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10月31日
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1 noviembre 2009
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
CONSIDERACIONES EN TORNO A ESTA FIESTA
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La fiesta de todos los santos nos recuerda la multitud de los que han conseguido de un modo definitivo la santidad, y viven eternamente con Dios en cielo, con un amor que sacia sin saciar. Es también la fiesta de todos os que estamos llamados a unirnos a los que forman la Iglesia triunfante: nos anima a desear esa felicidad eterna, que solo en Dios podemos encontrar. Vivimos en esperanza, somos varones de deseos (como el profeta Daniel), de que Dios saciará todo el afán de felicidad que anida en nuestro corazón, como decía San Agustín: “nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. San Pablo dice que nadie puede imaginar las maravillas que Dios nos tiene reservadas. Saciarán sin saciar, y este pensamiento de plenitud nos ha de ayudar a llevar la cruz de cada día sin caer en conformarnos con premios de consolación, con pequeñas compensaciones efímeras, que a la hora de la verdad son engaños, cartones repintados que defraudan las ansias de cosas grandes de nuestro corazón.
San Juan Apóstol, que en sus años mozos siguió al Señor, nos dice ya en su madurez que vale la pena: “El que existía desde el principio, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos... lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su hijo Jesucristo. Esto os lo escribimos para que vuestra alegría sea completa” (1 Juan, 1). Estamos llamados a pertenecer a la familia de Cristo, desde toda la eternidad hemos sido pensados, amados, para este fin, y para ello hemos sido creados: predestinados como hijos queridísimos, por puro amor (como comienza diciendo la carta a los Efesios. Esta gratuidad de la llamada a la amistad con Dios está desarrollado en muchos otros lugares como 1Tes. 4,3).
"La meta que os propongo -mejor, la que nos señala Dios a todos- no es un espejismo o un ideal inalcanzable: podría relataros tantos ejemplos concretos de mujeres y hombres de la calle, como vosotros y como yo, que ha encontrado a Jesús que pasa ‘quasi in occulto’ por las encrucijadas aparentemente más vulgares, y se han decidido a seguirle, abrazados con amor a la cruz de cada día. En esta época de desmoronamiento general, de cesiones y desánimos, o de libertinaje y de anarquía, me parece todavía más actual aquella sencilla y profunda convicción...: estas crisis mundiales son crisis de santos” (san J. Escrivá).
Para ello tenemos los medios de siempre, que hay que adaptar a las circunstancias de cada vida: oración y sacramentos, que son medios y no fines, el fin es al que se va avanzando como el que va hacia una luz, paso a paso: con la gracia de Dios, y la lucha alegre, vamos hacia Jesús, a corresponder a su amor con nuestra correspondencia que se manifiesta en la sensibilidad para hacer la voluntad de Dios. Con estos medios tenemos experiencia de Dios, como la tuvo Moisés en el Monte Sinaí ante la zarza ardiendo sin consumirse, cuando se le manifestó el Señor diciéndole: “descálzate porque este lugar es santo”, y cuando bajó del monte, cuando su faz reflejaba la luz divina. Es también la experiencia de San Pablo camino de Damasco: ciego ante la luz, para penetrar en la luz interior. Eso es la santidad: sentir a Dios en nosotros, sentirse mirados por Dios que tira de nosotros con suavidad y fuerza hacia arriba, si le tomamos la mano que nos ofrece para que allá donde está Él también vayamos nosotros. Esa determinación de seguir a Cristo se va desplegando en una serie de virtudes que al procurar vivir con alegría y constancia, se va haciendo heroísmo. |
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Ha dicho Jesús: “Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. Este es el secreto de la alegría, la buena nueva para el mundo, la siembra de paz que necesita la sociedad. La gran solución para todo, es la santidad: ese encuentro personal con Dios, que ponemos –ante el ofrecimiento de su gracia- buena voluntad, es decir correspondencia: lucha, esfuerzo personal por ser mejores y hacer el bien, pues la fe, si no va unida a las obras, está muerta. En esta vocación que es la vida, escucha y correspondencia, diálogo abierto del hombre con Dios, parece que lo más importante es lo que hacemos nosotros sin embargo luego vemos que en realidad lo fundamental es lo que hace Dios, de ahí la vida como “dejar hacer” a Dios, como ofrenda agradecida, de acción de gracias. Decía P. Urbano que “un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí... un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza… un hombre que todo lo toma de Dios: un ladrón que le roba a Dios hasta el Amor con que poder amarle... El quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el ‘yo hago’, como el ‘hágase en mí’... El santo ni ama, ni cree, ni espera a solas: él siempre cuenta con el Otro. Por eso el santo confía... uno de esos que se fía de Dios. Pero hay que decir que, antes, Dios se ha fiado de él”. Y la meta es inabarcable, siempre en construcción: “¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios”. |
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10月30日

31 octubre 2009
Y SE LLAMABA MARÍA...
María creyó en el Dios del amor,
de él se fió y a él le cantó todas las maravillas
que hizo en ella y en su pueblo
No más que el cielo puede ser espejo tuyo. ¡Oh sol!-suspiró la gotita de rocío.
“Yo siempre estoy soñando contigo. ¿pero qué puedo esperar? Soy tan pequeña para tenerte en mí –Y se echó a llorar desconsolada.
“Le contestó el sol: Yo lleno el cielo infinito; pero también puedo estar en ti, gotita de rocío. Yo me haré chispa para llenarte y tu vida pequeñita se hará un mundo de luz”. (Tagore)
María era como una pequeña gota de rocío
que, por recibir a Dios, se hizo luz para el mundo.
María creyó en el Dios del amor,
de él se fió y a él le cantó todas las maravillas
que hizo en ella y en su pueblo.
La Virgen se llamaba María.
Así la pusieron sus padres.
Era un nombre muy corriente, pero que tenía un gran significado:
“La llena de gracia”.
María, la criatura más cercana a la Trinidad, estuvo llena de Dios.
Dios estaba en María y María vivía en Dios y de Dios.
El creador dejó una profunda huella en su alma
y por donde caminaba María,
se palpaba la presencia del Omnipotente.
Sin darse cuenta, un día cualquiera, Dios la cambió.
“Fue un día en que no te esperaba.
Entraste, sin que yo lo pidiera, en mi corazón.
Y pusiste un sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida" (Tagore).
María creyó y por eso fue alabada.
“Ella concibió la Palabra de Dios antes en la mente que en el seno”
(San Agustín).
Isabel pone la fe de María como fundamento
de todo lo que ha realizado y va a poder realizar.
Así dice “Feliz la que ha creído
que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”
(Lc 1,45).
San Pablo habla de la fe como fundamento de toda vida cristiana:
“El justo vive de la fe”(Rom 1,17).
Así lo entendió San Juan de la Cruz
al poner la fe como único medio adecuado para unir el alma a Dios.
Para conocer y poseer a Dios es necesario,
despojarse de todos los bienes para quedarse con sólo Dios.
Aunque la Virgen recibe la alabanza de su prima,
expresa con el canto del Magníficat lo que Dios es para ella: todo.
Este himno de acción de gracias alaba a Dios
por la elección que hizo en ella,
a pesar de ser tan pequeña;
reconoce, además, la providencia y misericordia de Dios en el mundo
y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres antiguos.
María experimenta en su vida que “para Dios no hay nada imposible”
(Lc 1,37).
Dios visitó a María y de este encuentro nació el Amor.
Es imposible explicar la acción de Dios.
Algo nos pueden aclarar estas palabras de Tagore:
“El que puede abrir los capullos, ¡lo hace tan sencillamente!.
Los mira, nada más, y la savia de la vida corre por las venas de las hojas.
10月27日 
28 octubre 2009
NO TE ABATAS NI TE DEPRIMAS
- No te abatas... Nada sacarás con el abatimiento... Te perjudicarás.
- No te deprimas...por momentos difíciles que pases. ¡ Has de volver a emprender el vuelo interior hacia las alturas! Te hace falta. ¡Vivirás mejor!.
- Nunca el desánimo ni la depresión... Debes atender y cuidar más tu “ánima”, tu alma, tu vida “interior”, tu vida “espiritual”... y ello tanto o más como cuidas a tu cuerpo. Es la clave para el recio hoy y para el mañana incierto y duro.
- Plutarco decía: “Apesadumbrarse, derrumbarse... no es propio de un ánimo –una alma- grande y elevada” Y menos para quienes siguen a Jesús.
- No te amilanes... por dificultades, reveses y golpes que caigan. Mira hacia arriba y... ¡tú sigue!.
- No te apegues... a los colores de la tristeza ni del negro de la desesperanza que tú mismo has pintado en las paredes de tu interior... ¡Urge cambiarlos!.
- Si has fracasado en algo... nunca el abatimiento. Aspira hondo, mira hacia lo alto y comienza de nuevo. ¡Es oficio de seres humanos!. Turenne decía:
“ Es preciso haber sido derrotado dos o tres veces... para poder ser algo”.
- Los maestros espirituales, los santos, desde hace siglos, y ahora lo
afirman los psiquiatras que: “Las personas sanas superan todas las
huellas negativas”.
- Valle Inclán repetía el axioma cristiano: “Lo mismo da triunfar... que hacer gloriosa una derrota”. Y es que “Todo sirve para los que aman al Señor”.
- Dickens, que sabía de sufrimientos por propia experiencia, decía: “No debemos dejarnos abatir. Hemos de aprender a soportar las desgracias. Recordemos que hay muchos motivos de consuelo... aun en la muerte” 10月24日

25 octubre 2009
DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
CONSIDERACIONES SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
¿Qué le pediremos a Cristo?
¡Le pediremos no cosas pequeñas, sino grandes!
(Marcos 10, 46-52)
En aquel tiempo, mientras Jesús salía de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí! Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llamadle. Llaman al ciego, diciéndole: ¡Animo, levántate! Te llama. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Rabbuní, ¡que vea! Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.
Reflexión
Bartimeo quería algo y lo pidió con todas sus fuerzas, incluso gritando.
Jesús no pudo seguir adelante,
porque había alguien junto al camino que le necesitaba
y que hacía lo posible para ser escuchado.
Entonces le llamó,
y el ciego, arrojando todo lo que tenía, su manto,
se puso en pie y acudió en seguida.
Nos encontramos ante una lección perfecta de cómo orar.
Primero hay que pedir con insistencia, con fuerza,
que Cristo venga a socorrernos.
Y hacerlo con la actitud del mendigo ciego: con humildad.
A Jesús le llamó “Hijo de David”, es decir, hijo del más grande rey de Israel.
Y de sí mismo dijo que era alguien de quien debía compadecerse.
Así es el encuentro de la criatura con Dios.
Entonces, cuando Dios encuentra un alma bien dispuesta, se rinde,
le llama y le hace la gran pregunta:
¿Qué quieres que te haga?
Hoy podemos preguntarnos:
¿qué quiero que Dios me haga?
¿Cuál es el gran deseo que arde en mi corazón?
Pidamos, pero no cosas pequeñas, sino grandes.
Pidamos aumentar nuestra fe hasta límites insospechados,
pidamos ser grandes apóstoles,
pidamos ser santos.
El ciego supo pedir lo que necesitaba.
Y para acudir a ese encuentro salvador no le importó dejar su manto,
su miserable manto,
porque así, desprendido de todo,
alcanzaría la gracia que más anhelaba en su corazón.
10月14日

15 octubre 2009
CONFÍA Y NO PIERDAS LA FE
Es difícil ver la mano divina
en lo que parece desgracia...
confía y sigue, que algo bueno te espera
El único sobreviviente de un naufragio encontró refugio en una pequeña e inhabitada isla
y cada día oraba fervientemente pidiendo a Dios que lo rescatara.
Así, diariamente revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.
Cansado de esperar,
se dedicó a construir una pequeña cabaña para protegerse a sí mismo y sus pocas posesiones.
Pero un día, después de andar buscando comida,
regresó y encontró la pequeña choza en llamas,
el humo subía hacia el cielo...
Lo peor que había pasado,
es que todo lo que tenía se había consumido entre las llamas.
El, confundido y enojado con Dios, en medio de lagrimas le decía
"¿Cómo pudiste hacerme esto?
¿Por qué permites esta desgracia?".
Y se quedó dormido sobre la arena.
Al siguiente día, muy temprano, escuchó asombrado el sonido de un barco que se acercaba a la isla...
Finalmente venían a rescatarlo.
Cuando tuvo frente a sí a los marineros, les preguntó:
"¿Cómo sabían que yo estaba aquí?".
Y sus rescatadores contestaron:
"Vimos las señales de humo que nos hiciste..."
Es fácil enojarse cuando las cosas van mal,
pero no debemos perder la paz en el corazón,
porque Dios esta preparando algo bueno para nuestras vidas,
aún en medio de lo que reconocemos como penas y sufrimiento.
Recuerda, la próxima vez que tu pequeña choza se queme....
puede ser simplemente una señal de humo que surge de la GRACIA de DIOS.
Por todas las cosas negativas que nos pasan, debemos decirnos a nosotros mismos:
DIOS TIENE UNA RESPUESTA POSITIVA A ESTO.
10月13日

14 octubre 2009
CONMEMORANDO A SAN PABLO
EL BAUTISMO
PABLO, EL GRAN DOCTOR
Apenas recibimos el Bautismo,
que nos integra en el Cuerpo de Cristo
y nos llena del Espíritu Santo,
pasamos a formar ese Pueblo de Dios
Nos entusiasma cantar esa letra inigualable de Pablo en la carta a los de Éfeso:
“¡Un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre!” (Ef 4,5)
Todo muy bien. Pero viene el preguntarse: ¿Por qué en medio de todo está esa palabra “Bautismo”, como algo muy importante entre el Señor, la Fe, el mismo Dios?...
San Pablo sabía bien lo que se decía. La Fe desembocaba en el Bautismo. El Bautismo ligaba indisolublemente al Señor Jesucristo. Y Jesucristo entregaba consagrados a Dios su Padre y Padre de todos, a los consagrados, que juntos formaban un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Jesucristo en una sola Iglesia.
En el Evangelio, Juan, el profeta del Jordán, preanunció el Bautismo de Jesús, bautismo no de agua, sino de Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16)
Jesús lo proclamó solemnemente antes de subirse al Cielo: “Vayan, y bauticen a todos en el nombre del Padre, y del Hijo,. Y del Espíritu Santo” (Mt 28,19)
En el día de Pentecostés, Pedro gritó a la muchedumbre que le escucha compungida y atónita: ¿Quieren salvarse?... “¡Bautícense en el nombre de Jesucristo!” (Hch 2,38)
Para los Apóstoles, el Bautismo era el don supremo que hacían a los que abrazaban la fe; les comunicaban el Espíritu Santo, y los admitían a la Fracción del Pan, la comunión del Cuerpo del Señor.
Pero fue Pablo quien nos dejó en sus cartas la teología más rica de ese don de Dios que nosotros recibimos casi nada más nacidos, al abrirse nuestros ojos a la luz. Por el Bautismo empezamos a ser hijos de Dios apenas habíamos empezado a ser unos hombres o mujeres en miniatura. ¡Qué regalo del Cielo, recibido en el seno de las familias cristianas!...
Para entender lo que es el Bautismo en la mente de Pablo hay que remontarse al paraíso. Todos estamos comprendidos dentro de la Humanidad pecadora, sin excepción alguna, exceptuada María, redimida en el primer instante de su ser por privilegio especial de Dios. Los demás, pecadores todos.
Además, los adultos convertidos se presentaban ante la piscina, la fuente o la pila bautismal, cargados con toda suerte de inmundicia. ¿Y cómo salían del agua, una vez pronunciada la palabra bendita: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?...
Pablo les responde a aquellos nuevos cristianos, salidos del paganismo: “Ustedes fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados” (1Co 6,11)
Quedaba fuera la inmundicia del pecado… Venía una santidad inmaculada, de belleza sin igual… Se establecía una paz con Dios cumplida, total.
Todo es fruto de la Sangre de Jesús, detergente divino que limpia cualquier mancha, nos merece el don santificador del Espíritu, y es precio pagado para nuestra pacificación perpetua con Dios.
Del Bautismo arranca nuestra máxima dignidad, pues el Bautismo es el que nos da derecho a llamarnos y ser cristianos.
Va de anécdota curiosa, de nuestros mismos días: El Papa Pío XI recibió la tarjeta navideña de un niño alemán, con esta felicitación: “Santo Padre, te deseo que seas un buen cristiano”. El Papa se emocionó, y le enseñaba la tarjera al Arzobispo y Cardenal de Berlín: - ¿Se da cuenta? Este niño me señala mi mayor dignidad y quiere para mí lo mejor: ser un cristiano cabal.
Volvemos a San Pablo, que nos dice cuál es el término feliz a que nos lleva el Bautismo:
“Dios nos salvó por el bautismo, el baño de regeneración y de renovación por el Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos en esperanza constituidos herederos de la vida eterna” (Tt 3,5-7)
¡La vida eterna! Ese Cielo en que soñamos tanto. Ese Cielo, herencia dichosa de los que por el Bautismo llegaron a ser hijos de Dios
Al Cielo, la Tierra prometida, no se va aisladamente, sino formando pueblo, el nuevo Israel de Dios, en el cual se entra precisamente por el Bautismo.
Apenas recibimos el Bautismo, que nos mete en el Cuerpo de Cristo y nos llena del Espíritu Santo, formamos ese Pueblo de Dios, como nos dice San Pablo:
“Entre los que se han bautizado ya no hay ni hombre ni mujer…, ni judíos ni griegos, ni esclavos ni libres…, ya que todos son uno en Cristo Jesús” (1Co 12,13; Gal 3,27-28)
Por estas palabras de Pablo, ¿nos damos cuenta de lo que puede ser y es la Iglesia de Cristo para el mundo?... La ansiada unidad, la paz y la fraternidad de todas las gentes, tienen en Cristo el ideal y la fuerza unitiva más fuerte que puede darse en la tierra.
Cuando Pablo mira el rito del Bautismo, y ve a la persona que se hunde en el agua y sale de ella, simulando un meterse en el sepulcro y un escaparse de él con vida, le viene a su mente la idea más feliz:
- ¿Se dan cuenta? Con Cristo fuimos sepultados con Él en su muerte; pero así como Cristo se escapó de su sepulcro lleno de vida, así nosotros hemos resucitado a una vida nueva. Murió el viejo Adán pecador, y vivimos en Cristo y como Cristo una vida nueva. (Ro 6,3-4; Col 2,12)
¿Cuál es esta vida nueva con Jesús Resucitado, según San Pablo?
Lo dice con palabras bellísimas:
“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y su vida está escondida en Dios. Y cuando aparezca Cristo, su vida, también ustedes aparecerán gloriosos con él” (Col 3,1-4)
Pocas canciones gastan nuestros labios como esa tan bella y tan profunda que nos ha dictado San Pablo:
“¡Un Solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre!”.
“Bautizados”
Es una etiqueta impresa en nuestra frente y con la cual se nos franquean todas las puertas.
En la tierra, la puerta de la Iglesia con sus Sacramentos y la Comunión de los santos.
En la frontera última, la puerta del Cielo que se nos abrirá de par en par…
10月12日
13 octubre 2009
LA SERPIENTE Y LA LUCIÉRNAGA
Cuenta la Leyenda, que una vez,
una serpiente empezó a perseguir a una Luciérnaga;
esta huía rápido por miedo de la feroz depredadora,
y la serpiente no pensaba desistir.
Huyó un día, y ella no desistía, dos días y nada.....
En el tercer día, ya sin fuerzas la Luciérnaga paro y dijo a la serpiente:
-Puedo hacerte tres preguntas???
-No acostumbro dar ese privilegio a nadie
pero como te voy a devorar, puedes preguntar...
-¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
-No, contestó la serpiente....
-¿Yo te hice algún mal?
-No, volvió a responder
-Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
-Porque no soporto verte brillar........!
Muchos de nosotros
nos hemos visto envueltos en situaciones donde nos preguntamos:
¿Por qué me pasa esto si yo no he hecho nada malo?
Sencillo.......porque no soportan verte brillar.
La Envidia, es el peor sentimiento que podemos padecer..........
Que envidien tus logros, tu éxito......
Que Envidien verte brillar.....
Cuando esto pase, no dejes de Brillar,
continua siendo tu mismo,
sigue dando lo mejor de ti,
sigue haciendo lo mejor,
no permitas que te lastimen,
no permitas que te hieran,
Sigue Brillando y No podrán tocarte....
porque tu Luz seguirá intacta!!!
10月11日

12 octubre 2009
FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DEL PILAR
Celebramos en este día 12 de octubre la fiesta de la Hispanidad.
El día en el que confluyen los sentimientos y el patrimonio común
del mundo de habla hispana.
Y, ¡cómo no! la festividad de la Virgen del Pilar.
Una advocación que arranca desde los albores de la vida cristiana
y que mantiene viva, su devoción y espiritualidad,
en Zaragoza y en tantos lugares de nuestra tierra.
EL PILAR ES CRISTO
La Virgen del Pilar nos acerca al Misterio de la fe.
Es Cristo, no Ella, la razón de nuestra fe.
Es Cristo, no Ella, la que da cimentación sólida a nuestra vivencia cristiana:
la Resurrección de Cristo nos traerá la nuestra.
Pero, con María, los misterios de la salvación los guardamos más y mejor.
La Virgen María, aun no siendo el pilar de nuestra fe,
es una base que da sustento a nuestra espiritualidad,
que nos ayuda a entender la voluntad de Dios,
a ponernos en pie para ser testigos del amor de Dios.
Decir “Virgen del Pilar” es dar solera a nuestras vivencias cristianas.
Es dejar que, Dios, ponga fondo –buena falta que nos hace-
a lo que decimos ser y practicar.
La Virgen del Pilar nos seduce.
Una vez más, con esta celebración, expresamos nuestra admiración por María.
Un asombro que no se queda en la estética
o en la beldad de su corona y de sus mantos.
¡Vamos mucho más allá!
Damos gracias a Dios
porque, Ella, cumplió perfectamente lo establecido desde antiguo.
Su papel, y hay que recordarlo, fue determinante.
No fue protagonista principal pero, en el guión de la Encarnación,
habló con su obediencia, su fe, sufrimiento, silencio, oración,
disponibilidad, entrega y confianza.
¿Pudo dar alguien algo más?
Por ello mismo, la Virgen María, sigue estando metida en el sustrato
y en las entrañas de nuestros pueblos.
Asomarse a Zaragoza y contemplar las torres del Pilar,
es una llamada a vivir con los pies en la tierra pero sin apartar los ojos del cielo:
como Ella, como María, como lo hizo María.
Comprometida en la causa del hombre
(¡cuánto no disfrutaría al comprobar que su Hijo era Salvación de la humanidad!)
pero a la vez intuyendo que una fuerza poderosa, Dios,
era la que pergeñaba todo aquello que iba a resultar incomprensible para unos,
duro para otros y escandaloso para tantos y tantos más:
¡EL VERBO ENCARNADO!
Por ello mismo damos gracias a Dios.
Por esta criatura tan privilegiada.
Porque Ella refleja perfectamente al cristiano que busca a Dios.
A las personas que, con sencillez y verdad, intentan vivir su fe y la transmiten
como cauce de salvación y de oxigenación a este mundo tan corrompido.
En ese sentido, por qué no decirlo,
en cuanto que está muy cerca del pilar de nuestra fe (que es Jesús)
también, María, se convierte en una columna que ayuda y mucho
a sostener la fe de millones de hombres y de mujeres.
Hoy, como hace siglos,
María sigue señalándonos el lugar donde hemos de levantar un templo para Dios.
Ese lugar, maniatado por tantas cuerdas,
confundido por tantos amores,
traspasado por tantos odios y preocupaciones
es el corazón del hombre.
Que en este día de la Virgen del Pilar nos comprometamos como cristianos
a dejar el mejor solar de nuestros corazones para Dios.
Para que el Espíritu Santo realice a través de nosotros
obras, sino tan grandes,
sí tan leales y nobles como las que se llevaron a cabo en Santa María.
Que la Virgen del Pilar,
espejo en el que se miran todos los pueblos de habla hispana,
nos ayude también hablar una sola lengua:
el amor, el perdón, la fe, la esperanza, la alegría, la confianza
y nuestra convicción de que Dios cumple lo que promete.
10月10日

11 octubre 2009
DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
COMENTARIO SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
(Marcos 10, 17-30)
En aquel tiempo, cuando Jesús se ponía ya en camino, se le acercó corriendo un hombre y arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.» Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.
Reflexión
Esta pregunta parece superflua o tonta, pero no lo es. Al menos, a juzgar por las palabras de nuestro Señor: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!”. Los mismos discípulos se quedaron extrañados al oírle expresarse así. Y Jesús, con su conducta habitual, en vez de apaciguar el tono de sus sentencias, lo hace todavía más rotundo: “Sí, hijos, más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Los discípulos se espantaron aún más –nos refiere san Marcos— y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”.
Hace no mucho tiempo algunos teólogos católicos, así llamados de la “teología de la liberación”, trataron de manipular el mensaje de Cristo –sobre todo en los países de América Latina— diciendo que la Iglesia debía ocuparse sólo de los pobres y marginados; e, inspirándose en la filosofía marxista, preconizaban la lucha de clases dentro de la misma Iglesia. ¡Qué aberración! Y, tristemente, todavía hay muchos sectores eclesiásticos que siguen pensando y opinando lo mismo….
Sin embargo, hay que hablar con la verdad del Evangelio: nuestro Señor nunca condenó la riqueza ni los bienes terrenos por sí mismos. Es más, entre sus amigos y discípulos se encontraban José de Arimatea y Nicodemo, que eran hombres ricos; Jesús se hospedó en la casa de Zaqueo y de Simón el fariseo, que también tenían grandes riquezas; entre sus apóstoles se contaba uno que había sido publicano, o sea, recaudador de impuestos. Y además, aceptaba en su compañía a “algunas mujeres que le asistían y le ayudaban con sus bienes” –nos refiere san Lucas—. Lo que nuestro Señor condena es, pues, el apego desordenado a las riquezas y a los bienes terrenos, el “hacer depender de ellos la propia vida” y el “acumular tesoros sólo para sí mismos” (cfr. Lc 12, 13-21).
Y es que el apego desmedido al dinero lleva al hombre a la avaricia y a la más completa ceguera hasta el punto de olvidar lo más importante en la vida: “¡Necio! –llamó nuestro Señor en una de sus parábolas a un avaro—; esta misma noche te van a reclamar el alma. Todo lo que has acumulado, ¿para quién será?” (Lc 12, 20). La avaricia hace mucho más difícil la entrada al Reino de Dios no por las riquezas en sí mismas, sino porque se convierten en una idolatría. Por eso dijo Jesús que “no se puede servir a dos señores, porque se ama a uno y desprecia al otro; no se puede amar a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). Y esto fue lo que le ocurrió al joven rico del evangelio de hoy. Y eso fue también lo que le pasó a Judas Iscariote, que entregó a Cristo por treinta miserables monedas de plata.
Pero está claro que tanto los ricos como los pobres son hijos de Dios, y tanto unos como otros pueden ser no sólo buenos cristianos, sino también santos. Ha habido muchos reyes y reinas, príncipes y nobles que han sido ejemplos preclaros de virtud y de santidad, y sus riquezas no les han impedido su camino hacia Dios. Allí están san Enrique, san Luis de Francia, santa Isabel de Hungría, santa Brígida de Suecia, san Francisco de Borja, santa Margarita de Escocia, san Wenceslao, san Casimiro y miles más.
Las riquezas son algo accidental, y deben ser un medio más para vivir y para servir mejor a Dios y al prójimo. Cuando el dinero no se usa para eso, es entonces cuando comienzan los problemas… y ahora sí nuestro Señor condena. De aquí nace la prepotencia, la soberbia, la avaricia desenfrenada, el maquiavelismo, la injusticia diabólica y la corrupción de muchos ricos y poderosos de la tierra que sólo se sirven a sí mismos y a sus propios intereses… Es entonces cuando la riqueza se convierte en un gravísimo peligro y un obstáculo para la propia salvación. Y así se cumple la palabra del Señor: “es más fácil a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los cielos”.
Lo importante es, pues, cómo usamos de los bienes: si le damos gracias a Dios porque nos da elementos para vivir y descansar, y con ellos ayudamos a nuestros semejantes, o si sólo nos servimos a nosotros mismos y a nuestros caprichos. Pero, ¡atención!, no hay que ayudar a los demás sólo con las migajas que nos sobran y que caen de nuestra mesa, sino con verdadera generosidad. Sólo así vamos por el recto camino. 10月9日
10 octubre 2009
MARÍA, LA VIRGEN PURA
En los ojos de María se veía la pureza.
¡ Quién pudiera haberlos visto realmente
tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante!
Siempre me ha hecho reflexionar mucho aquella bienaventuranza de Cristo:
Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.
¿Qué tendrá que ver la pureza con la vista? Desde luego, con la vista corporal quizá no tenga que ver apenas nada. Pero seguramente mucho con la vista espiritual. Porque está claro que a Dios no se le puede ver con los ojos de la carne, pero sí con los del espíritu, con los del corazón, que son la fe y el amor. Sólo cuando el alma es pura y cristalina está en condiciones de poder ver y contemplar a Dios. Sólo en un corazón puro -escribía San Agustín- existen los ojos con que puede Dios ser visto. Me imagino que Cristo al formular esta bienaventuranza tenía en mente a su Madre. Ella era la creatura más pura que jamás ha existido y existirá. El corazón de María era como un mar de gracia profundo, cristalino y transparente. Nadie como Ella tan pura. Bien lo dijo San Ambrosio: Quién es más noble que la madre de Dios? ¿Quién más espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor? ¿Quién más pura que la que generó una creatura sin contacto físico alguno? Ella era virgen pura no sólo en el cuerpo, sino también en el alma. Se ha dicho siempre que los ojos son las ventanas del alma. Es cierto. A través de ellos se puede mirar al interior de otra persona. Por eso, mirando a los ojos a María podremos ver y apreciar la pureza inmaculada de su alma.
Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.
Los ojos de María.
Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores. Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba. Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio. Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de doblez.
Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos. Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales. Como los describen aquellos en versos de Pemán: A Tus ojos, luz de aurora / sobre el desierto frío. / Tu mirada, rocío / sobre la dura arcilla pecadora. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición... Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso... Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, se sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma. Ojos que pueden llorar y cuyas lágrimas al caer en la tierra, obran portentos también en el cielo. Bien comprendió esto aquel poeta que le rezaba a la Virgen: Tus lágrimas son las perlas / que compran mi salvación. / Jesús me perdona al verlas. / Son sangre del corazón / que se derrama al verterlas. Y es que de unos ojos así sólo pueden salir lágrimas cargadas de la omnipotencia del amor de quien es Madre de Dios y mediadora de toda gracia. Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.
Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.
El ver las estrellas / me cause enojos, / pero vuestros ojos /más lucen que ellas, escribió con tino Lope de Vega. Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios.
María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, Aun inefable milagro de Dios; es más, es el más alto de todos los milagros y digna Madre de Dios. Pablo VI la describe como Ala mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación.
Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa. Pero me temo que muchos de nosotros somos incapaces de sostener una mirada tan luminosa. Nos molesta el chorro de luz que el alma pura de María despide a través de sus ojos y de todo su ser. Nuestras pupilas, tan acostumbradas quizá a las oscuridades de la impureza y del pecado, no soportan semejante claridad. A lo mejor no queremos que esa mirada materna desenmascare y purifique nuestra alma llena de barro. Porque no estamos dispuestos a dejar que en ella penetre la gracia de Dios y la limpie y la ordene y la santifique. Todo eso cuesta mucho. El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados. Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.
María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable. 10月8日
9 octubre 2009
ENFERMARSE DE JESUCRISTO
Una enfermedad no se contagia hablando de ella,
sino estando enfermo.
Sólo el que está enfermo puede contagiar a otro
De todas "las condiciones" que Jesús pone a quien decide ser su discípulo:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame (Lc 9, 23)
¿No crees que es la más difícil?
Se podría pensar que la más costosa sea tomar la cruz, pues a nadie agrada la cruz, más bien la evitamos.
Quizás los más maduros en años y quienes se han preocupado un poco de crecer en la vida personal y espiritual saben que aún más difícil que la cruz es la renuncia a sí mismo.
Sin embargo la más difícil es la última: seguir a Cristo. Muchas veces no nos queda más remedio que aceptar las cruces que nos vienen; en otras ocasiones las circunstancias nos obligan a renunciar a nuestros planes. Si lo hacemos de mala gana, sufriremos más, pero la cruz y la renuncia siempre estará presente y mal o bien se sobrelleva.
Como recordó el Papa a los jóvenes, "la radicalidad de una elección que no admite demoras ni repensamientos es una exigencia dura, que impresionó a los mismos discípulos y a lo largo de los siglos ha frenado a muchos hombres y mujeres en la entrega a Cristo".
Quizás tú, como tantos otros, te has preguntado cómo es posible que habiendo tantos cristianos en el mundo, en la sociedad de hoy no se vive un ambiente de amor, unidad y paz. La respuesta es clara y dura para los que creemos en Jesucristo: muchos son cristianos pero pocos siguen a Cristo. ¿Eres tú cristiano? Creo que sí. Pero, ¿sigues a Cristo?
Una enfermedad no se contagia hablando de ella, sino estando enfermo. Sólo el que está enfermo puede contagiar a otro. Así, solo el enfermo de Jesucristo podrá contagiar a otros su amor. No nos hagamos ilusiones, para contagiar el amor del Señor es necesario estar enfermos de Él, vivir su amor y perdón.
Seguir a Cristo, no es estar inscrito y participar en alguna que otra actividad de la propia parroquia. "Con la invitación ´sígueme´ Jesús repite a sus discípulos no sólo: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis elecciones, gasta conmigo tu vida por amor a Dios y a los hombres".
¿Cómo podemos enfermarnos de Jesucristo, es decir, compartir su vida y sus decisiones?
En primer lugar, y no podemos cansarnos de repetirlo, con la oración, que no consiste en letanías y rezos, sino en una cordial conversación con Dios, sin prisas, llena de una filial confianza y de verdadera humildad.
Dialogar, no me refiero a hablar, en todas las circunstancias es difícil. ¡Qué difícil es el diálogo para muchos matrimonios!, ¡con qué frecuencia lo evitan! ¡Qué difícil es el diálogo entre los jóvenes!, ¡con qué facilidad terminan en discusiones y altercados! Dialogar es difícil, y mucho más con Dios, porque quien dialoga debe ir dispuesto a cambiar su opinión y a aceptar lo que el otro dice. ¡He aquí la verdadera dificultad de la oración!
El problema de la oración no consiste en no saberla hacer. Hace veinte años pocos cristianos sabían usar computadoras, hoy han aprendido y la usan con frecuencia y provecho. ¿Por qué no han aprendido a orar? Porque el diálogo con Dios compromete nuestras vidas.
El segundo medio para enfermarnos de Cristo es aún más arduo. Se trata de evitar lo que Él no hizo en su vida, principalmente evitar el egoísmo, es decir, rechazar los juicios temerarios y las discusiones inútiles, aprender a escuchar y a respetar a los demás, abstenerse de críticas, chismes y palabras ofensivas. ¡Cuánto retrasamos el amor de Jesucristo en la sociedad a causa de nuestras conversaciones inútiles y llenas de faltas de caridad hacia nuestros hermanos los hombres! Te hago una propuesta: un día, un sólo día, proponte no juzgar ni decir nada negativo de los demás. ¿Aceptas el reto? ¿Verdad que es fácil llamarse cristiano pero muy difícil seguir a Cristo en lo que nos pide?
Pero verdaderamente nos enfermaremos del Señor cuando vivamos la caridad que Él practicó. Caridad que no se limita a dar limosnas materiales. Más bien se expresa en ofrecer la limosna de nosotros mismos, que, dentro de la familia consiste en ayudarse recíprocamente, afrontando juntos las dificultades propias de la vida matrimonial, aprendiendo a aceptar los defectos y los momentos negativos del otro, en perdonar y humillarse, si es necesario, con tal de no herir el amor.
Caridad es también dar la limosna del propio tiempo y de las cualidades personales al servicio de los demás y de la Iglesia.
Sólo así haremos lo que Jesús nos pide:
"Gasta conmigo tu vida por amor a Dios y a los hombres".
10月6日

7 octubre 2009
CONMEMORANDO A SAN PABLO
¡Y JESUCRISTO CRUCIFICADO!...
CON EL ESCARMIENTO DE ATENAS
El mal puede ser muy fuerte,
pero yo tengo en mi mano algo mucho más fuerte:
la Cruz de Cristo, ¡ y Dios vencerá!...
¿Qué hago en una ciudad como ésta?..., se preguntó Pablo nada más llegar a Corinto.
Y se respondía a sí mismo:
- Lleva fama de ser la ciudad más disoluta de Grecia y de todo el Imperio... Ahí está el Acrocorinto dominándolo todo con un templo a la diosa del placer… ¿Y si en esa montaña tan bella montara yo la Cruz del Señor?...
Estos pensamientos de Pablo ya los sabíamos por la carta del otro día, y en la cual encontrábamos esa afirmación suya tan lapidaria:
“No quise saber otra cosa entre ustedes sino a Jesucristo, y a Jesucristo Crucificado”.
Pero Pablo se dijo más:
- Y para que esto les entre por los ojos a cuantos me oigan, habrán de verlo primero en mí: “estas llagas de Cristo que llevo impresas en mi carne” con tantos azotes, con las pedradas de Listra, con el caminar agotador en jornadas inacabables, con las manos encallecidas por el trabajo, con esta enfermedad que no acaba de curar… Han de ver que “estoy clavado con Cristo en la cruz”, y entonces me entenderán y me harán caso. (Ga 6,17; 2,2)
Seguía Pablo interrogándose sobre la eficacia de su predicación:
- Aunque sé que se me van a reír. Los griegos me dirán: ¿Un Dios crucificado? ¿Con esta estupidez nos viene este iluso?... Y me van a responder los judíos: ¿El Cristo, nuestro esperado Cristo, ahora crucificado? ¿Con semejante escándalo nos viene este Pablo?…
Así pensaba Pablo sobre la cruz de Jesús, así lo vivía, así lo predicaba, y así nos lo enseñó con esa palabra imponderable que repetimos una vez más:
¡Jesucristo, y Jesucristo Crucificado!
Si Pablo dice con tanta firmeza: “¡Nosotros predicamos a Jesucristo Crucificado!” (1,1.21), algo grande tiene que ver el Apóstol en este misterio como medio irreemplazable de la predicación evangélica.
Y lo primero que nos asegura Pablo es:
- En la cruz de Cristo encontramos “la fuerza de Dios para los que se salvan” (1,18)
La Cruz es la fuerza que venció al enemigo que nos tenía agarrotados en el pecado y en la condenación. Porque Satanás, que en un árbol había cantado victoria, en otro árbol mordió el polvo de la derrota.
Pablo lo decía ahora con toda convicción:
- El mal de Corinto puede ser muy fuerte, pero yo tengo en mi mano algo mucho más fuerte en la Cruz de Cristo, ¡y Dios vencerá!...
Pablo piensa en la Cruz de Cristo de mil maneras. Una preciosa es aquella a los de Colosas:
Dios tenía en la mano el acta que hombres y mujeres habían firmado con sus culpas, y Dios la podía presentar a cada uno en su tribunal: - Conocías mi ley, ¿verdad que sí? Mira, esto es lo que has hecho tú. Aquí está tu firma sobre esa mi ley que tú has quebrantado. ¿Qué sentencia te toca, qué esperas? El demonio está reclamando, pues tú firmaste por instigación suya, le obedeciste haciéndote su esclavo, y pide para ti pena de muerte eterna. ¿Qué hago?... Dios tenía que escuchar a Satanás, el cual gritaba exigiendo justicia. Pero Dios miró a su Jesucristo colgado en el patíbulo, y diciendo: - ¡Perdón, Padre, que no saben lo que han hecho! Entonces Dios tomó y revisó ese documento; lo clavó en la cruz dándolo por no escrito ni firmado; vino la amnistía total, y conmutada la condenación eterna por una salvación perpetua.
Esto y no otra cosa dice Pablo con esa expresión bellísima:
“Les perdonó a ustedes todos sus delitos anulando el acta, que les era contraria, clavándola en la cruz” (Col 2,13-14)
¡La Cruz! Dios la mira con una complacencia para nosotros inimaginable. Pero Pablo, que nos ha dicho todo esto, ahora viene a preguntarse bastante extrañado:
· ¿Cómo es posible que haya enemigos de la cruz de Cristo? ¡Y en el mundo los hay! ¡Y son tantos por desgracia!... (Flp 3,18)
· ¿Cómo es posible que haya guerras en el mundo, si Jesucristo pulverizó todos los muros al pacificar todo con la sangre de su Cruz?... (Ef 2,14; Col 1,10)
· ¿Cómo es posible que haya quien escandalice y pierda a un hermano, por el que murió Jesucristo?... (1Co 8,11) ¿Cómo es que entre los redimidos haya quienes se alejan de Jesucristo por la culpa? Y eso que saben muy bien que “cargan con el castigo que merecerá el que pisotea al Hijo de Dios, al profanar la sangre que le santificó”… (Hbr 10,29)
· ¿Cómo es posible que haya cristianos inconscientes, que no se dan cuenta de lo que valen? ¡Nada menos que la sangre de Cristo! Yo les digo: “¡Han sido comprados a buen pecio!”. “¡No se hagan esclavos de nada ni de nadie!”. (1Co 6,20 y 7,23) *
Este pensar de Pablo no pierde actualidad. En la sociedad de consumo, del bienestar que olvida a Dios, del placer que embota los sentidos…, la Cruz puede ser odiada y rechazada, pero al fin se impone, porque sus interrogantes no tienen más respuesta que la generosidad:
¿Un Dios tan bueno que así ama? ¿Un Dios justo que así exige? ¿Un Dios compasivo que así perdona? ¿Un Dios que así defiende? ¿Un Dios que al dar su Hijo se queda sin poder dar nada más?...
Y por cierto, en nuestra América Latina es una bendición de Dios ese amor que nuestros pueblos tienen al “Santo Cristo”, como las gentes sencillas y creyentes llaman a Jesús Crucificado.
El Crucifijo en nuestras tierras rinde a cualquiera.
Como lo ensayó aquella religiosa valiente que se metió entre la guerrilla, y pidió al jefe:. - ¿Hacemos un trato? ¿Me da lo que yo le pida, y acepta lo que yo le doy? - ¿Qué me pide usted a mí, Hermana, y qué me da después? - Le doy mi Crucifijo. ¿Y me entrega usted su pistola?... El trato quedó cerrado. El guerrillero dio un beso al Cristo de la Cruz, y su dedo ya no hizo funcionar más el gatillo.
¡Vencedor de toda resistencia, Jesucristo Crucificado!
Si en las manos de Pablo pudiste con Corinto, no digas que no vas a poder con nuestro mundo de hoy… 10月5日
6 octubre 2009
¿ESTAMOS LISTOS PARA LA CONVERSIÓN?
Hay que romper con egoísmos miserables,
abrir el corazón a la sinceridad
que nos permite reconocer que hemos pecado
La llamada a la conversión viene de muy lejos y está muy cerca de nosotros.
Viene de Dios, que desde el pecado primero, el que marcó la historia humana de un modo trágico, no cesa de pedirnos un cambio sincero para romper con el mal y para volver a la vida de gracia, a su Amistad y Amor.
Viene de Dios, con la voz de los Profetas, con las palabras de Juan el Bautista, que invita a vivir honestamente, a dejar la hipocresía, a romper las amarras que nos atan al dinero o a los placeres deshonestos (cf. Lc 3,1-14).
Viene de Dios, desde los labios de Cristo: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Su voz sencilla y fuerte, su palabra convencida y sincera, su vida de servicio humilde y manso, nos ponen ante los ojos el camino que lleva a la vida, a la paz, al amor, a la eternidad.
Esa llamada resuena en nuestro tiempo, está muy cerca de nosotros. Porque cada hombre, cada mujer, vive bajo el influjo del pecado, siente la presión de una carne frágil y engañosa, se deja arrastrar muchas veces por los halagos de un mundo lleno de egoísmos, apegado al dinero, desenfrenado en la búsqueda del placer o del triunfo, sometido bajo el dominio de Satanás.
Para dar el paso hacia la conversión necesitamos dejar un espacio a la escucha, romper con egoísmos miserables, abrir el corazón a la sinceridad que nos permite reconocer, como el rey David, que hemos pecado. Sólo desde la sinceridad más absoluta, desde la apertura del alma que denuncia sus propios males, estaremos listos para el siguiente paso, para el camino que nos permite cambiar de vida.
No es fácil, en un mundo como el nuestro, tener esa sinceridad, esa audacia que nos lleva a decir que hemos pecado. Pero Dios mismo espera, susurra, actúa en las almas. Si le escuchamos, si le dejamos un espacio en la propia vida, si le permitimos iluminar lo oscuro y lo sucio que hay en nuestras almas, podremos también sentir que su Amor y su gracia lo pueden todo.
Sólo hace falta que le dejemos tocar, como Buen Samaritano, nuestras llagas, para que el aceite de la gracia actúe, cure, rescate, salve, a quien hasta ahora vivía en el más profundo y triste mundo del pecado, y que desde ahora podrá amar mucho porque ha sido perdonado mucho... (cf. Lc 7,36-50).
10月4日
5 octubre 2009
¿ DÓNDE ESTÁ LA FELICIDAD?
Esta historia nos enseña que la felicidad está en nosotros mismos
En el principio de los tiempos
se reunieron varios demonios para hacer una de las suyas. Uno de ellos dijo: - Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué? Después de mucho pensar uno dijo: -¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad,
pero el problema va a ser dónde esconderla
para que no la puedan encontrar.
Propuso el primero:
"Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo",
a lo que inmediatamente repuso otro:
"No, recuerda que tienen fuerza,
alguna vez alguien puede subir y encontrarla,
y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".
Luego propuso otro:
"Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar",
y otro contestó:
"No, recuerda que tienen curiosidad,
alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar
y entonces la encontrará". Uno más dijo:
"Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra".
Y le dijeron:
"No, recuerda que tienen inteligencia,
y un día alguien va a construir una nave
en la que pueda viajar a otros planetas
y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad".
El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás.
Analizó cada una de ellas y entonces dijo:
- Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.
Todos se miraron asombrados y preguntaron al mismo tiempo:
"¿Dónde?".
El demonio respondió:
"La esconderemos dentro de ellos mismos,
estarán tan ocupados buscándola fuera que nunca la encontrarán".
Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así:
el hombre se pasa la vida buscando la felicidad
sin saber que la trae consigo.
10月3日

4 octubre 2009
DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
CONSIDERACIONES SOBRE EL SANTO EVANGELIO DEL DÍA
Marcos 10, 2-16
Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». El les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés?» Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.» Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.» Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.» Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.» Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.
Reflexión
Hace ya mucho tiempo hicieron esta misma pregunta a nuestro Señor. ¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? -le preguntaron los judíos al Señor-. En el judaísmo del tiempo de Jesús había dos posturas contrapuestas sobre el tema del divorcio: una, liberal, que daba al hombre derecho de repudiar a la esposa por cualquier motivo que él, en su propio arbitrio, considerara suficiente; la otra, en cambio, tenía un poco más de consideración respecto a la mujer, y exigía que existiera, al menos, un motivo grave y razonable para ello. Aquellos hombres pretendían que Jesucristo se pronunciase sobre una de esas dos posturas, pero les va a salir, como tantísimas otras veces, el tiro por la culata.
Les responde, sencillamente, que por ningún motivo debe el hombre divorciarse de su mujer. Y, como argumento decisivo, apela a la Palabra de Dios, a la Sagrada Escritura: Moisés lo permitió por vuestra terquedad les dice. Pero al principio de la creación no era así. Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. ¡Respuesta clarísima y contundente! No hay lugar a dudas ni a fáciles escapatorias.
El Evangelio del día de hoy nos permite hacer una brevísima reflexión sobre la dignidad del matrimonio cristiano y la grandeza de la fidelidad conyugal. Existen ya tantas y tantas páginas sobre este tema, que es imposible decir algo nuevo. Pero no es lo que pretendo. Y tampoco me voy a detener en aspectos doctrinales que considero que ya te son muy bien conocidos. Simplemente deseo compartir contigo, amigo lector, algunas experiencias, pues las páginas más bellas y fascinantes son las que se han escrito no con tinta, sino con el amor, la sangre y la vida misma.
Creo que todos guardamos en nuestra memoria testimonios muy hermosos y admirables de esposos cristianos, que han sido ejemplo de auténtico amor y fidelidad conyugal a lo largo de su vida, a pesar de las mil dificultades de todos los días. Más aún, es precisamente en las pruebas donde este amor se acrisola, y el paso de los años agigantan y embellecen la fidelidad.
Hace ya tiempo conocí a una señora sevillana, todavía joven y bella, que llevaba como veinte años de viuda y que había sacado adelante a sus cinco hijos no sin pocos sacrificios, pero con un grandísimo amor y dedicación admirable. Y, conversando con ella, me decía en una ocasión que se sentía profundamente orgullosa de su familia y de su matrimonio; que para ella, su esposo no había muerto, pues siempre había permanecido vivo en su pensamiento y en su corazón. Y me dejó muy impresionado cuando me confesó: Mire este anillo de bodas. Se ha embellecido mucho a lo largo de todos estos años y ahora su precio es incalculable: vale muchísimos más quilates que cuando me casé. ¡Qué testimonio tan maravilloso de amor y de fidelidad de esta mujer! Efectivamente, el paso del tiempo, como a los buenos vinos, ha purificado, aquilatado y añejado su amor.
Recuerdo también con gran emoción aquella noche, hace ya más de tres lustros, cuando me encontraba en casa, conversando a solas con mis papás. Hablábamos de los temas más variados de la vida. Y se me ocurrió preguntarles cómo se habían conocido y enamorado. Quería compartir con ellos sus recuerdos más bellos y personales, y que los habían hecho tan felices. Les pedí que me contaran algo de su noviazgo y de sus experiencias como esposos y padres cristianos. Fueron aquéllas, horas muy sabrosas de tertulia familiar. Y me acuerdo que, en un momento, me dijo mi papá: Mira, hijo, en todos estos años, tu mamá y yo nunca nos hemos peleado. Yo me admiré un poco y, al ver mi padre mi extrañeza, añadió: Bueno, obviamente, pequeños desacuerdos o diversidad de opiniones sobre algunas cosas, sí han existido. Pero nunca hemos llegado a una violenta discusión o un enojo fuerte entre nosotros. Y, ¿sabes por qué? Porque para pelear se necesitan dos; y no hay pelea donde uno de los dos no quiere. Y así hemos hecho siempre hasta el día de hoy. Esto es lo que nos ha mantenido unidos y ha acrecentado nuestro amor. Realmente, ¡qué hermosos testimonios de fidelidad y de amor conyugal! Y podríamos contar infinidad de casos más.
¿Es lícito divorciarse? Nuestro Señor nos da la respuesta clarísima en el Evangelio de hoy. Y, además, el testimonio -a veces heroico- de tantísimos hombres y mujeres nos ofrece un argumento decisivo en esta materia. ¡Ojalá que los esposos cristianos sigan dando este maravilloso ejemplo de amor y de fidelidad, tan urgente hoy más que nunca, a todos los hombres de nuestra sociedad contemporánea! Sólo así seremos de verdad auténtico fermento en la masa.
10月2日

3 octubre 2009
EN OCTUBRE
NO DEJES DE REZAR EL ROSARIO
¿Sabías que este mes
lo celebramos como el mes del rosario?.
Rezar el rosario para algunas personas es un tiempo desperdiciado en una letanía de repetidas oraciones, que en la gran mayoría, están dichas de una manera distraída y maquinalmente. Pero no es así. El hecho de ponernos a rezarle ya es un acto de amor a la Madre de Dios. Es una súplica constante y repetida para pedir perdón y rogarle por nosotros y por todos los hombres en el presente y también en la hora de la muerte.
Rezar el rosario es meditar en los Misterios de la Vida de Cristo, de suerte que el rosario es una especie de resumen del Evangelio, un recuerdo de la vida, los sufrimientos, los momentos luminosos y transcendentales y glorificación del Señor, siempre acompañado de los momentos de grandeza de la Santísima Virgen, su Madre, siendo así una síntesis de su obra Redentora.
Rezar el rosario es un método fácil y adaptable a toda clase de personas, aún las menos instruidas y una excelente manera de ejercitar los actos más sublimes de fe y contemplación. El Padrenuestro con el que se empieza cada Misterio es la oración que Cristo nos enseñó y quienes lo han penetrado a fondo no pueden cansarse de repetirlo. En cuanto el Avemaría, toda ella está centrada en el Misterio de la Encarnación y es la oración más apropiada para honrar dicho Misterio. Aunque en el Avemaría hablamos directamente a la Santísima Virgen e invocamos su intercesión, esa oración es sobre todo una alabanza y una acción de gracias a su Hijo por la infinita misericordia que nos mostró al encarnarse en Ella y hacerse hombre para su Misión redentora.
La Santísima Virgen en sus repetidas apariciones , siempre ha sido la súplica más importante que en sus mensajes nos ha dado. Ella nos ha pedido que recemos el rosario. Ella nos lo pide insistentemente porque tiene su rezo un GRAN VALOR. Quiere que repitamos una y otra vez la súplica, la alabanza, con la esperanza puesta en su gran amor por toda la Humanidad.
Tal vez, por lo repetitivo del rezo, como decía Santa Teresa, la "loca de la casa", nuestra mente, se nos vaya de aquí para allá en pertinaz distracción, pero aún así nuestro corazón y nuestra voluntad está puesto a los pies de la Madre de Dios, y esas Avemarías son como el incienso que sube en oscilantes volutas hasta el corazón de nuestra Madre la Virgen Santísima.
Nuestro mundo se está olvidando de rezar. Tenemos fe, creemos en Dios pero no hablamos con El. El mundo actual, ahora más que nunca, necesita de muchos rosarios.
Hagamos un alto en nuestro diario vivir. Quince minutos tan solo...y con seguridad que el mundo y "nuestro mundo" será mejor. 10月1日

2 octubre 2009
GENTE IMPORTANTE
Ante los ojos de Dios, ¿quién es importante?
A la luz del amor y de la entrega
se ve quién es realmente grande,
quién es “gente importante”
La prensa nos presenta cada día a hombres y mujeres famosos. Personajes del hoy,
esos que escriben la historia con opciones dramáticas y decisivas. Personajes del ayer,
a los que recordamos en un aniversario
o cuando llega la noticia de su muerte:
“Fulanito, director de cine, murió con 93 años”.
“Menganito, presidente del gobierno en la crisis X, acaba de dejarnos...”
Gente importante:
empresarios, militares, guerrilleros, pensadores, literatos, deportistas...
Gente que ha sido conocida,
de la que se ha hablado durante meses o años.
Gente que ha dejado huella en la historia.
Otros muchos, la inmensa mayoría,
viven una vida sencilla, oculta, sin ninguna importancia aparente.
Son oficinistas encerrados horas y horas en un despacho.
Son obreros que ajustan piezas de coches en una fábrica.
Son campesinos que miran al cielo en espera de lluvia
mientras arrojan la semilla entre los surcos.
Son padres y madres de familia que besan a sus hijos,
los visten, los cuidan y les dan comida, medicinas y consejos.
No aparecen en la prensa.
No son protagonistas del cine.
No ganan premios de fórmula uno o la copa mundial de fútbol.
Sin embargo, tejen, con hilos finos, parte de la trama del mundo,
pequeñas notas de esa vida hecha de mil colores, penas y alegrías.
Sus corazones laten para lo ordinario,
y con lo ordinario llenan de esperanza y de cariño
la vida de millones de casas y chabolas
en casi todos rincones de la tierra.
Ante los ojos de Dios, ¿quién es importante?
Tal vez ese político famoso resulte ser un mezquino y un egoísta,
mientras el anciano que ayuda a limpiar la casa de sus nietos
brilla con una luz intensa, azul y blanca,
entre los ángeles que cantan y las estrellas que suspiran alegrías.
A la luz del amor y de la entrega
se ve quién es realmente grande, quién es “gente importante”.
Es importante ese niño al que la policía aparta con violencia
mientras pasa un futbolista famoso,
porque todas las tardes dedica su tiempo a escuchar a su abuelita.
Es importante ese enfermo que reza,
con un rosario entre sus dedos hambrientos de justicia,
para que el terrorismo y las guerras dejen de hacer llorar
a miles de inocentes.
Es importante ese señor o esa señora que cada noche,
mientras la luna pasea por los cielos,
se pone de rodillas, junto a los hijos,
para rezar, en familia, una oración
que conmueve el corazón de Dios: “Padre nuestro...”
No vale la pena ser fuego de hojarasca o fulgor de pirotecnia.
No sirve para nada tener un lugar en los manuales de historia,
en las páginas de la prensa,
y no haber dado amor a quien vivía a nuestro lado.
Sólo importa darse a otros,
ser fiel a la esposa o al esposo,
dar cariño a los padres ancianos y a los hijos,
al vecino y a ese enemigo
que, quizá, necesita sentir el amor de Dios
a través del perdón que le ofrece un corazón bueno.
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