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11月30日 ORACIÓNSABIDURÍA PARA SABER DISCERNIR
En la cabecera de la cama de una persona
que ha pasado horas difíciles de enfermedad
está escrita una oración que reza:
"Dios, concédeme:
SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar.
VALOR para cambiar aquellas cosas que puedo, y
SABIDURÍA para reconocer la diferencia".
Reconocer la diferencia o sea el discernimiento,
tan recomendado por San Ignacio de Loyola,
es la facultad o la acción de distinguir especialmente con el pensamiento
el bien del mal,
lo esencial de lo accidental,
lo temporal de lo eterno,
una cosa de otra.
El discernimiento es el juicio
por cuyo medio percibimos y declaramos
la diferencia que existe entre:
lo que nos conviene y lo que nos daña,
aquello que me ayuda o me perjudica.
Discernir, distinguir entre varias opciones o cosas es el primer paso;
vivir será el segundo.
En el discernimiento está la felicidad futura. 11月29日 LA OCASIÓNDEBEMOS APROVECHAR LA OCASIÓN
Un padre del desierto, ya en el siglo V, enseñaba:
"El que pierde oro o plata puede recuperarlo.
Pero el que desaprovecha una ocasión, no la volverá a encontrar".
Se dice que hay cuatro cosas que jamás podremos recuperar:
- Una palabra pronunciada,
- un puñado de polvo lanzado al viento,
- la vida pasada,
- y la oportunidad perdida.
Saber aprovechar las gracias actuales
que nos vienen en forma de pequeñas o grandes ocasiones
puede ser la clave de nuestros éxitos o de nuestros fracasos,
de una vida egoísta o de una vida generosa.
Los santos han sido quienes mejor han sabido aprovechar
todas y cada una de las ocasiones y de las oportunidades
que se les han presentado para mejor amar a Dios
y al prójimo desvalido, enfermo, marginado, no amado,
y con ello para perfeccionarse a sí mismos.
El gran maestro de la vida espiritual, San Juan de la Cruz,
dejó escrita esta imagen:
"El que la ocasión pierde,
es como el que soltó el ave de la mano,
que no la volverá recobrar" 11月28日 EL LADO BUENOCON LOS OJOS DE "PRIMERA VEZ"
El poeta barcelonés Sebastiá Sánchez Juan fue Premio de Poesía Catalana.
Autor de varios libros y cristiano ejemplar.
Sabemos que cada mañana, al levantarse,
tenía la sana costumbre,
diriamos la virtud y la capacidad espiritual,
de "mirar" las cosas, los objetos y todo cuanto le rodeaba,
"como si los acabara de ver por primera vez";
como si aquello que estaba mirando
lo acabara de descubrit en aquel preciso momento.
Y con esta capacidad de "ver" y "disfrutar" las cosas
"como si fuera la primera vez" andaba por el piso
y posaba los ojos sobre los lomos de los libros colocados en estanterías,
y así, con sólo mirarlos por fuera, los releía por dentro,
recordando y experimentando de nuevo
aquella vivencia inicial de la primera vez.
Después se acercaba, con ilusión renovada,
a despeertar a cada uno de los nueve hijos
(hoy tres de ellos son sacerdotes;
uno diocesano y dos misioneros claretianos
que trabajan en Brasil y Guinea Ecuatorial),
los miraba, los acariciaba y daba gracias a Dios con el mismo gozo,
ternura y contento de aquel primer día en que los vió nacer.
Diríamos que era un hombre que sabía mirar a las personas
y a las cosas con ojos de "primera vez".
Una de las reglas fundamentales
para saber vivir mejor la propia vida
y que los otros vivan la suya,
de una manera más humana y espiritualmente mejor,
es tener fe e intentar mirar la realidad,
por desagradable y cruda que sea
con mirada de primera vez.
Hemos de aprender a mirar a las personas, a los hechos y a las cosas,
como dones de Dios;
tal como los vimos y vivimos por primera vez:
con aquellos mismos ojos maravillados,
con idénticas ganas y con parecida ilusión. 11月27日 ANTE LA OFENSASI ALGUIEN TE OFENDE
Si alguien te ofende:
No recojas su ofensa.
Déjala pasar para que se la lleve el viento.
Si una injusticia te hiere:
No aumentes tu dolor al dolor de la injusticia.
No amases en tu interior el pan amargo y duro del odio y del rencor.
Clama a Dios y espera en Él y en su justicia.
Si te sientes menospreciad@:
Busca el lado positivo de la lección de vida que te trae.
Si los otros no te comprenden:
Haz esfuerzos para que en tí la comprensión cada día sea mayor y mejor.
Si la humillación te lastima y te abate:
Levanta los ojos hacia lo alto y procura seguir a Jesús en tu caminar.
Si el dolor te lastima y el sufrimiento te postra:
Sigue al pie de la letra el consejo de Jesús:
"cargar con la propia cruz y seguirle"
"Hallarás el descanso y la paz".
Si estás enfermo:
Piensa en quienes, de verdad, sufren sin esperanza.
Si en tu interior hay paz y esperanza:
Cántale a la vida y dale gracias a Dios.
Si, por el contrario, la angustia y la tristeza anidan en tu corazón:
Pon tu alma de rodillas y reza.
11月25日 DOMINGO.- SOLEMNIDAD DE XTO. REYJESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
(Luc. 23. 35-43)
Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:
"A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido."
También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían:
"Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!"
Había encima de él una inscripción: "Este es el Rey de los judíos."
Uno de los malhechores colgados le insultaba: "¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!"
Pero el otro le respondió diciendo: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?
Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho."
Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino."
Jesús le dijo: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso."
Reflexión Con este domingo llegamos al final del ciclo litúrgico. El último domingo de cada año,
la Iglesia cierra con broche de oro el ciclo ordinario con la fiesta de Cristo Rey.
Y el próximo domingo iniciaremos nuestra preparación
para la venida del Señor en la Navidad: el adviento.
Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.
Pero es “escandaloso” el modo como ejerce su realeza.
Todos los reyes de este mundo mantienen su reinado con la fuerza de las armas,
y ostentan el esplendor de su riqueza y de su poder.
Como que es algo “connatural” a su condición y a su nobleza.
Pero creo que nunca han existido,
ni existirán jamás sobre la faz de la tierra, reyes “pobres” o “débiles”.
Serían víctimas fáciles de sus enemigos,
que usurparían su trono sin ningún género de escrúpulos.
Ésa ha sido la ley de vida a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Jesucristo es Rey. Pero un rey muy distinto.
Es un rey sin armas, sin palacios, sin tronos, sin honores; un rey sin ejército y sin soldados.
Un rey que ejerce su poder únicamente con la fuerza del amor,
del perdón, de la humildad y de la mansedumbre.
Un rey que no atropella ni violenta a nadie, y que no impone su yugo o su ley por capricho.
El que lo acepte como rey, debe acogerlo libremente y abrazar su misma “lógica”,
que es la del amor y del perdón.
Cristo es –si podemos hablar así— un rey “débil” porque Él mismo quiso escoger la debilidad para redimirnos.
“Donde está la cruz, no hay lugar para los signos de la fuerza”.
No recuerdo dónde leí esta frase, pero es totalmente cierta.
Cristo es Rey.
Pero no tiene armas.
Las armas las tienen sus enemigos.
Cuando Pilato, antes de condenarlo a muerte, le preguntó si era rey,
Jesús le dio una respuesta desconcertante:
“Mi reino no es de este mundo.
Si mi reino fuera de este mundo,
mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado en manos de los judíos;
pero mi reino no es de aquí” (Jn 19, 36).
Palabras misteriosas, pero profundamente reveladoras.
Cristo es rey. Pero no según los cánones y criterios de este mundo.
Su soberanía es la del amor, de la justicia y de la paz.
Su trono es una cruz; su cetro, una caña con la que le golpean la cabeza;
su corona, una corona de espinas.
Su reino es para los pobres y humildes de corazón,
para los mansos, los pacíficos y los misericordiosos;
para los perseguidos por la verdad y la justicia.
Su programa de vida se resume en el Sermón de la montaña,
en las bienaventuranzas y el mandamiento de la caridad.
Sus súbditos y sus amigos predilectos son los pobres y pecadores;
sus compañeros de destino, los malhechores,
como ese “buen ladrón” que encontramos en el evangelio de hoy.
Los judíos y los príncipes de los sacerdotes que ultrajan a Cristo crucificado hablan un lenguaje de poder
y lo desafían a que demuestre su fuerza bajando de la cruz:
“Si de verdad es el Hijo de Dios, que baje de la cruz, que se salve a sí mismo”.
Y lo mismo le dice el otro de los ladrones crucificados con Él.
Pero Jesús no hace caso.
Su fuerza es el perdón, el amor y la misericordia.
Y así lo descubre ese “buen ladrón”.
En efecto, este buen hombre –que, a pesar de haber sido un malhechor toda su vida—
supo demostrar su nobleza de alma en el momento supremo de su existencia
y pudo reconocer en Jesús al Mesías y al Salvador del mundo.
Éste no le pide a Jesús que lo ponga a salvo y que lo libere de los dolores corporales;
pero con su fe alcanza de Cristo la salvación completa de su alma y el premio del paraíso.
Otra vez vemos a Cristo, como en el caso de Zaqueo, rodeándose de amigos “poco recomendables”. Pero Cristo vino a salvarnos a todos, comenzando por los pecadores.
Y sólo si nos reconocemos necesitados de la gracia, como el buen ladrón,
seremos dignos de participar en el Reino eterno de Jesucristo.
¡Qué afortunado este buen ladrón! En el último instante de su vida supo “robarle” a Cristo también el cielo!
Pero más que “robo”, se trata de un regalo maravilloso e inmerecido de la misericordia de Dios.
Así es Jesús.
Su corazón es infinito porque es el corazón de un Dios,
de un Padre con entrañas de ternura y de compasión.
Para eso vino a este mundo y para eso se encarnó. Por eso está en la cruz con los brazos abiertos: para acogernos siempre, sin condiciones.
Lo único que espera de nosotros es nuestra confianza,
nuestro arrepentimiento y el abandono total en sus manos.
Ojalá que este día de Cristo Rey, también nosotros queramos aceptar la soberanía de Jesucristo y le proclamemos Señor de nuestras vidas volviendo a Él de todo corazón,
y haciendo que muchos otros hombres y mujeres, comenzando por los que viven a nuestro lado,
se acerquen al amor misericordioso de nuestro Redentor.
¡Venga a nosotros tu Reino, Señor! 11月24日 HABLARDECIMOS, PERO NO HACEMOS
Decimos: "Me gustaría cambiar, ser mejor..."
Pero seguimos igual.
Hace años que deseamos un cambio,
como quien desea que le toque la lotería o una quiniela.
Sin esfuerzo alguno. Por suerte.
Y así andamos con los mismos defectos y, claro está, con las mismas virtudes.
Permanecemos estancados, egoístas y comodones y,
Dios quiera que no tibios.
Decimos: "Cristo es la "piedra angular"
Pero pocos -no todos los que debieran- son los que se esfuerzan
para ver si Cristo es en verdad la "piedra angular"
sobre la que se apoya nuestra fe,
nuestra esperanza, nuestra caridad,
o bien se trata de una actividad más del "homo sapiens"
o de un género literario.
¿De verdad Cristo es nuestro fundamento,
la "piedra" en la que todos nos apoyamos y por la cual tenemos Vida?
Decimos: "El dinero no lo es todo"
Proclamamos y sabemos de memoria las palabras de Cristo:
"Dichosos los pobres en el espíritu
porque de ellos es el Reino de los Cielos".
Pero por ahí -cine, radio, televisión, prensa-
se dice que la riqueza es lo más importante para conseguir la felicidad.
Aunque también los haya que desprecian el dinero,
como la zorra despreciaba las uvas porque no las podía alcanzar.
No es esto, señores, no es esto.
Y así nos van las cosas.
Decimos: "Dios nos puede cambiar y dar un corazón nuevo".
Pero hacemos lo posible y lo imposible para que no ocurra.
Hay cierto miedo, cierto respeto a la generosidad,
a la bondad y al servicio.
Se teme que sea a cambio de nada, pero en realidad es a cambio de todo:
de sentirse lleno por dentro, del hermano, Cristo, la Vida Eterna.
Casi nada. 11月22日 ILUSION. . .DE ILUSIÓN TAMBIÉN SE VIVE
Todos habremos dicho u oído frases como:
"De ilusión también se vive".
"Me gusta ver a los jóvenes y a las personas mayores ilusionados".
"Es la fiesta de la ilusión".
"Le admiramos, poque, lo hace todo con gran ilusión".
"Está ilusionado como el primer día".
"No sabemos qué le pasa, y es que ya no tiene ilusión alguna".
"Es lo peor que le puede pasar a una persona:
perder todo interés, toda ilusión".
Entendemos por "ilusión" concebir,
tener esperanzas halagüeñas de cierta cosa o persona;
o bien de algo, de alguien que se anuncia
y es causa, ya ahora, de alegría,
a la par que le empuja a uno a proyectarse,
a realizarse humanamente, espiritualmente,
para poder llevar a cabo el tipo de misión que se hubiere propuesto.
De ahí que:
Vivir con ilusión es bueno para la salud física y mental.
Recibir y tratar a las personas con renovada ilusión
es una de las múltiples maneras de amar.
En el ejercicio de una profesión, en cualquier trabajo,
se alcanzan cotas muy altas de eficiencia, calidad y humanidad
si se realizan con verdera ilusión.
Ser testimonio ilusionado, enamorado de Jesucristo,
puede que sea requisito indispensable
para mostrarlo al hombre de hoy.
11月21日 SOBRE LA IRALA IRA
MUY PERJUDICIAL PARA NUESTRA SALUD
En la ciudad, y ¿por qué no?, también en los pueblos,
hay infinidad de causas y motivos que alteran nuestros ánimos,
nos ponen nerviosos, malhumorados, tensos, gruñones,
mal educados, coléricos, e incluso hirientes.
¿Por qué tanta ira y crispación que ofuscan la mente
y dañan la salud?
¿Por qué tan poca bondad y afabilidad
que son fuentes de energía y felicidad para uno mismo
y de convivencia para con los demás?
Al estar enfadados, iracundos, nerviosos,
las manos -símbolos de la amistad-
pueden convertirse en armas de la ira.
La expresión facial se endurece y enrojece.
El corazón late aceleradamente.
Es todo el cuerpo el que experimenta una descarga de adrenalina.
La presión sanguínea sube, la mirada, los ojos inyectados de rabia,
taladran como quien dovora al contrario.
Las palabras salen atropelladas, incoherentes, temblorosas. . .
Enfurecerse,
dejarse llevar de la ira, de la cólera, del odio, es malo.
Y más si son dos los airados,
que lo hacen al mismo tiempo y en el mismo lugar,
aguantando cada cual su punto de vista.
Es entonces cuando surgen riñas, peleas. . .
Bosmans ha escrito
que "la ira es un residuo de la edad de piedra en nuestro sistema nervioso".
De ahí que digamos:
arroje de si toda ira,
procure el dominio interior,
no se deje arrastrar por movimientos subterráneos incontrolados.
Ello no es bueno para la salud,
ni para humanizar un poco más la convivencia
en pueblos, ciudades y carreteras.
Trabajemos todos por una convivencia mejor,
que buena falta nos hace. 11月20日 PENSAR Y ACTUARPENSAMOS BIEN, PERO ACTUAMOS MAL
DECIMOS: "El amor es lo más importante en la vida".
Pero en las "vidas" existen más ogoísmos y complacencias centrípetas
que amor centrífugo.
DECIMOS: "Amar al prójimo es de lo más importante".
Pero si hay que rascarse el bolsillo, etc., desaparece toda solidaridad para con el vecino,
que es el más "próximo".
DECIMOS: "El mundo está loco y mal. Terrorismo, asesinatos, guerras, opresiones, egísmos..."
Pero ¿qué hacemos para mejorar nuestro pequeño mundo
- el familiar, el eclesial, el municipal, el nacional, el social? -
Esperamos que los otros nos lo arreglen y, por este camino, vamos listos.
DECIMOS: "La Biblia, la Palabra de Dios, es la Verdad"
Pero ¿cuánto tiempo hace que no hemos leído ni estudiado una página de ella?
DECIMOS: "La Iglesia la formamos todos los bautizados".
Pero los hay que pretenden que la Iglesia la forman sólo ellos
y que la Iglesia les pertenece en exclusiva.
DECIMOS: "Pedimos luz y taquígrafos".
Pero rechazamos instintivamente cualquier observación que se nos pueda hacer.
DECIMOS: "La fe y la moral también son muy importantes para la convivencia
como si de hermanos se tratara.
Una sociedad sin valores morales..."
Pero no dedicamos ni media hora semanal a un examen serio,
a deshilvanar si es moral o inmoral
todo aquello que cotidianamente nos ofrece la vida o los medios de comunicación social,
a adquirir criterios rectos, una conciencia recta.
Lo engullimos todo, pensamos por cabeza ajena y escuchamos,
como si de la Biblia se tratara,
al bocazas de turno.
DECIMOS: "La verdad por encima de todo".
Pero a la más pequeña observación o crítica, caemos en la depresión y en la tristeza;
nos cerramos como erizos
y pinchamos sin distinción a cuantos se acercan,
ya sean de buena o mala fe.
11月18日 DOMINGO¿CUANDO LLEGARÁ EL FIN DEL MUNDO?
(Luc. 21, 5-19)
En aquel tiempo, como dijeran algunos, acerca del Templo,
que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo:
"Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida."
Le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo sucederá eso?
Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?"
El dijo: "Mirad, no os dejéis engañar.
Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca".
No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis;
porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato."
Entonces les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino.
Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares,
habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo".
Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles
y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio.
Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa,
porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría
a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.
Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos,
y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre.
Pero no perecerá ni un sólo cabello de vuestra cabeza.
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Reflexión Son impresionantes las palabras que nuestro Señor nos transmite hoy en el santo Evangelio. Y se trata de un tema que nos suscita naturalmente una gran curiosidad.
La pregunta por nuestro futuro personal y por el final de los tiempos despierta en todos un especial interés.
“Esto que contempláis –dijo Jesús, contemplando el templo de Jerusalén— llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.
Era obvio que unas palabras proféticas de tanto calibre, y puestas en los labios del Maestro,
hicieran surgir muchas preguntas en la mente y en el corazón de los discípulos.
Seguramente también a nosotros nos habrían surgido espontáneamente los mismos interrogantes:
“¿Cuándo va a ocurrir eso?
¿Y cuál será la señal de que eso está para suceder?”.
Todos queremos conocer el cómo y el cuándo de esas profecías.
Sin embargo, las palabras de Jesús no son tan sencillas de comprender. Gran parte de la literatura profética, apocalíptica y escatológica de Israel está tejida con un lenguaje simbólico y unas imágenes de no fácil interpretación.
Malaquías y Zacarías, por ejemplo, hablan de un “horno ardiente”, de “paja” y de “fuego inextinguible” –palabras que luego retomaría Juan el Bautista en su predicación a los judíos para preparar la llegada del Mesías—.
Un lenguaje semejante usan también los otros profetas, por no hablar de las imágenes intrincadas del profeta Daniel, Ezequiel y otros textos apocalípticos.
Una característica de este género apocalíptico es la sobreposición de los diversos planos históricos. Nuestro Señor parece como si estuviera hablando del futuro próximo de Jerusalén, pero luego da el salto al fin de los tiempos.
Y nos da unas “señales” que no nos explican suficientemente el tiempo que quiere indicarnos.
Por una parte, hace una clara alusión a la destrucción del templo de Jerusalén –que, como sabemos, ocurriría sólo cuatro décadas después de este anuncio del Señor—.
Vespasiano y Tito, en efecto, debido a las múltiples revueltas de los judíos,
asediaron y destruyeron la ciudad santa el año 70, y dieron lugar a la diáspora del pueblo de Israel.
Pero nuestro Señor también nos anuncia un período de guerras, terremotos, hambres y epidemias. Y anuncia a sus discípulos un tiempo de persecuciones, encarcelamientos, traiciones, odios, violencias, juicios en los tribunales y muertes por su nombre.
Pero esto ha sucedido siempre a lo largo de la historia, en casi todas las épocas de la vida de los hombres.
Las persecuciones contra los cristianos iniciaron, de hecho, muy pronto.
No había pasado siquiera una generación. Jesús fue crucificado el 7 de abril del año 30 de nuestra era.
Y el año 54 ya había estallado la primera gran persecución religiosa en el imperio romano, a manos del fatídico emperador Nerón.
Y no hablamos de las persecuciones judías, que comenzaron en Jerusalén apenas tres años después de la muerte de Cristo.
Tácito y Suetonio –además de las actas de los mártires— nos narran que muchísimos cristianos murieron en el circo devorados por las fieras,
o que fueron torturados o quemados vivos, ardiendo como antorchas humanas en la capital del imperio.
Pero todos ellos ennoblecieron con su sangre gloriosa las páginas del cristianismo, ya desde sus orígenes,
y su sangre fue –según el sentir de Tertuliano— “semilla de nuevos cristianos”.
Y desde entonces nunca han faltado las persecuciones.
Más aún, parece que cada día se han ido incrementando más y más.
El siglo XX, que apenas acaba de concluir, ha sido uno de los más sufridos y de los gloriosos en la historia de la Iglesia.
Y muchos de esos mártires han sido contemporáneos nuestros.
Pero además, parece que nuestro Señor hace mención, en su lenguaje apocalíptico, al final de los tiempos. Nos da señales “claras” de lo que va a suceder antes del fin del mundo;
pero son, al mismo tiempo, señales “confusas” porque eso ya ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia.
“Todo esto –nos dice Cristo— tiene que suceder primero, pero el final no vendrá enseguida”.
Por lo cual, yo creo que nuestro Señor se expresó de esta manera con plena conciencia para que nosotros entendiéramos y no entendiéramos a la vez. Ésa es una de las características del misterio.
Barruntamos algo, intuimos algo, pero la mayor parte de la realidad queda velada a nuestros ojos.
Y lo hizo el Señor así para que comprendiéramos que el final de los tiempos está sucediendo en el “hoy” de nuestra vida.
El final de los tiempos está ya presente y el único tiempo cierto es el de la conversión.
Cada día es un reto y una exigencia de fidelidad a Cristo. No nos distraigamos haciendo conjeturas sobre el cómo y el cuándo de un futuro desconocido
y de un final de los tiempos que seguramente no nos tocará a nosotros ver ni vivir.
Más bien, concentremos la atención y todo el empeño de nuestro ser en vivir con fidelidad el momento presente,
llegando incluso hasta el martirio en nuestra entrega a Jesucristo.
El martirio que nos toca vivir a nosotros ahora no un martirio cruento,
sino el de una entrega silenciosa, callada, pero llena de amor;
y, a los ojos de Dios, tal vez se trate de un martirio no menos heroico que el de muchos hermanos nuestros.
Ojalá que cada cristiano, que tú y yo, seamos auténticos seguidores de Jesús y que demos un testimonio público y valiente de nuestra fe en el mundo de hoy:
con nuestra oración, nuestra caridad, la pureza de nuestras costumbres y comportamientos, la entrega a Dios y a los demás,
y la oblación generosa de nuestra vida verdaderamente cristiana y santa.
11月17日 FRACASOSLOS FRACASOS TAMBIÉN AYUDAN
El número uno del tenis mundial ha manifestado:
"Sigo siendo el mismo perdiendo o ganando,
No me voy a creer un dios por ganar o hundirme por perder".
Un entrevistador de fútbol de primera división ha dicho:
"El fútbol -la vida- es así.
Una semana tocas el cielo y a la siguiente te quieren enterrar.
Pero lo importante es seguir trabajando y seguir adelante".
En la obra teatral "El divino impaciente"
el personaje central, Francisco Javier, dice:
"Conviene sentir también la amargura del fracaso".
El fracaso, por amargo que sea,
puede ayudarnos a ser más humildes,
más prudentes, más mesurados, más realistas.
El fracaso puede hacernos volver la mirada hacia Cristo
para seguirle e identificarse con Él.
El fracaso puede darnos otra dimensión
Puede ser como el eco que nos llega
de aquel aparente gran fracaso de Cristo en la Cruz.
Todo parecía que se venía abajo;
los fariseos, los saduceos, los poderes fácticos, triunfaban,
los discípulos desaparecían... pero,
El gran fracaso de su muerte era preludio de su resurrección gloriosa
y promesa de vida eterna.
Si un día nos llega algún fracaso,
no tengamos miedo ni nos hundamos.
Dicen que los primeros fracasos son necesarios porque enseñan y educan.
Todo fracaso es útil porque curte la voluntad
y templa el espíritu.
Si sabemos enfrentarnos a ellos
y superarlos con serenidad interior,
es que se ha llegado a un buen grado de madurez
y de cierta perfección espiritual.
El P.Faber solía decir:
"Jamás fracasa el hombre cuya voluntad se halla como sumida
y confundida en la voluntad de Dios".
11月16日 FORTALEZAFORTALEZA EN LA ADVERSIDAD
Un buen hombre se quejaba a una persona religiosa:
"¿Por qué las personas que obran el bien, que creen en Dios,
enferman y pueden ser visitadas por la desgracia
al igual que las personas que obran el mal
o no creen en Dios?".
Y la persona religiosa le dijo:
"El hombre que obra el bien, el que cree en Dios,
puede caer enfermo de la misma manera que aquel que no cree en Dios
u obra la injusrticia;
también puede caer en la adversidad, en la enfermedad.
"Pero quien cree en Dios y espera en Él sabe afrontar con fortaleza,
todo lo negativo y adverso que le sucede en la vida,
de una manera muy distinta, de un modo muy diferente,
de quien no cree en Dios
y por tanto nada espera de Él".
El don de la fortaleza es una energía sobrenatural
que nos ayuda a enfrentarnos con el peligro
y a aguantar y superar los momentos dificiles, de adversidad,
de enfermedad, de persecución, de sufrimiento...
La fortaleza, don del Espíritu Santo,
es un regalo que Dios hace a sus fieles seguidores.
Según Tertuliano (años 160-240), creer, confíar, rezarle a Dios,
"no impide milagrosamente el sufrimiento,
sino que sin evitarles el dolor a los que sufren,
los fortalece con la resignación.
Con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe,
el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios".
11月15日 SABIDURIAHOY PRESENTO UN FRAGMENTO DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA
(Sab. 7, 22 - 8, 1)
NATURALEZA Y PROPIEDADES DE LA SABIDURÍA
La sabiduría poese un espíritu inteligente, santo,
único, múltiple, sutil, ágil, penetrante límpido,
diáfano, impasible, amante del bien, agudo,
expedito, benéfico, amigo de los hombres,
estable, firme, libre de inquietudes,
que todo lo puede, todo lo vigila,
y penetra en todos los espíritus,
los inteligentes, los puros, los más sutiles.
Pues más móvil que todos los movimientos es la sabiduría,
y con su pureza todo lo atraviesa y lo penetra.
Es ella un hálito del poder de Dios,
una emanación pura de la gloria del Omnipotente,
por eso nada manchado entra en ella.
Es una irradiación de la luz eterna,
un espejo inmaculado de la actividad de Dios,
una imagen de su bondad.
Aunque es una, lo puede todo,
sin salir de si, todo lo renueva,
y, entrando en cada época en las almas santas,
hace amigos de Dios y profetas.
Porque Dios sólo ama al que vive con la sabiduría.
Ella es más bella que el sol,
y supera todas las constelaciones.
Comparada con la luz sale vencedora,
porque la luz tiene que dejar paso a la noche,
pero no hay maldad que prevalezca sobre la sabiduría.
Ella despliega su fuerza de un extremo a otro,
y todo lo gobierna acertadamente. 11月13日 SOBRE LA FELICIDADEL TESORO DE LA FELICIDAD
El filósofo alemán Martín Buber
cuenta en una bella y aleccionadora parábola
que en la ciudad polaca de Cracovia
vivía pobremente, rozando la miseria, un piadoso rabino judío,
de nombre Eisik.
Durante tres noches consecutivas,
Eisik soñó que debía ir a la ciudad de Praga
donde hallaría un gran tesoro.
El lugar soñado donde estaría enterrado el tesoro
era junto al asiento del puente que conducía al castillo real.
Llevado por las ansias de ver acabados sus días malos,
de hambre y de estrechez,
se encaminó a la ciudad de Praga.
Una vez allí advirtió que el puente se hallaba fuertemente vigilado.
Y con la idea del tesoro fijada en su mente empezó a merodear cerca de él.
Alertado el capitán de la guardia, le preguntó qué hacía allí. Después de largos rodeos, Eisik le manifestó los sueños y su propósito.
El oficial se rió, a la par que le contaba
que él mismo había tenido un sueño en el que se le aseguraba
y mostraba que en la casa de un tal Eisik,
un rabino judío residente en Cracovia,
había enterrado un gran tesoro junto al rincón que hay detrás de la estufa.
Pero que él había hecho caso omiso del sueño.
Oído el relato, Eisik regresó de inmediato a Cracovia.
Una vez en su casa,
empezó a cavar en el lugar soñado y descrito por el oficial.
Y ¡oh maravilla!,
¡descubrió que sí, que allí en su propia casa,
había enterrado un gran tesoro!.
Hay quien va muy lejos,
hace kilómetros o muchas cosas raras para encontrar un poco de felicidad
y olvida que el tesoro de la felicidad está muy cerca;
puede estar escondido en la propia casa,
en la convivencia con los nuestros,
en el trato con el prójimo,
en las pequeñas cosas de cada día...
Cuántas veces buscamos el tesoro de la felicidad fuera de nosotros,
cuando la felicidad, el gozo, la paz, están en el interior,
dentro de cada uno,
diríamos, en sentido metafórico, en el propio corazón. 11月11日 EVANGELIOMEDITEMOS SOBRE EL EVANGELIO DE HOY
Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos,
que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano.
Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos;
y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos.
Finalmente, también murió la mujer.
Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer.»
Jesús les dijo:
«Los hijos de este mundo toman mujer o marido;
pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos,
ni ellos tomarán mujer ni ellas marido,
ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza,
cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
Reflexión Hoy conoceremos que la Resurrección de Jesús nos abre el paso a nuestra nueva vida resucitada.
Podemos hacer vida la Palabra de Dios,
a través de un compromiso de amor y alegría con los demás.
Estamos acostumbrados a ver la vida desde la perspectiva humana sin Dios. A todo le queremos dar una explicación humana, científica, técnica,
y hemos dejado a un lado lo espiritual, lo sobrenatural de nuestra vida,
pero hay cosas, como el sentido de muerte, que sólo se pueden explicar a nivel sobrenatural.
En todos los tiempos han existido personas que no quieren creer. Gente que no acepta la palabra de Dios con sencillez y confianza.
Viene de Dios y así es, aunque yo no entienda.
Se trata de personas que quieren entenderlo todo con su inteligencia.
El mundo es muy complejo
y nuestra cabeza sola no es capaz de alcanzar todo lo que implica.
Mucho menos vamos a comprender cómo y por qué Dios ha hecho las cosas.
La fe, que nos ayuda a creer que es cierto lo que Dios nos dice, es un gran regalo que recibimos de Dios;
pero nosotros tenemos la responsabilidad de cuidarlo y hacerlo dar frutos,
porque también podemos rechazarlo y perderlo.
La Virgen María es un gran ejemplo de sencillez,
de confianza en Dios, de amor a Dios, de una gran fe entre otras cosas.
Muchas de las personas que no han sabido vivir en la fe, tratan de justificarse haciendo reflexiones rebuscadas
y tratando de ponerle "trampas" a Dios.
Esperan que la gente reconozca que ellos y no Dios, tienen la razón.
Tal es el caso de estos saduceos que querían confundir a Jesús.
Hay que tener cuidado cuando escuchemos a esas personas,
porque hay muchos que nos pueden enredar con sus palabras y alejar de la fe,
del camino que Dios ha elegido amorosamente para nosotros.
Jesús no se enoja con los saduceos. Jesús los ama y les da una respuesta que les abre los ojos a la verdad
y a la vida en Dios.
La Resurrección nos libra de la muerte. Los cristianos somos hijos de Dios, con un destino eterno,
hijos de la Vida, hijos del Amor.
Nuestra religión es de vida, es de amor.
Se trata de comunicar esta vida, y así amar y prepararnos para la vida eterna.
"Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte(Cristo ) nos libera del pecado,
por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida.
Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve la gracia de Dios
a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos...
así también nosotros vivamos una nueva vida.
Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado
y en la nueva participación en la gracia.
Realiza la adopción filial,
porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo." (CEC 654)
Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.
Dios es vida, no sólo es el Creador de todo cuanto existe.
Si nosotros somos sus hijos, participamos de su misma vida, de su amor.
Nuestra Iglesia es, por tanto la Iglesia viva.
Nuestra vivencia no debe limitarse sólo al cumplimiento frío de una serie de reglas
y normas morales,
sino que debe ser la misma vida y amor de Dios fluyendo por nuestras venas.
Alguien que no ama, no se parece a Dios,
no cumple con su misión, no vive realmente;
porque Dios es Amor (1 Jn 4,8).
Acudir a la Eucaristía, a Dios vivo, nos hace partícipes del amor de Cristo a nosotros.
¡Cuida tu fe!
Hoy en día se habla mucho acerca de lo que nos espera después de la muerte y se escuchan diferentes cosas:
que vamos a reencarnar,
que nos vamos a convertir en plantas,
que nos vamos a encontrar perdidos en el universo, etc.
Y se habla muy poco acerca de la gran felicidad y maravilla
de encontrarnos con Dios, nuestro Creador.
Recuerden que los hombres morimos una sola vez y somos juzgados.
Al final de los tiempos resucitarán los muertos (CEC 1022 y 1038).
No hay reencarnación después de la muerte, no hay fusión con el universo.
Sólo hay resurreción a la vida o muerte eterna.
Pidamos a Dios que todos podamos alcanzar el Cielo.
11月10日 HUMILDADLA PRUEBA DEL FUEGO
Una fábula cuenta
que un humilde vaso de arcilla estaba junto a una soberbia copa de oro.
Ésta dijo al vaso de arcilla:
"Eres muy frágil; mira y envidia mi solidez de oro".
El vaso de arcilla repuso:
"En las fiestas tú apareces como una sólida copa;
mas en la prueba del fuego ¿cual de nosotros resistirá más?.
Una persona que por allí pasaba, para probar lo que acababa de oír,
colocó el vaso de arcilla y la copa de oro en las llamas de un fuego.
Y vió con sus propios ojos
que el humilde vaso de arcilla se endurecía más
y se hacía más resistente.
Y vió también
que la soberbia copa de oro se derritió por completo.
Quien funda su vida en la soberbia que da el dinero y el poder;
quien busca la felicidad en las fatuidades de las cosas externas;
quien se olvida de su dimensión interior y de la vida espiritual. . .
al llegar a la prueba del fuego,
la prueba del sufrimiento,
su pretendida consistencia se derrumba, se derrite, desaparece
y el hombre antes orgulloso de sus cosas cae en la amargura del engaño
y se hunde en el propio vacío interior.
No ocurre así en el hombre espiritual,
en el seguidor de Jesús,
que sabe que para resurgir de la prueba del fuego
es necesaria la humildad,
la esperanza que engendra fortaleza,
y hacer la voluntad de Dios. 11月8日 LA FELICIDADAPRENDER A SER FELIZ
EN LA PROPIA SITUACIÓN
"Perdone", dijo un joven a una persona espiritual que irradiaba felicidad,
"usted que tiene conocimientos y experiencias de la vida,
¿podría decirme dónde puedo encontrar la felicidad?.
La persona espiritual respondió:
"La felicidad se encuentra donde estás ahora mismo".
El joven repuso:
"¿Esto?. Pero si aquí no hay nada.
Lo que yo busco es la felicidad".
Y el joven, decepcionado, abandonó el lugar
para ir en busca de otros horizontes
donde poder encontrar la felicidad.
Muchos son los buscadores de la felicidad,
pero pocos son los que de verdad saben encontrarla allí donde está.
Un autor ha dicho "que la felicidad puede ser como la neblina ligera:
cuando estamos dentro de ella no solemos verla"
Cuando la felicidad nos sale al paso
- el deber cumplido, un servicio prestado, vencer la dificultad,
darse a los demás, vivir con amor y alegría las menudencias de cada día, etc -,
nunca lleva el vestido, la apariencia,
la etiqueta que nosotros imaginábamos encontrar.
Monseñor Keppler ha escrito:
"Conviene adquirir a fuerza de ejercicio,
cierta experiencia en el arte de ser felices
allí donde nos encontramos". 11月6日 SOBRE LA FE"HE CONSERVADO LA FE DE MI MADRE"
Se ha dicho que tal vez pocas figuras en nuestra vida contemporánea
han sido tan ejemplares en la unión de la fe y de la cultura
como la de Claudio Sánchez Albornoz.
Un eclesiástico dijo hace tiempo de él:
"Por fortuna, don Claudio es un sencillo hombre de fe
y sólo grande en lo que ha trabajado por la fe y la cultura"
En los momentos cumbre de su vida
supo confesar sin ambages y públicamente su fe religiosa.
Él afirmaba:
"Soy católico, apostólico y romano"
De él se ha dicho que era hombre de fe sencilla, pero profunda;
que le encantaban las formulaciones de catecismo,
las oraciones sacadas de la Sagrada Escritura
y los actos de piedad.
Solía decir que había conservado y que intentaba vivir la fe
que le había enseñado, transmitido su madre.
En 1.978 escribió una carta a un sacerdote, el P. Adolfo Arbeloa:
"Encomiéndeme a Dios. Estoy muy viejo.
He conservado la fe de mi madre.
Como hombre he sido un pecador.
A diario me dirijo al Altísimo con las clásicas palabras:
"Non intres in judicio cum servo tuo, Dómine, quia nullus apud te justificabitur homo"
(No entres en juicio con tu siervo, Señor, porque ante Ti ningún hombre queda justificado.)
Ayúdeme con sus oraciones a conseguir su gracia y una santa y buena muerte.
Sigo trabajando a la espera de la última jornada.
Pero no como antes: me pesan los años".
Un tiempo después escribía otra carta al mismo sacerdote:
"He sido un gran pecador,
pero Dios no me ha abandonado nunca.
El Malo me tienta intelectualmente para hacer vacilar mi fe.
Ayúdeme con sus oraciones
a vencer mi gran pecado de estos postreros días de mi vida: el orgullo.
Confío en la misericordia divina.
Desde mis años mozos,
cuando veía la muerte muy lejana,
siempre repetía el mismo ruego a Dios:
"No me dejes morir sin estar en tu gracia".
Eso hago ahora
y me permite pedirle a usted que me ayude a conseguir del Altísimo
una buena y santa muerte."
En la lápida que cubre el sepulcro situado en el claustro de la Catedral de Ávila
figura una frase que él mismo eligió mucho antes de su muerte:
"Ubi Spiritus Dómini, ibi libertas"
("Donde está el Espiritu del Señor, allí hay libertad")
11月4日 DOMINGO XXXIEVANGELIO CORRESPONDIENTE AL DOMINGO
DÍA CUATRO DE NOVIEMBRE DEL 2.007
Lucas 19, 1-10
Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.
Trataba de ver quién era Jesús,
pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.
Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.
Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo:
"Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.
" Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.
Al verlo, todos murmuraban diciendo: "Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.
" Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres;
y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo."
Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham,
pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido." ReflexiónHoy aparece en escena un personaje impresionante. Y no precisamente por su estatura, pues era un hombre muy bajito.
Pero era jefe de publicanos y un famoso recaudador de impuestos.
Ya sabemos quiénes y qué reputación tenían los publicanos en los tiempos de Jesús.
Eran colaboracionistas del régimen opresor.
Y, por tanto, eran considerados como traidores y enemigos de Israel,
pues se encargaban de sacar el dinero a la gente para entregarlo al invasor: al César y a los odiosos romanos.
Pero, además, éste es –como solemos decir— “un pez gordo”.
Casi casi como un “padrino” de publicanos.
Era obvio, pues, que el pueblo judío lo despreciara.
Sin embargo, tiene la curiosidad de un niño y no duda en encaramarse en una higuera del camino por donde iba a pasar Jesús. A pesar de su aparente o supuesta maldad, todavía le queda algo de esa sana ingenuidad y sencillez
que se necesita para creer.
Sabe prescindir de su categoría y de su condición social,
y no teme hacer el ridículo con tal de ver a Jesús.
En el fondo, parece no es tan malo, pues está dispuesto a ver y a hablar a Jesús,
si le es posible, sin importarle la opinión de los demás.
Este jefe de publicanos se llamaba Zaqueo.
Nuestro Señor, que con su fina observación ya se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo a su alrededor, quiso recompensar con largueza aquel gesto de interés de ese hombrecillo.
Jesús se detiene a saludarlo por el camino.
Pero no sólo. Él mismo se autoinvita a comer a su casa:
“Baja pronto, Zaqueo –le dice el Señor— porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.
Tener amistad con un personaje tan poco prestigioso no acarrarearía buena fama a nuestro Señor.
Pero Jesús nunca se preocupó de los comentarios de la gente,
y menos cuando se trataba de salvar a las almas para llevarlas a Dios.
Es curioso el lenguaje que usa nuestro Señor: “Hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Como si se tratara de una obligación.
En todo caso, era un deber de su amor redentor.
Aquel día Jesús entraría a la casa de Zaqueo porque había sonado para él la hora de la salvación.
“Te compadeces de todos porque todo lo puedes –nos dice el libro de la Sabiduría—;
cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan.
Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho.
A todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (Sab 11, 24-27).
Estas palabras están tomadas de la primera lectura de este domingo.
Pero, además, es uno de los textos que usa la Iglesia el miércoles de Ceniza
para invitar a todos los cristianos a la conversión y al acercamiento a Dios a través de los sacramentos.
Zaqueo –nos refiere el evangelista— bajó enseguida del árbol y lo recibió muy contento en su casa. Tenía fama de pecador público, pero, en el fondo de su corazón, era mucho mejor que tantos fariseos, que se sentían “perfectos”.
Al menos, este Zaqueo, como tantos otros publicanos y pecadores,
tenía la sencillez de corazón suficiente para acoger a Jesús sin prevenciones y espíritu crítico
–como lo hacían muchos de los fariseos y saduceos—
y tenía las disposiciones interiores necesarias para recibir la salvación que Jesús le traía.
Por eso, nuestro Señor pronunció aquellas palabras tan fuertes contra los dirigentes religiosos de Israel: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, guías ciegos, que no entráis vosotros en el Reino de los cielos,
y que impedís entrar a los que querrían hacerlo!” (Mt 23,13).
Y en otra ocasión pronunció esta dura sentencia:
“Yo os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de los cielos”
porque, a pesar de sus muchos pecados,
ellos sí supieron acoger con humildad el mensaje y la salvación de Jesús, cosa que aquéllos no hicieron.
Y, lo más hermoso de todo, es ver la actitud tan sincera de Zaqueo, que le promete a nuestro Señor un cambio radical de vida y de comportamiento.
Puesto en pie, como para dar mayor solemnidad a su promesa, le dice a Jesús:
“Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres;
y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.
De verdad que ha sonado la hora de la salvación para este hombre, como nuestro Señor le confirma:
“Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también éste es hijo de Abraham.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.
Ésta es siempre la actitud de nuestro Señor. Ésa es su misión.
Para eso se encarnó y se hizo hombre, y para eso vino al mundo:
para perdonar y no para juzgar; para salvar y no para condenar.
Por eso era siempre comprensivo e infinitamente misericordioso con todos,
especialmente con los extraviados.
Ninguno de nosotros podemos dudar,
del amor y del perdón que Jesús nos concede en el sacramento de la penitencia.
¡Qué dicha y qué consuelo saber que contamos con un Redentor de tanta bondad y misericordia! Y los sacerdotes son sus representantes e intermediarios para darnos la salvación que Dios nos ofrece.
Ojalá que, a partir de hoy, acudamos con más confianza al sacramento de la reconciliación,
en donde Jesús nos espera con los brazos abiertos para acogernos y “cenar con nosotros”,
como lo hizo aquel hermoso día con Zaqueo.
11月3日 EL DON DE LA FELA GRAN FORTUNA DE SER CREYENTE
"Yo tengo la gran fortuna de creer.
Mejor: he recibido el don de creer desde niño.
Tal vez bastó una palabra de mi madre para convencerme de la existencia de Dios.
Si no hubiera partido desde una posición de fe,
es muy seguro que no habrian bastado las lecturas y reflexiones
que hice posteriormente para convencerme.
"La fe no se conquista ni con la ciencia, ni con el saber.
Y si uno piensa que podrá llegar a creer explicándoselo todo con la sola razón,
no lo logrará nunca.
Para mí que tengo la fortuna de creer,
en el hombre hay un sentido religioso
que emana de un llamamiento personal de Dios.
Voy a la iglesia; soy practicante.
Las prácticas religiosas son un reflejo de la fe en Dios.
Rezo cada vez que siento necesidad de hacerlo.
La oración es para mi un intento de establecer un coloquio con Dios.
Un intento de mi parte, naturalmente.
"Mi fe es aún, de por sí, al menos así lo espero,
aquella fe de cuando yo era un niño.
Sí, para mí, tener fe es una gran fortuna"
(Declarcaciones de D.Francesco Cossiga,
Presidente de la República Italiana,
a la Revista "Domenica del Corriere")
Gran fortuna es creer en Dios, tener el don de la fe,
porque:
- la fe llena el vacío del corazón humano;
- la fe da sentido a la vida y a la muerte;
- la fe nos da la fuerza para superar problemas y fracasos;
- la fe es el elixir para mantenerse joven de espíritu y abrir caminos de esperanza;
- la fe "mueve montañas"; "todo es posible para quienes creen";
- la fe da paz y felicidad;
- la fe es promesa de vida eterna. |
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