tal vez invierno dentro de su alma. La verdad, una pregunta extraña, hecha por aquel que era el Precursor, el heraldo y mensajero del Mesías. Había sido él quien lo había bautizado en el río Jordán y había dado aquel bellísimo testimonio acerca de Jesús: “¡Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn 1, 29). Ya antes había confesado públicamente a las multitudes: “Yo no soy el Mesías; yo soy la voz del que clama en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor’… Yo os bautizo con agua, pero detrás de mí viene uno que es mayor que yo, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias” (Jn 1, 26-27). Y, un poco más tarde daría tembién este hermoso testimonio: “Yo no le conocía, pero para que Él fuese manifestado a Israel he venido yo y bautizo en agua. Yo he visto al Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre él” (Jn 1, 31-32). Con estas expresiones, Juan nos confirma que él sabía ya muy bien quién era Jesús. Él había venido precisamente como heraldo para “preparar sus caminos delante del Señor”, como se complacen en referir claramante los cuatro evangelistas (Mt 3, 3; Mc 1, 2; Lc 3, 4; Jn 1, 23). Entonces, ¿a qué viene la pregunta del día de hoy? Sabemos que, cuando Juan manda este recado a Jesús a través de sus discípulos, estaba ya en la cárcel. ¿Sería un momento de crisis y de oscuridad, en la que su fe flaquea? ¿Sería su tristeza y desamparo, al estar encarcelado, la que le llevaría a dudar? ¿O tal vez le llegarían al lugar de su prisión críticas, malas lenguas, comentarios negativos y malévolamente manipulados acerca de Jesús? ¿O, finalmente, quiso Juan enviar a sus discípulos a Jesús con esa pregunta para que el mismo Señor diera testimonio público acerca de su propia Persona? No sabemos exactamente lo que motivó a Juan a enviar ese mensaje. Pero, ciertamente, la respuesta de Jesús fue maravillosa: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11, 5). Jesús no responde con teorías, sino con obras. Y unas obras que ellos mismos podían ver y comprobar con sus propios ojos. Jesús obraba verdaderos milagros con su poder taumatúrgico y con una fuerza sobrenatural muy superior a lo que cualquier simple hombre podía realizar. Además, ¡éstos eran precisamente los signos “mesiánicos” que Dios había prometido a Israel cuando apareciera su Redentor: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor”. Ésta es la profecía de Isaías (Is 61, 1-3) que Lucas refiere en su evangelio al presentar a Jesús como el Mesías prometido (Lc 4, 18-19). Más aún, el mismo Jesús se aplicó estas palabras a sí mismo en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Con esta respuesta magistral –y sencilla al mismo tiempo— Jesús estaba respondiendo clarísimamente a la pregunta de Juan. Cualquier judío piadoso conocía perfectamente a qué se refería Jesús. Pero, además, nuestro Señor añade aquí otra bienaventuranza: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!” ¿Tal vez, entonces, Juan pasaba por una “prueba oscura” y estas palabras de Jesús venían a robustecer su fe? Es posible. Pero eso no quita ningún título de gloria a Juan. Después de que los mensajeros se retiraron –nos dice el evangelio— Jesús se puso hablar de Juan a las muchedumbres. Y fijémonos qué bellísimos elogios tributa nuestro Señor al Bautista: “Qué salisteis a ver en el desierto? ¿una caña sacudida por el viento? ¿un hombre vestido muellemente?”. Absolutamente no. Juan no era, ciertamente, ningún “blandenque” ni una caña quebradiza ante el primer vendaval. Él era un hombre fuerte y recio, un verdadero asceta, un profeta hecho de hierro, forjado en el desierto, aguantador y templado por la austeridad. ¡No era un rey muelle habituado a toda clase de placeres y comodidades! Ésa clase de hombres habitan en los palacios. Y todo el mundo sabía perfectamente a quién se refería Jesús. “Entonces, ¿a qué salisteis a ver? –continúa indagando Jesús a sus oyentes—. ¿A ver a un profeta? ¡Sí, os digo, y más que un profeta! Él es de quien está escrito: ‘Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino delante de ti’”. Estas palabras son del profeta Malaquías anunciando al precursor del Mesías (Ml 3, 1) y que Marcos refiere al inicio de su evangelio (Mc 1, 2). Pero Jesús añade algo sumamente grandioso: “Yo os aseguro que, entre los nacidos de mujer, no hay nadie más grande que Juan el Bautista”. ¡Vaya piropazo! De los labios de Jesús nunca salió para nadie un elogio tan maravilloso. Y Jesús no era precisamente un halagador. No tenía necesidad de ello. En sus palabras acerca de los demás –y también acerca de sí mismo— era sumamente discreto. Además, Jesús no pronunció esas palabras para ganarse la voluntad de Juan. No hacía falta, absolutamente. Juan ya había dado testimonio público del Señor y dentro de muy poco también derramaría su sangre para dar testimonio de la Verdad –con mayúsculas— por la voluntad de un ebrio, de un “hombre vestido muellemente” que, sediento de placer y con la pasión en los ojos ante el baile de una jovenzuela, hija de su mujer adulterina, mandaría cortarle la cabeza en la cárcel. Esto sucedería en el palacio de Maqueronte, cerca de Jericó, en donde tal vez Jesús se encontraba por entonces. Jesús es nuestro Gran Esperado, nuestro Consolador, que está ya para venir dentro de muy pocos días. Nuestro Mesías Redentor está ya a las puertas y en una semana volverá a nacer en Belén. Abrámosle el corazón de par en par para que, cuando venga, nazca también en nuestro interior. ¡De nada serviría que naciera mil veces en Belén –como diría aquel poeta alemán del romanticismo, Angelus Silesius— si no nace en nuestro corazón! 12月14日 LA BONDAD
| 12月13日 LA FELICIDAD
12月12日 SENSIBILIDAD
| 12月11日 VOLUNTAD
12月9日 SER PRECURSORLA MISIÓN DE SER PRECURSOR
Juan Bautista aparece en el Evangelio como la figura del hombre que precede a Cristo. Y no cabe duda que la misión de Juan Bautista, la misión de preparar el camino del Redentor, la misión de precursor se encaja en su vida como algo que él tiene que vivir, que tiene que aceptar.
La vocación de Juan Bautista no se da simplemente por el hecho de que Dios llama a su vida; también se da, se cuaja, se fecunda, se madura porque, con su libertad, Juan Bautista acepta esta misión. Ya su padre Zacarías había hablado de su misión cuando Juan es llevado a circuncidar. Zacarías dice que ese niño “será llamado Profeta del Altísimo porque irá delante del Señor a preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados”. Esta es la misión del precursor, ser el hombre que va delante del Señor, que prepara sus caminos y que anuncia el gran don que es el perdón de los pecados. Lo que hace grande a Juan es que la misión que Dios le propone, él la lleva a cabo. Y el hecho de que sea el precursor, de alguna manera, se convierte para Juan Bautista no sólo en un motivo de gloria para él, sino que también se convierte en el modo en el que él llega a nuestras vidas. También en cada uno de nosotros se realiza una misión semejante. En cierto sentido, cada uno de nosotros es un precursor, es un hombre o una mujer que va delante en el camino de la Redención. Todos estamos llamados, al igual que Juan Bautista, a realizar, a llevar a cabo nuestra misión. ¿Hasta qué punto valoramos la misión que se nos encomienda? ¿Sabemos apreciar el don que hemos recibido? Un don que, como dirá Zacarías, no es otra cosa sino “el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Ese es el don que recibimos, el don que Cristo viene a traer. Pero, el don que Cristo viene a traer, lo trae a través de otras personas, a través de precursores. ¿Yo valoro el don de Cristo, el don que yo puedo dar a mis hermanos? ¿Me doy cuenta de la inmensa riqueza que supone para mi vida, pero también la inmensa riqueza que supone para los demás? Cuántos hombres —como dirá también Zacarías— viven en manos de sus enemigos y en manos de todos los que los aborrecen. Cuántos hombres y mujeres son atacados, denigrados, humillados, hundidos, manipulados. Y sin embargo, la misericordia de Dios tiene que llegar a sus vidas. Pero ¿cómo va a llegar si no hay nadie que lo proclame, si no hay nadie que vaya delante del Señor para preparar sus caminos y anunciar a su pueblo la salvación? ¿Cuántos corazones no podrán encontrarse con Cristo en esta Navidad? En estos días en que nos estamos preparando de una forma más intensa para el Nacimiento de Nuestro Señor, tendríamos que preguntarnos ¿cuántos corazones, por mi omisión, por mi falta de delicadeza, por mi falta de preocupación, quedarán sin encontrarse con Dios? ¿Cuántos corazones en las familias, cuántos corazones en el ambiente, cuántos corazones en el ámbito laboral y social no van a saber que Cristo nace para ellos y por ellos? ¿No va a haber nadie que se los enseñe, no va a haber nadie que les predique el camino de la Salvación? ¿Podremos ser tan egoístas como para cerrar el conocimiento de la salvación a los demás? Nuestro corazón no puede pensar tanto en sí mismo como para olvidarse del don que tiene para dárselo a otro. Es una tarea que tenemos que hacer; pero no la podemos hacer si no valoramos primero el don que podemos tener en nuestras manos, si no somos nosotros los que acogemos, los que recibimos el don de Dios. Un don que tiene que vivirse, que tiene que manifestarse, de una manera muy especial, a través de nuestro testimonio de vida; un don que no es tanto la teoría y consejos que podemos decir a los demás, sino sobre todo, lo que nosotros estamos haciendo con nuestra vida. ¡De qué poco nos serviría decir que valoramos mucho el don de Cristo que viene en esta Navidad si no lo transmitiéramos, si no lo diéramos a los demás! ¡De qué poco serviría que dijéramos que queremos ser estos profetas del Altísimo que van delante del Señor para preparar sus caminos, si nuestra vida no se transforma, si nuestra vida no recibe esa visita de Dios, si nuestra vida no quiere ser recibida por Cristo nuestro Señor! No se puede, es imposible. Antes que redimir a otros, hay que redimir mi corazón, hay que cambiar mis actitudes, hay que cambiar mi comportamiento. Tengo que ser el primer redimido. Tengo que redimir mi corazón, tengo que cambiar mis actitudes, tengo que ser el primero que acepta a Cristo como el que me salva de mis pecados, como el que me salva de mis fragilidades. Dice Zacarías: “[Dios], desde antiguo, había anunciado, por boca de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos, de las manos de todos los que nos aborrecen [...]”. ¿Cómo se podrá hacer eso? ¿Se podrá hacer sin un cambio en mi corazón? ¿Se podrá hacer sin un trabajo sistemático en las virtudes cristianas? ¿Se podrá hacer sin el testimonio de caridad, justicia y fortaleza? ¡Es imposible! Cristo necesita de nosotros para poder llegar a los demás. ¿Estaremos dispuestos a ser nosotros ese precursor de Cristo entre los hombres? En el himno con el cual Zacarías celebra el nacimiento de su hijo, sobre todo, de su misión, termina diciendo: “Dios va a guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. La paz que todos buscamos y necesitamos. ¿Cuántas inquietudes, cuántos nudos no resueltos, cuántos problemas sin concluir hay para nosotros en esta Navidad? Cada uno de nosotros debería decirse a sí mismo: ¿Qué voy a hacer, cuál es el cambio que yo voy a dar, cómo voy a hacer para que mi vida, en esta Navidad, se acerque más al Señor? A lo mejor, tendremos que aprender a perdonar y sembrar así el perdón en los demás. Pero para lograr esto tenemos que aceptar el que nosotros también nos hemos equivocado, o tenemos que aceptar dar el primer paso para tender la mano, porque sin duda ese camino de la paz no se podrá llevar con plenitud y verdad, mientras nosotros no aceptemos con plenitud y verdad el plan de Dios sobre nuestra vida. ¿Por qué seguirme escondiendo del plan de Dios? ¿Por qué seguirle dando vueltas a lo que Dios me está pidiendo? ¿Acaso no lo he oído? ¿Acaso no se me ha proclamado, con mucha frecuencia, este plan de Dios? Jesús en el Evangelio dice: “El que tenga oídos para oír, que oiga”, que es una forma hebrea de decir que quien esté dispuesto, quien quiera, que escuche mi palabra. Pero hay una cosa muy clara, ninguno de nosotros entrará en el camino de la paz que Zacarías profetiza cuando ve a su hijo, si no somos capaces de oír lo que Dios nos pide, el cambio concreto que Dios pide a cada uno. Que la Navidad nos conceda ver surgir en nuestras vidas el Sol que nace de lo alto. Ese Sol que ilumina nuestras sombras particulares: nuestras sombras en la familia, nuestras sombras en nuestro ambiente, nuestras sombras en nuestra vida espiritual. Que Dios nos otorgue en esta Navidad que ese Sol que nace de lo alto pueda —como dice Zacarías—, guiar nuestros pasos por el camino de la paz auténtica, que no es otra cosa que nuestro Redentor. Que el camino de la paz sea para nosotros la fidelidad y el seguimiento del camino de Cristo.
Isaías: 41, 13 - 20. Mateo: 11, 11 - 15. 12月7日 A MARÍA INMACULADAA MI HERMOSA MUCHACHA DE GALILEA
Maria es su nombre.
Es la forma de dirigirme y conversar con mi Madre del Cielo,
llamándola simplemente María.
Sé que mucha gente no la conoce, o tiene una imagen lejana de Ella,
quizás demasiado formal, demasiado protocolar.
¿Cómo puede ser nuestra Mamá protocolar al presentarse a nosotros?
No, Ella es sencilla, mi pequeña Muchacha de Galilea,
así es para mí. Pero es también lógico
que cada uno la vea del modo que su propio corazón indica,
con la mirada del alma que todo lo convierte
en la expresión del Espíritu Divino,
si es que nosotros nos dejamos iluminar por dentro.
Por un instante, déjenme narrarles cómo es que mi corazón ve a la Madre del Verbo Divino.
De un modo muy particular, la veo de unos quince o dieciséis años,
que es la edad en que Ella se convirtió en Madre Divina,
dándonos a Aquel que todo lo puede por amor.
A tan temprana edad, mi María se presenta ante mi corazón
como una hermosa Mujer, delicada en su mirar, en su caminar.
Destaca su delicado cuello, largo y estilizado para dar cabida al más hermoso rostro
que Dios jamás cinceló en criatura alguna.
Ella es perfecta, no existe ni existirá mujer más hermosa que María,
porque Dios la modeló en un acto sublime de su Potencia Creadora.
Y su belleza sólo es superada por su pureza, su inocencia y su férrea voluntad
de no desagradar al Padre que tanto ama.
Cuando veo las imágenes
de las distintas presentaciones de María a lo largo de los siglos,
me quedo con la convicción de que el hombre no ha podido ni podrá modelar jamás
la belleza de María ni siquiera de un modo aproximado.
Mi alma se esfuerza en descubrir la visión verdadera con que mi joven Reina se presentó
como la Medalla Milagrosa, por ejemplo.
Santa Catalina de Labouré sin dudas describió del modo más aproximado posible
la celestial visión que se presentó ante ella,
pero no pudo hacer que el artista cincelase en la Medalla Milagrosa
el verdadero rostro de la Reina de los ángeles.
Esa sonrisa, esas manos siempre en posición de oración,
esos ojos iluminados por la Fuente de todo el Amor.
María, joven y sonriente, fulgurante estrella de la mañana.
Se presenta en mi corazón como una Rosa que se abre derramando su fragancia y frescura,
haciendo de mi un ovillo de hilo que se recoge sobre sí mismo,
se envuelve pliegue sobre pliegue hasta quedar extasiado mirándola sonreír,
llamándome, invitándome a acompañarla en este viaje.
Ella nunca se presenta en vano en nuestro corazón,
como una madre nunca se acerca a sus hijos
sin un profundo deseo de cuidarlos y amarlos.
María, hermosa Muchacha de Galilea
perfecto fruto de la Creación en cuerpo y alma.
Sólo Ella pudo tener la Altísima Gracia de ser la Madre del mismo Dios.
El, ante el que el universo mismo se doblega,
se hizo pequeñito y vivió nueve meses oculto dentro de esta hermosa Joven Palestina.
Él, instante tras instante, fue tomando de su sangre todo aquello que necesitó
para formar Su naturaleza humana, Su humanidad.
Así, Ella es nuestra Muchacha de la Alta Gracia,
porque ninguna Gracia puede ser tan elevada como la Maternidad Divina.
Enamorarse de María es enamorarse de su Divina Maternidad,
de su Inmaculado Corazón
y de su infinita belleza humana también.
La siento tan cercana,
tan vivamente presente en mi vida,
que no puedo más que dirigirme a Ella como María, mi María.
Ella es compasiva i paciente ante mis demoras en acudir a su mirada,
Madre de Misericordia.
Juntos conversamos,
compartimos mis pequeñas aventuras humanas,
mis decepciones y dolores, mis esperanzas y sueños.
Y María, con esa hermosa sonrisa que se funde en mis pupilas,
me mira y me invita a levantar los ojos al Cielo con las manos unidas sobre mi pecho.
Madre de la oración,
Belle Dama del clamor y la plegaria,
Omnipotencia Suplicante,
Ella nos enseña a ver a través de los Ojos de Aquel que todo lo puede.
Mi María, hermosa y joven Muchacha de Galilea, que enamoraste mi corazón
poque sabías que era el modo de abrir la puerta
al soplo del Amor Verdadero.
Me siento tan feliz y orgulloso de ser tu hijo,
y al mismo tiempo tan indigno de serlo,
que no puedo más que pedirte me ayudes a seguirte en tus deseos,
que no son otros que los deseos de Tu Hijo.
Dame las palabras para que pueda mostrar a mis hermanos lo hermosa y lo pura que eres,
y lo buena y suave que eres conmigo.
Dáles la luz que les permita enamorarse de ti como lo has hecho conmigo.
Que puedan descubrirte como la más hermosa y pura Mujer que jamás existió,
Inmaculada en cuerpo y alma,
llena del Espíritu Santo,
plena de humildad y fortaleza,
escudo que protege
y consejo que ilumina.
Mi hermosa María, luz de mi vida.
SERENIDAD
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